Escrito en inglés por Friedrich Engels a comienzos de abril de 1857 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4990, del 17 de abril de 1857. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 173-178), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Si el conflicto que los ingleses han iniciado con los chinos se lleva al extremo, cabe esperar que acabe en una nueva expedición por tierra y por mar, semejante a la de 1841-1842, que tuvo como fondo el conflicto del opio.1 El cómodo éxito de los ingleses en aquella ocasión, en la que arrancaron a los chinos una enorme suma de plata, es muy a propósito para recomendar un nuevo experimento del mismo tipo a un pueblo que, pese a todo su horror ante nuestra inclinación a la piratería, sigue apegado todavía, y en no pequeña medida, igual que nosotros, al viejo espíritu saqueador de los corsarios que tanto distinguió a nuestros antepasados comunes de los siglos XVI y XVII. Pero los notables cambios en la situación de China ocurridos desde aquella afortunada correría en nombre del comercio del opio hacen muy dudoso que una expedición semejante vaya a tener hoy un resultado ni siquiera aproximadamente igual. La nueva expedición partiría sin duda, como la de 1841-1842, de la isla de Hong Kong. Aquella expedición constaba de una flota de dos navíos de setenta y cuatro cañones, ocho fragatas, un gran número de corbetas y bergantines de guerra, doce vapores y cuarenta transportes, con una fuerza a bordo que, incluida la infantería de marina, sumaba quince mil hombres. Difícilmente se arriesgaría la nueva expedición con una fuerza menor; de hecho, algunas de las consideraciones que vamos a exponer ahora parecen aconsejar una política que haga la expedición mucho mayor.
La expedición de 1841-1842, que zarpó de Hong Kong el 21 de agosto de 1841, tomó primero Amoy y después, el 1 de octubre, la isla de Chusan,2 que convirtió en la base de sus futuras operaciones. El objetivo de esas operaciones era penetrar en el gran río central, el Yangtsé-kiang, y remontarlo unas doscientas millas desde su desembocadura hasta la ciudad de Nankín. El río Yangtsé-kiang divide China en dos partes completamente distintas: el norte y el sur. Unas cuarenta millas por debajo de Nankín, el Canal Imperial,3 que constituye la vía de comunicación comercial entre las provincias del norte y las del sur, llega al gran río y lo cruza. La teoría de la campaña era que la toma de esta importante vía de comunicación sería fatal para Pekín y obligaría al emperador a hacer la paz de inmediato. El 13 de junio de 1842, las fuerzas inglesas al mando de sir Henry Pottinger4 aparecieron ante Wusong, en la desembocadura del pequeño río del mismo nombre. Este río viene del sur y desemboca en el estuario del Yangtsé-kiang poco antes de que este entre en el mar Amarillo. La desembocadura del Wusong forma el puerto de Shanghái, que está algo más arriba. Las orillas del Wusong estaban cubiertas de baterías, que fueron todas asaltadas y tomadas sin dificultad. Una columna de las fuerzas invasoras marchó entonces sobre Shanghái, que se rindió sin intentar resistencia alguna. Pero, aunque hasta entonces se había encontrado poca resistencia por parte de los pacíficos y tímidos habitantes de las orillas del Yangtsé-kiang, que, tras una larga paz de casi doscientos años, hacían ahora su primera experiencia de la guerra, el propio estuario y el acceso a él desde el mar resultaron muy difíciles. El ancho estuario del Yangtsé-kiang desemboca en el mar entre orillas medio cubiertas de fango y apenas visibles, de modo que el mar es, a lo largo de muchas millas marinas, de un amarillo sucio, de donde le viene también el nombre. Los barcos que pretenden entrar en el Yangtsé-kiang tienen que avanzar con cautela a lo largo de la orilla sur, echando la sonda sin cesar para evitar los cambiantes bancos de arena que estorban la entrada. Estos bancos de arena se extienden estuario arriba hasta el extremo superior de la gran isla de Chongming, que está en medio de él y lo divide en dos brazos. Por encima de esta isla, que tiene unas treinta millas de largo, las orillas empiezan a asomar sobre el agua, pero el cauce se vuelve muy sinuoso. La marea se deja sentir hasta Zhenjiang,5 más o menos a mitad de camino de Nankín, donde lo que hasta entonces había sido en realidad un estuario o un brazo de mar toma por primera vez, para los barcos que lo remontan, el carácter de un río. Antes de llegar a este tramo, la flota inglesa tropezó con algunas dificultades serias. Necesitó quince días para recorrer las ochenta millas desde su fondeadero junto a Chusan. Cerca de la isla de Chongming, algunos de los barcos mayores encallaron, pero se desprendieron con ayuda de la marea creciente. Tras vencer estas dificultades y acercarse a la ciudad de Zhenjiang, los ingleses encontraron pruebas sobradas de que a los soldados tártaro-chinos,6 por insuficientes que fueran sus conocimientos militares, no les faltaban ni valor ni espíritu de lucha. Esos soldados tártaros, solo mil quinientos, combatieron con la mayor desesperación y murieron hasta el último hombre. Como si hubieran presentido el desenlace, antes de entrar en combate estrangularon o ahogaron a todas sus mujeres y niños, cuyos cadáveres se sacaron después en gran número de los pozos a los que los habían arrojado. Cuando el comandante en jefe vio que la batalla estaba perdida, prendió fuego a su casa y pereció entre las llamas. Los ingleses perdieron en el ataque ciento ochenta y cinco hombres, pérdida que vengaron con los más espantosos excesos en el saqueo de la ciudad. Los ingleses habían llevado la guerra de principio a fin con un espíritu de crueldad brutalísima, digno complemento del espíritu de codicia contrabandista del que había nacido. Si los invasores hubieran encontrado en todas partes una resistencia semejante, nunca habrían llegado a Nankín. Pero no fue así. La ciudad de Guazhou, en la orilla opuesta del río, se sometió y pagó un rescate de tres millones de dólares, que los corsarios ingleses se embolsaron, naturalmente, con extraordinaria satisfacción.
