Escrito en inglés por Karl Marx el 25 de julio de 1856 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4775, del 8 de agosto de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 37-42), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen tres erratas evidentes de la edición digital de la MEW. El título es el de la MEW; la fecha añadida, la de su publicación, lo distingue del editorial del mismo título del 18 de agosto de 1856. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Aunque las noticias que trajo ayer el Asia llevan fecha tres días posterior a la de nuestros informes anteriores, no contienen el menor indicio de un rápido final de la guerra civil en España. El golpe de Estado de O'Donnell1 ha triunfado ciertamente en Madrid, pero aún no puede decirse que haya alcanzado el éxito definitivo. El Moniteur francés, que al principio había calificado el levantamiento de Barcelona de simple motín, se ve ahora obligado a reconocer que «la lucha ha sido allí muy violenta, pero que el éxito de las tropas de la reina puede considerarse asegurado». Según la versión de este periódico oficial, la lucha en Barcelona duró desde las cinco de la tarde del 18 de julio hasta la misma hora del 21, es decir, tres días justos, momento en el cual, según el informe, los «insurgentes» habrían sido desalojados de sus posiciones y habrían huido de la ciudad perseguidos por la caballería. Se asegura, sin embargo, que los sublevados siguen en posesión de varias ciudades de Cataluña, entre ellas Gerona, La Junquera y algunas localidades menores. Resulta además que Murcia, Valencia y Sevilla han hecho sus pronunciamientos contra el golpe de Estado; que un batallón de la guarnición de Pamplona, enviado por el gobernador de esta ciudad contra Soria, se ha declarado por el camino contra el gobierno y marcha sobre Zaragoza para unirse allí a la sublevación, y, por último, que en Zaragoza, centro de la resistencia reconocido desde el principio, el general Falcón ha pasado revista a más de 16.000 soldados de línea, reforzados por 15.000 hombres de la milicia y campesinos de los alrededores.
En todo caso, el gobierno francés considera que la «insurrección» de España no está aún sofocada, y Bonaparte, lejos de contentarse con enviar unos cuantos batallones a ocupar la frontera, ha ordenado que una brigada avance hasta el Bidasoa, y esa brigada se está elevando a la fuerza de una división con refuerzos de Montpellier y Toulouse. Parece también que una segunda división, en virtud de órdenes dadas el 23 de julio directamente desde Plombières,2 ha sido destacada inmediatamente del ejército de Lyon y marcha ahora hacia los Pirineos, donde se está concentrando ya un corps d'observation3 completo de 25.000 hombres. Si la resistencia contra el gobierno de O'Donnell lograra sostenerse, si se mostrara tan fuerte que tentara a Bonaparte a una invasión armada de la península, el golpe de Estado de Madrid habría dado la señal del hundimiento del golpe de Estado de París.
Si consideramos el curso general de la acción y las dramatis personae, esta conspiración española de 1856 aparece como una simple reedición del intento semejante de 1843,4 con algunas pequeñas variaciones, naturalmente. Entonces, como ahora, Isabel en Madrid y Cristina en París;5 Luis Felipe en lugar de Luis Bonaparte, dirigiendo el movimiento desde las Tullerías; de un lado, Espartero y sus ayacuchos;6 del otro, O'Donnell, Serrano, Concha, con Narváez entonces en el proscenio y ahora entre bastidores. En 1843 Luis Felipe envió por tierra dos millones en oro y por mar a Narváez y sus amigos, después de haber concluido con la señora Muñoz7 el tratado sobre los matrimonios españoles. La complicidad de Bonaparte en el golpe de Estado español —de Bonaparte, que quizá ha urdido el matrimonio de su primo, el príncipe Napoleón, con una señorita Muñoz, y que en todo caso tiene que seguir imitando a su tío— no la indican solo las amenazas que el Moniteur lanza desde hace dos meses contra las conspiraciones comunistas de Castilla y Navarra; ni solo la actuación del embajador francés en Madrid, el señor de Turgot,8 antes, durante y después del golpe de Estado, el mismo hombre que fue ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte durante su propio golpe de Estado; ni solo el hecho de que el duque de Alba, cuñado de Bonaparte, apareciera inmediatamente después de la victoria de O'Donnell como presidente del nuevo ayuntamiento de Madrid; ni solo que Ros de Olano, viejo miembro del partido afrancesado, fuera el primero a quien se ofreció una cartera en el gabinete de O'Donnell; ni solo que Bonaparte enviara en el acto a Narváez a Bayona en cuanto llegaron a París las primeras noticias del asunto. Ya antes se había apuntado esa complicidad cuando se transportaron