Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 27 de enero de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4937, del 14 de febrero de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 117-122), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Para entender la política y el objetivo de la guerra que los británicos han emprendido hace poco contra Persia, y que según las últimas noticias se ha llevado con tanta energía que ha conducido a la sumisión del sah,1 hay que echar una breve mirada retrospectiva a los asuntos de Persia. La dinastía persa, fundada en 1502 por Ismail, que se tenía por descendiente de los antiguos reyes persas,2 después de haber conservado durante más de dos siglos el poder y la dignidad de un gran Estado, sufrió hacia 1720 una grave sacudida con la rebelión de los afganos que vivían en las provincias orientales. Los afganos invadieron la Persia occidental, y dos príncipes afganos lograron mantenerse durante algunos años en el trono persa.3 Pero pronto los expulsó el famoso Nadir, que actuó primero como general del pretendiente persa. Después tomó él mismo la corona y no solo sometió a los afganos rebeldes, sino que con su famosa invasión de la India contribuyó mucho a aquella desorganización del decadente Imperio mogol que abrió el camino al ascenso del poder británico en la India.4

En medio de la anarquía que siguió en Persia a la muerte de Nadir Sah, en 1747, surgió bajo el gobierno de Ahmad Durrani5 un reino afgano independiente que comprendía los principados de Herat, Kabul, Kandahar y Peshawar y todos los territorios que más tarde poseyeron los sijs. Este reino, unido solo superficialmente, se derrumbó tras la muerte de su fundador y volvió a descomponerse en sus partes integrantes, las tribus afganas independientes con sus propios jefes, divididas por disputas interminables y unidas solo excepcionalmente por la presión común de un choque con Persia. Este antagonismo político entre afganos y persas, que descansa en la diferencia de origen, va mezclado con recuerdos históricos y se mantiene vivo con disputas fronterizas y pretensiones territoriales recíprocas, está además sancionado, por así decirlo, por un antagonismo religioso, pues los afganos son mahometanos de la secta sunní, es decir, de la fe mahometana ortodoxa, mientras que Persia es el baluarte de los chiíes heréticos.

Pese a este antagonismo violento y general, había un punto de contacto entre persas y afganos: su común enemistad hacia Rusia. Rusia invadió Persia por primera vez con Pedro el Grande, aunque sin mucho éxito. Alejandro I tuvo más fortuna y, por la paz de Gulistán, arrebató a Persia doce provincias, en su mayoría al sur del Cáucaso. Nicolás le arrancó algunos territorios más en la guerra de 1826-1827, que terminó con la paz de Turkmanchái, y la excluyó de la navegación por sus propias costas del Caspio.6 El recuerdo de los saqueos pasados, el sufrimiento de las restricciones presentes y el temor a futuras usurpaciones concurrían por igual a empujar a Persia a una oposición mortal contra Rusia. Los afganos, por su parte, aunque nunca se habían visto envueltos en verdaderos combates con Rusia, solían considerarla el eterno enemigo de su religión y un gigante que algún día podía tragarse Asia. Como consideraban a Rusia su enemigo natural, los dos pueblos, persas y afganos, se vieron llevados a considerar a Inglaterra su aliado natural. Para afirmar su preponderancia, a Inglaterra le bastaba, por tanto, con hacer de mediador benévolo entre Persia y Afganistán y mostrarse adversario decidido de las usurpaciones rusas. Un gesto de amistad por un lado y la amenaza de resistencia por el otro: no hacía falta más.

No puede decirse, sin embargo, que las ventajas de esta posición se aprovecharan con mucho acierto. Con motivo de la elección de un heredero del sah de Persia, en 1834, los ingleses se dejaron llevar a cooperar en favor del príncipe propuesto por Rusia y a apoyar a ese príncipe, al año siguiente, con dinero y con la ayuda activa de oficiales británicos en la defensa armada de su pretensión contra su rival.7 Es cierto que a los embajadores ingleses enviados a Persia se les encargó advertir al gobierno persa que no se dejara arrastrar a una guerra contra los afganos, que solo llevaría a un despilfarro de recursos; pero cuando esos enviados pidieron en serio facultades para impedir una guerra de esa clase con que se amenazaba, el ministerio de Londres les recordó un párrafo de un viejo tratado de 1814 según el cual, en caso de guerra entre Persia y los afganos, los ingleses no debían intervenir a menos que se solicitara su mediación.8 Los enviados británicos y las autoridades británicas de la India opinaban que esa guerra la planeaba Rusia y que esta potencia aspiraba a aprovechar la extensión del dominio persa hacia el este como medio para abrir un camino por el que algún día pudiera marchar sobre la India un ejército ruso. Estas representaciones, sin embargo, parecen haber hecho poca o ninguna impresión en lord Palmerston, que estaba entonces al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, y en septiembre de 1837 un ejército persa penetró en Afganistán. Diversos pequeños éxitos lo llevaron hasta Herat; ante esa ciudad acampó y empezó las operaciones de asedio bajo la dirección personal del conde Simonich, embajador ruso en la corte persa.9 Mientras avanzaban estas operaciones bélicas, McNeil, el embajador británico,10 se veía paralizado en su actividad por instrucciones contradictorias. Por un lado, lord Palmerston le inculcaba que «se guardara de convertir en objeto de discusión las relaciones de Persia con Herat», ya que Inglaterra nada tenía que ver con lo que pasara entre Persia y Herat. Por otro, lord Auckland, gobernador general de la India,11 esperaba de él que disuadiera al sah de seguir adelante con sus operaciones. Nada más empezar la expedición, el señor Ellis12 había retirado a los oficiales británicos que servían en el ejército persa, pero Palmerston los hizo reponer. Cuando luego el gobernador general de la India volvió a dar instrucciones a McNeil de retirar a los oficiales británicos, Palmerston volvió a anular esa decisión. El 8 de marzo de 1838 McNeil se presentó en el campamento persa y ofreció su mediación, no en nombre de Inglaterra, sino de la India.

