Escrito por Karl Marx en Londres el 20 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 141, del 24 de marzo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 135-138), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 20 de marzo. El Morning Advertiser llevaba meses trabajando en la creación de una sociedad de agitación con el nombre de «Asociación Nacional y Constitucional», con el fin de derribar el régimen oligárquico. Tras muchos preparativos, llamamientos, suscripciones, etc., se convocó por fin para el viernes pasado un mitin público en la London Tavern. Debía ser el nacimiento de la nueva asociación, tantas veces anunciada. Mucho antes de que se abriera el mitin, la gran sala estaba abarrotada de obreros, y los jefes autodesignados del nuevo movimiento, cuando aparecieron por fin, apenas encontraron sitio en la tribuna. El señor James Taylor, nombrado presidente, leyó cartas de Layard, sir De Lacy Evans, Wakley, sir James Duke, sir John Shelley y otros, que aseguraban su simpatía por los fines de la asociación, pero declinaban a la vez, con diversos pretextos, la invitación a asistir en persona. Luego, lectura de un «Mensaje al pueblo». Se arrojan en él algunas luces sobre la dirección de la guerra en Oriente y la crisis ministerial. Sigue la declaración

«de que hombres prácticos de todas las clases, pero sobre todo de la clase media, poseen los atributos necesarios para hacerse cargo del gobierno».

Esta torpe alusión a las pretensiones particulares de la clase media fue recibida con sonoros siseos.

«El fin principal de esta asociación», sigue diciendo, «será destruir el monopolio aristocrático del poder de gobierno y de los cargos, tan funesto para los mejores intereses del país. Entre sus fines secundarios estaría la abolición de la diplomacia secreta. La misión particular de la sociedad sería dirigirse a los electores del Reino Unido y advertirles que miren con cuidado en qué manos confían los recursos y las libertades del país y, en especial, que no den más sus votos al simulacro de la aristocracia y de la riqueza y a sus criaturas».

El señor Beales1 se levantó a continuación y defendió en un largo discurso la primera moción:

«El peligroso estado de los asuntos públicos y la evidente falta de esperanza de toda mejora bajo el actual sistema oligárquico, que usurpaba las funciones del gobierno, monopolizaba los cargos y privilegios y atraía sobre el país la ignominia y la desgracia, hacían necesaria una unión del pueblo para romper la continuidad del viejo sistema... Debía formarse, por tanto, una sociedad con el nombre de Asociación Nacional y Constitucional».

El señor Nicholay, una de las lumbreras de Marylebone, apoyó la moción. Lo mismo hizo Apsley Pellatt,2 diputado:

«El pueblo emprendería su obra de reforma del gobierno con la firmeza, la moderación, la perseverancia y la resolución de los Ironsides3 de Cromwell. Los cuerpos electorales de Inglaterra tenían en su mano corregir todo abuso si se decidían a enviar gratis al Parlamento a hombres honrados, pero nunca podrían esperar estar honradamente representados mientras un hombre como lord Ebrington4 solo llegara al Parlamento por Marylebone con un gasto de 5.000 libras esterlinas y su desafortunado rival se hubiera ahorrado 3.000».

El señor Murrough, diputado, se adelantó entonces, pero tras una oposición considerable se vio obligado a ceder el sitio a George Harrison (obrero y cartista de Nottingham).

«Este movimiento», dijo Harrison, «era un intento de la clase media de hacerse con el gobierno, de repartirse cargos y pensiones y de crear una oligarquía peor que la que existe ahora».

