Escrito en inglés por Karl Marx el 31 de marzo de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4990, del 17 de abril de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 168-172), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 31 de marzo de 1857
«La mayoría de los candidatos manifestó su intención de prestar un apoyo general a lord Palmerston; en ello fundaron su derecho a volver al Parlamento como representantes de la opinión pública… Palmerston no entrará en la Cámara como jefe de los conservadores, de los whigs, de los peelitas o de un partido radical, sino como el jefe del pueblo inglés, como el gran creador y dirigente de un partido nacional».
Son palabras del Morning Post, el órgano de cámara de lord Palmerston. Palmerston como dictador y el nuevo Parlamento como su Corps législatif:1 tal es su sentido, que los boletines electorales parecen confirmar. En cuanto a la «opinión pública» de que habla el Post, se ha dicho con razón que Palmerston fabrica él mismo la mitad y se burla de la otra mitad.
La completa derrota de la escuela de Manchester2 —Bright y Milner Gibson en Manchester, Cobden en Huddersfield, sir E. Armitage en Salford, Fox en Oldham y Miall en Rochdale se quedaron sin escaño—3 es el gran acontecimiento de la batalla electoral. Sobre todo el resultado de Manchester asombró a todo el mundo, incluso al gobierno de Palmerston. Con cuán poca energía había aprovechado este las perspectivas de victoria en aquella región se ve en que dirigió la campaña de un modo muy vacilante e indeciso. Al principio, tras enterarse de algunos discursos electorales pronunciados en Manchester, Palmerston amenazó con ir él mismo a Cottonopolis4 para desafiar a sus adversarios «en su propio estercolero». Pensándolo mejor, sin embargo, se echó atrás. Apareció entonces Bob Lowe,5 un instrumento del gobierno. Después de que una camarilla de grandes fabricantes lo invitara a presentarse por Manchester, y de recibir la seguridad de que, en caso de derrota, se le darían 2.000 libras esterlinas para comprarse uno de los burgos podridos6 del condado, aceptó públicamente la oferta y permitió que un comité electoral hiciera campaña en su nombre. Vino entonces el gran discurso del señor Cobden en Manchester. Palmerston ordenó a Lowe que se retirase, y así lo hizo. Pensándolo mejor todavía, la tentativa en Manchester pareció tan desprovista de toda perspectiva de éxito que el Times recibió instrucciones de hacer el papel de la zorra de la fábula.7 Bob Lowe tuvo que escribir un editorial en el que insistía en la reelección de Bright y compañía y advertía a Manchester contra la vergüenza de repudiar a sus antiguos representantes. Cuando, contra todos estos temores, el telégrafo llevó a Downing Street, con la noticia de la derrota de Cobden, la de que Bright y Gibson habían sido derrotados en la votación, y además por una mayoría abrumadora, ya puede uno imaginarse el embeleso y los alocados gritos de triunfo en el campo gubernamental. En cuanto al propio Palmerston, quizá pensó que había tenido demasiado éxito para sus propios fines, porque sabía muy bien, como siempre lo sabe el viejo bribón, que para paralizar aunque sea a un gigante basta con meterlo en la Cámara de los Comunes, mientras que, para acelerar el hundimiento de la propia Cámara —de su base, los distritos electorales privilegiados, y de su superestructura, la usurpación ministerial—, basta con excluir a sus miembros importantes y echarlos a la calle, dando así jefes de renombre a la masa desheredada que está fuera de las puertas de la «Constitución británica».
