Escrito en inglés por Karl Marx el 6 de noviembre de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5176, del 21 de noviembre de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 314-319), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El 5 del corriente el Banco de Inglaterra elevó del 8 por ciento, en que lo había fijado el 19 de octubre, al 9 por ciento el tipo mínimo de su descuento. Suponemos que esta subida, sin precedentes en la historia del Banco desde que reanudó sus pagos en metálico,1 no ha llegado aún a su punto culminante. La han provocado la salida de metal precioso y la merma de la llamada reserva de billetes. La salida de metal precioso va en direcciones opuestas: hacia nuestro país va oro a consecuencia de nuestra bancarrota, y hacia Oriente plata a consecuencia del retroceso del comercio de exportación con China y la India y de los envíos directos de dinero que hace el gobierno por cuenta de la Compañía de las Indias Orientales. A cambio de esa plata, tan solicitada por ello, hay que enviar oro al continente europeo.

En cuanto a la reserva de billetes y al papel decisivo que desempeña en el mercado monetario de Londres, hay que referirse brevemente a la ley bancaria de 1844 de sir Robert Peel,2 que influye no solo en Inglaterra, sino también en los Estados Unidos y en todo el mercado mundial. Con el apoyo del banquero Loyd, hoy lord Overstone,3 y de otros cuantos hombres influyentes, sir Robert Peel se proponía con su ley introducir en la circulación del papel moneda un principio automático por el que esta tendría que dilatarse y contraerse exactamente según las leyes de una circulación puramente metálica; y así, como afirmaban él y sus partidarios, todas las crisis monetarias quedarían conjuradas para siempre. El Banco de Inglaterra está dividido en dos departamentos, el de emisión y el de banca: el primero es una simple fábrica de billetes y el segundo es el banco propiamente dicho. El departamento de emisión está autorizado por la ley a emitir billetes por valor de catorce millones de libras esterlinas, suma que se supone indica el nivel mínimo por debajo del cual nunca caerá la circulación efectiva y cuya garantía se ve en la deuda que el gobierno británico tiene contraída con el Banco. Por encima de esos catorce millones no puede emitirse ningún billete que no esté cubierto, en las cámaras del departamento de emisión, por un importe igual de metal precioso. Toda la masa de billetes así limitada se entrega al departamento de banca, que la pone en circulación. Por consiguiente, si la reserva metálica del departamento de emisión asciende a diez millones, el departamento de banca puede emitir billetes por valor de veinticuatro millones, que se le han entregado. Si la circulación efectiva no pasa de veinte millones, los cuatro millones que quedan en la caja del departamento de banca forman su reserva de billetes, que es en realidad la única garantía de los depósitos que los particulares y el Estado confían a ese departamento.

Supongamos ahora que se inicia una salida de metal precioso y que poco a poco van saliendo del departamento de emisión diversas cantidades de metal, por ejemplo una suma de cuatro millones en oro. En tal caso, cuatro millones en billetes quedan anulados; la suma de los billetes entregados por el departamento de emisión coincidirá entonces exactamente con la de los billetes en circulación, y la reserva de billetes disponibles en la caja del departamento de banca habrá desaparecido por completo. El departamento de banca no tendrá, pues, ni un céntimo para atender a las demandas de sus depositantes y se verá obligado a declararse insolvente, paso que afecta tanto a sus depósitos públicos como a los privados y que por eso llevará a suspender el pago de los dividendos trimestrales a que tienen derecho los tenedores de fondos públicos. El departamento de banca podría quebrar, por tanto, mientras en las cámaras del departamento de emisión siguieran guardados seis millones en metal precioso. No es una mera suposición. El 30 de octubre de 1847 la reserva del departamento de banca había bajado a 1.600.000 libras esterlinas, mientras que los depósitos ascendían a 13.000.000. Si la consternación reinante, que solo amainó gracias a un golpe de Estado financiero del gobierno, hubiera durado unos días más, la reserva del Banco se habría agotado y el departamento de banca se habría visto obligado a suspender pagos, mientras en las cámaras del departamento de emisión había todavía más de seis millones en metal precioso.

