Escrito en inglés por Karl Marx el 3 de octubre de 1856 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4833, del 15 de octubre de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 53-57), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 3 de octubre de 1856
La crisis comercial general que se presentó en Europa hacia el otoño de 1847 y duró hasta la primavera de 1848 fue precedida de un pánico en el mercado de dinero de Londres que empezó en los últimos días de abril y alcanzó su punto culminante el 4 de mayo de 1847. En esos días todas las operaciones monetarias se paralizaron por completo; pero a partir del 4 de mayo la presión cedió, y comerciantes y periodistas se felicitaron del carácter puramente accidental y pasajero del pánico. Pocos meses después estalló la crisis comercial e industrial, de la que el pánico monetario solo había sido el síntoma y el precursor.
En los mercados de dinero europeos se observa ahora un movimiento semejante al pánico de 1847. La semejanza, sin embargo, no es completa. En lugar de moverse de oeste a este, como el pánico de 1847 —de Londres a Berlín y Viena pasando por París—, el pánico actual se propaga de este a oeste: tuvo su punto de partida en Alemania, de allí se extendió a París y llegó por último a Londres. Entonces, por su lento avance, el pánico tomó un carácter local; ahora, por la rapidez de su propagación, se presenta en el acto con su carácter general. Entonces duró cosa de una semana; ahora dura ya tres. Entonces pocos sospecharon en él el precursor de una crisis general; hoy nadie lo duda, salvo esos ingleses que se figuran que hacen historia cuando leen el Times. Entonces los políticos más perspicaces temían una repetición de las crisis de 1825 y 1836; hoy están convencidos de tener delante una edición ampliada, no solo de la crisis de 1847, sino también de las revoluciones de 1848.
La inquietud de las clases altas de Europa es tan grande como su desengaño. Como desde mediados de 1849 todo había marchado enteramente a su gusto, la guerra1 había sido hasta ahora la única nube en su horizonte social. Ahora, terminada la guerra o tenida por terminada, hacen en todas partes el mismo descubrimiento que hicieron los ingleses tras la batalla de Waterloo y la paz de 1815, cuando los partes de batalla fueron sustituidos por informes sobre la miseria agrícola e industrial. Con la intención de salvar su propiedad, hicieron cuanto estuvo en su mano para aplastar la revolución y oprimir a las masas. Ahora descubren que ellas mismas han sido los instrumentos de una revolución de las relaciones de propiedad mayor que la que tenían en vista los revolucionarios de 1848. Ven venir una bancarrota general que, lo saben, tiene que coincidir con el día de rendición de cuentas de la gran casa de empeños de París;2 y así como los ingleses, después de 1815, cuando Castlereagh, «el hombre de la estricta senda del deber», se cortó el cuello, descubrieron con sorpresa que había estado loco,3 así los especuladores de la Bolsa de Europa empiezan ya a preguntarse, antes de que la cabeza de Bonaparte haya caído, si alguna vez ha estado en su sano juicio. Saben que todos los mercados están saturados de importaciones, que todas las capas de las clases poseedoras, aun las que antes no estaban contagiadas, han sido arrastradas al torbellino de la fiebre especulativa, que ningún país europeo se ha librado de ella y que las exigencias de los gobiernos a sus contribuyentes se han tensado hasta el límite. En 1848 los acontecimientos que provocaron directamente la revolución tuvieron un carácter puramente político, como los banquetes reformistas en Francia, la guerra del Sonderbund en Suiza, los debates de la Dieta Unida de Berlín, los matrimonios españoles, las complicaciones de Schleswig-Holstein, etc.,4 y cuando los soldados de la revolución, los obreros de París, proclamaron la revolución de 1848 como revolución social, sus generales quedaron tan perplejos como todo el resto del mundo. Ahora, en cambio, se da por descontada en general una revolución social antes incluso de que se proclame la revolución política; y una revolución social que no provocarán las conspiraciones subterráneas de las sociedades secretas entre los obreros, sino las maquinaciones manifiestas de los Crédits Mobiliers de las clases dominantes. Por eso la inquietud de las clases altas de Europa se ve amargada por la convicción de que sus mismas victorias sobre la revolución no han servido más que para crear en 1857 las condiciones materiales de las tendencias ideales de 1848. Así, todo el periodo que va desde mediados de 1849 hasta hoy resulta no ser más que un plazo que la historia ha concedido a la vieja sociedad europea para permitirle un último despliegue concentrado de todas sus tendencias. En la política, la adoración de la espada; en la moral, la corrupción general y la vuelta hipócrita a supersticiones caducas; en la economía política, el afán de enriquecerse sin gasto de trabajo: tales fueron las tendencias que esa sociedad reveló durante sus orgías contrarrevolucionarias de 1849 a 1856.
Si, por otro lado, comparamos el efecto de este breve pánico monetario con el efecto de las proclamas de Mazzini5 y otros, toda la historia de los errores de los consabidos revolucionarios desde 1849 queda en el acto despojada de sus misterios. No saben nada de la vida económica de los pueblos, no saben nada de las condiciones reales del desarrollo histórico, y cuando estalle la nueva revolución tendrán más derecho que Pilato a lavarse las manos y a protestar de su inocencia en la sangre derramada.
