Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 12 de junio de 1856 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4737, del 24 de junio de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 26-30), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW; la indicación del artículo es de sus editores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Hay que recordar que Bonaparte dio su golpe de Estado con pretextos diametralmente opuestos entre sí: por un lado, proclamaba que se le había encomendado la misión de salvar a la burguesía y el «orden material» de la anarquía roja que iba a desatarse en mayo de 1852,1 y, por otro, que tenía que salvar a la clase obrera del despotismo de la burguesía concentrado en la Asamblea Nacional. Además, se veía personalmente obligado a pagar sus propias deudas y las de la respetable chusma de la Sociedad del Diez de Diciembre2 y a enriquecerse, él y ella, a costa común de la burguesía y de los obreros. La misión de este hombre estaba, hay que reconocerlo, llena de dificultades contradictorias, pues se veía obligado a presentarse a la vez como saqueador y como bienhechor patriarcal de todas las clases. No podía dar a una clase sin quitar a la otra, y no podía satisfacer sus propios deseos y los de sus partidarios sin robar a ambas. En tiempos de la Fronda se tenía al duque de Guisa por el hombre más obligado de Francia, porque había convertido todas sus posesiones en obligaciones en poder de sus partidarios.3 Del mismo modo, Bonaparte se proponía convertirse en el hombre más obligado de Francia transformando toda la propiedad y toda la industria de Francia en una obligación personal con Luis Bonaparte. Robar a Francia para comprar a Francia: ese era el gran problema que este hombre tenía que resolver, y en esa transacción, en la que se quitaba a Francia lo que había de devolverse a Francia, no era para él el aspecto menos importante la ganancia que él y la Sociedad del Diez de Diciembre podían sacar de ella. ¿Cómo conciliar estas pretensiones opuestas? ¿Cómo resolver este delicado problema económico, cómo desatar este nudo complicado? Todas las múltiples experiencias pasadas de Bonaparte apuntaban a un gran recurso que le había sacado de las situaciones económicas más difíciles: el crédito. Y daba la casualidad de que existía en Francia la escuela de Saint-Simon, que tanto en sus comienzos como en su decadencia se había entregado al sueño de que todo el antagonismo de las clases tenía que desaparecer si se creaba un bienestar general por medio de algún ingenioso sistema de crédito público. Y el sansimonismo en esa forma aún no se había extinguido en la época del golpe de Estado. Estaba Michel Chevalier, el economista del Journal des Débats;4 estaba Proudhon, que intentaba ocultar la peor parte de la doctrina sansimoniana bajo la máscara de una originalidad excéntrica; y había dos judíos portugueses, ligados en la práctica a la especulación bursátil y a Rothschild, que se habían sentado a los pies del Père Enfantin5 y que, por su experiencia práctica, tuvieron la audacia de olfatear detrás del socialismo la especulación bursátil y detrás de Saint-Simon a Law.6 Estos hombres, Émile e Isaac Péreire, son los fundadores del Crédit Mobilier y los autores del socialismo bonapartista.
Hay un viejo proverbio: «Habent sua fata libelli».7 También las teorías tienen sus destinos, igual que los libros. ¡Saint-Simon como ángel de la guarda de la Bolsa de París, como profeta de la estafa, como mesías del soborno y la corrupción generales! La historia no ofrece ejemplo de ironía más cruel, salvo quizá la realización de Saint-Just en el juste milieu de Guizot8 y la de Napoleón en Luis Bonaparte.
Los acontecimientos marchan más deprisa que la reflexión humana. Mientras nosotros, a partir de un examen de los principios y de las condiciones económicas del Crédit Mobilier, señalamos el hundimiento inevitable que anuncia ya la constitución misma de la sociedad, la historia está ya trabajando para cumplir nuestras predicciones. A finales de mayo quebró por una suma de diez millones de francos uno de los directores del Crédit Mobilier, el señor Place, que solo unos días antes había sido «presentado al emperador por el señor de Morny»9 como uno de los dieux de la finance.10 Les dieux s'en vont!11 Casi el mismo día publicó el Moniteur la nueva ley sobre las sociétés en commandite12 que, con el pretexto de poner coto a la fiebre especulativa, entrega estas sociedades a merced del Crédit Mobilier, haciendo depender su fundación de la voluntad del gobierno o del Crédit Mobilier. Y la prensa inglesa, que ni siquiera sabe que hay una diferencia entre las sociétés en commandite y las sociétés anonymes —a las que, por tanto, se sacrifica a las primeras—, entra en éxtasis ante ese «gran acto prudente de sabiduría bonapartista» y se imagina que los especuladores franceses se convertirán muy pronto a la solidez de los Sadleir, Spader y Palmer ingleses. Al mismo tiempo, la ley de drenaje que acaba de aprobar el famoso Cuerpo Legislativo,13 y que es una ruptura directa con toda la legislación anterior y con el Código de Napoleón, sanciona la expropiación de los deudores hipotecarios del país en favor del gobierno de Bonaparte, que con esta institución pretende adueñarse del campo, como por medio del Crédit Mobilier se adueña de la industria y por medio del Banco de Francia del comercio francés; ¡y todo ello para salvar la propiedad de los peligros del socialismo!
