Escrito en inglés por Karl Marx y publicado en The People's Paper, núm. 211, del 17 de mayo de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 15-19), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La historia de la casa de Saboya puede dividirse en tres periodos: el primero, en que asciende y se extiende ocupando una posición ambigua entre güelfos y gibelinos, entre las repúblicas italianas y el Imperio alemán; el segundo, en que prospera cambiando de bando en las guerras entre Francia y Austria, y la última etapa, en que se esfuerza por aprovechar en su propio beneficio la lucha universal entre revolución y contrarrevolución, como antes aprovechó el antagonismo de los pueblos y las dinastías. En los tres periodos la ambigüedad es el eje constante en torno al cual gira su política, y los resultados, insignificantes por su magnitud y equívocos por su carácter, aparecen como fruto natural de esa política.

Al final del primer periodo, al mismo tiempo que se forman las grandes monarquías europeas, vemos cómo la casa de Saboya se convierte en una pequeña monarquía. Al final del segundo periodo, el Congreso de Viena se dignó cederle la República de Génova, mientras Austria se tragaba Venecia y Lombardía y la Santa Alianza amordazaba a todas las potencias de segundo rango, fuera cual fuera su confesión. En el curso del tercer periodo, por último, se permite a Piamonte presentarse en el Congreso de París:1 redacta un memorándum contra Austria y Nápoles, da sabios consejos al papa, deja que un Orlov2 le dé palmaditas en la espalda, se ve alentado en sus aspiraciones constitucionales por el golpe de Estado3 y espoleado en sus sueños de supremacía en Italia por el mismo Palmerston que en 1848 y 1849 traicionó con tanto éxito a Piamonte.

Es una idea bastante absurda por parte de los representantes sardos la de que el constitucionalismo, cuya agonía pueden contemplar ahora con sus propios ojos en Gran Bretaña y cuya bancarrota hicieron resonar en todo el continente europeo las revoluciones de 1848-1849, al demostrar que es igual de impotente contra las bayonetas de las coronas que contra las barricadas de los pueblos, la idea de que ese constitucionalismo esté a punto, no ya de celebrar su restitutio in integrum4 en el escenario piamontés, sino incluso de convertirse en una fuerza arrolladora. Semejante idea solo podían concebirla los grandes hombres de un pequeño Estado. Para todo observador imparcial es un hecho indudable que, junto a Francia, la gran monarquía, Piamonte tiene que seguir siendo una pequeña monarquía; que, frente al despotismo imperial en Francia, Piamonte existe en el mejor de los casos por mera tolerancia, y que, con la formación de una verdadera república en Francia, la monarquía piamontesa desaparecerá y se disolverá en una república italiana. Son precisamente las condiciones de las que depende la existencia de la monarquía sarda las que le impiden alcanzar sus fines ambiciosos. Solo puede desempeñar el papel de libertadora de Italia en una época en que falte la revolución en Europa y la contrarrevolución tenga en Francia el poder absoluto. En tales condiciones puede pensar en tomar la dirección de Italia como único Estado italiano con tendencias progresistas, con soberanos nativos y un ejército nacional. Pero esas mismas condiciones la exponen a la doble presión de la Francia imperial por un lado y de la Austria imperial por otro. En caso de roces serios entre esos dos imperios vecinos, la monarquía sarda tendría que convertirse en satélite del uno y en campo de batalla de ambos. En caso de entente cordiale entre ellos, tendría que contentarse con una existencia asmática, con una simple prórroga. Apoyarse en el partido revolucionario de Italia sería para la casa de Saboya el más puro suicidio, pues los acontecimientos de 1848-1849 han destruido las últimas ilusiones sobre su misión revolucionaria. Las esperanzas de la casa de Saboya están, pues, ligadas al statu quo en Europa; pero el statu quo en Europa le impide extenderse por la península apenina y le asigna el modesto papel de una Bélgica italiana.

Por eso, al intentar reanudar en el Congreso de París el juego de 1847,5 los plenipotenciarios piamonteses solo podían ofrecer un espectáculo bastante lamentable. Cada una de sus jugadas en el tablero de la diplomacia era un jaque a sí mismos.