Hemos dicho que el actual pánico monetario de Europa se presentó primero en Alemania, y sobre esa circunstancia se han lanzado los periódicos de Bonaparte para lavar a su régimen de la sospecha de haber tenido la menor parte en el brusco estallido del pánico.
«El gobierno —escribe el Constitutionnel de París— se ha esforzado, nada más firmarse la paz, por refrenar el espíritu de empresa, aplazando varias concesiones nuevas y prohibiendo la introducción de nuevos proyectos en la Bolsa. Por desgracia, no pudo hacer más; no pudo impedir todos los excesos. Pero ¿de dónde procedían esos excesos? Si una parte había nacido en el mercado francés, era sin duda la menor. En su emulación, nuestras compañías de ferrocarriles quizá se precipitaron demasiado al emitir obligaciones cuyo producto se destinaba a la construcción de las líneas secundarias. Sin embargo, de ello no habrían surgido dificultades si no hubiera brotado de repente la multitud de empresas extranjeras. Ante todo Alemania, que no había participado en la guerra, se lanzó sin miramientos a toda clase de proyectos. Como no disponía de recursos suficientes, acudió a los recursos de Francia, y como el mercado oficial le estaba cerrado, nuestros especuladores le abrieron la Bolsa clandestina. Por eso Francia se convirtió en el centro de proyectos cosmopolitas que ofrecían a países extranjeros la posibilidad de enriquecerse a costa de los intereses nacionales. En consecuencia, el capital escaseó en nuestro mercado, y nuestros valores, al encontrar menos compradores, sufrieron una depreciación tal que, ante tantos elementos de riqueza y prosperidad, asombra al público.»
Después de ofrecer este ejemplo de disparate oficial imperial sobre las causas del pánico europeo, no podemos dejar de dar también un ejemplo de la clase de oposición que se tolera bajo Bonaparte.
«Puede negarse la existencia de una crisis —escribe la Assemblée nationale—, pero tenemos que admitir que la prosperidad está algo en declive si consideramos la reciente baja de los ingresos de nuestros ferrocarriles, la disminución de los préstamos del banco sobre letras comerciales y la baja de veinticinco millones de francos en los derechos de exportación recaudados en los siete primeros meses de este año.»
Así pues, en Alemania todos los elementos activos de la burguesía han dirigido su energía, desde la contrarrevolución de 1849, hacia las empresas comerciales e industriales, del mismo modo que la parte pensante de la nación ha abandonado la filosofía en favor de las ciencias naturales. Los alemanes, que se mantuvieron neutrales en la guerra, han acumulado tanto más capital cuanto más metieron en la guerra sus vecinos franceses. El Crédit Mobilier francés, al comprobar esa situación de los alemanes, con su industria y su acumulación de capital en rápido progreso, se dignó fijarse en ellos como objeto adecuado para sus operaciones; pues la alianza pasiva entre Bonaparte y Austria ya había dirigido su atención hacia los territorios inexplorados de Austria, Hungría e Italia. Pero, aunque el Crédit Mobilier dio el ejemplo de la especulación y tomó la iniciativa de ella en Alemania, él mismo se asustó del inesperado brote de empresas especulativas e instituciones de crédito surgidas a su impulso. Los alemanes de 1855-1856 recibieron los estatutos de estafa de los Crédits Mobiliers franceses tan listos y acabados como los alemanes de 1831 habían recibido las constituciones políticas de Francia.6 Así pudo un francés del siglo XVII ver con asombro cómo la corte de Luis XIV renacía cien veces más espléndida al otro lado del Rin; y así se sorprendieron los franceses de la década pasada de ver en Alemania sesenta y dos asambleas nacionales, cuando a ellos les había costado tanto trabajo reunir una. Alemania no es, con todo, un país de descentralización; lo que ocurre es que la centralización misma está descentralizada, de modo que en lugar de un centro existen muchísimos. Un país así era, por tanto, muy adecuado para desarrollar en el plazo más breve y en todas direcciones las maquinaciones que le había enseñado el Crédit Mobilier, igual que las modas de París se propagan en Alemania antes que en Francia. Esta es la causa inmediata de que el pánico estallara primero, y con mayor extensión, en Alemania. En un próximo artículo expondremos la historia del pánico mismo y sus causas inmediatas.
La guerra de Crimea (1853-1856), terminada con la paz de París del 30 de marzo de 1856. ↩
Probable alusión al Crédit Mobilier y a todo el sistema financiero del Segundo Imperio. ↩
Robert Stewart, vizconde Castlereagh (1769-1822), ministro británico de Asuntos Exteriores de 1812 a 1822, se suicidó cortándose la garganta en agosto de 1822; el jurado lo declaró perturbado. ↩
La campaña de banquetes por la reforma electoral en Francia (1847-1848); la guerra civil suiza de noviembre de 1847 contra la liga separatista de los cantones católicos (Sonderbund); la Dieta Unida prusiana de 1847; los matrimonios de la reina Isabel II y de su hermana en 1846, que enfrentaron a Francia e Inglaterra; la cuestión de los ducados de Schleswig y Holstein, unidos a la corona danesa. ↩
Giuseppe Mazzini (1805-1872), revolucionario y republicano italiano, organizador de repetidas insurrecciones desde el exilio de Londres. ↩
Tras la revolución de julio de 1830 en Francia, varios Estados alemanes (Sajonia, Hesse-Kassel, Brunswick, Hannover) obtuvieron constituciones en 1831-1833. ↩