Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 11 de agosto de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5102, del 27 de agosto de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 254-259), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 11 de agosto de 1857
La cuestión de Oriente, de la que se dijo hace unos catorce meses que había quedado zanjada con una paz en París,1 ha vuelto a abrirse de lleno con una huelga diplomática en Constantinopla. Allí las embajadas de Francia, Rusia, Prusia y Cerdeña han arriado sus banderas y roto sus relaciones con la Puerta. Los embajadores de Inglaterra y de Austria, que respaldan la resistencia del Diván a las exigencias de las cuatro potencias, han declarado al mismo tiempo que no rehuirán ninguna responsabilidad que pueda derivarse del conflicto.
Estos sucesos ocurrieron el 6 del corriente. La historia del drama es la vieja, pero los dramatis personae han cambiado de papel y se da a la trama cierto aire de novedad mediante una nueva mise en scène. Ahora no es Rusia, sino Francia, la que ocupa la vanguardia. El señor Thouvenel, su embajador en Constantinopla,2 en un tono un tanto afectado, a lo Ménshikov,3 exigió imperiosamente a la Puerta que anulara las elecciones moldavas porque Vogoride, el caimacán de Moldavia,4 con una injerencia desleal y en violación del tratado de París, se las había arreglado para dar la mayoría de los representantes a los antiunionistas. La Puerta puso reparos a este dictado, pero se declaró dispuesta a llamar al caimacán a Constantinopla para que respondiera allí de las acusaciones formuladas contra su administración. El señor Thouvenel rechazó con altanería esta propuesta e insistió en que la investigación de las operaciones electorales se entregara a la Comisión europea de reorganización instalada en Bucarest. Como la mayoría de esa Comisión la forman los comisarios de Francia, Rusia, Prusia y Cerdeña, precisamente las partes que trabajan por la unión de las provincias del Danubio y acusan a Vogoride del delito de injerencia ilegal, la Puerta, empujada por los embajadores de Gran Bretaña y de Austria, se negó, como es natural, a hacer de sus adversarios declarados jueces en su propia causa. Entonces sobrevino la catástrofe.
La verdadera cuestión en litigio es evidentemente la misma que dio origen a la guerra rusa, a saber, la separación virtual de las provincias del Danubio respecto de Turquía, que esta vez no se intenta en forma de «garantía material»,5 sino en forma de una unión de los Principados bajo el cetro de un príncipe títere europeo. Rusia, a su manera tranquila, circunspecta y paciente, nunca se desvía de su propósito fijado. Ya ha logrado alinear, en un asunto en el que solo ella está interesada, a algunos de sus enemigos contra los demás, y puede esperar así someter a los unos con los otros. En cuanto a Bonaparte, le mueven diversos motivos. Espera encontrar en las complicaciones exteriores una válvula de seguridad contra el descontento interior. Le halaga inmensamente que Rusia se digne aparecer con máscara francesa y le deje dirigir el baile. Su imperio de ficciones tiene que contentarse con triunfos teatrales, y en el fondo de su alma quizá se engañe con la idea de sentar, con ayuda de Rusia, a un Bonaparte en el trono de pega de una Rumanía improvisada a fuerza de protocolos. Desde la famosa conferencia de Varsovia de 1850 y la marcha de un ejército austriaco hasta los confines septentrionales de Alemania,6 Prusia ansía tomarse alguna pequeña revancha sobre Austria, siempre que se le permita al mismo tiempo mantenerse fuera de peligro. Cerdeña pone todas sus esperanzas en un conflicto con Austria que ya no se libre en la peligrosa alianza con las revoluciones italianas, sino a la zaga de las potencias despóticas del continente.
Austria pone tanto empeño en contrarrestar la unión de los Principados del Danubio como Rusia en promoverla. Conoce el motivo primero de ese plan, que apunta todavía más directamente contra su propio poder que contra el de la Puerta. Palmerston, por último, cuyo principal capital de popularidad consiste en un antirrusismo espurio, tiene naturalmente que fingir que comparte los temores reales de Francisco José. Tiene que aparentar a toda costa que se pone del lado de Austria y de la Puerta y que no cede a la presión rusa más que forzado por Francia. Tal es la posición de las partes respectivas. El pueblo rumano no es más que un pretexto, algo que no entra para nada en la cuestión. Ni los entusiastas más desesperados serán capaces de reunir credulidad suficiente para creer en el celo sincero de Luis Napoleón por la pureza de las elecciones populares o en el ardiente deseo de Rusia de fortalecer la nacionalidad rumana, cuya destrucción no ha dejado de ser objeto de sus intrigas y de sus guerras desde los días de Pedro el Grande.
