Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 8 de febrero de 1856 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4634, del 25 de febrero de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 588-593), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 8 de febrero de 1856
Dejando aparte la ralea venal de la prensa del gobierno, nadie en Inglaterra parece creer mucho en una tensión anglo-norteamericana.1 Unos la tienen por un truco para desviar la atención de las negociaciones de paz. Otros pretenden que Palmerston promoverá una retirada recíproca de los embajadores cuando deje el cargo, como hizo Pitt antes de la paz de Amiens,2 para volver cuando se necesite de nuevo un ministro verdaderamente inglés. Por la manera en que se lleva la disputa, gente muy lista deduce que todo ello no es más que una vulgar treta electoral del presidente.3 La prensa democrática ve a Bonaparte divirtiéndose entre bastidores en atizar una guerra mortífera entre los anglosajones de las dos orillas del Atlántico. Por lo demás, todo el mundo está plenamente convencido de que, por duro que sea el lenguaje oficial, no hay la menor perspectiva de que se abran las hostilidades. Hemos podido comprobar que esta opinión la comparte también el periódico del gobierno francés, el Constitutionnel, que pondera a su amo y señor como pacificador tanto del Nuevo Mundo como del Viejo.
La circunstancia principal que no hay que perder de vista al valorar este asunto es la extinción casi completa de la entente cordiale entre Inglaterra y Francia, que la prensa inglesa reconoce más o menos abiertamente. Veamos, por ejemplo, el Times de Londres, el periódico que hace poco todavía ensalzaba a este Bonaparte como un hombre mucho más grande que el verdadero Napoleón y proponía expulsar a todos los malintencionados que no reconocieran este dogma. Ahora opina, en un editorial, que el único obstáculo que se interpone en el camino de la paz es el celo excesivo de Bonaparte por conservar la paz. A este artículo siguió otro que insinúa que el «instrumento elegido de la Providencia» no es, en última instancia, más que un pis-aller, un mal menor, de la sociedad francesa, al que se acepta «porque no se encontraba ni un solo hombre en quien la nación pudiera poner su confianza y su estima». En un tercer artículo el periódico insulta a todo el estado mayor de Bonaparte, generales, ministros, funcionarios, etc., como una banda abigarrada de especuladores de bolsa y caballeros de fortuna. El lenguaje de la prensa inglesa de provincias es todavía menos reservado. Considérese, por otra parte, el cambio de tono de los periódicos franceses: su repugnante servilismo y su adulación hacia Rusia, que contrastan tanto con su moderada antipatía hacia Inglaterra. Obsérvense además las amenazas bastante precisas de formar una coalición continental general que lanzan los periódicos austriacos, belgas y prusianos. Y tomemos, por último, la prensa rusa, que en sus homilías de paz se dirige ostentosamente solo a Francia, sin nombrar siquiera a Inglaterra.
«Un arco iris de paz», dice la Sévernaya Pchelá,4 «ha aparecido en el horizonte y ha sido saludado con alegría por todos los amigos de la civilización... En estos dos años de guerra con cuatro potencias, el pueblo ruso ha dado una prueba impresionante de su carácter grande y noble y se ha ganado el respeto de sus enemigos... En cuanto a Francia, puede asegurarse con énfasis que la nación francesa quiere y respeta a los rusos, admira su valor y su abnegación y aprovecha toda ocasión de expresarles su simpatía, como durante la breve suspensión de las hostilidades en Crimea y también cuando se trasladó a prisioneros rusos a través de Francia. Los prisioneros franceses, por su parte, han sido tratados como hermanos por los rusos».
El periódico de Bruselas Le Nord anuncia sin rodeos que Bonaparte apoyó desde el principio la mediación austriaca con el fin de dejar caer la alianza con Inglaterra en la primera ocasión.
Como la alianza con Francia puede verse sustituida en cualquier momento por una ruptura con ese país, Inglaterra, que sigue en guerra con Rusia, no pensará evidentemente en meterse en una guerra con América, y está claro que, aparte de lo ya expuesto, no hay que atribuir importancia alguna a la tensión actual entre los dos gobiernos.
