Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 2 de diciembre de 1856 y publicado en The People’s Paper, núm. 241, del 13 de diciembre de 1856, y en el New-York Daily Tribune, núm. 4906, del 9 de enero de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre fiable: la versión inglesa de The Class Struggle (Nueva York, 1918), que reproduce marxists.org, parece retraducida del alemán (dice siempre «Neuenburg» y difiere en cifras y números de artículos), y solo ha servido para cotejar. Se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 95-101), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

En este momento Europa solo se ocupa de una gran cuestión: la de Neuchâtel.1 Esa es, por lo menos, la opinión de los periódicos prusianos. Es cierto que el principado de Neuchâtel, junto con el condado de Valangin, abarca, expresado matemáticamente, el modesto espacio de catorce millas cuadradas.2 Pero los filósofos monárquicos de Berlín sostienen que no es la cantidad sino la calidad la que decide la grandeza o pequeñez de las cosas y les imprime el sello de lo sublime o de lo ridículo. Para ellos, la cuestión de Neuchâtel encarna el eterno litigio entre revolución y derecho divino, y las dimensiones geográficas influyen en esa oposición tan poco como en la ley de la gravitación la diferencia entre el sol y una pelota de tenis.

Examinemos en qué consiste el derecho divino que hace valer la dinastía de los Hohenzollern. En el caso presente invoca un protocolo de Londres fechado el 24 de mayo de 1852, en el que los plenipotenciarios de Francia, Gran Bretaña y Rusia

«reconocían los derechos que corresponden al rey de Prusia sobre el principado de Neuchâtel y el condado de Valangin, conforme al tenor de los artículos veintitrés y setenta y seis del tratado de Viena, y que de 1815 a 1848 coexistieron con los que el artículo setenta y cinco del mismo tratado confirió a Suiza».

Con esta «intervención diplomática», el derecho divino del rey de Prusia sobre Neuchâtel solo se reconoce en la medida en que lo fijó el tratado de Viena. El tratado de Viena nos remite a su vez a los derechos que Prusia adquirió en 1707. Pero ¿cómo estaba el asunto en 1707?

El principado de Neuchâtel y el condado de Valangin, que en la Edad Media pertenecían al reino de Borgoña, se hicieron aliados de la Confederación Suiza tras la derrota de Carlos el Temerario3 y siguieron siéndolo, bajo la protección directa de Berna, a través de todos los cambios posteriores que sufrieron sus «soberanos» feudales, hasta que el tratado de Viena convirtió al aliado en miembro de la Confederación. La soberanía feudal sobre Neuchâtel pasó primero a la casa de Châlon-Orange, luego, por intervención de Suiza, a la casa de Longueville, y por último, al extinguirse esta, a la hermana del príncipe, la duquesa viuda de Nemours. Cuando esta quiso tomar posesión, Guillermo III, rey de Inglaterra y duque de Nassau-Orange, protestó y transfirió sus derechos sobre Neuchâtel y Valangin a su primo Federico I de Prusia; ese acuerdo, sin embargo, no tuvo efecto alguno en vida de Guillermo III. Solo a la muerte de la duquesa María de Nemours4 presentó Federico I sus pretensiones; pero como se presentaron además otros catorce candidatos, dejó prudentemente el juicio sobre las pretensiones de sus rivales al criterio de los Estados de Neuchâtel y Valangin, no sin haberse asegurado antes de los jueces mediante soborno. Por soborno, pues, se convirtió el rey de Prusia en príncipe de Neuchâtel y conde de Valangin. La Revolución francesa anuló esos títulos, el tratado de Viena los restableció y la revolución de 1848 se los quitó de nuevo. Al derecho revolucionario del pueblo el rey de Prusia opuso entonces el derecho divino de los Hohenzollern, que para él se reduce a todas luces al derecho divino al soborno.

