Discurso pronunciado en inglés por Karl Marx en Londres el 14 de abril de 1856, en el banquete del cuarto aniversario del periódico cartista The People's Paper, y publicado en ese periódico, núm. 207, del 19 de abril de 1856. Traducido del original inglés según la versión publicada por marxists.org (Marx/Engels, Selected Works, vol. 1, Moscú, 1969), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 3-4), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de marxists.org; la MEW lo titula «Discurso en la fiesta del aniversario del People's Paper el 14 de abril de 1856 en Londres». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Las llamadas revoluciones de 1848 no fueron más que pobres incidentes: pequeñas fracturas y grietas en la seca corteza de la sociedad europea. Pero delataron el abismo. Bajo la superficie, en apariencia sólida, dejaron ver océanos de materia líquida que solo necesitaban expandirse para hacer añicos continentes de roca dura. Ruidosa y confusamente, proclamaron la emancipación del proletario, es decir, el secreto del siglo XIX y de la revolución de ese siglo.
Es verdad que esa revolución social no era una novedad inventada en 1848. El vapor, la electricidad y la selfactina1 eran revolucionarios de un carácter bastante más peligroso que los mismísimos ciudadanos Barbès, Raspail y Blanqui.2 Pero, aunque la atmósfera en que vivimos pesa sobre cada uno con una fuerza de 20.000 libras, ¿la sentís? No más de lo que la sociedad europea anterior a 1848 sentía la atmósfera revolucionaria que la envolvía y la oprimía por todos lados. Hay un gran hecho, característico de este nuestro siglo XIX, un hecho que ningún partido se atreve a negar.
Por un lado, han surgido a la vida fuerzas industriales y científicas que ninguna época anterior de la historia humana había llegado siquiera a sospechar. Por otro lado, existen síntomas de decadencia que superan con mucho los horrores que se cuentan de los últimos tiempos del Imperio romano. En nuestros días todo parece preñado de su contrario. Vemos que la maquinaria, dotada del maravilloso poder de abreviar y fecundar el trabajo humano, lo mata de hambre y lo agota. Las nuevas fuentes de riqueza se convierten, por un extraño hechizo, en fuentes de miseria. Las victorias del arte parecen compradas con la pérdida del carácter.
Al mismo ritmo con que la humanidad domina la naturaleza, el hombre parece volverse esclavo de otros hombres o de su propia infamia. Hasta la pura luz de la ciencia parece incapaz de brillar si no es sobre el fondo oscuro de la ignorancia. Todos nuestros inventos y progresos parecen tener como resultado dotar de vida intelectual a las fuerzas materiales y embrutecer la vida humana hasta convertirla en una fuerza material.
Este antagonismo entre la industria y la ciencia modernas, por un lado, y la miseria y la disolución modernas, por otro; este antagonismo entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de nuestra época es un hecho palpable, abrumador e incontrovertible. Algunos partidos pueden lamentarlo; otros pueden desear deshacerse de las técnicas modernas para deshacerse de los conflictos modernos. O pueden imaginar que un progreso tan señalado en la industria necesita completarse con un retroceso igual de señalado en la política. Por nuestra parte, no dejamos de reconocer la figura del astuto espíritu que sigue marcando todas estas contradicciones. Sabemos que, para hacer trabajar bien a las nuevas fuerzas de la sociedad, solo hace falta que se adueñen de ellas hombres nuevos, y esos hombres son los obreros. Son tan invención de los tiempos modernos como la propia maquinaria.
En los signos que desconciertan a la clase media, a la aristocracia y a los pobres profetas de la regresión, reconocemos a nuestro valiente amigo Robin Goodfellow, el viejo topo que sabe trabajar tan deprisa bajo tierra, ese digno zapador: la Revolución.3 Los obreros ingleses son los primogénitos de la industria moderna. No serán, pues, ciertamente los últimos en ayudar a la revolución social producida por esa industria, una revolución que significa la emancipación de su propia clase en el mundo entero, y que es tan universal como el dominio del capital y la esclavitud asalariada. Conozco las heroicas luchas que la clase obrera inglesa ha librado desde mediados del siglo pasado, luchas menos gloriosas porque están envueltas en la oscuridad y los historiadores de la clase media las silencian. Para vengar las fechorías de la clase dominante existía en la Edad Media, en Alemania, un tribunal secreto llamado la Vehmgericht.4 Si se veía una cruz roja marcada en una casa, la gente sabía que su dueño estaba condenado por la Vehm. Todas las casas de Europa están marcadas hoy con la misteriosa cruz roja.
La historia es el juez; su verdugo, el proletario.
En inglés, self-acting mule: la hiladora automática (selfactina), perfeccionada por Richard Roberts en 1825-1830, que mecanizó por completo el hilado en las fábricas de algodón. ↩
Armand Barbès (1809-1870), François-Vincent Raspail (1794-1878) y Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionarios franceses, figuras de la izquierda en la revolución de 1848. ↩
Robin Goodfellow es el duende Puck de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare; el «viejo topo» que trabaja deprisa bajo tierra y el «digno zapador» (worthy pioneer) vienen de Hamlet (acto I, escena 5), donde Hamlet llama así al espectro de su padre. ↩
La Feme o Vehmgericht, tribunal secreto de la Westfalia medieval, que juzgaba y ejecutaba en secreto; alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV. ↩