Es evidente, por lo tanto, que la salida de metal precioso y la disminución de la reserva de billetes actúan la una sobre la otra. Mientras la retirada de metal precioso de las cámaras del departamento de emisión provoca de inmediato una baja de la reserva del departamento de banca, los directores, por miedo a que este se vea abocado a la insolvencia, aprietan las tuercas y suben el tipo de descuento. Pero la subida del tipo de descuento lleva a una parte de los depositantes a retirar sus depósitos del departamento de banca para prestarlos al alto interés que rige en general, mientras que la disminución continua de la reserva siembra la inquietud en otros depositantes y los lleva a retirar sus billetes del mismo departamento. Así, precisamente las medidas que debían conservar la reserva conducen a agotarla. Tras esta exposición, el lector comprenderá la inquietud con que se observa en Inglaterra la baja de la reserva del Banco, y también el burdo sofisma que se desliza en el artículo financiero de uno de los últimos números del Times de Londres. Dice así:

«Los viejos adversarios de la Bank Charter Act empiezan a agitarse en la excitación general, y ya no se puede uno fiar de casi nada. Uno de sus métodos predilectos para sembrar el miedo consiste en señalar el bajo nivel de la reserva de billetes sin utilizar; como si el Banco, una vez agotada esa reserva, estuviera obligado a suspender todo descuento». (Como un quebrado lo estaría de verdad, según la ley vigente.) «Pero en realidad el Banco podría seguir descontando en tales circunstancias en la misma medida que hasta ahora, porque sus remesas le reportan cada día, por término medio, tanto como lo que de ordinario se le pide para la emisión. El Banco no podría ampliar esa medida, pero nadie supondrá que, con una restricción de los negocios en todos los terrenos, pueda llegar a ser necesaria ampliación alguna. No hay, por consiguiente, ni sombra de pretexto para medidas del gobierno».

El juego de manos en que se apoya este argumento consiste en lo siguiente: se ha dejado deliberadamente fuera a los depositantes. No hace falta un esfuerzo especial de inteligencia para comprender que el departamento de banca, si un día se hubiera declarado en quiebra frente a sus acreedores, no podría seguir concediendo préstamos a sus deudores en forma de descuento de letras o de anticipos. A fin de cuentas, la tan alabada ley bancaria de sir Robert Peel no surte en tiempos normales efecto alguno; en tiempos difíciles añade al pánico monetario que nace de la crisis comercial un pánico monetario creado por la ley; y justo cuando, según su principio, deberían empezar a sentirse sus efectos saludables, hay que suspenderla por intervención del gobierno. En tiempos normales, la circulación efectiva nunca absorbe el máximo de billetes que el Banco puede emitir legalmente, hecho que demuestra suficientemente la existencia continua de una reserva de billetes en la caja del departamento de banca durante esos periodos. Puede comprobarse esta verdad comparando los balances del Banco de Inglaterra de 1847 a 1857, o incluso comparando el importe de los billetes que circularon efectivamente de 1819 a 1847 con el que habría podido circular con arreglo al máximo fijado legalmente. En tiempos difíciles, como en 1847 y ahora, los efectos de una salida de metales preciosos se agravan artificialmente por la separación arbitraria y absoluta entre los dos departamentos de la misma empresa, la subida del interés se acelera artificialmente y amenaza la perspectiva de la insolvencia, no a consecuencia de la insolvencia real del Banco, sino de la insolvencia ficticia de uno de sus departamentos.

Cuando de este modo la penuria real de dinero se ha agravado con un pánico artificial y ha caído en su estela un número suficiente de víctimas, la presión del público sobre el gobierno se hace demasiado fuerte y la ley queda suspendida precisamente en el periodo para cuya superación se creó y el único durante el cual puede surtir algún efecto. Así, el 23 de octubre de 1847 los principales banqueros de Londres acudieron a Downing Street a pedir remedio mediante la suspensión de la ley de Peel. Lord John Russell y sir Charles Wood4 dirigieron entonces al gobernador y al vicegobernador del Banco de Inglaterra una carta en la que les recomendaban aumentar la emisión de billetes y rebasar así el máximo legal de circulación, mientras ellos mismos asumían la responsabilidad de la infracción de la ley de 1844 y se declaraban dispuestos a presentar, en cuanto se reuniera el Parlamento, un proyecto de ley de indemnidad.5 La misma farsa volverá a representarse esta vez, una vez que las circunstancias hayan llegado al mismo nivel en que estaban en la semana que terminó el 23 de octubre de 1847, cuando parecía inminente una paralización total de todos los negocios y de todos los pagos. La única ventaja que se deriva de la ley de Peel es, pues, que hace a toda la sociedad completamente dependiente de un gobierno aristocrático, de la merced de un individuo sin escrúpulos como, por ejemplo, Palmerston. De ahí la predilección del ministerio por la ley de 1844, que le confiere sobre las fortunas privadas una influencia que nunca antes había tenido.