Todos los conflictos feudales se distinguen por su mezquindad. Hay que tener en cuenta, sin embargo, grandes diferencias. A los historiadores siempre les gustará ocuparse de las innumerables pequeñas luchas, intrigas y traiciones con que los reyes de Francia lograron acabar con sus vasallos feudales, porque en ellas puede estudiarse la génesis de una gran nación. En cambio, es de lo más aburrido y monótono seguir cómo un vasallo consiguió recortar del Imperio alemán una porción mayor o menor de propiedad independiente para su uso privado, a no ser que el concurso de circunstancias extraordinarias anime el cuadro, como sucede por ejemplo en la historia de Austria. Allí vemos a un mismo príncipe como jefe electo de un imperio y, al mismo tiempo, como vasallo hereditario de una provincia de ese mismo imperio, que intriga contra el imperio en interés de su provincia; vemos triunfar esas intrigas, porque su avance hacia el sur parece renovar los conflictos tradicionales entre el Imperio alemán e Italia, mientras que su avance hacia el este continúa a todas luces la lucha más encarnizada entre las tribus alemanas y eslavas, así como la resistencia de la Europa cristiana contra el Oriente mahometano; por último, su poder dinástico alcanza, mediante alianzas familiares hábilmente urdidas, tal grandeza que no solo amenaza por momentos con tragarse el imperio entero, rodeándolo de un brillo artificial, sino que parece querer enterrar al mundo en la tumba de una monarquía universal. Pues bien, en los anales de la historia del margraviato de Brandeburgo no encontramos en absoluto rasgos tan colosales. Si la historia de su rival nos parece una epopeya diabólica, al lado de ella la historia brandeburguesa se presenta como una sórdida crónica de familia. Incluso allí donde uno espera encontrar intereses parecidos o hasta idénticos hay una diferencia llamativa. La importancia originaria de las dos marcas, Brandeburgo y Austria, procede de que eran puestos avanzados de Alemania frente a los eslavos vecinos, ya fuera para la defensiva o para la ofensiva. Pero también desde este punto de vista le falta a la historia de Brandeburgo color, vida y movimiento dramático; se hunde, por así decirlo, en mezquinas luchas con tribus eslavas desconocidas, dispersas por una franja de tierra relativamente pequeña entre el Elba y el Óder, ninguna de las cuales alcanzó nunca importancia histórica. El margraviato de Brandeburgo no ha sometido ni germanizado a ninguna tribu eslava de importancia histórica; ni siquiera ha conseguido extender sus brazos hasta el vecino mar de los Vendos.5 Pomerania, que los margraves de Brandeburgo ambicionaban ya desde el siglo XII, no estaba aún del todo incorporada al reino de Prusia en 1815, y cuando los príncipes electores de Brandeburgo empezaron a apropiársela a trozos, hacía mucho que había dejado de ser un Estado eslavo. La transformación de las franjas costeras del sur y del sudeste del Báltico, obra en parte del espíritu emprendedor y mercantil de los burgueses alemanes y en parte de la espada de los caballeros teutónicos, pertenece a la historia de Alemania y de Polonia, y no a la de Brandeburgo, que solo acudió a cosechar donde no había sembrado.