La derrota de la escuela de Manchester en sus propias fortalezas, a manos de la mayoría de su propio ejército, tiene toda la apariencia de un triunfo personal de Palmerston, y no solo porque Cobden y Gibson presentaron la moción de censura que debía echarlo del gabinete y que dio el pretexto para la disolución del Parlamento.8 En las personas de Palmerston, por un lado, y de Bright, Cobden y compañía, por otro, parece encarnarse una oposición mortal de principios y de posiciones. Palmerston, el trompetero de la gloria nacional; ellos, órganos de los intereses industriales; él, el conde diplomático, reúne en su persona todas las usurpaciones de la oligarquía británica; ellos, los demagogos advenedizos, representan toda la vitalidad de la burguesía británica; él saca su fuerza de la descomposición de los partidos; ellos deben su fuerza a la lucha de las clases. Él es la última encarnación sin escrúpulos del viejo torismo frente a los jefes de la ya dormida Liga contra las Leyes de Cereales. Así, la derrota de Cobden, Bright y compañía aparece como un triunfo personal de Palmerston, tanto más cuanto que sus victoriosos adversarios en la escena electoral no tienen en sí mismos importancia alguna. Así, por ejemplo, el adversario de Bright, sir John Potter, solo es conocido como el hombre más gordo de Manchester. Merecería el nombre de sir John Falstaff de Manchester si su escaso entendimiento y su abultada bolsa no lo libraran de compararse con aquel caballero inmortal. A. Turner, el adversario de Milner Gibson, fundó sus méritos personales en el hecho de ser un hombre sencillo que nunca ofendería los sentimientos de sus conciudadanos con una desagradable pretensión de ingenio y brillantez. Por último, el señor Ackroyd, el adversario de Cobden, acusó a este de ser un hombre del Imperio británico, mientras que él (Ackroyd) nunca había sido ni sería más que un hombre sencillo de Huddersfield. Todos se jactaban de no ser hombres de talento, sino de carácter, lo que sin duda los preservaría de caer en el error de sus predecesores de «oponerse a todos los gobiernos» y, como Milner Gibson, sacrificar todos los cargos lucrativos a caprichos teóricos.
Contra todas las apariencias, la apelación de Palmerston contra Cobden y compañía no fue la causa, pero sí el pretexto, de la explosión del material inflamable que llevaba mucho tiempo acumulándose en torno a la escuela de Manchester. Como Manchester constituye el núcleo del partido y Bright es reconocido como su verdadero héroe, bastará con examinar su derrota para explicar el fracaso simultáneo de sus compañeros de armas en otras localidades industriales. Estaban, en primer lugar, los viejos whigs y tories de Manchester, que ardían en deseos de vengarse de su nulidad política desde los tiempos de la Liga contra las Leyes de Cereales. Las elecciones de 1852, en las que Bright venció por una mayoría de solo 100 votos, ya habían mostrado que su fuerza numérica no era en absoluto desdeñable. Incapaces, naturalmente, de vencer bajo su propia bandera, constituían un poderoso refuerzo para cualquier cuerpo que desertara del ejército de Bright. Venían luego, en segunda línea, los dirigentes de la prensa cara, con su rencor inveterado y su sombrío odio contra los padrinos parlamentarios de la prensa de a penique.9 El señor Garnett, director del Manchester Guardian,10 removió cielo y tierra contra Bright y no se cansó de vestir con un ropaje más o menos decente los mezquinos motivos de la coalición contra Bright, empresa que facilitaba la impopularidad que Bright y Cobden se habían ganado en tiempos de la guerra rusa.11 En aquella época, en efecto, no podían atreverse a aparecer en una reunión pública en Manchester, sino que tenían que esconderse en tertulias de té a puerta cerrada en los salones Newall, el viejo punto de reunión de la Liga contra las Leyes de Cereales. De la burguesía liberal, los fabricantes y las grandes casas comerciales, una mayoría abrumadora votó contra Bright; de la pequeña burguesía y los tenderos, esa numerosa minoría que en todo el Reino Unido va pegada a los talones de sus «superiores naturales», solo los cuáqueros y los irlandeses estuvieron como un solo hombre con Bright. ¿De dónde procede esta deserción de la burguesía liberal? Se explica en gran parte por la impaciencia de los ricos «hombres de Manchester» por llegar a ser gentlemen como sus rivales de Liverpool. Si habían soportado la superioridad de un hombre de tanto talento como Bright mientras fue la herramienta indispensable de sus intereses de clase, ahora creían llegada la ocasión de entregarse al envidioso ostracismo de la mediocridad acomodada. Pero no solo se rebelaban contra su superioridad personal, sino más aún contra las pretensiones caducas de la rabadilla de la Liga contra las Leyes de Cereales, que pesaba sobre Manchester casi tanto como el Parlamento Rabadilla12 había pesado en su día sobre la Commonwealth británica. Esta rabadilla de la Liga se reunía de tiempo en tiempo bajo la presidencia del señor Wilson,13 ese «venerable mueble», antiguo comerciante de almidón de profesión; lo secundaban en esas reuniones el señor Robinson, secretario honorario de la Liga, y otros hombres sin rango social ni importancia personal, a los que las olas de una época tormentosa habían arrojado a la superficie y que se negaban obstinadamente a retirarse, pero que en verdad no podían aducir razón alguna para prolongar su existencia en la escena política, salvo la gastada tradición del pasado y la mentira convencional del presente de que representaban a Manchester siempre que Bright así lo deseara. Uno de los cabecillas de la rebelión, el señor Entwistle, declaró sin rodeos desde la tribuna electoral:
«No se trata de la guerra de China, ni de la de Rusia, ni de ninguna otra. Se trata de si Manchester ha de seguir sometiéndose al dictado de los restos del partido que se reúne en los salones Newall».
