Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 10 de enero de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4921, del 27 de enero de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 108-116), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La posibilidad, surgida hace poco y todavía no del todo descartada, de una invasión de Suiza1 ha reavivado, como es comprensible, el interés del público no solo por las fuerzas defensivas de la república montañesa, sino también por la guerra de montaña en general. Por lo común se tiende a considerar Suiza inexpugnable y a comparar a un ejército invasor con aquellos gladiadores romanos cuyo «Ave, Caesar, morituri te salutant»2 se ha hecho tan famoso. Recordamos Sempach y Morgarten, Murten y Grandson,3 y se dice que para un ejército extranjero ha de ser bastante fácil entrar en Suiza, pero que, como dijo el bufón de Alberto de Austria,4 le será difícil volver a salir. Hasta los entendidos en cosas militares sabrán nombrar una docena de puertos de montaña y desfiladeros donde un puñado de hombres puede resistir con facilidad y con éxito a unos cuantos miles de los mejores soldados.
Esta inexpugnabilidad tradicional de la llamada fortaleza montañosa de Suiza data de la época de las guerras con Austria y Borgoña, en los siglos XIV y XV. Entonces la fuerza principal de los invasores era la caballería acorazada de los caballeros; su fuerza estaba en la carga irresistible contra ejércitos que no tenían armas de fuego. Pero esa carga era imposible en un país como Suiza, donde la caballería es inútil aun hoy, salvo la más ligera empleada en pequeño número. Cuánto más inútiles eran los caballeros del siglo XIV, estorbados por cerca de un quintal de hierro. Tenían que desmontar y combatir a pie; con ello perdían el último resto de movilidad; los atacantes quedaban reducidos a la defensiva y, sorprendidos en un paso de montaña, no podían defenderse ni siquiera contra mazas y palos. Durante las guerras de Borgoña, la infantería armada de picas había ganado importancia dentro del ejército, y ya se habían empleado armas de fuego, pero la infantería seguía entorpecida por el pesado equipo defensivo, los cañones eran pesados y las armas portátiles toscas y relativamente inútiles. Todo el equipo seguía estorbando tanto a las tropas que las hacía del todo inservibles para la guerra de montaña, sobre todo en una época en que apenas puede hablarse de que existieran caminos. La consecuencia era que esos ejércitos poco móviles se atascaban en cuanto se veían envueltos en combates en terreno difícil, mientras que los campesinos suizos, armados a la ligera, podían combatir a la ofensiva, burlar al adversario, rodearlo y finalmente batirlo.
Después de las guerras de Borgoña, Suiza no fue atacada nunca en serio durante tres siglos. La leyenda de la invencibilidad de los suizos se convirtió en una tradición venerable, hasta que la Revolución francesa, acontecimiento que hizo pedazos tantas tradiciones venerables, destruyó también esta, al menos entre quienes conocen la historia militar. Los tiempos habían cambiado. La caballería acorazada y los pesados piqueros pertenecían al pasado; la táctica se había revolucionado docenas de veces; la cualidad más importante de los ejércitos pasó a ser su movilidad; la táctica lineal de Marlborough, Eugenio y Federico el Grande5 quedó derribada por las columnas y las líneas de tiradores de los ejércitos revolucionarios, y desde el día en que el general Bonaparte pasó en 1796 el collado de Cadibona y se lanzó entre las columnas separadas de austriacos y sardos, las batió de frente mientras al mismo tiempo les cortaba la retirada hacia los estrechos valles de los Alpes Marítimos y tomaba prisioneros a la mayor parte de sus adversarios,6 desde ese día data una nueva rama de la ciencia, la guerra de montaña, que ha puesto fin a la inexpugnabilidad de Suiza.
Durante el periodo de la táctica lineal, que precedió inmediatamente a la guerra moderna, ambos bandos evitaban con cuidado todo terreno difícil. Cuanto más llano el terreno, más apropiado parecía como campo de batalla, con tal de que ofreciera algunos obstáculos para cubrir una de las alas o las dos. Pero con los ejércitos de la Revolución francesa empezó un sistema distinto. En toda posición defensiva se buscaba con cuidado un obstáculo delante del frente que diera abrigo tanto a las cadenas de tiradores como a las reservas. En general, los franceses preferían el terreno difícil; sus tropas eran mucho más móviles, y su formación en orden abierto y en columnas no solo permitía movimientos rápidos en cualquier dirección, sino que incluso les daba la posibilidad de aprovechar en su favor el terreno quebrado, mientras sus adversarios quedaban al mismo tiempo del todo desvalidos en semejante terreno. De hecho, la expresión «terreno impracticable» quedó casi borrada de la terminología militar.