Puede afirmarse sin miedo a equivocarse que, entre los innumerables lectores que han adquirido alguna idea de los nombres clásicos de Aquiles, Cicerón, Néstor y Héctor, muy pocos habrán sospechado nunca que el suelo arenoso de la Marca de Brandeburgo no solo produce en nuestro tiempo patatas y ovejas, sino que en otro tiempo fue bendecido con la abundancia de nada menos que cuatro príncipes electores que respondían a los nombres de Alberto Aquiles, Juan Cicerón, Joaquín I Néstor y Joaquín II Héctor.6 La misma dorada medianía que contribuyó a que el electorado de Brandeburgo madurase tan despacio hasta convertirse en lo que cortésmente se llama una potencia europea preservó su casera historia de un trato demasiado indiscreto con la opinión pública. Contando con ello, los estadistas e historiadores prusianos se han esforzado al máximo por inculcar al mundo la idea de que Prusia es el Estado militar par excellence, de lo que se seguiría que el derecho divino de los Hohenzollern es el derecho de la espada, el derecho de conquista. Nada más erróneo. Puede afirmarse, por el contrario, que, en rigor, de todas las provincias que hoy poseen los Hohenzollern, solo una ha sido conquistada: Silesia; y este hecho es tan único en los anales de la historia de su casa que le valió a Federico II el sobrenombre de el Único.7 Ahora bien, la monarquía prusiana abarca 5.062 millas cuadradas geográficas, de las cuales a la provincia de Brandeburgo, en su extensión actual, no corresponden más de 730, y a Silesia no más de 741. ¿Cómo llegó entonces a poseer Prusia, con 1.178; Posen, con 536; Pomerania, con 567; Sajonia, con 460; Westfalia, con 366, y la provincia del Rin, con 479 millas cuadradas? Por el derecho divino del soborno, de la compra abierta, del hurto mezquino, de la caza de herencias y de los tratados traidores de reparto.

A comienzos del siglo XV el margraviato de Brandeburgo pertenecía a la casa de Luxemburgo, cuyo jefe de entonces, Segismundo, empuñaba a la vez el cetro imperial de Alemania.8 Siempre falto de dinero y acosado por sus acreedores, Segismundo encontró en Federico, burgrave de Núremberg, de la casa de los Hohenzollern, un amigo complaciente y servicial. Como prenda, por así decirlo, de las diversas sumas prestadas al emperador, Federico fue nombrado en 1411 administrador supremo de Brandeburgo. Como un usurero astuto que ha entrado en posesión provisional de los bienes de un pródigo, siguió enredando a Segismundo en deudas cada vez mayores, hasta que en 1415, al hacer las cuentas definitivas entre deudor y acreedor, Federico fue investido con el electorado hereditario de Brandeburgo. Para que no hubiera dudas sobre la naturaleza de ese contrato, se le añadieron dos cláusulas. En una se reservaba a la casa de Luxemburgo el derecho de recomprar el electorado por 400.000 florines de oro, y la otra obligaba a Federico y a sus herederos a dar su voto a la casa de Luxemburgo en cada nueva elección imperial; la primera cláusula hacía del contrato un trueque; la segunda, un asunto de soborno. Para entrar en plena posesión del electorado, al codicioso amigo de Segismundo solo le faltaba una cosa: librarse de la cláusula de recompra. Acechó, pues, un momento favorable, y cuando en el concilio de Constanza Segismundo volvió a verse en apuros con los gastos de la representación imperial, Federico corrió desde la Marca hasta la frontera suiza y compró con el contenido de su bolsa la supresión de la fatal cláusula. Esos fueron, pues, los medios y caminos del derecho divino con que la dinastía de los Hohenzollern, que todavía reina, fundó su posesión del electorado de Brandeburgo. Así nació la monarquía prusiana.

El sucesor inmediato de Federico, un hombre débil, llamado «el de Hierro» porque gustaba de mostrarse con armadura de hierro,9 compró a la Orden Teutónica la Nueva Marca por 100.000 florines de oro, igual que su padre había comprado al emperador la Marca Antigua y la dignidad electoral.10 Desde entonces el método de comprar territorios cargados de deudas se hizo costumbre entre los príncipes electores Hohenzollern, y les resultó tan natural como en otro tiempo al Senado romano la intervención. No vamos a ocuparnos más de los aburridos detalles de estos sucios negocios; pasemos a la época de la Reforma.