La paz en la propia Europa no está en absoluto asegurada. En cuanto a las condiciones que los aliados han puesto a Rusia, el hecho de que las haya aceptado difícilmente puede considerarse un indicio de concesiones. El abandono de una problemática franja de territorio en Besarabia, señalada por una misteriosa cordillera que no se descubre en ningún mapa, queda más que compensado por el tenaz silencio sobre la apropiación de Kars por Rusia, a la que desde entonces un periódico de Petersburgo ha llamado, de manera sospechosa, provincia rusa. Entretanto, las ventajas de un armisticio, unidas a las demás posibilidades que todavía se ofrecen, no hacen improbable que Rusia desee continuar la guerra después de haber tenido tiempo de concentrar sus fuerzas en todos los puntos decisivos. El gran juramento de paz es, sin embargo, un indicio de que para Bonaparte es absolutamente necesario hacer la paz a cualquier precio. Por una parte, se le acaban los medios para continuar la guerra; por otra, crece la necesidad de repetir la expedición de Crimea en el interior de Francia, como dijo Montalembert a propósito de la expedición contra Roma.5
Poco antes de que Rusia aceptara los puntos preliminares de las condiciones de paz, corría en París el rumor general de que Bonaparte estudiaba un empréstito forzoso que habría de suscribirse en proporción a la cuantía de los impuestos directos. El vacuum de su tesoro lo demuestra con toda claridad el estado de su ejército en Crimea. Desde hace algún tiempo los corresponsales señalan el lamentable estado de las tropas a las órdenes de Pélissier. La siguiente descripción sencilla procede de un suboficial británico que escribe desde Sebastopol el 5 de enero al Birmingham Journal:
«El día de hoy ha sido muy hermoso. Hacia las 3 se levantó un viento del norte muy recio y empezó a helar con fuerza, lo que pronto nos llevó a abrigarnos bien. Nuestros hombres no notan mucho el frío, pero los pobres franceses dan lástima. Acarrean sin cesar combustible desde Sebastopol. Van miserablemente vestidos y, según creo, aún peor alimentados. No pasa una hora del día sin que alguno de ellos venga a pedir galleta. Los nuestros se compadecen de ellos y son muy amables. Nuestros centinelas tienen orden de no dejarlos entrar en el campamento, porque algunos tienen la costumbre de vender coñac una y otra vez, lo que ha llevado a algunos de los nuestros a emborracharse. Pero los pobres franceses consiguen de vez en cuando burlar a nuestros centinelas y llegar hasta los bono Inglis. Naturalmente, los nuestros saben lo que quieren y nunca los despiden con las manos vacías. Los pobres diablos no tienen ni un guante que ponerse. Por lo que veo, solo tienen una prenda más que en verano, a saber, una capucha para el capote y un par de polainas corrientes de paño basto que llegan hasta la rodilla y se sujetan alrededor de ella con unas correas. No llevan calcetines y en la mayoría de los casos ni siquiera tenían botas. Son realmente la estampa de la miseria, y lo sienten claramente cuando ven al soldado británico con su abrigado gorro de piel de foca, su capote de tweed forrado de piel, una buena bufanda grande al cuello y otra a la cintura, y unas buenas botas fuertes de cuero de vaca que llegan hasta la rodilla».
Muy mal han de andar las finanzas de Napoleón cuando deja a su ejército, que lo es todo para él, en el estado que acabamos de describir. Por otra parte, el hecho de que estos dos años de guerra hayan costado ya más que todas las campañas de su tío de 1800 a 1815 juntas dice mucho de cómo anda la administración de las finanzas. Hasta generales bonapartistas que han vuelto de Crimea habrían hablado, llenos de indignación, de los desvergonzados latrocinios que Morny y compañía cometen a costa del ejército. Estas quejas se han publicado en un periódico semioficial, en el que se lee lo siguiente:
«Cuando se haga la paz, el emperador dedicará toda su atención a las finanzas, y en particular a ciertos abusos demasiado ligados a grandes maniobras especulativas, como, por ejemplo, ciertas acumulaciones de cargos incompatibles entre sí y ciertas fortunas adquiridas un poco demasiado deprisa».
Entretanto se manifiestan síntomas revolucionarios entre la juventud universitaria, los obreros, una parte de la clase media y, lo que es peor para Bonaparte, en el ejército.
En cuanto al asunto de la École Polytechnique,6 hemos sabido que Bonaparte pensó primero en un arreglo con la escuela, aunque estaba bastante irritado por la actitud silenciosa de esta el 29 de diciembre, cuando hizo ante el ejército el papel del Senado romano7 (como también le gusta hacer ante su Senado el papel de emperador romano). Se dio a entender a los alumnos que el emperador estaba dispuesto a dejar subsistir este instituto si estaban dispuestos a manifestar en la ocasión oportuna su simpatía por la dinastía. A lo que la escuela hizo responder por sus delegados que no solo no gritarían Vive l'Empereur («¡viva el emperador!»), sino que echarían de la escuela a cualquiera de sus compañeros que pronunciara esas palabras. A la vista de semejante respuesta se decidió disolver aquel establecimiento anárquico. La mitad de los alumnos, destinada al servicio militar, se trasladará a Vincennes y formará allí una simple escuela de artillería. La otra mitad, destinada al servicio de la administración, pasará a la École Normale. El edificio mismo se convertirá en cuartel. Así termina la institución predilecta de Napoleón el Grande.
La cárcel de Mazas está atestada de estudiantes de la Universidad de París y de otros jóvenes que en el entierro del escultor David8 gritaron Vive la liberté («¡viva la libertad!»). Una circunstancia relacionada con la manifestación contra Nisard9 fue especialmente enojosa para Bonaparte. Después de una redada de la policía entre los estudiantes que habían silbado la apoteosis que Nisard hizo de Tiberio como salvador de la sociedad romana, los demás se reunieron y marcharon en bloque a través de todo París hasta el domicilio de Nisard en la rue de Courcelles para exigirle que consiguiera la liberación de sus compañeros. Un destacamento de soldados de línea enviado tras ellos llegó allí casi al mismo tiempo. Recibidos con gritos de Vive la ligne («¡viva la línea!»), descansaron armas en el acto y se negaron a intervenir. Para impedir una confraternización mayor, se los retiró enseguida y se los sustituyó por sergents de ville.10 Los estudiantes marcharon en bloque al Odéon, donde llenaron el patio de butacas y cantaron sin parar Le Sire de Framboisy,11 gritando las estrofas más ofensivas directamente a los oídos de Bonaparte y Eugenia, que estaban en su palco.
