Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de julio de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5091, del 14 de agosto de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 242-246), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 28 de julio de 1857
El discurso de tres horas que el señor Disraeli pronunció anoche en la «Casa Muerta»1 más bien ganará que perderá si se lee en lugar de escucharse. Desde hace algún tiempo, el señor Disraeli afecta una solemnidad tremenda en el hablar, una lentitud estudiada en la dicción y un formalismo sin pasión que, por bien que cuadren con sus ideas particulares sobre la dignidad que conviene a un ministro en expectativa, son verdaderamente penosos para su torturado auditorio. Hubo un tiempo en que lograba dar incluso a los lugares comunes el aire punzante de los epigramas. Ahora se las arregla para enterrar hasta los epigramas en el tedio convencional de la respetabilidad. Un orador que, como el señor Disraeli, sobresale manejando el puñal más que blandiendo la espada, debería haber sido el último en olvidar la advertencia de Voltaire: «Todos los géneros son buenos, salvo el género aburrido».2
Además de estas peculiaridades técnicas que caracterizan la actual manera de su elocuencia, el señor Disraeli, desde la subida al poder de Palmerston, ha procurado con todo cuidado quitar a sus exhibiciones parlamentarias todo posible interés de actualidad. Sus discursos no están destinados a sacar adelante sus mociones, sino que sus mociones están destinadas a preparar sus discursos. Podría llamárselas mociones abnegadas, pues están construidas de modo que ni dañen al adversario si se aprueban ni perjudiquen al proponente si se rechazan. En realidad, no pretenden ni ser aprobadas ni rechazadas, sino simplemente que se las deje caer. No pertenecen ni a los ácidos ni a los álcalis: nacen neutras. El discurso no es el vehículo de la acción, sino que la hipocresía de la acción da la ocasión para un discurso. Puede que esta sea, en efecto, la forma clásica y final de la elocuencia parlamentaria; pero entonces, en todo caso, la forma final de la elocuencia parlamentaria no debe poner reparos a compartir la suerte de todas las formas finales del parlamentarismo: la de figurar en la categoría de las molestias públicas. La acción, como dijo Aristóteles, es la ley que gobierna el drama.3 Lo mismo vale para la oratoria política. El discurso del señor Disraeli sobre la rebelión india podría publicarse en los folletos de la Sociedad para la Propagación de los Conocimientos Útiles,4 o pronunciarse en un instituto de artesanos, o presentarse como memoria a un premio de la Academia de Berlín. Esta curiosa imparcialidad de su discurso respecto al lugar donde, el momento en que y la ocasión con que se pronunció prueba de sobra que no se ajustaba ni al lugar, ni al momento, ni a la ocasión. Un capítulo sobre la decadencia del Imperio romano que se leería de maravilla en Montesquieu o en Gibbon resultaría un disparate enorme en boca de un senador romano, cuyo oficio propio era precisamente detener esa decadencia. Es cierto que en nuestros parlamentos modernos cabría imaginar un papel que no careciese de dignidad ni de interés: el de un orador independiente que, desesperando de influir en el curso real de los acontecimientos, se contentara con adoptar una posición de neutralidad irónica. Ese papel lo representó con más o menos fortuna el difunto señor Garnier-Pagès —no el Garnier-Pagès que se recuerda del Gobierno provisional— en la Cámara de Diputados de Luis Felipe;5 pero el señor Disraeli, jefe declarado de una facción caduca, consideraría un fracaso supremo hasta el éxito en ese género. La rebelión del ejército indio ofrecía sin duda una ocasión magnífica para el lucimiento oratorio. Pero, aparte de su manera lúgubre de tratar el asunto, ¿cuál era la sustancia de la moción que tomó como pretexto para su discurso? No era moción alguna. Fingió estar deseoso de conocer dos documentos oficiales: de uno no estaba muy seguro de que existiera, y del otro estaba seguro de que no tocaba directamente la cuestión de que se trataba. En consecuencia, su discurso y su moción no tenían más punto de contacto que este: que la moción anunciaba un discurso sin objeto y que el objeto se confesaba indigno de un discurso. Aun así, como opinión muy elaborada del más distinguido estadista inglés fuera del gobierno, el discurso del señor Disraeli merece atraer la atención del extranjero. Me contentaré con dar, con sus ipsissima verba,6 un breve análisis de sus «consideraciones sobre la decadencia del Imperio angloindio».