No hay que imaginarse en modo alguno que, porque la Reforma resultó ser el principal apoyo de los Hohenzollern, los Hohenzollern fueran también el principal apoyo de la Reforma. Todo lo contrario. Federico I, el fundador de la dinastía, empezó su reinado mandando los ejércitos de Segismundo contra los husitas, que en premio a sus esfuerzos le dieron una buena paliza. Joaquín I Néstor, de 1499 a 1535, trató la Reforma alemana como si fuera taborita.11 La persiguió hasta su muerte. Joaquín II Héctor era partidario del luteranismo, sí, pero se negó a desenvainar la espada en defensa de la nueva fe, y eso en el momento en que la nueva fe parecía sucumbir ante la superioridad de Carlos V. No solo se negó a tomar parte en la resistencia armada de la Liga de Esmalcalda,12 sino que ofreció al emperador sus servicios secretos. La Reforma alemana encontró, pues, en los Hohenzollern hostilidad abierta en su nacimiento, falsa neutralidad en sus primeras luchas y, durante su terrible desenlace en la guerra de los Treinta Años, indecisión débil, inacción cobarde y vil deslealtad. Es sabido que el príncipe elector Jorge Guillermo quiso cerrar el paso al ejército libertador de Gustavo Adolfo, de modo que este tuvo que empujarlo a patadas y golpes al campo protestante, del que luego intentó escabullirse con una paz por separado con Austria.13 Pero si los Hohenzollern no fueron los caballeros de la Reforma alemana, sí fueron, sin duda, sus cajeros. Su aversión a luchar por la causa de la Reforma solo la compensaba su avidez por saquear en nombre de la Reforma. Para ellos la Reforma no era más que el pretexto religioso de la secularización, de modo que la mejor parte de sus adquisiciones de los siglos XVI y XVII puede remontarse a una sola gran fuente: el robo de bienes eclesiásticos, forma bastante singular de manifestarse el derecho divino.

En la génesis de la monarquía de los Hohenzollern destacan tres acontecimientos: la adquisición del electorado de Brandeburgo, la anexión del ducado de Prusia y, por último, la elevación del ducado a reino. Ya hemos visto cómo se adquirió el electorado. El ducado de Prusia se adquirió por tres medios. Primero, por secularización;14 luego, por negocios matrimoniales de carácter bastante equívoco (el príncipe elector Joaquín Federico se casó con la hija menor, y su hijo Juan Segismundo con la mayor, del demente duque Alberto de Prusia, que no tenía hijos varones),15 y por último, por soborno: con la mano derecha se sobornó a la corte del rey de Polonia, y con la izquierda, a la Dieta de la república polaca. Estos sobornos eran tan enrevesados que se prolongaron durante toda una serie de años. Para convertir el ducado de Prusia en reino se empleó un método parecido. Para obtener el título real, el príncipe elector Federico III, más tarde rey Federico I, necesitaba el consentimiento del emperador alemán. Para obtener ese consentimiento, al que se resistía la conciencia católica del emperador, Federico sobornó al jesuita Wolf, confesor de Leopoldo I,16 y además añadió al trato 30.000 súbditos brandeburgueses destinados a hacerse matar en la guerra de sucesión austro-española.17 El príncipe elector Hohenzollern recurrió a la vieja institución germánica de emplear seres vivos como dinero, solo que los antiguos germanos pagaban con ganado y él con hombres. Así se fundó la realeza de los Hohenzollern por la gracia de Dios.

Desde comienzos del siglo XVIII, a medida que crecía su poder, los Hohenzollern perfeccionaron sus métodos de engrandecimiento añadiendo al soborno y al chalaneo los tratados de reparto con Rusia contra Estados que no habían derribado ellos, pero sobre los que se arrojaban una vez caídos. Así los vemos con Pedro el Grande en el reparto de las posesiones suecas, con Catalina II en el reparto de Polonia y con Alejandro I en el reparto de Alemania.18

Así pues, quienes se oponen a las pretensiones de Prusia sobre Neuchâtel alegando que los Hohenzollern adquirieron Neuchâtel por soborno cometen un error lamentable, porque olvidan que los Hohenzollern solo obtuvieron también por soborno Brandeburgo, Prusia y la dignidad real. No puede haber duda de que poseen Neuchâtel con el mismo derecho divino que sus demás Estados, y no pueden renunciar al uno sin abandonar los otros.

