Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 14 de agosto de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5104, del 29 de agosto de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 260-263), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa. Se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 14 de agosto de 1857
Cuando llegaron las noticias de la India, transmitidas por el telégrafo de Trieste el 30 de julio y por el correo de la India el 1 de agosto, mostramos en el acto, por su contenido y sus fechas, que la toma de Delhi era un bulo miserable y una imitación muy inferior de la inolvidable caída de Sebastopol. Pero es tan insondable la credulidad de John Bull que sus ministros, sus agiotistas y su prensa se las habían arreglado de hecho para persuadirle de que las mismas noticias que dejaban al descubierto la posición meramente defensiva del general Barnard contenían la prueba del exterminio completo de sus enemigos. De día en día esta alucinación fue cobrando fuerza, hasta tomar por fin tal consistencia que incluso un veterano en asuntos semejantes, el general sir De Lacy Evans,1 proclamó la noche del 12 de agosto, entre los ecos aprobatorios de la Cámara de los Comunes, que creía cierto el rumor de la toma de Delhi. Pero tras esta ridícula exhibición la burbuja estaba madura para estallar, y al día siguiente, el 13 de agosto, llegaron sucesivos despachos telegráficos de Trieste y de Marsella que adelantaban los correos de la India y no dejaban ninguna duda de que el 27 de junio Delhi seguía en pie donde siempre y de que el general Barnard, reducido aún a la defensiva, pero hostigado por frecuentes y furiosas salidas de los sitiados, se daba por muy contento de haber podido mantenerse en su terreno hasta ese momento.
A nuestro juicio, lo probable es que el próximo correo traiga la noticia de la retirada del ejército inglés o, al menos, hechos que presagien ese movimiento retrógrado. Es cierto que la extensión de las murallas de Delhi impide creer que puedan guarnecerse eficazmente en su totalidad y, al contrario, invita a golpes de mano ejecutados por concentración y sorpresa. Pero el general Barnard parece imbuido de las ideas europeas sobre plazas fortificadas, sitios y bombardeos, más que inclinado a esas audaces excentricidades con que sir Charles Napier sabía fulminar los ánimos asiáticos. Se dice, es cierto, que sus fuerzas han aumentado hasta unos 12.000 hombres, 7.000 europeos y 5.000 «indígenas fieles»; pero, por otra parte, no se niega que los rebeldes recibían cada día nuevos refuerzos, de modo que podemos suponer razonablemente que la desproporción numérica entre sitiadores y sitiados sigue siendo la misma. Además, el único punto cuya sorpresa podría garantizar al general Barnard un éxito seguro es el palacio del Gran Mogol, que ocupa una posición dominante, pero cuyo acceso desde el lado del río tiene que hacerse impracticable por efecto de la estación de las lluvias, que habrá empezado ya, mientras que un ataque al palacio entre la puerta de Cachemira y el río haría correr a los asaltantes el mayor riesgo en caso de fracaso. Por último, el comienzo de las lluvias hará sin duda que asegurar su línea de comunicación y de retirada sea el objetivo principal de las operaciones del general. En una palabra, no vemos razón alguna para creer que, con sus fuerzas todavía insuficientes, se aventure a arriesgar en la época más impracticable del año lo que no se atrevió a emprender en un momento más propicio. Que, a pesar de la ceguera, como de castigo divino, con que la prensa de Londres se las arregla para engañarse a sí misma, en las más altas esferas se abrigan serios recelos, puede verse en el órgano de lord Palmerston, The Morning Post. Los venales caballeros de ese periódico nos informan:
«Dudamos que ni siquiera con el correo siguiente a este tengamos noticia de la toma de Delhi; pero sí esperamos que, en cuanto hayan llegado las tropas que ahora marchan a unirse a los sitiadores con suficientes cañones de grueso calibre [que, al parecer, siguen faltando], recibiremos la noticia de la caída del baluarte de los rebeldes.»