Sin embargo, no consideramos superfluo proseguir nuestro examen del Crédit Mobilier, una institución a la que, según creemos, todavía le está reservado realizar hazañas de las que las mencionadas no son más que modestos comienzos.
Hemos visto que la tarea principal del Crédit Mobilier consiste en proporcionar capital a las empresas industriales explotadas por sociedades anónimas. Citamos del informe del señor Isaac Péreire:
«El Crédit Mobilier desempeña, respecto de los valores que representan capital industrial, un papel análogo a las funciones que desempeñan los bancos de descuento respecto de los valores que representan capital comercial. El primer deber de esta sociedad consiste en apoyar el desarrollo de la industria nacional, en facilitar la formación de grandes empresas que, abandonadas a sí mismas, encuentran grandes obstáculos. Su misión a este respecto le será tanto más fácil de cumplir cuanto que dispone de los más diversos medios de información y de investigación, que escapan al alcance de los particulares, para estimar con seguridad el valor real o las perspectivas de las empresas que solicitan su ayuda. En tiempos favorables, nuestra sociedad servirá de guía al capital que busca una inversión provechosa; en situaciones difíciles tiene la tarea de proporcionar medios valiosos para mantener el trabajo y aliviar las crisis que provienen de una rápida disminución del capital. El cuidado con que nuestra sociedad invertirá su capital en todos los negocios solo en tales proporciones y por plazos tan limitados que sea posible recuperarlo con seguridad le permitirá multiplicar su actividad, fecundar en poco tiempo un gran número de empresas y reducir el riesgo de su concurso mediante la multiplicidad de las commandites parciales» (inversiones en acciones).
Visto, pues, cómo desarrolla Isaac las ideas de Bonaparte, importa también ver cómo comenta Bonaparte las ideas de Isaac. Ese comentario se encuentra en el informe del ministro del Interior a Bonaparte del 21 de junio de 1854, donde se dice sobre los principios y la administración del Crédit Mobilier:
«De todas las instituciones de crédito que existen en el mundo, el Banco de Francia pasa con razón por ser la que puede preciarse de tener la constitución más sólida»
(tan sólida que la leve tormenta de febrero de 1848 la habría derribado en un día si Ledru-Rollin y compañía no la hubieran apuntalado, pues el Gobierno Provisional no solo levantó la obligación del Banco de Francia de pagar sus billetes en metálico, conteniendo así la marea de tenedores de billetes y de bonos que se agolpaba en las calles ante el banco, sino que lo autorizó también a emitir billetes de 50 francos, mientras que bajo Luis Felipe nunca se le había permitido emitir billetes de menos de 500 francos; y así el gobierno no solo cubrió con su crédito al banco insolvente, sino que además le dio en prenda los bosques del Estado por el privilegio de recibir crédito para el Estado).
«El Banco de Francia es a la vez apoyo y guía de nuestro comercio, y su influencia material y moral da a nuestro mercado una estabilidad muy valiosa.»
(Esa estabilidad es tan grande que los franceses tienen una crisis industrial en toda regla cada vez que América e Inglaterra se dignan tener un pequeño crac en su comercio.)
«Por la reserva y la prudencia que rigen todas sus operaciones, esta excelente institución desempeña, pues, el papel de un regulador. Pero, para producir todas las maravillas que lleva en su seno, el genio comercial necesita ante todo estímulo; y precisamente porque la especulación se mantiene en Francia dentro de los límites más estrechos, no fue un inconveniente, sino al contrario una gran ganancia, crear junto al Banco de Francia una institución concebida en un orden de ideas completamente distinto y que representara en la esfera de la industria y del comercio el espíritu de iniciativa.
»Por fortuna, el modelo de esta institución ya existía; procede de un país famoso por la estricta lealtad, la prudencia y la solidez que presiden todas sus operaciones comerciales. La Sociedad General de los Países Bajos14 ha puesto su capital, su crédito y su autoridad moral al servicio de todas las ideas sanas y de todas las empresas útiles, y ha abierto en Holanda nuevos canales, ha extendido el sistema de drenaje e introducido otras mil mejoras que han centuplicado el valor de la propiedad. ¿Por qué no habría de sacar Francia igual provecho de una institución cuyas ventajas han probado experiencias tan brillantes? Esta es la idea que condujo a la fundación del Crédit Mobilier, confirmada por el decreto del 18 de noviembre de 1852.