Más arriba, el cauce tenía treinta brazas de profundidad y, en lo que tocaba al calado, la navegación se hizo fácil; pero en algunos puntos la corriente corría con gran rapidez, a no menos de seis o siete millas por hora. Nada impedía, sin embargo, que los navíos de línea subieran hasta Nankín, bajo cuyas murallas los ingleses echaron por fin el ancla el 9 de agosto. El efecto producido correspondió exactamente a lo esperado. El emperador, atemorizado, firmó el tratado del 29 de agosto,7 cuya supuesta violación se toma ahora como pretexto para nuevas exigencias que amenazan con una nueva guerra.
Esa nueva guerra, si llega a estallar, se llevará probablemente siguiendo el ejemplo de la anterior. Pero hay varias razones por las que los ingleses no deberían esperar un éxito igual de fácil. La experiencia de aquella guerra no ha pasado sin dejar huella en los chinos. En las recientes operaciones militares en el río de Cantón mostraron una destreza tan superior en el cañoneo y en el arte de la defensa que surgió la sospecha de que tenían europeos en sus filas. En todas las cosas prácticas —y la guerra es de naturaleza sumamente práctica— los chinos superan con mucho a todos los orientales, y sin duda los ingleses encontrarán en ellos alumnos aplicados en materia militar. Además, es probable que los ingleses, al remontar el Yangtsé-kiang, si vuelven a intentarlo, se encuentren con obstáculos artificiales de un tipo con el que probablemente no se toparon en ocasiones anteriores. Pero —y esta es la más importante de todas las consideraciones— es errónea toda suposición que cuente con que una nueva ocupación de Nankín vaya a sembrar en la corte imperial de Pekín ni remotamente el mismo terror y la misma alarma que provocó la primera vez. Nankín, como gran parte de los distritos circundantes, está desde hace bastante tiempo en manos de los insurgentes;8 uno o varios de sus jefes han hecho de esa ciudad su cuartel general. En estas circunstancias, su ocupación por los ingleses podría resultarle al emperador más grata que ingrata. Los ingleses le prestarían un buen servicio si expulsaran a los rebeldes de una ciudad que, una vez conquistada, podría resultar bastante difícil, incómoda y peligrosa de mantener ocupada, y que, como ha mostrado la experiencia más reciente, una potencia enemiga puede tener ocupada sin consecuencias inmediatamente fatales para Pekín ni para el poder imperial.
La primera guerra del opio (1839-1842), que Gran Bretaña emprendió para imponer a China la importación del opio de la India. ↩
Amoy es la actual Xiamen; Chusan, la isla de Zhoushan, frente a la costa de Zhejiang. ↩
El Gran Canal, que une Hangzhou con Pekín. ↩
Sir Henry Pottinger (1789-1856), plenipotenciario británico en China de 1841 a 1843 y primer gobernador de Hong Kong. ↩
Chinkiang en las grafías de la época. ↩
Las guarniciones manchúes de las «Banderas», a las que los europeos llamaban entonces tártaras. ↩
El tratado de Nankín (29 de agosto de 1842), que obligó a China a ceder Hong Kong, abrir cinco puertos al comercio británico y pagar una indemnización de 21 millones de dólares. ↩
Los Taiping, cuyo «Reino Celestial» tenía su capital en Nankín desde 1853. ↩