Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 12 de junio de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4429, del 29 de junio de 1855, con el título «Sebastopol». El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 285-290), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Con el correo del Baltic han llegado a nuestras manos los documentos oficiales sobre los últimos acontecimientos de Sebastopol. Ayer publicamos los despachos del general Pélissier y de lord Raglan, y ahora pasamos a exponer los hechos tal como quedan establecidos por esas y otras pruebas:

El 6 de junio, las baterías aliadas del ataque de la derecha reabrieron el fuego sobre la ciudad. Esta vez, sin embargo, no fue un bombardeo general. Se trataba solo de un cañoneo sobre puntos determinados con el fin de tomarlos de inmediato. Las obras exteriores que los rusos construyeron el 23 de febrero y el 12 de marzo en este sector de la defensa, los reductos Selenguinsk, Volinsk y Kamchatka, habían mantenido a distancia hasta entonces a los sitiadores y sus baterías. En el frente occidental, el ataque de la izquierda de los aliados, no existían tales obras exteriores, y los franceses se habían establecido aquí casi al borde del foso o del camino cubierto (si es que lo hay) de las obras de defensa, con lo que el progreso logrado en este lado había dejado muy atrás el avance, mucho más lento, del ataque de la derecha. Como el plan de sitio de los aliados considera los dos grandes sectores de las líneas, la ciudad al oeste del puerto interior y el arrabal de Karabélnaya al este, como dos fortalezas separadas que deben atacarse a la vez, había que impulsar con más energía el ataque de la derecha y forzar las obras exteriores para volver a poner a los aliados, en este lado, a la altura de sus paralelas avanzadas del ataque de la izquierda. Para conseguirlo había que tomar los reductos mencionados y algunos atrincheramientos de menor importancia en una cantera que flanquea por la derecha el reducto del Mamelón (Kamchatka). En consecuencia, tras 36 horas de cañoneo, la noche del 7 de junio los franceses asaltaron los dos reductos de Selenguinsk y Volinsk, al otro lado del barranco del Carenaje, y el reducto del Mamelón, mientras los británicos asaltaban la cantera. Tras una hora de violento combate, los aliados estaban en posesión de las obras. Se capturaron varios cañones y se hicieron 400 prisioneros, entre ellos 13 oficiales. Las pérdidas fueron muy graves en ambos bandos.

Así pues, en este lado todo está ahora más o menos en el mismo estado que antes del 22 de febrero. De los reductos asaltados por los aliados, el del Mamelón (que los rusos llaman reducto Kamchatka) es el más importante. Se construyó el 12 de marzo y los días siguientes. Ya entonces señalamos la gran importancia de esta obra y el considerable papel que desempeñaría en la lucha. Los hechos nos han dado plenamente la razón. Esta obra de campaña levantada a toda prisa detuvo el avance de los sitiadores en una mitad de toda la línea de ataque durante 88 días, un periodo el doble de largo del que se requiere en los sitios corrientes para tomar una fortaleza bien situada. ¿De dónde viene este fenómeno extraordinario, que en la historia de los sitios solo tiene dos paralelos: la defensa de Kolberg por los prusianos (1807) y la defensa de Danzig por los franceses (1813-1814)?1

Al crecer los ejércitos en campo abierto, las viejas fortificaciones de la época de Vauban,2 pequeñas por lo general, perdieron su importancia. Los ejércitos victoriosos las dejaban impunemente a su espalda, apenas vigiladas por cuerpos volantes, hasta que llegaba la reserva del ejército y encontraba tiempo para tomarlas. Pero si esos ejércitos considerables daban en su marcha con grandes fortalezas, quedaban detenidos invariablemente. Así le ocurrió a Napoleón en Mantua en 1797 y en Danzig en 1807. La razón es clara. Cuando un ejército de 150.000 hombres avanzaba por un país enemigo, las pequeñas fortalezas que quedaban a su espalda no suponían peligro alguno: todas sus guarniciones juntas no eran lo bastante fuertes para hacer frente a los refuerzos y reservas que se destacaban de los depósitos para completar el ejército activo. Guarniciones tan pequeñas no podían, además, destacar un cuerpo de tropas más o menos fuerte para limpiar el terreno e interrumpir las líneas de comunicación del ejército enemigo. Pero si un ejército se encontraba con una fortaleza de fuerza considerable y una guarnición de 15.000 a 25.000 hombres, la cosa cambiaba. Una fortaleza así formaba el nudo de la defensa de toda una provincia, podía destacar en cualquier dirección y a distancia considerable un fuerte cuerpo de tropas capaz de operaciones en campo abierto y que, en caso de un ataque superior, tenía siempre asegurada la retirada a la fortaleza. Vigilar una fortaleza así era casi tan difícil como tomarla. Era, pues, preferible tomarla.