Los suizos lo sintieron en 1798, cuando cuatro divisiones francesas, pese a la obstinada resistencia de una parte de la población y a los tres levantamientos de los viejos cantones forestales,7 se adueñaron del país, que en los tres años siguientes fue uno de los escenarios más importantes de la guerra entre la República francesa y la Coalición. Cuán poco temían los franceses las montañas inaccesibles y las estrechas gargantas de Suiza lo mostraron ya en marzo de 1798,8 cuando Masséna marchó derecho sobre los Grisones, el cantón más áspero y montañoso, ocupado entonces por los austriacos. Estos tenían el valle alto del Rin. En columnas dispuestas concéntricamente, las tropas de Masséna entraron en el valle por puertos de montaña apenas transitables para los caballos, ocuparon todas las salidas y, tras una breve resistencia, obligaron a los austriacos a rendir las armas. Los austriacos aprovecharon muy pronto la lección; al mando de Hotze,9 un general que había adquirido considerable destreza en la guerra de montaña, reanudaron la lucha, repitieron la misma maniobra y echaron a los franceses. Siguieron la retirada de Masséna a la posición defensiva de Zúrich, donde derrotó a los rusos de Kórsakov; luego la invasión de Suiza por Suvórov a través del San Gotardo, su retirada de graves consecuencias, y por último un nuevo ataque de los franceses por los Grisones hacia el Tirol, en el que Macdonald, en pleno invierno, cruzó tres cordilleras que entonces apenas se tenían por transitables ni en fila india.10 Las importantes campañas napoleónicas que siguieron se libraron en las grandes cuencas fluviales del Danubio y del Po, porque las grandiosas concepciones estratégicas en que se basaban tendían todas a cortar al ejército enemigo del centro de sus recursos, aniquilar ese ejército y ocupar luego el centro mismo; requerían, por tanto, un terreno menos accidentado y la concentración de masas para batallas decisivas, cosa imposible en las regiones alpinas. Pero la historia de los acontecimientos militares desde la primera campaña alpina de Napoleón, en 1796, y su marcha a través de los Alpes Julianos hacia Viena, en 1797, hasta 1801, prueba que las cordilleras y los valles de los Alpes han perdido por completo su terror para los ejércitos modernos; y desde entonces, hasta 1815, los Alpes tampoco ofrecieron ni a Francia ni a la Coalición posiciones defensivas dignas de mención.
Si se recorre una de esas gargantas que se extienden a lo largo de los caminos que llevan de la vertiente norte a la vertiente sur de los Alpes, se encuentran en cada recodo las posiciones defensivas más fuertes que cabe imaginar. Tomemos, por ejemplo, la conocida Via Mala.11 No hay oficial que no nos diga que podría defender ese desfiladero con un batallón contra un enemigo si estuviera seguro de no ser envuelto. Pero de eso precisamente se trata. Ni siquiera en la cresta más alta de los Alpes hay un puerto de montaña que no pueda envolverse. La máxima de Napoleón para la guerra de montaña era:
«Por donde puede pasar una cabra, puede pasar también un hombre; por donde puede pasar un hombre, puede pasar también un batallón; por donde puede pasar un batallón, puede pasar también un ejército.»
También Suvórov tuvo que obrar así cuando se vio encerrado en el valle del Reuss y tuvo que llevar a su ejército por sendas de pastores por las que solo podía pasar un hombre a la vez, mientras Lecourbe,12 el mejor general francés en la guerra de montaña, le pisaba los talones.
La fuerza de las posiciones defensivas, que muchas veces sería pura locura atacar de frente, queda más que compensada por el hecho de que es fácil envolver al enemigo. Asegurar todos los caminos por los que puede envolverse una posición supondría para los defensores una dispersión de fuerzas tal que la derrota inmediata sería segura. Como mucho, los caminos solo pueden vigilarse, y para rechazar la maniobra envolvente hay que confiar en el empleo juicioso de las reservas y en la decisión y la rapidez de los jefes de los destacamentos sueltos; y aun así, si de tres o cuatro columnas envolventes una sola tiene éxito, el bando que se defiende queda en tan mala situación como si lo hubieran tenido todas. Por eso, desde el punto de vista estratégico, en la guerra de montaña el ataque es decididamente superior a la defensa.