Leyó luego una enmienda en la que denunciaba por igual a la aristocracia de la tierra y a la del dinero como enemigas del pueblo y declaraba que el único medio de regenerar la nación era la implantación de la Carta del Pueblo con sus cinco puntos: sufragio universal, voto por bolas,5 distritos electorales iguales, parlamentos anuales, supresión del requisito de propiedad. Ernest Jones6 (el jefe cartista, perteneciente a una familia de la alta aristocracia) apoyó la enmienda y observó, entre otras cosas:

«El pueblo destruiría su propia posición si apoyara este movimiento de la clase media para apoderarse del poder y de los cargos. En la tribuna había sin duda muchos primeros ministros hambrientos» (cheers), «muchos cazadores de cargos in partibus»7 (cheers). «Pero el pueblo no debía aliarse con los Bright y los Cobden ni con los intereses del dinero. No era la aristocracia de la tierra, sino el interés del dinero el que se había opuesto a una ley fabril humana, el que había rechazado el proyecto contra el stoppage of wages (descuentos sobre el salario nominal), el que había impedido que se aprobara una buena ley de asociaciones, y eran el interés del dinero y el de las fábricas los que, ante todo, procuraban tener sometido y envilecido al pueblo. Él, por su parte, estaba dispuesto en cualquier momento a sumarse a un movimiento cuyo fin fuera quebrar la influencia del duque de Devonshire, etc., pero no quería hacerlo para poner en su lugar la del duque del Polvo de Fábrica y los lores del Huso». (Cheers y risas.) «Se había dicho que el movimiento obrero, el movimiento cartista, estaba muerto. Él declaraba aquí a los señores reformadores de la clase media que la clase obrera estaba lo bastante viva como para matar cualquier movimiento. No permitirían que la clase media se moviera si no se decidía a incluir en su programa la Carta del Pueblo y sus cinco puntos. Que no se engañara a sí misma. Una repetición de los viejos engaños estaba descartada».

Tras alguna discusión más, en medio de un alboroto considerable, el presidente intentó deshacerse de la enmienda declarando que no era una enmienda; pero se vio obligado a cambiar de decisión. La enmienda se pone a votación y se aprueba por una mayoría de por lo menos diez contra uno, entre fuertes aclamaciones y agitar de sombreros. El presidente, tras declarar aprobada la enmienda, hizo constar, entre grandes risas, que seguía creyendo que la mayoría de las personas presentes estaba a favor de fundar la «Unión Constitucional y Nacional». Seguirían adelante, por tanto, con su organización y más tarde dirigirían otro llamamiento al público, dando a entender, aunque de modo velado, que, para evitar en adelante la oposición, solo se admitiría a personas provistas de tarjeta de socio. Los cartistas, del mejor humor, obsequiaron al presidente con un voto de gracias, y el mitin se disolvió.

No puede negarse que la lógica estaba del lado de los cartistas, incluso desde el punto de vista de los principios públicamente proclamados por la asociación. Quiere derribar la oligarquía. Apelando del ministerio al Parlamento. Pero ¿qué es el ministerio? La criatura de la mayoría parlamentaria. O quiere derribar el Parlamento apelando a los cuerpos electorales. Pero ¿quién es el Parlamento? El representante libremente elegido de los cuerpos electorales. Solo queda, pues, ampliar los cuerpos electorales. Si se niega uno a ampliarlos, aceptando la Carta del Pueblo, hasta las dimensiones del propio pueblo, confiesa que aspira a sustituir la vieja aristocracia por una nueva. Frente a la oligarquía existente, se querría hablar en nombre del pueblo; pero a la vez evitar que el pueblo aparezca en persona cuando se le llama.

  1. Edmond Beales (1803-1881), abogado radical, más tarde presidente de la Liga por la Reforma. ↩

  2. Apsley Pellatt (1791-1863), fabricante de vidrio y diputado radical por Southwark. ↩

  3. «Costillas de hierro», el regimiento de caballería de Oliver Cromwell en la guerra civil inglesa y, por extensión, su ejército. ↩

  4. Hugh Fortescue, vizconde Ebrington (1818-1905), diputado whig por Marylebone. ↩

  5. Es decir, voto secreto. ↩

  6. Ernest Jones (1819-1869), poeta y abogado, jefe del ala izquierda del cartismo y director del People's Paper; amigo de Marx y Engels. ↩

  7. Alusión a los obispos in partibus infidelium, titulares de diócesis situadas en tierra de infieles y, por tanto, sin sede real. ↩