Es evidente que, a fuerza de debilidad, vacilaciones y desatinos directos, los generales británicos se las han arreglado para elevar Delhi a la dignidad de centro político y militar de la rebelión india. Una retirada del ejército inglés tras un sitio prolongado, o simplemente quedarse a la defensiva, se considerará una derrota en toda regla y dará la señal de un levantamiento general. Además, expondría a las tropas británicas a una mortandad espantosa, de la que hasta ahora las ha protegido la gran excitación propia de un sitio lleno de salidas y encuentros y la esperanza de tomarse pronto una venganza sangrienta sobre sus enemigos. En cuanto a lo que se dice de la apatía de los hindúes, o incluso de su simpatía por el dominio británico, es un puro disparate. Los príncipes, como verdaderos asiáticos, acechan su oportunidad. El pueblo de toda la presidencia de Bengala, allí donde no lo tiene a raya un puñado de europeos, disfruta de una bendita anarquía; pero no hay allí nadie contra quien pueda levantarse. Esperar que una rebelión india adopte los rasgos de una revolución europea es un curioso quid pro quo.2
En las presidencias de Madrás y de Bombay, como el ejército no se ha pronunciado todavía, el pueblo, naturalmente, no se mueve. El Punyab, por último, es hasta este momento la principal plaza central de las fuerzas europeas, y su ejército indígena está desarmado. Para levantarlo, los príncipes semiindependientes vecinos tendrían que echar su peso en la balanza. Pero que una conspiración tan ramificada como la que ha mostrado el ejército de Bengala no habría podido llevarse a cabo en una escala tan inmensa sin la connivencia y el apoyo secretos de los indígenas parece tan seguro como que las grandes dificultades que encuentran los ingleses para obtener víveres y transportes —causa principal de la lenta concentración de sus tropas— no dan testimonio de los buenos sentimientos del campesinado.
Las demás noticias traídas por los despachos telegráficos son importantes en la medida en que nos muestran la rebelión alzándose en los confines extremos del Punyab, en Peshawar, y, por otro lado, avanzando hacia el sur desde Delhi hasta la presidencia de Bombay, por las guarniciones de Jhansi, Saugor, Indore y Mhow, hasta llegar por fin a Aurangabad, a solo 180 millas al noreste de Bombay. Respecto a Jhansi, en Bundelkhand, podemos señalar que está fortificada y puede convertirse así en otro centro de rebelión armada. Por otro lado, se dice que el general Van Cortlandt ha derrotado a los amotinados en Sirsa, en su camino desde el noroeste para unirse a las fuerzas del general Barnard ante Delhi, de la que todavía le separaban 170 millas. Tenía que pasar por Jhansi,3 donde volvería a encontrarse con los rebeldes. En cuanto a los preparativos del gobierno de la metrópoli, lord Palmerston parece creer que la línea más tortuosa es la más corta, y por eso envía sus tropas dando la vuelta por el Cabo en lugar de a través de Egipto. El hecho de que unos miles de hombres destinados a China hayan sido interceptados en Ceilán y enviados a Calcuta, adonde el 5.º de fusileros llegó efectivamente el 2 de julio, le ha dado ocasión de gastar una broma de mal gusto a costa de aquellos de sus obedientes Comunes que todavía se atrevían a dudar de que su guerra china fuera un auténtico «regalo caído del cielo».4
George de Lacy Evans (1787-1870), general británico y diputado liberal, había mandado una división en Crimea. ↩
En latín, «una cosa por otra»: una confusión. ↩
Así en el original. En el camino de Sirsa a Delhi está Hansi; Jhansi queda mucho más al sur. ↩
En inglés, windfall. La segunda guerra del opio contra China había empezado en octubre de 1856; en marzo de 1857 la Cámara de los Comunes la condenó, y Palmerston disolvió el Parlamento y ganó las elecciones. ↩