Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 21 de septiembre de 1857 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge (Nueva York, D. Appleton and Company), tomo II, 1858, págs. 743-745. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 117-121, por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés

BATALLA. El choque de dos cuerpos de tropas enemigos se llama batalla cuando esos cuerpos forman los ejércitos principales de uno y otro bando o, por lo menos, actúan con independencia en su propio teatro de guerra. Antes de la introducción de la pólvora, todas las batallas se decidían en verdadera lucha cuerpo a cuerpo. Entre los griegos y los macedonios, la carga de la falange cerrada, erizada de lanzas, seguida de un breve combate a espada, traía la decisión. Entre los romanos, el ataque de la legión dispuesta en tres líneas permitía renovar la carga con la segunda línea y maniobrar decisivamente con la tercera. La línea romana avanzaba hasta 10 o 15 yardas del enemigo, le lanzaba sus pila, jabalinas muy pesadas, y luego cerraba espada en mano. Si la primera línea era contenida, la segunda avanzaba por los intervalos de la primera, y si aun así no se vencía la resistencia, la tercera línea, o reserva, irrumpía contra el centro del enemigo o caía sobre una de sus alas. En la Edad Media, las cargas de la caballería acorazada de los caballeros tenían que decidir las acciones generales, hasta que la introducción de la artillería y de las armas de fuego portátiles devolvió la preponderancia a la infantería. Desde entonces, el número superior y la mejor construcción de las armas de fuego de un ejército fueron el elemento principal de la batalla, hasta que, en el siglo XVIII, todos los ejércitos de Europa hubieron dotado de mosquetes a su infantería y quedaron más o menos a la par en cuanto a la calidad de sus armas de fuego. Entonces pasó a ser elemento decisivo el número de disparos hechos en un tiempo dado con una precisión media. La infantería se formaba en largas líneas de tres de fondo; se la instruía con el mayor esmero para asegurar la firmeza y la rapidez del fuego, hasta 5 disparos por minuto; las largas líneas avanzaban lentamente una contra otra, sin dejar de disparar y apoyadas por la artillería, que tiraba metralla; por último, las pérdidas sufridas por uno de los bandos hacían vacilar a sus tropas, y el otro aprovechaba ese momento para avanzar a la bayoneta, lo que por lo general resultaba decisivo. Si uno de los dos ejércitos ya había tomado posición antes de empezar la batalla, el otro procuraba por lo general atacarlo en ángulo agudo, de modo que pudiera desbordar y envolver una de sus alas; esa ala y la parte más próxima del centro, desordenadas así por fuerzas superiores, se apiñaban en masas profundas sobre las que el atacante hacía jugar su artillería pesada. Esta fue la maniobra favorita de Federico el Grande, que tuvo especial éxito en Leuthen. A veces también se lanzaba la caballería contra la infantería enemiga que vacilaba, y en muchos casos con éxito señalado; pero en conjunto era el fuego rápido de las líneas de infantería lo que decidía, y ese fuego era tan eficaz que ha hecho de las batallas de este período las más sangrientas de los tiempos modernos. Federico el Grande perdió en Kolin 12.000 hombres de 18.000, y en Kunersdorf 17.000 de 30.000, mientras que en la batalla más sangrienta de todas las campañas de Napoleón, en Borodinó, los rusos no perdieron del todo la mitad de sus tropas en muertos y heridos. La Revolución francesa y Napoleón cambiaron por completo el aspecto de las batallas. El ejército se organizó en divisiones de unos 10.000 hombres, con infantería, caballería y artillería mezcladas; ya no combatía exclusivamente en línea, sino también en columna y en orden abierto de tiradores. Con esta formación ya no era necesario escoger solo llanuras abiertas como campo de batalla; los bosques, las aldeas, los cortijos, cualquier terreno accidentado eran más bien bienvenidos. Desde que todos los ejércitos adoptaron esta nueva formación, una batalla se ha convertido en algo muy distinto de lo que era en el siglo XVIII. Entonces, aunque el ejército se dispusiera por lo general en tres líneas, un solo ataque, o a lo sumo dos o tres ataques en rápida sucesión, decidían su suerte; ahora el combate puede durar un día entero, y hasta dos o tres días, sucediéndose ataques, contraataques y maniobras, con suerte varia, todo el tiempo. Hoy en día, una batalla la empieza por lo general la vanguardia del atacante, que envía por delante tiradores con sus sostenes. En cuanto encuentran una resistencia seria, cosa que suele ocurrir en algún terreno favorable a la defensa, avanza la artillería ligera, cubierta por tiradores