»Esta sociedad puede, según sus estatutos, además de otras operaciones, comprar y vender efectos públicos y acciones industriales, prestar y tomar prestado con ellos como garantía, hacerse cargo de empréstitos del Estado; en una palabra, emitir sus títulos a largo plazo hasta el importe de los valores así obtenidos.
»Tiene así en la mano los medios de reunir en cualquier momento, en condiciones ventajosas, una fortuna considerable. La fecundidad de la institución depende del buen empleo de esos capitales. En efecto, la sociedad puede a su discreción invertir en la industria» (commanditer), «participar en empresas, tomar parte en operaciones a largo plazo, cosas que los estatutos del Banco de Francia y del Banco de Descuento prohíben a estas instituciones; en una palabra, es libre en sus movimientos y puede variar su acción según lo exijan las necesidades del crédito comercial. Si sabe reconocer, entre las empresas que surgen constantemente, las que son lucrativas; si, interviniendo a tiempo con los enormes fondos de que dispone, hace posible la ejecución de obras que en sí son altamente productivas pero que exigen un tiempo extraordinariamente largo y que, de otro modo, languidecerían; si su colaboración es el signo seguro de una idea útil o de un proyecto excelente, la sociedad del Crédit Mobilier merecerá y obtendrá la aprobación del público; el capital disponible buscará sus cauces y acudirá en masa allí donde, bajo el patronazgo de la sociedad, se ofrezca una inversión segura. Así, esta sociedad, más aún por la fuerza del ejemplo y por la autoridad que acompañará a su apoyo que por cualquier ayuda material, colaborará en todas las ideas de utilidad general. Con ello fomentará enormemente los esfuerzos de la industria y estimulará por doquier el espíritu de invención.»
En la próxima ocasión mostraremos cómo todas estas frases altisonantes encubren mal el simple plan de arrastrar toda la industria de Francia al torbellino de la Bolsa de París y convertirla en juguete de los señores del Crédit Mobilier y de su santo patrón Bonaparte.
En mayo de 1852 debían celebrarse a la vez la elección presidencial y la renovación de la Asamblea Nacional; la prensa del orden presentaba esa fecha como la del estallido de la «anarquía roja». El golpe de Estado de Luis Bonaparte fue el 2 de diciembre de 1851. ↩
Sociedad bonapartista fundada en 1849, formada sobre todo por elementos desclasados, que sirvió de instrumento a Luis Bonaparte; Marx la describe en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. ↩
Juego de palabras: en alemán verbindlich es a la vez «atento, servicial» y «obligado», y Verbindlichkeit, «cortesía» y también «obligación, deuda». La Fronda fue la revuelta de la nobleza y de los parlamentos contra la monarquía en 1648-1653. ↩
Michel Chevalier (1806-1879), economista francés, antiguo sansimoniano, partidario del librecambio y consejero económico de Napoleón III. ↩
Barthélemy-Prosper Enfantin (1796-1864), llamado el Padre Enfantin, jefe de la escuela sansimoniana tras la muerte de Saint-Simon; más tarde, director de compañías ferroviarias. ↩
John Law (1671-1729), financiero escocés, interventor general de Finanzas en Francia, cuyo sistema de papel moneda y especulación con las acciones de la Compañía del Misisipi acabó en la bancarrota de 1720. ↩
«Los libros tienen su destino», verso del gramático latino Terenciano Mauro. ↩
Louis-Antoine de Saint-Just (1767-1794), jacobino, guillotinado con Robespierre; François Guizot (1787-1874), principal ministro de Luis Felipe de 1840 a 1848, teórico del juste milieu, el «justo medio» de la monarquía de Julio. ↩
Charles de Morny (1811-1865), hermanastro de Napoleón III, uno de los organizadores del golpe de Estado de 1851, presidente del Cuerpo Legislativo y hombre de grandes negocios. ↩
«Dioses de las finanzas». ↩
«¡Los dioses se van!» ↩
Sociedades comanditarias por acciones, que podían fundarse sin autorización del gobierno, a diferencia de las sociedades anónimas. La ley de 1856 sometió su constitución a nuevas condiciones. ↩
La ley de 1856 que destinaba fondos del Estado a préstamos para el drenaje de tierras; el Cuerpo Legislativo era la cámara de diputados del Segundo Imperio, sin poder real. ↩
La Algemeene Maatschappij ter Begunstiging van de Volksvlijt (Sociedad General para el Fomento de la Industria Nacional), fundada en Bruselas en 1822 por el rey Guillermo I de los Países Bajos; tras la independencia de Bélgica, Société Générale de Belgique. ↩