Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 21 de noviembre de 1856 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4878, del 6 de diciembre de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 80-82), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Las noticias que han traído de Europa los dos vapores llegados esta semana parecen aplazar, evidentemente, el hundimiento definitivo de la especulación y del juego de Bolsa que la gente de las dos orillas del océano espera instintivamente, como con el temor de un destino inevitable. Ese hundimiento, pese al aplazamiento, es seguro; de hecho, el carácter crónico que ha tomado la actual crisis financiera no hace más que anunciar un desenlace más violento y funesto de esa crisis. Cuanto más dura la crisis, peor es el ajuste de cuentas. Europa se encuentra en este momento en la situación de un hombre al borde de la bancarrota, obligado a la vez a seguir con todas las empresas que lo han arruinado y a recurrir a toda clase de medios desesperados con los que espera aplazar e impedir el último y terrible crac. Se lanzan nuevos calls1 de pago sobre el capital de sociedades que en su mayoría solo existen sobre el papel. Grandes sumas de dinero contante se invierten en especulaciones de las que nunca podrán retirarse, mientras que el alto tipo de interés —actualmente el siete por ciento en el Banco de Inglaterra— es como un severo heraldo del juicio que se avecina.
Aun con el mayor éxito de los artificios financieros que ahora se intentan, es imposible que las incontables especulaciones bursátiles del continente puedan llevarse mucho más lejos. Solo en la Prusia renana hay setenta y dos nuevas sociedades mineras con un capital en acciones de 79.797.333 táleros. Precisamente ahora el Crédit Mobilier austriaco2 o, mejor dicho, el Crédit Mobilier francés en Austria, tropieza con las mayores dificultades para cobrar el segundo plazo de sus acciones, paralizado como está por las medidas del gobierno austriaco para reanudar los pagos en metálico. El precio de compra de ferrocarriles y minas que ha de pagarse al Tesoro imperial debe abonarse según contrato en moneda metálica, lo que supone una salida de los recursos del Crédit Mobilier de más de 1.000.000 de dólares mensuales hasta febrero de 1858. Por otro lado, las compañías de ferrocarriles sienten tanto las dificultades de dinero en Francia que el ferrocarril del Grand Central se ha visto obligado a despedir a quinientos empleados y quince mil obreros en la línea de Mulhouse, y la compañía de ferrocarriles Lyon-Ginebra ha tenido que restringir o incluso interrumpir sus operaciones. La Indépendance Belge ha sido secuestrada dos veces en Francia por divulgar estos hechos. En relación con esta susceptibilidad del gobierno francés ante cualquier revelación de la verdadera situación del comercio y la industria franceses, son interesantes las siguientes palabras que se le escaparon al señor Petit, sustituto del procurador general, en la reciente apertura del año judicial de los tribunales de París:
«Examinad las estadísticas y aprenderéis algunas cosas interesantes sobre las tendencias actuales del comercio. El número de quiebras crece de año en año: en 1851 fueron 2.305; en 1852, 2.478; en 1853, 2.671, y en 1854, 3.691. Este aumento se observa tanto en las quiebras fraudulentas como en las simples. Las primeras han aumentado desde 1851 un 66 por ciento, y las segundas un 100 por ciento. Los fraudes en la naturaleza, la calidad y la cantidad de las mercancías vendidas, así como el uso de pesas y medidas falsas, han aumentado en proporciones alarmantes. En 1851 hubo 1.717 casos de esa clase; en 1852, 3.763; en 1853, 7.074, y en 1854, 7.831.»
Es verdad que la prensa británica nos asegura, y eso ante estos fenómenos del continente, que lo peor de la crisis ha pasado, pero buscamos en vano una prueba concluyente de ello. No la encontramos en la subida del descuento al siete por ciento por el Banco de Inglaterra; ni tampoco en el último balance del Banco de Francia, que no solo deja ver a las claras que ha sido amañado, sino que muestra incluso con bastante claridad que el banco, pese a la más estricta restricción de los empréstitos, los préstamos, los descuentos y la emisión de billetes, no ha sido capaz de frenar la salida de metales preciosos ni de prescindir del agio sobre el oro. Pero, sea como fuere, lo cierto es que el gobierno francés no comparte en absoluto las opiniones optimistas que se esfuerza en difundir dentro y fuera del país. En París se sabe que el emperador, durante las últimas seis semanas, no ha retrocedido ante los más asombrosos sacrificios de dinero para mantener la renta por encima de 66, pues en él se ha convertido, no ya en convicción, sino en firme superstición, la idea de que su caída por debajo de 66 tocará a muerto por el Imperio. Por lo visto, el Imperio francés se distingue en esto del romano: el romano temía la muerte por el avance de los bárbaros; el francés la teme por la retirada de los agiotistas.