Un periódico fundado en Bruselas por ciertos patriotas rumanos, que se llaman así a sí mismos, y titulado L'Étoile du Danube, acaba de publicar una serie de documentos relativos a las elecciones moldavas, cuya parte sustancial me propongo traducir para The Tribune. Se trata de cartas dirigidas a Nicolás Vogoride, caimacán de Moldavia, por Esteban Vogoride, su padre; por Musurus, su cuñado y embajador turco en Londres; por A. Vogoride, su hermano y secretario de la embajada turca en Londres; por el señor Fotiades, otro cuñado suyo y encargado de negocios del gobierno moldavo en Constantinopla, y, por último, por el barón Prokesch, internuncio austriaco ante la Sublime Puerta.7 Esta correspondencia fue robada hace algún tiempo del palacio del caimacán en Iași, y L'Étoile du Danube se jacta ahora de poseer las cartas originales. L'Étoile du Danube considera el robo con fractura un camino del todo respetable para obtener información diplomática, y en esta manera de ver las cosas parece respaldarla toda la prensa oficial europea.
CORRESPONDENCIA SECRETA RELATIVA A LAS ELECCIONES MOLDAVAS,
PUBLICADA POR L'ÉTOILE DU DANUBE
Fragmento de una carta del señor C. Musurus, embajador otomano en Londres, al caimacán Vogoride
Londres, 23 de abril de 1857
«Le digo confidencialmente que lord Clarendon8 aprueba su respuesta a los cónsules de Francia y de Rusia en lo tocante a la prensa. La ha encontrado honrosa, justa y legal. He encarecido a Su Excelencia la sabiduría de su conducta en las circunstancias actuales. Escribo a la Puerta y procuro asegurarle el éxito en la brillante carrera de la que se muestra usted tan digno. Usted salvará a este hermoso país del peligro al que intentan arrastrarlo unos traidores indignos del nombre de moldavos. Movidos por intereses y recompensas materiales, llevan su perversidad hasta contribuir a convertir Moldavia, su patria, en un simple apéndice de Valaquia y a borrarla del mapa de los pueblos que se gobiernan a sí mismos. Con el pretexto de fundar no sé qué fabulosa Rumanía, quieren reducir Moldavia y a los moldavos al estado de Irlanda y de los irlandeses, sin importarles las maldiciones de las generaciones presentes y venideras. Cumple usted el deber de un patriota honrado y virtuoso al detestar esa chusma, que no se avergüenza de llamarse partido nacional. El partido unionista puede llamarse partido nacional en Valaquia, donde aspira al engrandecimiento de la patria; pero por la misma razón no puede designarse en Moldavia más que con el nombre de partido antinacional. Allí el único partido nacional es el que resiste a la unión... El gobierno inglés es hostil a la unión. No lo dude usted. Le digo confidencialmente que hace poco se han enviado instrucciones en ese sentido al comisario inglés en Bucarest (que es amigo mío), y Su Excelencia verá en breve los resultados de esas instrucciones. La respuesta que ha dado usted a los cónsules de Francia y de Rusia respecto a la prensa era la adecuada... Era su deber, como jefe de un Principado que se gobierna a sí mismo, rechazar la intervención escandalosa e ilegal de extranjeros en los asuntos internos. No es culpa suya si esos dos cónsules se han puesto en una posición falsa de la que sus gobiernos solo pueden sacarlos llamándolos... No temo menos que la Puerta, constreñida por la intervención extranjera, se vea en la desagradable situación de tener que negarle a pesar suyo, en su correspondencia con usted, toda la satisfacción que le produce y todos los elogios que le merece su conducta moderada y prudente. Como caimacán de Moldavia, tiene usted desde luego que someterse al gobierno supremo; pero al mismo tiempo, como jefe de ese Principado independiente y como boyardo moldavo, tiene que cumplir su deber para con su país y, si es preciso, hacer presente a la Puerta que el primero de los privilegios ab antiquo9 de los Principados es la existencia de Moldavia como Principado distinto y que se gobierna a sí mismo.»
A. Vogoride, secretario de la embajada turca en Londres, al caimacán Vogoride
«Me apresuro a informarle de que su cuñado acaba de ver a lord Palmerston. Trae noticias importantes sobre la disposición de Su Señoría en contra de la unión de los Principados. Lord Palmerston es un adversario resuelto de la unión; la considera subversiva de los derechos de nuestro soberano, y en consecuencia se enviarán instrucciones análogas a sir Henry Bulwer,10 comisario de Gran Bretaña en los Principados. Así que, como ya le escribí, es preciso que haga usted todos los esfuerzos posibles para impedir que los moldavos expresen ningún deseo en favor de la unión y para mostrarse digno de la benevolencia de la Puerta o del apoyo de Inglaterra y de Austria. Como las tres potencias están decididas a obstaculizar la unión, no tiene usted por qué preocuparse de lo que se propongan o amenacen hacer los franceses, cuyos periódicos le tratan como a un griego.»