También desde el punto de vista puramente táctico resulta el mismo cuadro. Las posiciones defensivas serán siempre estrechas gargantas de montaña, ocupadas por fuertes columnas en el valle y cubiertas por tiradores en las alturas. Estas posiciones pueden envolverse o bien desde el frente, con grupos de tiradores que suben por las laderas del valle y envuelven a los tiradores de la defensa, o bien con destacamentos que marchan por la cresta de la sierra, donde es posible, o por un valle paralelo, aprovechando estas tropas algún puerto para caer sobre el flanco o la retaguardia de la posición defensiva. En todos estos casos, las tropas que envuelven al enemigo tienen la ventaja de dominar la situación; ocupan el terreno más alto y dominan con la vista el valle que ocupan sus adversarios. Pueden hacer rodar rocas y árboles sobre los defensores; pues hoy ninguna columna es tan imprudente como para ocupar una garganta profunda sin haber limpiado antes sus laderas, de modo que esta medida, favorable al principio a la defensa, se vuelve ahora contra los propios defensores. Otra desventaja de la defensa es que la utilidad de las armas de fuego, en que se apoya principalmente, es muy escasa en terreno montañoso. La artillería o es casi inútil o, donde se emplea en serio, suele perderse en la retirada. La llamada artillería de montaña, obuses ligeros transportados a lomo de mula, apenas sirve de nada, como prueba de sobra la experiencia de los franceses en Argelia. En cuanto a los mosquetes y las carabinas, el abrigo que se ofrece por todas partes en semejante terreno priva a los defensores de una gran ventaja: la de tener delante de su posición un terreno descubierto que el enemigo ha de atravesar bajo el fuego. Llegamos, pues, en el terreno táctico como en el estratégico, a la conclusión del archiduque Carlos de Austria,13 uno de los mejores generales en la guerra de montaña y escritor de primer orden en la materia: que en esta clase de guerra el ataque es muy superior a la defensa.
¿Es, pues, del todo inútil defender un país montañoso? Desde luego que no. Solo se sigue de ello que la defensa no debe ser exclusivamente pasiva, que tiene que buscar su fuerza en la movilidad y que, siempre que se presente la ocasión, tiene que combatir a la ofensiva. En los países alpinos apenas puede llegarse a batallas; toda la guerra es una cadena continua de pequeños combates, de intentos de los atacantes de meter una cuña en uno u otro punto de la posición enemiga y avanzar luego. Ambos ejércitos están necesariamente dispersos; ambos tienen que exponerse a cada paso a un ataque ventajoso para el otro; ambos tienen que confiarse a una serie de azares. La única ventaja que puede aprovechar el ejército que se defiende consiste en buscar los puntos débiles del enemigo y lanzarse entre sus columnas separadas. En tal caso, una fuerte posición defensiva, en la que una defensa del todo pasiva se apoya exclusivamente, se convertiría para el enemigo en una trampa a la que se le puede atraer para cogerlo luego, como a un toro, por los cuernos. Al mismo tiempo, los principales esfuerzos de los defensores se dirigirán contra las columnas envolventes de los atacantes, cada una de las cuales puede ser envuelta a su vez y puesta en la misma situación desesperada en que quería poner a los defensores. Salta a la vista, sin embargo, que una defensa activa de este tipo presupone generales enérgicos, experimentados y hábiles, tropas bien disciplinadas y muy móviles y, sobre todo, jefes de brigada, de batallón y hasta de compañía muy capaces y de confianza; porque en este caso todo depende de la acción rápida y prudente de los destacamentos.