Mientras protestaban vivamente contra la ocupación austriaca de Italia central, se veían obligados a tocar con mucho tiento la ocupación francesa de Roma; mientras refunfuñaban contra la teocracia del papa, tenían que inclinarse ante las muecas beatas del primogénito de la Iglesia.6 Tenían que acudir a Clarendon, que en 1848 había otorgado su bondadosa clemencia a Irlanda,7 para que diera al rey de Nápoles algunas lecciones de humanidad, y tenían que suplicar al carcelero de Cayena, Lambessa y Belle-Île8 que abriera las puertas de las cárceles de Milán, Nápoles y Roma. Mientras se presentaban como paladines de la libertad en Italia, se sometían servilmente al atentado de Walewski9 contra la libertad de prensa en Bélgica y subrayaban expresamente que

«es difícil mantener buenas relaciones entre dos naciones cuando en una de ellas hay periódicos de opiniones doctrinarias exageradas que hacen la guerra a los gobiernos vecinos».

Apoyándose en ese necio apego de los piamonteses a las doctrinas bonapartistas, Austria se dirigió enseguida a los plenipotenciarios de Piamonte con la imperiosa exigencia de que pusieran fin a la guerra que la prensa piamontesa hacía contra Austria y castigaran a los responsables.

En el mismo momento en que pretenden oponer la política internacional de los pueblos a la política internacional de los Estados, se felicitan, por otro lado, del tratado que renueva los lazos de amistad existentes desde hace siglos entre la casa de Saboya y la familia Romanov. Animados a lucir su elocuencia ante los plenipotenciarios de la vieja Europa, tienen que consentir que Austria los trate con desprecio como una potencia de segundo rango, incapaz de terciar en el debate de las cuestiones de primer rango. Mientras disfrutan de la grandísima satisfacción de que se les permita redactar un memorándum, se permite a Austria desplegar sus tropas a lo largo de toda la frontera sarda, desde el Po hasta las cumbres de los Apeninos, ocupar Parma, fortificar Piacenza a despecho del tratado de Viena y hacer avanzar sus fuerzas por la costa del Adriático, desde Ferrara y Bolonia hasta Ancona. Siete días después de estas quejas presentadas al Congreso, el 15 de abril, Francia e Inglaterra, por un lado, y Austria, por otro, firmaron un tratado especial10 que mostraba con toda claridad el daño que el memorándum había causado a Austria.

Esta era, pues, la situación en el Congreso de París de los dignos representantes de aquel Víctor Manuel que, tras la abdicación de su padre y la derrota en la batalla de Novara, había abrazado, ante los ojos de un ejército exasperado al máximo, a Radetzky, el más encarnizado enemigo de Carlos Alberto.11 Piamonte tiene que reconocer ahora —si no se ciega a propósito— que con la paz se le engaña lo mismo que se le engañó con la guerra. Bonaparte puede servirse de él para enturbiar las aguas de Italia con la intención de pescar coronas en el fango. Rusia puede dar palmaditas en la espalda a la pequeña Cerdeña con el fin de alarmar a Austria en el sur para debilitarla en el norte. Palmerston puede repetir, por razones que él sabrá mejor que nadie, la comedia de 1847 sin tomarse siquiera la molestia de tocar la vieja canción con una nueva melodía. En todo ello Piamonte no es más que un instrumento de potencias extranjeras. A propósito de los discursos del Parlamento británico, el señor Brofferio12 declaró ante la Cámara de Diputados sarda, de la que es miembro, que esos discursos «nunca habían sido oráculos de Delfos, sino siempre oráculos de Trofonio».13 Solo se equivoca en que confunde el eco con el oráculo.

El intermedio piamontés no tiene en sí mismo ningún interés, salvo el de ver cómo la casa de Saboya ha vuelto a naufragar en su política hereditaria de dar bordadas y en sus repetidos intentos de hacer de la cuestión italiana el puntal de sus propias intrigas dinásticas. Pero hay todavía un aspecto más importante, que la prensa inglesa y la francesa pasan por alto adrede, pero al que aluden especialmente los plenipotenciarios sardos en su célebre memorándum. La actitud hostil de Austria, justificada por la política de los plenipotenciarios sardos en París, «obliga a Cerdeña a seguir armada y a tomar medidas que gravan extraordinariamente sus finanzas, ya arruinadas por los acontecimientos de 1848 y 1849 y por la guerra en que ha participado». Y no es eso todo.