«¿Indican los disturbios de la India un motín militar o son una rebelión nacional? ¿Es la conducta de las tropas consecuencia de un impulso repentino o resultado de una conspiración organizada?»
De estos puntos, afirma el señor Disraeli, depende toda la cuestión. Hasta hace diez años, sostuvo, el Imperio británico en la India se fundaba en el viejo principio de divide et impera,7 pero ese principio se aplicaba respetando las diferentes nacionalidades de que se componía la India, evitando tocar su religión y protegiendo su propiedad territorial. El ejército de los cipayos servía de válvula de seguridad que absorbía los espíritus turbulentos del país. Pero en los últimos años se ha adoptado en el gobierno de la India un principio nuevo: el principio de destruir la nacionalidad. Ese principio se ha llevado a efecto mediante la destrucción violenta de los príncipes indígenas, la alteración del régimen de la propiedad y la injerencia en la religión del pueblo. En 1848 las dificultades financieras de la Compañía de las Indias Orientales habían llegado a tal punto que se hizo necesario aumentar sus ingresos de un modo u otro. Se publicó entonces una minuta del Consejo en la que se establecía, casi sin disimulo, el principio de que el único modo de obtener mayores ingresos era ensanchar los territorios británicos a costa de los príncipes indígenas. En consecuencia, a la muerte del rajá de Satara, la Compañía de las Indias Orientales no reconoció a su heredero adoptivo y absorbió el principado en sus propios dominios.8 Desde ese momento se aplicó el sistema de anexión siempre que un príncipe indígena moría sin herederos naturales. El principio de la adopción —la piedra angular misma de la sociedad india— fue dejado de lado sistemáticamente por el gobierno. Así, de 1848 a 1854 se anexionaron por la fuerza al Imperio británico los principados de más de una docena de príncipes independientes. En 1854 se tomó por la fuerza el principado de Berar, que comprendía 80.000 millas cuadradas de tierra, una población de 4 a 5 millones de habitantes y tesoros enormes.9 El señor Disraeli termina la lista de anexiones forzosas con Oudh,10 que hizo chocar al gobierno de las Indias Orientales no solo con los hindúes, sino también con los mahometanos. Luego el señor Disraeli pasa a mostrar cómo el nuevo sistema de gobierno trastornó el régimen de la propiedad en la India durante los últimos diez años.
«El principio de la ley de adopción —dice— no es una prerrogativa de los príncipes y principados de la India; se aplica a todo hombre del Indostán que posea tierras y profese la religión hindú.»
Cito un pasaje:
«El gran feudatario, o jaguedar, que tiene sus tierras a cambio de un servicio público a su señor, y el enamdar, que tiene su tierra libre de toda contribución territorial y que corresponde, si no con precisión, al menos en un sentido popular, a nuestro freeholder;11 ambas clases —las más numerosas de la India— encuentran siempre en este principio, cuando les faltan herederos naturales, el medio de procurarse sucesores en sus fincas. Todas estas clases se vieron tocadas por la anexión de Satara; se vieron tocadas por la anexión de los territorios de los diez príncipes inferiores, pero independientes, a los que ya he aludido, y se vieron más que tocadas, aterrorizadas hasta el último extremo, cuando tuvo lugar la anexión del principado de Berar. ¿Qué hombre estaba seguro? ¿Qué feudatario, qué propietario libre que no tuviera un hijo de su sangre estaba seguro en toda la India? [Muy bien, muy bien.] No eran temores vanos; se actuó en gran escala conforme a ellos y se llevaron a la práctica. Por primera vez en la India empezó la recuperación de jaghires y de inams. Sin duda ha habido momentos impolíticos en que se ha intentado investigar los títulos, pero nadie había soñado nunca con abolir la ley de adopción; por eso ninguna autoridad, ningún gobierno, se había hallado nunca en situación de recuperar los jaghires y los inams cuyos titulares no habían dejado herederos naturales. Era esta una nueva fuente de ingresos; pero mientras todas estas cosas obraban sobre el ánimo de estas clases de hindúes, el gobierno dio otro paso para trastornar el régimen de la propiedad, sobre el que ahora debo llamar la atención de la Cámara. La Cámara sabe sin duda, por la lectura de las declaraciones recogidas ante la comisión de 1853, que hay grandes porciones de la tierra de la India exentas de la contribución territorial. Estar libre de la contribución territorial en la India es mucho más que equivalente a estarlo en este país, pues, hablando en general y en términos populares, la contribución territorial es en la India toda la tributación del Estado.