grandes cantidades de munición de Burdeos a Bayona, quince días antes de la actual crisis de Madrid. Pero, sobre todo, la indica el plan de operaciones que siguió O'Donnell en su correría contra la población de esa ciudad. Desde el principio anunció que no retrocedería ante la idea de volar Madrid, y durante los combates cumplió exactamente su palabra. Ahora bien, O'Donnell, aunque es un tipo audaz, nunca ha arriesgado un paso atrevido sin asegurarse una retirada segura. Como su famoso tío, el héroe de la traición,9 nunca quemó el puente a sus espaldas al cruzar el Rubicón. El órgano de la combatividad está en los O'Donnell singularmente refrenado por los órganos de la cautela y del sigilo.10 Está claro que todo general que lanza la amenaza de reducir la capital a escombros y cenizas, y fracasa en su empresa, se juega la cabeza. ¿Cómo se aventuró, pues, O'Donnell en terreno tan delicado? El secreto lo revela el Journal des Débats, órgano particular de la reina Cristina:
«O'Donnell esperaba una dura batalla y, en el mejor de los casos, una victoria muy reñida. En sus cálculos entraba la posibilidad de una derrota. Si se hubiera producido tal desgracia, el mariscal habría abandonado Madrid con el resto de su ejército y, escoltando a la reina, se habría dirigido a las provincias del norte para acercarse a la frontera francesa.»
¿No parece todo esto exactamente como si hubiera concertado su plan con Bonaparte? Exactamente el mismo plan se había acordado en 1843 entre Luis Felipe y Narváez, y este era a su vez una copia del convenio secreto entre Luis XVIII y Fernando VII de 1823.11
Una vez admitido este plausible paralelo entre las conspiraciones españolas de 1843 y 1856, quedan todavía suficientes rasgos distintivos en los dos movimientos que muestran los enormes progresos que el pueblo español ha hecho en tan corto espacio de tiempo. Esos rasgos son: el carácter político de la última lucha de Madrid, su importancia militar y, por último, la posición de Espartero y la de O'Donnell en 1856, comparadas con la que ambos tenían en 1843. En 1843 todos los partidos se habían cansado de Espartero. Para librarse de él se formó una poderosa coalición entre moderados y progresistas. Juntas revolucionarias, que brotaron como hongos en todas las ciudades, abrieron el camino a Narváez y a sus secuaces. En 1856 no solo tenemos a la corte y al ejército de un lado contra el pueblo del otro, sino que también dentro de las filas del pueblo encontramos las mismas líneas divisorias que en el resto de Europa occidental. El 13 de julio el gabinete de Espartero presentó su dimisión forzosa; en la noche del 13 al 14 se constituyó el gabinete de O'Donnell; en la mañana del 14 corrió el rumor de que O'Donnell, encargado de formar gabinete, había invitado a unírsele a Ríos Rosas, el desacreditado ministro de las sangrientas jornadas de julio de 1854.12 A las once de la mañana la Gaceta confirmó el rumor. Entonces se reunieron las Cortes; estaban presentes 93 diputados. Según el reglamento de esa corporación, bastan 20 miembros para convocar una sesión y 50 para tomar acuerdos. Además, las Cortes no habían sido suspendidas formalmente. El general Infante,13 el presidente, no pudo menos de ceder al deseo general de celebrar una sesión en regla. Se presentó una moción que declaraba que el nuevo gabinete no gozaba de la confianza de las Cortes y que debía informarse de esa votación a Su Majestad. Al mismo tiempo, las Cortes invitaron a la Guardia Nacional a mantenerse dispuesta para el combate. Escoltada por un destacamento de la Milicia Nacional, la comisión de las Cortes se dirigió a la reina con el voto de censura. Cuando sus miembros intentaron entrar en el palacio, fueron rechazados por las tropas de línea, que abrieron fuego contra ellos y su escolta. Este incidente dio la señal de la sublevación. La orden de empezar a levantar barricadas la dieron las Cortes a las siete de la tarde, y su asamblea fue disuelta inmediatamente después por las tropas de O'Donnell. La lucha empezó esa misma noche, y solo un batallón de la Milicia Nacional se unió a las tropas reales. Es digno de señalarse que ya en la mañana del 13 el señor Escosura,14 ministro de la Gobernación de Espartero, había telegrafiado a Barcelona y a Zaragoza que era inminente un golpe de Estado y que había que prepararse para resistir. Al frente de los sublevados de Madrid estaban el señor Madoz15 y el general Valdez, hermano de Escosura. En suma, no cabe duda de que la resistencia contra el golpe de Estado tuvo su origen en los esparteristas, los burgueses y los liberales en general. Mientras ellos, con la milicia, tomaban posiciones en una línea que atravesaba Madrid de este a oeste, los obreros, al mando de Pucheta,16 ocupaban el sur y parte del norte de la ciudad.