«La agitación del pueblo —dice el memorándum sardo— parecía haberse calmado últimamente. Los italianos, que veían a uno de sus príncipes nacionales aliado con las grandes potencias occidentales..., abrigaban la esperanza de que no se firmaría ninguna paz sin que se aliviaran sus sufrimientos. Esa esperanza los mantenía tranquilos y resignados; pero cuando conozcan los resultados negativos del Congreso de París, cuando sepan que Austria, a pesar de los buenos oficios y de la benévola mediación de Inglaterra y Francia, se ha negado incluso a discutir la cuestión..., entonces, sin ninguna duda, la exasperación, que ahora dormita, volverá a despertar más furiosa que nunca. Convencidos de que ya no tienen nada que esperar de la diplomacia, los italianos se echarán de nuevo, con vehemencia meridional, en brazos del partido subversivo y revolucionario, y harán otra vez de Italia un foco de conspiraciones y disturbios que podrán quizá sofocarse con una severidad redoblada, pero que la más leve agitación en Europa hará estallar de nuevo con extrema violencia. El despertar de las pasiones revolucionarias en todos los países que rodean a Piamonte, por causas capaces de despertar simpatía en el pueblo, expone al gobierno sardo a peligros extraordinariamente graves.»

Así es. Durante la guerra, la rica burguesía de Lombardía había contenido, por así decirlo, la respiración, con la vana esperanza de conquistar al final de la guerra, por la acción diplomática y bajo el patrocinio de la casa de Saboya, la emancipación nacional y la libertad burguesa sin necesidad de vadear el mar rojo de la revolución y sin tener que hacer al campesinado y al proletariado esas concesiones que, después de la experiencia de 1848-1849, la burguesía sabía inseparables de todo movimiento popular. Pero ahora sus esperanzas epicúreas se han desvanecido. El único resultado tangible de la guerra —al menos el único que atrae la atención de los italianos— son las ventajas materiales y políticas que Austria se ha embolsado: un nuevo afianzamiento de ese poder odiado, asegurado con la complicidad del llamado Estado italiano independiente. Otra vez tuvieron los constitucionalistas piamonteses la partida en la mano; otra vez la han perdido, y otra vez se encuentran convictos de haber fracasado en su tan pregonada misión de fuerza dirigente de Italia. Su propio ejército les pedirá cuentas. La burguesía se ve obligada de nuevo a apoyarse en las masas populares y a identificar la liberación nacional con la renovación social. La pesadilla piamontesa se ha sacudido, el hechizo diplomático se ha roto y el corazón volcánico de la Italia revolucionaria empieza a latir de nuevo.

  1. El Congreso de París (25 de febrero - 16 de abril de 1856) puso fin a la guerra de Crimea; el reino de Cerdeña (Piamonte), que había enviado un cuerpo expedicionario a Crimea en 1855, estuvo representado por Cavour. El 8 de abril se planteó en el congreso la cuestión italiana, y en abril Cavour dirigió a los gobiernos de Francia e Inglaterra un memorándum contra la ocupación austriaca y el mal gobierno de los Estados de la Iglesia y de Nápoles. ↩

  2. Alekséi Fiódorovich Orlov (1786-1861), primer plenipotenciario ruso en el Congreso de París. ↩

  3. El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩

  4. «Restitución íntegra» al estado anterior, término del derecho romano. ↩

  5. En 1847 el rey Carlos Alberto de Cerdeña se presentó, con reformas y con el aliento de Palmerston, como posible abanderado de la independencia italiana frente a Austria. ↩

  6. Título tradicional de los reyes de Francia; aquí, Napoleón III, cuyas tropas ocupaban Roma desde 1849. ↩

  7. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro británico de Asuntos Exteriores y plenipotenciario en el Congreso de París, había sido lord lugarteniente de Irlanda de 1847 a 1852 y reprimió el levantamiento de 1848. ↩

  8. Napoleón III, que deportaba a sus adversarios políticos a la Guayana francesa, a Lambessa (Argelia) y a la fortaleza de Belle-Île. ↩

  9. Alexandre Colonna-Walewski (1810-1868), ministro francés de Asuntos Exteriores y presidente del Congreso de París, propuso en la sesión del 8 de abril de 1856 medidas contra la prensa belga que atacaba a Napoleón III. ↩

  10. El tratado del 15 de abril de 1856 entre Francia, Inglaterra y Austria garantizaba la integridad y la independencia del Imperio otomano. ↩

  11. Tras la derrota piamontesa de Novara (23 de marzo de 1849) frente al mariscal austriaco Joseph Radetzky (1766-1858), Carlos Alberto abdicó en su hijo Víctor Manuel II (1820-1878), que se entrevistó con Radetzky en Vignale para pactar el armisticio. ↩

  12. Angelo Brofferio (1802-1866), escritor y diputado de la izquierda democrática en la Cámara piamontesa. ↩

  13. El oráculo de Apolo en Delfos y el de Trofonio en Lebadea, en Beocia; del de Trofonio, que se consultaba en una cueva, se decía que el consultante salía aterrado y sin volver a reír. ↩