Ahora bien, las viejas fortalezas, a la manera de Vauban y de Cormontaigne,3 concentraban todos sus medios de defensa en torno a la muralla principal y en el foso principal. Todas sus tenazas, lunetas, contraguardias y reductos de torre están acumulados de tal modo que forman una sola línea de defensa, que, una vez que se lograba penetrar en ella, quedaba rota en pocos días, y, rota la línea de defensa, caía también la fortaleza. Semejante sistema era evidentemente impropio para las grandes fortalezas, las únicas capaces de detener en su avance a grandes ejércitos de invasión; mantener ese sistema habría equivalido a sacrificar la guarnición, pues una brecha lograda habría dejado indefensa la fortificación. Hubo que recurrir a otro sistema: el de las obras avanzadas. El general francés Montalembert,4 maestro de Carnot, fue el primero que, desafiando los ruidosos prejuicios de su profesión, se declaró partidario de los fuertes destacados; pero el método de construir grandes fortalezas con fuertes destacados de modo que formen juntos un sistema de defensa completo se ha elaborado hasta su actual perfección en Alemania, sobre todo por el general prusiano Aster.5 Las magníficas obras de defensa de Colonia, Coblenza, Posen, Königsberg y, en parte, de Maguncia son obra suya y marcan una nueva era en la historia de la fortificación. Los franceses reconocieron por fin la necesidad de pasar a este sistema y construyeron las obras de defensa de París con fuertes destacados, proyectados y ejecutados con un estilo de primer orden.

Con el sistema de los fuertes destacados cambió el modo de defender las fortalezas. Las guarniciones de las grandes fortalezas tuvieron que aumentarse de tal modo que no hubiera necesidad de mantener una defensa meramente pasiva hasta que el enemigo, avanzando hasta el glacis, llegara al alcance que permitía las salidas. Una guarnición de 20.000 o 25.000 hombres era lo bastante fuerte para atacar al enemigo en su propio terreno. La fortaleza y el espacio a su alrededor, en la medida en que lo protegían los fuertes destacados, se convertía en un campo atrincherado o en una base para las operaciones de campaña de la guarnición, que se convertía a su vez en un pequeño ejército. La defensa, hasta entonces más bien pasiva, se volvió activa y tomó un carácter ofensivo. La necesidad de semejante sistema de defensa se hizo tan evidente que, cuando en 1807 los franceses sitiaron Danzig, la guarnición prusiana, de 20.000 hombres, levantó precisamente fuertes destacados de ese tipo, que allí no existían, pero que se consideraron de inmediato necesarios para emplear los recursos de esa gran guarnición en una verdadera defensa de la plaza. Cuando los franceses defendieron Danzig contra los aliados en 1813-1814, aplicaron el mismo principio con un éxito aún mayor.

Un sitio, que desde Vauban era una operación de corta duración cuyo fin podía alcanzarse casi con certeza en un plazo fijado de antemano si el procedimiento no sufría perturbaciones desde fuera, se convirtió entonces en una operación sometida a todos los azares de la guerra de campaña. La artillería de las murallas ya solo tenía un interés secundario, y la artillería de campaña pasó por delante de ella, incluso en la defensa de una plaza. La habilidad del ingeniero ya no se limitaba a reparar los daños causados durante el sitio; ahora tenía que elegir y fortificar, como en campaña, posiciones situadas delante de los fuertes, abrir trincheras hacia las trincheras del adversario, tomar de flanco las obras enemigas mediante contraobras, cambiar de repente el frente de la defensa y obligar así al enemigo a cambiar el frente del ataque. La infantería se convirtió en la piedra angular de la guerra de sitio como en la de campaña, y la caballería en un ingrediente indispensable de casi toda guarnición. Ya no era posible, por tanto, fijar de antemano la duración de un sitio, y las reglas de Vauban para el ataque de una plaza, aunque siguieran siendo en conjunto correctas para los detalles del ataque de la artillería, se volvieron del todo inaplicables al ensemble, al conjunto, de un sitio.

Los rusos de Sebastopol no tuvieron tiempo de levantar obras destacadas. Se vieron obligados al principio a proceder según el viejo método de fortificar una plaza. Levantaron una muralla principal como primera defensa, y eso era en efecto lo más urgente. Detrás de esa muralla levantaron una segunda y una tercera línea de defensa, y entretanto siguieron reforzando la primera. Luego, cuando fueron sintiendo su superioridad incluso a cierta distancia de la muralla principal, avanzaron y construyeron los reductos Selenguinsk y Volinsk y, por último, la obra del Mamelón y una larga serie de pozos de tirador, mientras que en el frente occidental, donde estaba la masa principal de los franceses, solo pudieron levantar unas pocas lunetas pegadas al foso principal y algunos pozos de tirador que tampoco estaban mucho más adelantados. Así, desde el momento en que los rusos fortificaron el Mamelón, el frente oriental estuvo relativamente seguro, mientras que en el frente occidental, donde no existían tales obras exteriores protectoras, los sitiadores avanzaron poco a poco directamente hasta el borde del foso principal. Para acercarse, en el ataque de la derecha, a la posición dominante y decisiva del bastión de Malájov, los sitiadores tenían, pues, que tomar primero el Mamelón; pero el Mamelón, al tiempo que defendía Malájov, estaba defendido a su vez por todas las obras situadas a su espalda. De qué clase era esa defensa se vio en el segundo bombardeo, cuando Canrobert no se atrevió a atacarlo en serio. Aun ahora no puede caber duda de que las pérdidas de los franceses al asaltar esta obra tienen que haber sido muy grandes.