  1. Neuchâtel (en alemán, Neuenburg), principado suizo cuyo soberano era el rey de Prusia desde 1707, entró en 1815 en la Confederación Suiza como cantón sin dejar de pertenecer a Prusia; la revolución republicana de marzo de 1848 rompió ese vínculo. Un intento de levantamiento realista, el 3 de septiembre de 1856, fracasó, y la detención de sus jefes provocó un conflicto entre Prusia y Suiza que llegó al borde de la guerra; por el tratado de París de 26 de mayo de 1857, Federico Guillermo IV renunció a sus derechos. ↩

  2. Millas cuadradas alemanas o geográficas, de unos 55 km² cada una; lo mismo más abajo. ↩

  3. Carlos el Temerario, duque de Borgoña, fue derrotado por los suizos en Grandson y Morat (1476) y murió en la batalla de Nancy (1477). ↩

  4. María de Orleans-Longueville, duquesa de Nemours (1625-1707). A su muerte, los Estados de Neuchâtel eligieron como príncipe al rey de Prusia (3 de noviembre de 1707). ↩

  5. El Báltico. ↩

  6. Alberto III Aquiles (1414-1486), Juan Cicerón (1455-1499), Joaquín I Néstor (1484-1535) y Joaquín II Héctor (1505-1571), príncipes electores de Brandeburgo. ↩

  7. Federico II el Grande (1712-1786), rey de Prusia desde 1740, arrebató Silesia a Austria en las guerras de 1740-1742 y 1744-1745 y la defendió en la de los Siete Años. ↩

  8. Segismundo de Luxemburgo (1368-1437), rey de Hungría, rey de romanos desde 1410-1411 y emperador desde 1433. Federico VI, burgrave de Núremberg, fue como príncipe elector de Brandeburgo Federico I (1371-1440). ↩

  9. Federico II de Brandeburgo (1413-1471), llamado «Diente de Hierro». ↩

  10. La Nueva Marca, al este del Óder, comprada a la Orden Teutónica en 1455; la Marca Antigua (Altmark), al oeste del Elba, núcleo de la Marca de Brandeburgo. ↩

  11. Los taboritas formaban el ala radical, campesina y plebeya, del movimiento husita. ↩

  12. Liga de los príncipes y ciudades protestantes formada en Esmalcalda en 1531, derrotada por Carlos V en Mühlberg (1547). ↩

  13. Jorge Guillermo de Brandeburgo (1595-1640) se sumó a Gustavo Adolfo de Suecia en 1631, bajo la presión de las tropas suecas, y firmó con el emperador la paz de Praga de 1635. ↩

  14. En 1525 el gran maestre de la Orden Teutónica, Alberto de Brandeburgo-Ansbach, de la casa de Hohenzollern, secularizó el Estado de la Orden y lo convirtió en ducado de Prusia, feudo de la corona polaca. La rama de Brandeburgo lo heredó en 1618. ↩

  15. Alberto Federico (1553-1618), hijo del primer duque. Joaquín Federico se casó con Leonor, y Juan Segismundo con Ana. ↩

  16. Friedrich Wolff von Lüdinghausen (1643-1708), jesuita influyente en la corte de Leopoldo I; el tratado de la corona, de noviembre de 1700, permitió a Federico coronarse rey en Prusia en Königsberg el 18 de enero de 1701. ↩

  17. La guerra de Sucesión española (1701-1714). ↩

  18. La paz de Estocolmo de 1720 dio a Prusia la Pomerania occidental hasta el Peene, tras la Gran Guerra del Norte; los repartos de Polonia son de 1772, 1793 y 1795; en el congreso de Viena (1815) Prusia obtuvo, con el apoyo de Alejandro I, la mitad de Sajonia y las provincias del Rin. ↩