Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 22 de mayo de 1857 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5032, del 5 de junio de 1857. Traducido del original inglés según la transcripción de los artículos de Marx y Engels sobre China del Marxists Internet Archive, cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 210-215), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 22 de mayo de 1857
Los ingleses acaban de terminar una guerra asiática y empiezan otra. La resistencia que han opuesto los persas, y la que hasta ahora han opuesto los chinos a la invasión británica, forman un contraste digno de nuestra atención. En Persia, el sistema europeo de organización militar se ha injertado en la barbarie asiática; en China, la semicivilización en descomposición del Estado más antiguo del mundo se enfrenta a los europeos con sus propios recursos. Persia ha sufrido una derrota rotunda, mientras que la China desgarrada y medio disuelta ha dado con un sistema de resistencia que, si se mantiene, hará imposible repetir las marchas triunfales de la primera guerra anglo-china.
Persia se encontraba en una situación semejante a la de Turquía durante la guerra de 1828-1829 contra Rusia.1 Oficiales ingleses, franceses y rusos habían probado por turno su mano en la organización del ejército persa. Un sistema había sucedido a otro, y cada uno a su vez se había visto frustrado por los celos, las intrigas, la ignorancia, la codicia y la corrupción de los orientales a los que debía convertir en oficiales y soldados europeos. El nuevo ejército regular nunca había tenido ocasión de poner a prueba su organización y su fuerza en campaña. Sus únicas hazañas se habían limitado a unas pocas campañas contra kurdos, turcomanos y afganos, en las que sirvió como una especie de núcleo o reserva de la numerosa caballería irregular de Persia. Esta última era la que libraba la mayor parte de los combates reales; los regulares, por lo general, no tenían más que imponerse al enemigo con el efecto demostrativo de sus formaciones de apariencia temible. Por fin estalló la guerra con Inglaterra.2
Los ingleses atacaron Bushehr3 y encontraron una resistencia valerosa, aunque ineficaz. Pero los hombres que combatieron en Bushehr no eran regulares; los formaban las levas irregulares de los habitantes persas y árabes de la costa. Los regulares apenas se estaban concentrando a unas sesenta millas de distancia, en las colinas. Por fin avanzaron. El ejército angloindio les salió al encuentro a mitad de camino y, aunque los persas manejaron su artillería con honra y formaron sus cuadros según los principios más acreditados, una sola carga de un solo regimiento de caballería india barrió del campo a todo el ejército persa, guardia y tropas de línea. Y para saber lo que se considera que vale esa caballería regular india en su propio servicio, basta con remitirse al libro del capitán Nolan sobre el tema.4 Entre los oficiales angloindios se la tiene por algo peor que inútil y muy inferior a la caballería irregular angloindia. El capitán Nolan no encuentra ni una sola acción en la que se haya batido con honra. ¡Y sin embargo eran esos los hombres, seiscientos de ellos, que pusieron en fuga a diez mil persas! Tal fue el terror que se extendió entre los regulares persas que desde entonces no han hecho frente en ninguna parte, con la sola excepción de la artillería. En Mohammerah5 se mantuvieron fuera del alcance del peligro, dejando a la artillería la defensa de las baterías, y se retiraron en cuanto estas fueron silenciadas; y cuando, en un reconocimiento, los británicos desembarcaron trescientos fusileros y cincuenta jinetes irregulares, toda la hueste persa se marchó, dejando bagajes, provisiones y cañones en poder de los… vencedores no se les puede llamar…, de los invasores.
Todo esto, sin embargo, ni marca a los persas como una nación de cobardes ni condena la introducción de la táctica europea entre los orientales. Las guerras ruso-turcas de 1809-18126 y de 1828-1829 ofrecen muchos ejemplos semejantes. La principal resistencia que encontraron los rusos la opusieron las levas irregulares, tanto de las ciudades fortificadas como de las provincias montañosas. Los regulares, cada vez que se mostraban en campo abierto, eran arrollados en el acto por los rusos y muy a menudo huían al primer disparo; mientras que una sola compañía de arnautas7 irregulares, en un barranco junto a Varna, se opuso con éxito durante semanas enteras a las operaciones de asedio rusas. Y, sin embargo, durante la última guerra el ejército regular turco ha derrotado a los rusos en todos y cada uno de los combates, desde Oltenița y Cetate hasta Kars y el Inguri.8
Lo cierto es que la introducción de la organización militar europea en las naciones bárbaras está lejos de haberse completado cuando el nuevo ejército se ha dividido en unidades, equipado e instruido a la manera europea. Ese no es más que el primer paso. Tampoco bastará con promulgar algún código militar europeo; no asegurará la disciplina europea, del mismo modo que un reglamento europeo de instrucción no producirá por sí solo la táctica y la estrategia europeas. Lo principal, y a la vez la principal dificultad, es la creación de un cuerpo de oficiales y sargentos formados en el sistema europeo moderno, completamente libres de los viejos prejuicios y recuerdos nacionales en materia militar, y capaces de infundir vida a la nueva formación. Esto requiere mucho tiempo, y con seguridad tropezará con la más obstinada oposición de la ignorancia, la impaciencia y los prejuicios orientales y con los vaivenes de la fortuna y del favor propios de las cortes orientales. Un sultán o un sah tiende demasiado a considerar a su ejército capaz de todo en cuanto los hombres saben desfilar, girar, desplegarse y formar en columna sin caer en un desorden irremediable. Y en cuanto a las escuelas militares, sus frutos maduran tan despacio que, con la inestabilidad de los gobiernos orientales, apenas cabe esperar que los den nunca. Incluso en Turquía la provisión de oficiales instruidos es escasa, y el ejército turco no habría podido hacer nada durante la última guerra sin el gran número de renegados y de oficiales europeos que había en sus filas.