»El origen de estas concesiones es difícil de desentrañar, pero sin duda son de gran antigüedad. Las hay de diferentes clases. Además de las propiedades libres privadas, que son muy extensas, hay grandes concesiones de tierra libre de la contribución territorial con las que se han dotado mezquitas y templos.»
Con el pretexto de reclamaciones fraudulentas de exención, el gobernador general británico se arrogó el examen de los títulos de las fincas indias. Con el nuevo sistema, establecido en 1848,
«ese plan de investigar los títulos se adoptó en el acto como prueba de un gobierno poderoso, de un ejecutivo enérgico y como fuente fecundísima de ingresos públicos. Por eso se nombraron comisiones para investigar los títulos de las fincas en la presidencia de Bengala y en el territorio vecino. Se nombraron también en la presidencia de Bombay, y se mandó levantar catastros en las provincias recién asentadas, para que esas comisiones pudieran actuar con la debida eficacia una vez terminados los catastros. Pues bien, no hay duda de que durante los últimos nueve años la acción de estas comisiones de investigación sobre la propiedad libre de las fincas de la India ha avanzado a un ritmo enorme, y se han obtenido resultados inmensos.»
El señor Disraeli calcula que las fincas recuperadas a sus propietarios suponen no menos de 500.000 libras anuales en la presidencia de Bengala, 370.000 libras en la presidencia de Bombay, 200.000 libras en el Punyab, etc. No contento con este solo método de apoderarse de la propiedad de los indígenas, el gobierno británico suspendió las pensiones a los grandes señores indígenas, a cuyo pago le obligaban los tratados.
«Esto —dice el señor Disraeli— es una confiscación por un medio nuevo, pero en una escala vastísima, alarmante y escandalosa.»
Después el señor Disraeli trata de la injerencia en la religión de los indígenas, un punto en el que no hace falta detenerse. De todas sus premisas llega a la conclusión de que los disturbios actuales de la India no son un motín militar, sino una rebelión nacional de la que los cipayos son solo los instrumentos ejecutores. Termina su arenga aconsejando al gobierno que vuelva su atención a la mejora interior de la India en lugar de seguir su actual política de agresión.
En inglés, The Dead House: la Cámara de los Comunes. Disraeli habló el 27 de julio de 1857 en apoyo de su moción para que se presentaran a la Cámara documentos sobre la rebelión. ↩
«Tous les genres sont bons, hors le genre ennuyeux»: Voltaire, prefacio de la comedia L'Enfant prodigue (1736). ↩
Aristóteles, Poética, capítulo 6: la tragedia es imitación de una acción, y la trama es su principio y como su alma. ↩
Alusión a la Society for the Diffusion of Useful Knowledge (Sociedad para la Difusión de los Conocimientos Útiles), fundada en Londres en 1826, que publicaba obras de divulgación baratas. ↩
Étienne-Joseph-Louis Garnier-Pagès (1801-1841), republicano, diputado de la oposición bajo Luis Felipe; su hermanastro Louis-Antoine Garnier-Pagès (1803-1878) fue ministro de Hacienda del Gobierno provisional de 1848. ↩
En latín, «con sus mismísimas palabras». ↩
En latín, «divide y vencerás». ↩
El rajá de Satara murió en 1848 y la Compañía se anexionó el principado en 1849, en aplicación de la llamada «doctrina de la caducidad» (doctrine of lapse) del gobernador general lord Dalhousie (1848-1856). ↩
El reino maratha de Nagpur, llamado también de Berar, anexionado a la muerte de su rajá sin heredero natural. ↩
Oudh fue anexionado en febrero de 1856. ↩
Propietario de tierra en pleno dominio. Jaguedar (jagirdar) es el titular de un jaghire (jagir), concesión de tierras o de sus rentas a cambio de servicios; enamdar (inamdar), el de un inam, concesión de tierra libre de impuestos. ↩