y por pequeños cuerpos de caballería, y el grueso de la vanguardia toma posición. Suele seguir un cañoneo, y se derrocha mucha munición para facilitar el reconocimiento e inducir al enemigo a mostrar sus fuerzas. Entretanto van llegando una división tras otra, y a cada una se le señala su posición de combate según lo que hasta entonces se sabe de las disposiciones del enemigo. Contra los puntos que favorecen un ataque se envían tiradores, apoyados donde hace falta por líneas y por artillería; se preparan ataques de flanco; se concentran tropas para atacar puestos importantes delante de la posición principal del enemigo, que toma sus disposiciones en consecuencia. Se maniobra algo para amenazar posiciones defensivas o para responder con una contracarga a un ataque que amenaza. Poco a poco el ejército se acerca al enemigo, se fijan por fin los puntos de ataque y las masas avanzan desde las posiciones cubiertas que ocupaban hasta entonces. Ahora predomina el fuego de la infantería en línea y de la artillería, dirigido contra los puntos que se van a atacar; sigue el avance de las tropas destinadas a la carga, en el que interviene de vez en cuando una carga de caballería en pequeña escala. Ha empezado la lucha por los puestos importantes; se toman y se pierden, y uno y otro bando envían por turnos tropas de refresco. Los intervalos entre esos puestos se convierten ahora en campo de batalla de líneas de infantería desplegadas y de cargas ocasionales a la bayoneta, que, sin embargo, casi nunca llegan a una verdadera lucha cuerpo a cuerpo, mientras que en las aldeas, los cortijos, los atrincheramientos, etc., la bayoneta se usa de verdad con bastante frecuencia. En este terreno abierto, además, la caballería se lanza hacia delante siempre que se le ofrecen ocasiones, mientras la artillería sigue tirando y avanzando a nuevas posiciones. Mientras la batalla oscila de este modo, se van haciendo más visibles las intenciones, las disposiciones y, sobre todo, la fuerza de los dos ejércitos contendientes; entran en combate cada vez más tropas, y pronto se ve qué bando tiene el cuerpo más fuerte de fuerzas intactas en reserva para el ataque final y decisivo. O bien el atacante ha tenido éxito hasta entonces y puede aventurarse a lanzar su reserva contra el centro o el flanco del defensor, o bien su ataque ha sido rechazado hasta entonces y no puede sostenerse con tropas de refresco, en cuyo caso el defensor puede hacer avanzar sus reservas y, con una carga vigorosa, convertir el rechazo en derrota. En la mayoría de los casos, el ataque decisivo se dirige contra una parte del frente enemigo, para romper su línea. Se concentra sobre el punto elegido toda la artillería posible; la infantería avanza en masas cerradas y, en cuanto su carga ha tenido éxito, la caballería se precipita por la brecha así abierta, desplegándose a derecha e izquierda, cogiendo de flanco y por la espalda la línea enemiga y, como suele decirse, arrollándola hacia sus dos alas. Pero un ataque así, para ser verdaderamente decisivo, debe emprenderse con una fuerza grande y no antes de que el enemigo haya empeñado sus últimas reservas; de otro modo, las pérdidas sufridas no guardarían proporción alguna con los muy magros resultados obtenibles, y hasta podrían costar la batalla. En la mayoría de los casos, un jefe preferirá interrumpir una batalla que toma un giro decididamente desfavorable antes que empeñar sus últimas reservas y esperar la carga decisiva de su adversario; y con la organización y la táctica actuales, esto puede hacerse casi siempre con pérdidas relativamente moderadas, pues el enemigo, tras una batalla bien disputada, suele estar también muy quebrantado. Las reservas y la artillería toman una nueva posición a retaguardia, al amparo de la cual las tropas van rompiendo el contacto y se retiran. Depende entonces de la viveza de la persecución que la retirada se haga en buen orden o no. El enemigo lanzará su caballería contra las tropas que tratan de romper el contacto, y por eso la caballería debe estar a mano para socorrerlas. Pero si la caballería del bando que se retira es derrotada y su infantería alcanzada antes de ponerse fuera de alcance, la desbandada se hace general, y la retaguardia, en su nueva posición defensiva, tendrá una dura tarea por delante, a menos que se acerque la noche, que es lo que suele ocurrir. Tal es el curso habitual de una batalla moderna, suponiendo que los bandos sean bastante iguales en fuerza y en mando; con una superioridad decidida de una parte, el asunto se abrevia mucho y se producen combinaciones cuyas variantes son innumerables; pero, en todas las circunstancias, las batallas modernas entre ejércitos civilizados tendrán, en conjunto, el carácter descrito.