La única arma que constituye en todas partes una excepción es la artillería. En ella los orientales están tan perdidos y son tan impotentes que tienen que dejar toda la dirección a sus instructores europeos. La consecuencia es que, tanto en Turquía como en Persia, la artillería iba muy por delante de la infantería y la caballería.
Que en estas circunstancias el ejército angloindio, el más antiguo de todos los ejércitos orientales organizados según el sistema europeo, el único que no está sometido a un gobierno oriental, sino a uno exclusivamente europeo, y mandado casi por entero por europeos; que este ejército, apoyado por una fuerte reserva de tropas británicas y una poderosa marina, disperse con facilidad a los regulares persas, es cosa natural. El revés hará tanto más bien a los persas cuanto más rotundo haya sido. Ahora verán, como lo vieron antes los turcos, que el uniforme europeo y la instrucción de desfile no son por sí mismos un talismán, y quizá dentro de veinte años los persas resulten tan respetables como los turcos en sus recientes victorias.
Las tropas que conquistaron Bushehr y Mohammerah serán enviadas, según se entiende, a China de inmediato. Allí encontrarán un enemigo distinto. No se les opondrán allí intentos de evoluciones europeas, sino la formación irregular de las masas asiáticas. De ellas darán cuenta sin duda con facilidad; pero ¿y si los chinos les hacen una guerra nacional y si la barbarie no tiene escrúpulos en emplear las únicas armas que sabe manejar?
Es evidente que entre los chinos reina ahora un espíritu distinto del que mostraron en la guerra de 1840-1842. Entonces el pueblo estaba tranquilo; dejó que los soldados del emperador combatieran a los invasores y, tras una derrota, se sometió con fatalismo oriental al poder del enemigo. Pero ahora, al menos en las provincias del sur, a las que hasta ahora se ha limitado la contienda, la masa del pueblo toma parte activa, más aún, fanática, en la lucha contra los extranjeros. Envenenan al por mayor, y con la premeditación más fría, el pan de la comunidad europea de Hong Kong. (Se enviaron algunas hogazas a Liebig9 para que las examinara. Encontró grandes cantidades de arsénico repartidas por todas sus partes, lo que mostraba que ya se había mezclado en la masa. La dosis, sin embargo, era tan fuerte que debió de actuar como emético y contrarrestar así los efectos del veneno). Suben con armas escondidas a bordo de los vapores mercantes y, durante la travesía, matan a la tripulación y a los pasajeros europeos y se apoderan del barco.
Secuestran y matan a todo extranjero que tengan a su alcance. Los propios culíes que emigran a países extranjeros se amotinan, y como de común acuerdo, a bordo de cada barco de emigrantes, luchan por apoderarse de él y, antes que rendirse, se hunden con él o perecen entre sus llamas. Incluso fuera de China, los colonos chinos, hasta ahora los más sumisos y mansos de los súbditos, conspiran y se levantan de pronto en insurrección nocturna, como en Sarawak,10 o, como en Singapur, solo se les tiene sujetos por la fuerza y la vigilancia. La política pirata del gobierno británico ha provocado este levantamiento universal de todos los chinos contra todos los extranjeros, y le ha dado el sello de una guerra de exterminio.
¿Qué ha de hacer un ejército contra un pueblo que recurre a semejantes medios de guerra? ¿Dónde, hasta dónde ha de penetrar en el país enemigo, y cómo ha de sostenerse allí? Los traficantes de civilización que lanzan granadas incendiarias sobre una ciudad indefensa y añaden la violación al asesinato pueden llamar a ese sistema cobarde, bárbaro, atroz; pero ¿qué les importa eso a los chinos, con tal de que tenga éxito? Ya que los británicos los tratan como bárbaros, no pueden negarles el pleno disfrute de su barbarie. Si sus secuestros, sus golpes por sorpresa y sus matanzas a medianoche son lo que nosotros llamamos cobardía, los traficantes de civilización no deberían olvidar que, según su propio testimonio, los chinos no podrían resistir a los medios de destrucción europeos con sus medios de guerra ordinarios.