La reapertura del fuego por los aliados y la energía con que el general Pélissier, sin preocuparse por la vida de sus soldados, aprovecha contra la defensa toda ocasión favorable van acompañadas de un estancamiento completo de las operaciones en el Chórnaya. Este proceder nos muestra el carácter de Pélissier del todo conforme a su fama anterior: terco, testarudo y despiadado. Tenía dos caminos abiertos: o salir a campo abierto, cercar Sebastopol también por el lado norte y reanudar luego el sitio con energía redoblada y una probabilidad de éxito cuatro veces mayor, o seguir arrastrándose por el viejo camino errado de los últimos ocho meses, aferrarse con obstinación al lado sur, destruir cada una de sus piedras y expulsar a los rusos de una plaza que, aun cuando la abandonen, Pélissier no podrá sostener con sus propias tropas a causa de las baterías del lado norte.

No hay en el mundo un soldado sensato que, al conocer el nombramiento de Pélissier como comandante y el gran refuerzo de los aliados, no esperara que tomaría al instante el primer camino. Sobre todo después de que Omer Bajá llegara a Balaklava con 25.000 turcos, no cabía duda de que los aliados eran lo bastante fuertes para proseguir el sitio, enviar 15.000 hombres a Kerch y además salir a campo abierto con más gente de la que los rusos podían oponerles. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Siguen faltándoles medios de transporte? ¿No confían en su capacidad para llevar a cabo una campaña en Crimea? No lo sabemos. Pero una cosa es segura: si Pélissier no tiene razones muy poderosas para renunciar a las operaciones de campaña, sigue por pura terquedad y obstinación un camino sumamente equivocado. Con las mismas pérdidas a que Pélissier expone ahora continuamente a su ejército en los asaltos, podría obtener en campo abierto resultados incomparablemente mayores y más decisivos. Tomar el lado sur sin haber cercado siquiera el lado norte, que lo domina,6 significa desafiar todas las reglas de la guerra, y, si Pélissier se empeña en ello, aún puede arruinar el gran ejército que manda.

Queremos, no obstante, interpretar en favor del nuevo comandante toda acción dudosa. Puede que los combates en el ataque de la izquierda fueran inevitables y estuvieran provocados por los contraataques de aproche de los rusos. Puede que fuera necesario rechazar a los rusos a sus líneas originales, hacerles sentir con un par de golpes duros e irresistibles la superioridad de los sitiadores, antes de arriesgar la división del ejército en un cuerpo de sitio y un cuerpo de campaña. Pero, aun admitiendo todo esto, tenemos que decir ahora que así no se puede seguir y que todo nuevo intento serio de tomar la plaza sería un error directo si antes no se desgastan las fuerzas del ejército ruso de campaña en la lucha con todas las fuerzas disponibles para ello.

  1. Kolberg, en Pomerania, resistió en 1807 el sitio francés al mando de Gneisenau hasta la paz de Tilsit; Danzig, defendida por los franceses del general Rapp, capituló a fines de 1813 tras casi un año de sitio. ↩

  2. Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal de Francia, el gran maestro de la fortificación y del arte de sitiar. ↩

  3. Louis de Cormontaigne (1695-1752), ingeniero militar francés, continuador de Vauban. ↩

  4. Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés; Lazare Carnot (1753-1823), ingeniero militar y organizador de los ejércitos de la Revolución. ↩

  5. Ernst Ludwig von Aster (1778-1855), general prusiano, jefe del cuerpo de ingenieros. ↩

  6. En la Neue Oder-Zeitung, núm. 273, del 15 de junio de 1855, apareció una versión alemana de este artículo, que desde aquí continúa y termina así: «es un proceder incomprensible. Puede que a Pélissier aún le falten medios de transporte para operaciones en campo abierto. O puede que los contraataques de aproche de los rusos hayan hecho necesario rechazarlos a sus líneas originales y hacerles sentir la superioridad de los sitiadores antes de emprender operaciones en campo abierto. Pero, en todo caso, con la toma de Malájov desaparece la última razón. Si Pélissier fuera lo bastante obstinado para continuar los ataques serios contra el cuerpo principal de la plaza en lugar de quebrar con todas las fuerzas disponibles la fuerza del ejército ruso en campo abierto, la ruina del ejército que manda no es en absoluto improbable, tanto más cuanto que el lugar en que están encerradas tan grandes masas de hombres es un único cementerio cuyos miasmas mortíferos despertará el primer calor del verano». Así, «Malachow», en la variante que da la MEW; lo que se tomó el 7 de junio fue el Mamelón, ante Malájov. ↩