Nos hemos detenido tanto en la ley de Peel porque en estos momentos ejerce una influencia sobre nuestro país, y también porque es probable que en Inglaterra quede en suspenso. Pero si el gobierno británico tiene el poder de quitar de los hombros del público británico la carga de las dificultades que ese mismo gobierno le ha impuesto, nada sería más erróneo que suponer que el fenómeno que veremos en el mercado monetario de Londres —el auge y el remitir del pánico monetario— será un verdadero indicador de la intensidad de la crisis que han de atravesar los negocios británicos. Esa crisis está fuera del alcance de todo poder del gobierno.

Cuando las primeras noticias de la crisis americana llegaron a las costas de Inglaterra, los economistas ingleses formularon una teoría que, si no puede presumir de genial, al menos puede presumir de original. Se dijo que el comercio inglés estaba sano, pero que —¡ay!— sus clientes, y sobre todo los yanquis, estaban enfermos. El estado sano de un comercio cuya salud solo existe por una de las partes: he ahí una idea digna de un economista británico. Échese una ojeada al último informe semestral publicado por la Junta de Comercio inglesa y se verá que, de la exportación total de productos y manufacturas británicos, un 30 por ciento fue a los Estados Unidos, un 11 por ciento a las Indias Orientales y un 10 por ciento a Australia. Ahora bien, mientras que el mercado americano queda cerrado por mucho tiempo, el indio, saturado en los dos últimos años, queda cortado en gran medida por las convulsiones de la sublevación, y el australiano está tan inundado que las mercancías británicas de toda clase se venden hoy más baratas en Adelaida, Sídney y Melbourne que en Londres, Manchester o Glasgow. La solidez general de los industriales británicos declarados en quiebra a consecuencia de la súbita defección de sus clientes puede deducirse de dos ejemplos. En una junta de acreedores de un fabricante de percal de Glasgow, la relación de deudas arrojaba un total de 116.000 libras esterlinas, mientras que los haberes no llegaban siquiera a la modesta suma de 7.000. Del mismo modo, un comisionista de transportes de Glasgow solo pudo oponer a un pasivo de 11.800 libras esterlinas un activo de 789. Pero estos no son más que casos sueltos; lo que importa es que la producción británica se ha extendido hasta tal punto que, con los mercados exteriores estrechados, el resultado tiene que ser un crac general, al que seguirá un contragolpe en la vida social y política de Gran Bretaña. La crisis americana de 1837 a 1839 hizo bajar las exportaciones británicas de 12.425.601 libras esterlinas en 1836 a 4.695.225 en 1837, a 7.585.760 en 1838 y a 3.562.000 en 1842. Una parálisis semejante empieza ya en Inglaterra. Producirá sin falta efectos de la mayor importancia antes de que haya pasado.

  1. El Banco de Inglaterra suspendió la conversión de sus billetes en oro en 1797, durante las guerras con Francia, y la reanudó en 1821, en aplicación de la ley de 1819. ↩

  2. La Bank Charter Act de 1844, promovida por el primer ministro Robert Peel (1788-1850), separó el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión y otro de banca y limitó la emisión de billetes no cubiertos por metal. ↩

  3. Samuel Jones Loyd (1796-1883), banquero, lord Overstone desde 1850, principal teórico de la llamada escuela monetaria (currency school) que inspiró la ley de 1844. ↩

  4. Lord John Russell (1792-1878), primer ministro whig de 1846 a 1852; sir Charles Wood (1800-1885), ministro de Hacienda (canciller del Exchequer) en ese mismo gobierno. ↩

  5. Ley que exime de responsabilidad, a posteriori, a quien ha infringido otra ley por razones de Estado. ↩