El mismo al mismo
Londres, 15 de abril de 1857
«Le aconsejo que siga a ciegas en todo al cónsul austriaco, aunque se comportara de un modo todavía más enojoso, y a pesar de todos sus defectos. Tiene usted que considerar que ese hombre solo actúa conforme a las instrucciones de su gobierno. Austria está de acuerdo con las ideas de la Sublime Puerta y de Gran Bretaña, y por esa razón, cuando Austria esté contenta, también lo estarán Turquía e Inglaterra. Le repito, pues, que debe atenerse a los consejos y deseos del cónsul austriaco y emplear, sin la menor objeción, a todas las personas que le proponga, sin informarse de si las personas recomendadas son perversas o de mala fama. Basta con que esos hombres estén sinceramente en contra de la unión. Con eso basta, porque, si el Diván moldavo proclamara la unión, Austria le acusaría a usted de ser el responsable, por haberse resistido a los consejos de su cónsul, tan activo en la oposición a la unión. En cuanto a Inglaterra, nunca permitirá que la unión se realice, aunque todos los divanes se pronuncien a favor. Con todo, es deseable que impida usted que el Diván moldavo se pronuncie por la unión, porque así las dificultades de las tres potencias frente a Francia y Rusia serán menores, y entonces le deberán gratitud... Hizo usted muy bien en no conceder la libertad de prensa, de la que los locos moldavos, amigos de Rusia con máscara francesa, abusarían para provocar un movimiento popular en favor de la unión... Impida usted maniobras de ese tipo. Estoy seguro de que, si L'Étoile du Danube y otras malas publicaciones semejantes se publicaran en Francia, el gobierno no dejaría de despachar en el acto a sus autores a Cayena. Francia, que tanto anhela clubes de la libertad y reuniones políticas en Moldovalaquia, debería empezar por admitirlos en su casa, en lugar de imponer el destierro y las amonestaciones a todos los periodistas que se atreven a hablar con un poco de libertad. Charité bien ordonnée, como dice el proverbio francés, commence par soi-même.11 El tratado de París no habla de la unión de los Principados; se limita a decir que los divanes se pronunciarán sobre la reorganización interna del país; pero los locos que hacen de la unión su consigna, olvidando por completo la cláusula del tratado, en lugar de reflexionar sobre las reformas internas, solo piensan en una nueva organización internacional y meditan la independencia bajo príncipes extranjeros... Inglaterra, completamente de acuerdo con Austria, se opone del todo a la unión y, de concierto con la Sublime Puerta, nunca permitirá que se lleve a cabo. Si el cónsul francés le dice a usted lo contrario, no le crea, porque miente.»
El tratado de París del 30 de marzo de 1856, que puso fin a la guerra de Crimea. Preveía la consulta de la población de Moldavia y Valaquia, mediante asambleas (divanes ad hoc), sobre la futura organización de los Principados. ↩
Édouard Thouvenel (1818-1866), diplomático francés, embajador en Constantinopla de 1855 a 1860. ↩
Alusión a la misión del príncipe Alexandr Ménshikov en Constantinopla en 1853, cuyas exigencias a la Puerta precedieron a la guerra de Crimea. ↩
Nicolae Vogoride (1820-1863), caimacán (lugarteniente del sultán) de Moldavia en 1857-1858. ↩
Con ese nombre justificó Rusia la ocupación de Moldavia y Valaquia en julio de 1853. ↩
En octubre de 1850, en las conferencias de Varsovia, el zar Nicolás I apoyó a Austria frente a Prusia en la disputa por la hegemonía en Alemania; en noviembre, en Olmütz, Prusia tuvo que ceder, y a comienzos de 1851 tropas austriacas entraron en el Holstein. ↩
Esteban Vogoride (Ștefan Vogoride, h. 1780-1859), dignatario otomano de origen búlgaro, caimacán de Moldavia en 1821-1822; Kostaki Musurus (1807-1891), embajador otomano en Londres de 1851 a 1885; Anton von Prokesch-Osten (1795-1876), diplomático austriaco, internuncio en Constantinopla de 1855 a 1871. ↩
George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores británico de 1853 a 1858. ↩
En latín, «desde antiguo». ↩
Henry Lytton Bulwer (1801-1872), diplomático británico, comisario en los Principados del Danubio en 1856-1858. ↩
«La caridad bien entendida empieza por uno mismo.» ↩