En suma, en lugar de moralizar sobre las horribles atrocidades de los chinos, como hace la caballeresca prensa inglesa, más vale reconocer que esta es una guerra pro aris et focis,11 una guerra popular por el mantenimiento de la nacionalidad china, con todos sus prejuicios arrogantes, su estupidez, su docta ignorancia y su pedante barbarie, si se quiere, pero una guerra popular a fin de cuentas. Y en una guerra popular los medios que emplea la nación insurrecta no pueden medirse por las reglas comúnmente reconocidas de la guerra regular, ni por ningún otro patrón abstracto, sino solo por el grado de civilización alcanzado por esa nación insurrecta.
Los ingleses se encuentran esta vez en una situación difícil. Hasta ahora, el fanatismo nacional chino no parece extenderse más allá de las provincias del sur que no se han adherido a la gran rebelión.12 ¿Se limitará la guerra a ellas? Entonces no conducirá sin duda a ningún resultado, porque ningún punto vital del imperio estará amenazado. Al mismo tiempo, sería una guerra muy peligrosa para los ingleses si el fanatismo se extiende a la población del interior. Cantón puede ser destruida por completo y las costas mordisqueadas en todos los puntos posibles, pero todas las fuerzas que los británicos pudieran reunir no bastarían para conquistar y conservar las dos provincias de Kwangtung y Kwangsi.13 ¿Qué más pueden hacer, entonces? El país al norte de Cantón, hasta Shanghái y Nankín, está en manos de los insurgentes chinos, a los que sería mala política ofender; y al norte de Nankín el único punto cuyo ataque podría conducir a un resultado decisivo es Pekín. Pero ¿dónde está el ejército capaz de establecer en la costa una base de operaciones fortificada y guarnecida, vencer todos los obstáculos del camino, dejar destacamentos para asegurar las comunicaciones con la costa y presentarse con una fuerza mínimamente temible ante las murallas de una ciudad del tamaño de Londres, a cien millas de su punto de desembarco? Por otra parte, una demostración afortunada contra la capital sacudiría hasta sus cimientos la existencia misma del Imperio chino, aceleraría la caída de la dinastía manchú y allanaría el camino, no al avance británico, sino al ruso.
La nueva guerra anglo-china presenta tantas complicaciones que es del todo imposible adivinar el giro que pueda tomar. Durante algunos meses la falta de tropas, y durante un tiempo aún más largo la falta de decisión, mantendrán a los británicos bastante inactivos, salvo, quizá, en algún punto sin importancia, categoría a la que, en las circunstancias actuales, puede decirse que pertenece también Cantón.
Una cosa es segura: la hora de la muerte de la vieja China se acerca rápidamente. La guerra civil ya ha separado el sur del imperio del norte, y el Rey Rebelde14 parece estar tan a salvo de los imperiales en Nankín (si no de las intrigas de sus propios seguidores) como el Emperador Celeste de los rebeldes en Pekín. Cantón libra hasta ahora una especie de guerra independiente contra los ingleses y contra todos los extranjeros en general; y mientras las flotas y las tropas británicas y francesas acuden a Hong Kong, los cosacos de la línea siberiana adelantan lenta pero firmemente sus stanitsas15 desde los montes de Dauria hasta las orillas del Amur, y la infantería de marina rusa cierra con fortificaciones los espléndidos puertos de Manchuria. El fanatismo mismo de los chinos del sur en su lucha contra los extranjeros parece indicar la conciencia del peligro supremo en que se encuentra la vieja China; y antes de que pasen muchos años asistiremos a la agonía del imperio más antiguo del mundo y al día en que se abra una nueva era para toda Asia.
La guerra ruso-turca de 1828-1829, que terminó con la paz de Adrianópolis. ↩
La guerra anglo-persa de 1856-1857, provocada por la ocupación persa de Herat; terminó con el tratado de París del 4 de marzo de 1857. ↩
Bushire en las grafías de la época; puerto persa del golfo Pérsico, tomado por los británicos en diciembre de 1856. ↩
Louis Edward Nolan (1818-1854), oficial de caballería británico que había servido en la India, autor de Cavalry: its History and Tactics (1853); murió en la carga de la Brigada Ligera en Balaklava. ↩
La actual Jorramchar, en la desembocadura del Karun en el Shatt al-Arab; los británicos la tomaron en marzo de 1857. ↩
Así en la transcripción inglesa; la MEW da 1806-1812, las fechas de aquella guerra. ↩
Nombre que daban los turcos a los albaneses, que servían a menudo como tropas irregulares. ↩
Combates de la guerra de Crimea en el frente del Danubio (Oltenița, noviembre de 1853; Cetate, enero de 1854) y del Cáucaso (defensa de Kars en 1855; paso del Inguri por Omer Bajá en noviembre de 1855). ↩
Justus von Liebig (1803-1873), químico alemán. ↩
En febrero de 1857 los mineros chinos de Sarawak, en Borneo, se sublevaron contra el rajá británico James Brooke. ↩
«Por los altares y los hogares», es decir, por lo más sagrado. ↩
La rebelión de los Taiping (1850-1864). ↩
Guangdong y Guangxi. ↩
Hong Xiuquan (1814-1864), jefe de los Taiping, que se proclamó Rey Celestial y estableció su capital en Nankín. ↩
Poblados cosacos. ↩