En la mañana del 15 O'Donnell tomó la iniciativa. Aun según el testimonio parcial del Débats, O'Donnell no obtuvo ninguna ventaja apreciable durante la primera mitad del día. De pronto, hacia la una, las filas de la Milicia Nacional empezaron a desbandarse sin motivo aparente; a las dos estaban aún más mermadas, y a las seis habían desaparecido por completo de la escena, dejando todo el peso de la lucha a los obreros, que la sostuvieron hasta las cuatro de la tarde del 16. Así pues, en estos tres días de matanza hubo dos batallas distintas: una, la de la milicia liberal de la burguesía, apoyada por los obreros, contra el ejército; otra, la del ejército contra los obreros abandonados por la milicia. Como dice Heine:
Es una vieja historia, pero sigue siendo siempre nueva.17
Espartero abandona a las Cortes, las Cortes abandonan a los jefes de la Guardia Nacional, los jefes abandonan a sus hombres y los hombres abandonan al pueblo. El 15, sin embargo, las Cortes volvieron a reunirse, cuando Espartero reapareció por un momento. El señor Assensio y otros diputados le recordaron sus repetidas protestas de que el primer día en que la libertad del país estuviera en peligro desenvainaría su gloriosa espada de Luchana.18 Espartero puso al cielo por testigo de su inquebrantable patriotismo, y cuando se marchó todos daban por seguro que pronto se le vería al frente del levantamiento. En lugar de eso, se fue a casa del general Gurrea, donde se escondió à la Palafox19 en un sótano a prueba de bombas, y desde entonces no se ha vuelto a saber de él. Los jefes de la milicia, a los que la víspera cualquier medio les parecía bueno para incitar a los milicianos a tomar las armas, ponían ahora el mismo empeño en volver a sus casas. A las dos y media de la tarde, el general Valdez, que durante unas horas había usurpado el mando de la milicia, reunió en la Plaza Mayor a los soldados que estaban bajo su mando inmediato y les dijo que el hombre que naturalmente debía estar a su frente no quería mostrarse y que, por consiguiente, cada uno era libre de irse. Entonces los guardias nacionales corrieron a sus casas a quitarse a toda prisa el uniforme y esconder las armas. Tal es el contenido esencial del relato, que procede de una fuente bien informada. Otra fuente da como razón de este súbito acto de sumisión a la conspiración que se había considerado que la victoria de la Guardia Nacional habría acarreado probablemente la caída del trono y la supremacía absoluta de la democracia republicana. La Presse de París nos da a entender también que el mariscal Espartero, tras ver el giro que los demócratas del Congreso habían dado a las cosas, no quiso sacrificar el trono ni lanzarse a los peligros de la anarquía y la guerra civil, y por consiguiente hizo todo lo que estaba en su mano para conseguir la sumisión a O'Donnell.