Al enterrar la rabadilla de la Liga contra las Leyes de Cereales, que pesaba sobre ellos como una pesadilla, los fabricantes de Manchester, que se mecían en la falsa esperanza de cerrar las puertas de su club jacobino, no advirtieron, naturalmente, que con ello barrían el principal obstáculo para un nuevo movimiento revolucionario.
El verdadero sentido de las elecciones de Manchester lo delató, sin embargo, un adversario borracho de Bright que durante la votación bramaba con todas sus fuerzas: «¡No queremos política interior; queremos política exterior!». Dicho de otro modo: ¡fuera las cuestiones de la reforma y de la lucha de clases! Al fin y al cabo, la burguesía constituye la mayoría de los electores, y eso es todo lo que necesitamos. La consigna contra la aristocracia se ha vuelto aburrida e inútil y no hace más que agitar a los obreros. Hemos conseguido la libertad de comercio y nos sentimos extraordinariamente a gusto, sobre todo desde que se rebajó el impuesto de guerra sobre la renta. Pese a todo ello, amamos entrañablemente a un lord. «No queremos política interior; queremos política exterior». Unámonos todos en el terreno en que todos somos iguales, en el terreno nacional. Seamos todos ingleses, verdaderos John Bull, bajo la dirección del ministro verdaderamente británico, lord Palmerston.
El verdadero secreto de las elecciones de Manchester es, pues, la renuncia de los fabricantes a la dirección revolucionaria que habían usurpado durante la agitación de la Liga contra las Leyes de Cereales.
Cuerpo Legislativo: la cámara baja del Segundo Imperio francés, elegida bajo control del gobierno y sin iniciativa propia. ↩
Corriente librecambista de los industriales de Manchester, encabezada por Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), que había dirigido la Liga contra las Leyes de Cereales (1838-1846). ↩
En las elecciones generales de marzo-abril de 1857. Thomas Milner Gibson (1806-1884); sir Elkanah Armitage (1794-1876); William Johnson Fox (1786-1864); Edward Miall (1809-1881), dirigente de los disidentes religiosos. ↩
Apodo de Manchester, capital de la industria algodonera. ↩
Robert Lowe (1811-1892), político liberal, colaborador del Times y entonces vicepresidente de la Junta de Comercio en el gobierno de Palmerston. ↩
Distritos electorales con muy pocos electores, que en la práctica controlaba un gran propietario y cuyos escaños podían comprarse. ↩
La zorra que, al no alcanzar las uvas, dice que están verdes. ↩
El 3 de marzo de 1857 la Cámara de los Comunes aprobó por 263 votos contra 247 la moción de Cobden que censuraba la guerra contra China; Palmerston respondió disolviendo el Parlamento y convocando elecciones. ↩
La prensa barata que surgió tras la abolición del impuesto del timbre sobre los periódicos en 1855, medida por la que habían luchado Milner Gibson y la escuela de Manchester. ↩
Jeremiah Garnett (1793-1870), director del Manchester Guardian. ↩
Bright y Cobden se habían opuesto a la guerra de Crimea (1853-1856). ↩
El resto del Parlamento Largo que quedó tras la depuración de 1648 y que gobernó la república inglesa hasta que Cromwell lo disolvió en 1653. ↩
George Wilson (1808-1870), presidente de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