La prensa bonapartista reconoce que el número de detenciones practicadas en los departamentos asciende a 5.000; la cifra de 15.000 que se da en otras partes corresponde, pues, probablemente a la verdad. Según se ve ahora, esta conspiración de los obreros tenía sus ramificaciones en el ejército. Fue necesario disolver toda la escuela de suboficiales de La Flèche y relevar todas las guarniciones del centro de Francia. Para reprimir este espíritu peligroso en el ejército, Napoleón recurre al peligrosísimo experimento de la Restauración, que consiste en montar un sistema completo de espionaje en todos los grados del ejército. Esta nueva Legión de Honor ha provocado algunos enfrentamientos muy violentos entre el mariscal Magnan12 y algunos oficiales superiores que opinan que esta institución no es del gusto de las tropas.
Como siempre que se avecina una crisis, el movimiento de la clase obrera de París se anuncia con quodlibets, de los que el más popular es el siguiente:
«Ahí se va, ahí se va,
el pequeño vendedor de mostaza,
ahí se va para su tierra
con todos sus bártulos», etc.13
Para no dejar duda alguna sobre quién es el pequeño vendedor de mostaza, la policía ha prohibido la canción.
Cómo se respetan las instituciones bonapartistas lo ilustra una anécdota que cuenta el periódico Nord. Algunos senadores aprobaron sin vacilar la decisión de monsieur Drouyn de Lhuys14 de renunciar a su puesto de senador, pero se guardaron muy mucho de seguir su ejemplo. Cuando le preguntaron a Morny15 si alguno de ellos seguiría ese ejemplo, respondió que tenía excelentes razones para creer lo contrario. «Pero ¿qué razones son esas?», preguntó su interlocutor. «Tengo 30.000 razones muy buenas, de a franco cada una», respondió Morny tranquilamente.16
Puede señalarse otra circunstancia de inmensa importancia en la situación actual del pueblo francés. ¡No pienso en los especuladores de bolsa, a quienes la paz y la guerra les vienen igual de bien! Por primera vez en su historia, las masas del pueblo francés se han mostrado indiferentes a su vieja pasión, la gloire, la gloria. Este fruto fatal de la revolución de 1848 muestra de manera inequívoca que la época del bonapartismo ha pasado su punto culminante.
El conflicto de 1855-1856 entre Gran Bretaña y los Estados Unidos por el reclutamiento británico de voluntarios en territorio estadounidense para la guerra de Crimea y por la interpretación del tratado Clayton-Bulwer (1850) sobre América Central. ↩
William Pitt el Joven dimitió en febrero de 1801, poco antes de la paz de Amiens con Francia (1802), y volvió al poder en 1804, reanudada ya la guerra. ↩
Franklin Pierce (1804-1869), presidente de los Estados Unidos de 1853 a 1857; 1856 era año de elecciones presidenciales. ↩
La Abeja del Norte, periódico oficioso de San Petersburgo. ↩
Charles de Montalembert (1810-1870), jefe de los católicos en la Asamblea Legislativa, reclamó en 1849 una «expedición de Roma en el interior», es decir, una represión de los republicanos en Francia semejante a la que la expedición francesa había hecho contra la República romana. ↩
La escuela de ingenieros militares y civiles fundada en 1794, cuyos alumnos tenían fama republicana. ↩
El 29 de diciembre de 1855 Napoleón III recibió en París a las tropas de la Guardia que volvían de Crimea y les dirigió una alocución en la que se comparaba con el Senado romano que salía a recibir a las legiones victoriosas. ↩
Pierre-Jean David d'Angers (1788-1856), escultor republicano, desterrado tras el golpe de Estado de 1851; murió en enero de 1856. ↩
Désiré Nisard (1806-1888), crítico literario, profesor de elocuencia latina en el Collège de France y partidario del Segundo Imperio. ↩
Los guardias municipales de París. ↩
Canción satírica muy popular en París en 1855-1856. La MEW escribe «Sire de France Boissy». ↩
Bernard Pierre Magnan (1791-1865), mariscal, jefe del ejército de París. ↩
En francés en el texto: «Voilà qu'il part, voilà qu'il part, / Le petit marchand de moutarde, / Voilà qu'il part sur son pays / Avec tous ses outils». ↩
Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores hasta mayo de 1855, cuando dimitió tras la conferencia de Viena. ↩
Charles de Morny (1811-1865), hermanastro de Napoleón III, presidente del Cuerpo Legislativo. ↩
Los senadores del Segundo Imperio podían recibir una dotación anual de 30.000 francos. ↩