Es cierto que los pormenores sobre la duración, las circunstancias y el hundimiento de la resistencia contra el golpe de Estado los dan distintos autores de distinta manera, pero todos coinciden en el punto principal: que Espartero abandonó a las Cortes, las Cortes a los jefes, los jefes a la burguesía y la burguesía al pueblo. Esto nos da una nueva ilustración del carácter de la mayoría de las luchas que tuvieron lugar en Europa en 1848-1849 y que aún han de tener lugar en la parte occidental de este continente. De un lado están la industria y el comercio modernos, cuya cabeza natural, la burguesía, aborrece el despotismo militar; pero, cuando emprende la lucha contra ese despotismo, intervienen los propios obreros, ese producto de la organización moderna del trabajo, para reclamar la parte que les corresponde en el fruto de la victoria. Asustada, pues, por las consecuencias de una alianza que se le ha impuesto contra su voluntad, la burguesía vuelve a retirarse al amparo de las baterías protectoras del odiado despotismo. Este es el secreto de los ejércitos permanentes de Europa, que de otro modo resultarían incomprensibles para el historiador futuro. A la burguesía europea se le da así a entender que tiene que someterse a un poder político que aborrece y renunciar a las ventajas de la industria y el comercio modernos y de las relaciones sociales basadas en ellos, o bien perder los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas sociales ha concedido, en su primera fase, exclusivamente a una clase. Que esta lección la diera precisamente España es tan acertado como sorprendente.
Leopoldo O'Donnell (1809-1867), general, ministro de la Guerra en el gabinete de Espartero desde 1854. El 14 de julio de 1856 forzó la salida de Espartero, formó gobierno y aplastó en Madrid la resistencia de la Milicia Nacional y de las Cortes; fue el final del bienio progresista. ↩
Balneario de los Vosgos donde Napoleón III pasaba temporadas. ↩
«Cuerpo de observación». ↩
En 1843 una coalición de moderados y progresistas, con apoyo francés, derribó la regencia de Baldomero Espartero (1793-1879); Narváez desembarcó en Valencia y entró en Madrid. ↩
Isabel II (1830-1904), reina de España; su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878), regente de 1833 a 1840, residía en Francia. ↩
El grupo de militares de confianza de Espartero, al que se dio ese nombre porque algunos habían luchado en la batalla de Ayacucho (1824), en la guerra de independencia del Perú. ↩
María Cristina, casada en secreto con Agustín Fernando Muñoz, duque de Riánsares. Los «matrimonios españoles» de 1846 casaron a Isabel II con su primo Francisco de Asís y a su hermana Luisa Fernanda con el duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe. ↩
Louis-Félix-Étienne, marqués de Turgot (1796-1866), ministro francés de Asuntos Exteriores en 1851-1852. ↩
Enrique José O'Donnell, conde de La Bisbal (1769-1834), que en 1819 traicionó la conspiración liberal del ejército reunido en Andalucía para la expedición a América. ↩
Términos de la frenología de la época, que localizaba en el cráneo «órganos» de las facultades morales. ↩
En 1823 el ejército francés de los «Cien Mil Hijos de San Luis» invadió España y restableció el poder absoluto de Fernando VII, por encargo del Congreso de Verona (1822). ↩
Antonio de los Ríos Rosas (1812-1873), político moderado, ministro de la Gobernación en el gabinete que formó el duque de Rivas el 18 de julio de 1854, en plena insurrección de Madrid; en el gabinete de O'Donnell de 1856 volvió a ocupar la cartera de Gobernación. ↩
Facundo Infante (1786-1873), general progresista, presidente de las Cortes Constituyentes. ↩
Patricio de la Escosura (1807-1878), escritor y político progresista, ministro de la Gobernación en 1856. ↩
Pascual Madoz (1806-1870), político progresista, autor del Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y de la ley de desamortización de 1855. ↩
Manuel Pucheta, uno de los jefes populares de las insurrecciones madrileñas de 1854 y 1856. ↩
Heinrich Heine, Lyrisches Intermezzo, poema 39: «Es ist eine alte Geschichte, / Doch bleibt sie immer neu». ↩
En la batalla de Luchana (24 de diciembre de 1836) Espartero levantó el sitio carlista de Bilbao. ↩
José de Palafox (1775-1847), defensor de Zaragoza en los sitios de 1808-1809. Se le reprochó haber pasado el segundo sitio refugiado en un sótano. ↩