Hay todavía otra forma de guerra defensiva en la montaña que se ha hecho célebre en los últimos tiempos: la de una insurrección nacional y la guerra de guerrillas, que, al menos en Europa, requiere absolutamente un país montañoso. Tenemos cuatro ejemplos de ello: el levantamiento del Tirol, la guerra de guerrillas española contra Napoleón, la insurrección de los vascos carlistas y la guerra de las tribus caucásicas contra Rusia.14 Aunque causaron grandes dificultades a los invasores, ninguna de estas luchas, considerada en sí misma, ha tenido éxito. El levantamiento del Tirol solo fue temible mientras, en 1809, lo apoyó la lucha de las tropas regulares austriacas. Aunque las guerrillas españolas tenían la enorme ventaja de un país muy extenso, si pudieron prolongar tanto su resistencia fue sobre todo gracias al ejército anglo-portugués, pues contra él tuvieron que dirigir siempre los franceses sus esfuerzos principales. La larga duración de la guerra carlista se explica por el estado de degradación en que había caído entonces el ejército regular español y por las negociaciones constantes entre los generales carlistas y los cristinos,15 y por eso no puede valer como ejemplo adecuado. Por último, en la lucha de los caucásicos, los más valientes de todos los montañeses, su éxito relativo se debió a la táctica ofensiva que emplearon de preferencia en la defensa de su país. Dondequiera que los rusos (que son, con los británicos, las tropas menos aptas de todas para la guerra de montaña) atacaban a los caucásicos, estos eran por lo general derrotados, sus aldeas destruidas y sus puertos de montaña asegurados con puestos fortificados rusos. La fuerza de los caucásicos estaba, sin embargo, en las continuas salidas de sus montañas a las llanuras, en los asaltos a guarniciones o avanzadas rusas, en rápidas incursiones muy a retaguardia de la línea avanzada rusa, en emboscadas a las columnas rusas en marcha. En otras palabras, eran más ligeros y más móviles que los rusos y sacaban partido de esa ventaja. En cada uno de estos ejemplos, pues, incluso en las insurrecciones de montañeses que tuvieron un éxito pasajero, el éxito se logró siempre con acciones ofensivas. En eso se diferencian por completo de las insurrecciones suizas de 1798 y 1799, en las que vemos a los insurrectos tomar algunas posiciones defensivas en apariencia fuertes y esperar a los franceses, que en todos los casos hacen pedazos a los suizos.
Por el conflicto de Neuchâtel: tras el fracasado levantamiento realista de septiembre de 1856 en ese cantón, Federico Guillermo IV de Prusia, que se consideraba su príncipe, amenazó con la guerra para obtener la liberación de los presos; en diciembre se movilizaron tropas prusianas y suizas. El conflicto se resolvió por la mediación de Napoleón III y el tratado de París de mayo de 1857. ↩
«Salve, César, los que van a morir te saludan». ↩
Victorias suizas sobre los Habsburgo en Morgarten (1315) y Sempach (1386), y sobre Carlos el Temerario, duque de Borgoña, en Grandson y Murten (Morat), en 1476. ↩
La tradición atribuye la frase al bufón del duque Leopoldo I de Austria, hijo del rey Alberto I, en vísperas de la batalla de Morgarten. ↩
John Churchill, duque de Marlborough (1650-1722), y el príncipe Eugenio de Saboya (1663-1736), los grandes generales de la guerra de Sucesión española; Federico II de Prusia (1712-1786). ↩
En abril de 1796, al comienzo de su campaña de Italia, Bonaparte cruzó los Apeninos ligures por el collado de Cadibona, separó a los ejércitos austriaco y piamontés en las batallas de Montenotte, Millesimo y Dego y obligó al rey de Cerdeña a pedir la paz. ↩
Los cantones primitivos de Uri, Schwyz y Unterwalden, en torno al lago de los Cuatro Cantones, que se levantaron contra los franceses y la República Helvética en 1798 y 1799. ↩
La ofensiva de Masséna en los Grisones fue en realidad en marzo de 1799. ↩
Friedrich von Hotze (1739-1799), general austriaco nacido en Suiza; murió en la segunda batalla de Zúrich. ↩
En la segunda batalla de Zúrich (25-26 de septiembre de 1799) Masséna derrotó al cuerpo ruso de Alexandr Rimski-Kórsakov; el mariscal Alexandr Suvórov, que había cruzado el San Gotardo desde Italia, tuvo que retirarse por los pasos de los Alpes de Glaris. Étienne Macdonald cruzó el Splügen en diciembre de 1800. ↩
Garganta del Rin Posterior, en los Grisones, en el camino del puerto del Splügen y del San Bernardino. ↩
La MEW escribe «Lacourbe». Claude-Jacques Lecourbe (1759-1815), general francés que mandó en 1799 el ala derecha de Masséna en los Alpes suizos. ↩
El archiduque Carlos de Austria (1771-1847), vencedor en Aspern (1809) y autor de obras de teoría militar. ↩
La insurrección del Tirol contra Baviera y Francia, en 1809, dirigida por Andreas Hofer; la guerra de la Independencia española (1808-1814); la primera guerra carlista (1833-1840), y la resistencia de los pueblos del Cáucaso norte contra Rusia, dirigida desde 1834 por el imán Shamil. ↩
Los partidarios de la regente María Cristina y de su hija Isabel II. ↩