Hacia finales de mayo de 1838, cuando el asedio duraba ya unos nueve meses, Palmerston envió a la corte persa un despacho amenazador en el que por primera vez hacía del asunto de Herat objeto de queja y por primera vez reprochaba a Persia «su vinculación con Rusia». Al mismo tiempo, el gobierno de la India ordenó a una expedición militar zarpar hacia el golfo Pérsico y tomar posesión de la isla de Jarg, la misma isla que hace poco han ocupado los ingleses.13 Más tarde aún, el enviado inglés se retiró de Teherán a Erzurum, y al embajador persa enviado a Inglaterra se le negó la entrada. Entretanto Herat había resistido un bloqueo muy prolongado, los asaltos persas habían sido rechazados y el 15 de agosto de 1838 el sah se vio obligado a levantar el sitio y retirarse a marchas forzadas de Afganistán. Cabría haber pensado entonces que las operaciones de los ingleses podían darse por terminadas, pero, muy al contrario, las cosas tomaron un giro de lo más insólito. No contentos con rechazar los intentos de Persia de apoderarse de una parte de Afganistán, hechos supuestamente a instigación de Rusia y en interés suyo, los ingleses intentaron ocupar ellos mismos el país entero. De ahí la famosa guerra de Afganistán,14 cuyo resultado final fue tan desastroso para los ingleses y cuya verdadera autoría sigue siendo un gran misterio.

La actual guerra contra Persia se ha emprendido con un motivo muy parecido al que precedió a la guerra de Afganistán, a saber, un ataque de los persas contra Herat, que en el caso presente ha llevado a la toma de esa ciudad.15 Pero una circunstancia asombrosa es que los ingleses actúan ahora como aliados y defensores del mismo Dost Mohammad Jan16 al que con tan poco éxito intentaron destronar en el conflicto afgano. Queda por ver si esta guerra tendrá consecuencias tan extraordinarias e imprevistas como las que acompañaron a la anterior.

  1. Nasir al-Din Sah (1831-1896), sah de Persia desde 1848. La guerra anglo-persa, declarada por el gobierno de la India el 1 de noviembre de 1856, terminó con la paz de París del 4 de marzo de 1857. ↩

  2. Ismail I (1487-1524), fundador de la dinastía safaví. ↩

  3. En 1722 los afganos gilzais de Kandahar, al mando de Mahmud, tomaron Isfahán y destronaron al sah Husain; Mahmud y su sucesor Ashraf reinaron hasta 1729. ↩

  4. Nadir (1688-1747), general del sah safaví Tahmasp II, expulsó a los afganos en 1729, se proclamó sah en 1736 e invadió la India en 1738-1739, cuando saqueó Delhi. ↩

  5. Ahmad Sah Durrani (hacia 1722-1772), fundador del Estado afgano en 1747. ↩

  6. Por la paz de Gulistán (1813) Persia cedió a Rusia Daguestán y la mayor parte de la Transcaucasia oriental; por la de Turkmanchái (1828), los kanatos de Ereván y Najicheván, y perdió el derecho de tener barcos de guerra en el Caspio. ↩

  7. A la muerte de Fath Ali Sah, en 1834, Rusia e Inglaterra apoyaron a su nieto Mohammad Mirza, que reinó como Mohammad Sah hasta 1848, frente a otros pretendientes. ↩

  8. El tratado de Teherán, de 25 de noviembre de 1814, entre Gran Bretaña y Persia. ↩

  9. El conde Iván Simonich, ministro ruso en Teherán de 1832 a 1838. ↩

  10. John McNeill (1795-1883), enviado británico en Persia de 1836 a 1842. ↩

  11. George Eden, lord Auckland (1784-1849), gobernador general de la India de 1836 a 1842. ↩

  12. Henry Ellis (1777-1855), enviado británico en Persia en 1835 y 1836. ↩

  13. Jarg (Kharg), isla del golfo Pérsico, frente a Bushehr; los británicos la ocuparon en junio de 1838 y de nuevo en diciembre de 1856, al comienzo de la guerra actual. ↩

  14. La primera guerra anglo-afgana (1838-1842), que terminó con la destrucción del ejército británico en su retirada de Kabul en enero de 1842. ↩

  15. Las tropas persas tomaron Herat el 25 de octubre de 1856. ↩

  16. Dost Mohammad Jan (1793-1863), emir de Kabul; depuesto por los británicos en 1839, recuperó el trono en 1842. ↩