Escrito en inglés por Friedrich Engels el 8 de mayo de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5333, del 25 de mayo de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 463-468), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la transcripción inglesa; la MEW titula el artículo «Detalles sobre el asalto de Lucknow». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Por fin disponemos de relatos detallados del ataque y la caída de Lucknow. Es verdad que todavía no se han publicado las fuentes de información principales desde el punto de vista militar, los despachos de sir Colin Campbell; pero la correspondencia de la prensa británica, y sobre todo las cartas del señor Russell1 en el Times de Londres, cuyas partes principales hemos puesto ante nuestros lectores, bastan para dar una idea general de los procedimientos de la parte atacante.

Los relatos detallados confirman con creces las conclusiones que sacamos de las noticias telegráficas sobre la ignorancia y la cobardía mostradas en la defensa. Las obras levantadas por los hindúes, imponentes en apariencia, no tenían en realidad más importancia que los dragones de fuego y las caras haciendo muecas que los «bravos» chinos pintan en sus escudos o en las murallas de sus ciudades. Cada obra presentaba un frente aparentemente inexpugnable, todo muros y parapetos con troneras y aspilleras, dificultades de acceso de toda clase imaginable, cañones y armas ligeras erizados por todas partes. Pero los flancos y la retaguardia de cada posición estaban completamente descuidados, nunca se pensó en un apoyo mutuo de las diversas obras, y ni siquiera se había despejado el terreno entre las obras ni delante de ellas, de modo que los ataques de frente y de flanco podían prepararse sin conocimiento de la defensa y acercarse perfectamente a cubierto hasta pocas yardas del parapeto. Era justo el conglomerado de atrincheramientos que podía esperarse de un cuerpo de simples zapadores privados de sus oficiales y que servían en un ejército donde reinaban soberanas la ignorancia y la indisciplina. Los atrincheramientos de Lucknow no son más que una traducción a muros de barro cocido y parapetos de tierra de todo el método de guerra de los cipayos. La parte mecánica de la táctica europea se les había grabado en parte en la cabeza; conocían bastante bien el manejo del arma y la instrucción de pelotón; sabían también construir una batería y aspillerar un muro; pero cómo combinar los movimientos de compañías y batallones en la defensa de una posición, o cómo combinar baterías y casas y muros aspillerados para formar un campamento atrincherado capaz de resistir, eso lo ignoraban por completo. Así, debilitaron los sólidos muros de mampostería de sus palacios a fuerza de llenarlos de aspilleras, amontonaron filas y filas de aspilleras y troneras, pusieron baterías con parapeto en sus tejados, y todo ello sin propósito alguno, porque todo podía rodearse de la manera más fácil. Del mismo modo, conscientes de su inferioridad táctica, intentaron compensarla atiborrando de hombres cada puesto todo lo posible, sin otro resultado que dar un efecto terrible a la artillería británica y hacer imposible toda defensa ordenada y sistemática en cuanto las columnas de ataque caían sobre esa abigarrada multitud desde una dirección inesperada. Y cuando los británicos, por alguna circunstancia fortuita, se veían obligados a atacar incluso el imponente frente de las obras, su construcción era tan defectuosa que se podía llegar hasta ellas, batirlas en brecha y asaltarlas casi sin riesgo alguno. Así ocurrió en el Imambara. A pocas yardas del edificio había un muro de pucka (barro secado al sol). Hasta él llevaron los británicos una zapa corta (prueba suficiente de que las troneras y aspilleras de la parte alta del edificio no tenían fuego rasante sobre el terreno inmediatamente delante), y usaron ese mismo muro como batería de brecha, ¡preparada para ellos por los propios hindúes! Detrás de ese muro emplazaron dos cañones de 68 libras (cañones navales). El cañón de 68 más ligero del servicio británico pesa 87 quintales sin la cureña; pero aun suponiendo que se trate de un cañón de 8 pulgadas solo para proyectil hueco, el cañón más ligero de esa clase pesa 50 quintales, y con la cureña tres toneladas por lo menos. Que pudieran llevarse siquiera semejantes cañones tan cerca de un palacio de varios pisos con una batería en el tejado demuestra un desprecio de las posiciones dominantes y una ignorancia de la ingeniería militar de la que no sería capaz ningún simple zapador de ningún ejército civilizado.

Esto en cuanto a la ciencia contra la que tuvieron que luchar los británicos. En cuanto al valor y la tenacidad, faltaron igualmente en la defensa. De la Martinière al Musabagh no hubo por parte de los indígenas más que un grande y unánime acto de desbandada en cuanto una columna avanzaba al ataque. En toda la serie de combates no hay nada que pueda compararse siquiera con la matanza (porque apenas puede llamarse combate) del Sikandarbagh durante la liberación de la Residencia por Campbell. En cuanto avanzan los destacamentos atacantes, hay un sálvese quien pueda general hacia la retaguardia, y donde solo hay unas pocas salidas estrechas, de modo que la chusma apiñada tiene que detenerse, los hombres caen en montón y sin resistencia alguna bajo las descargas y las bayonetas de los británicos que avanzan. La «bayoneta británica» ha hecho más estragos en cualquiera de estas embestidas contra indígenas presos del pánico que en todas las guerras de los ingleses en Europa y América juntas. En Oriente, tales batallas a la bayoneta, en las que una parte es activa y la otra abyectamente pasiva, son un hecho corriente de la guerra; las empalizadas birmanas lo mostraron en todos los casos.2 Según el relato del señor Russell, las principales pérdidas que sufrieron los británicos las causaron hindúes a los que se había cortado la retirada y que, atrincherados en las habitaciones de los palacios, disparaban desde las ventanas contra los oficiales en los patios y jardines.

En el asalto del Imambara y del Kaiserbagh, la desbandada de los hindúes fue tan rápida que la plaza no se tomó, sino que simplemente se entró en ella. Pero la escena interesante no hacía más que empezar; porque, como observa el señor Russell con toda suavidad, la conquista del Kaiserbagh aquel día fue tan inesperada que no hubo tiempo de precaverse contra el saqueo indiscriminado. Debió de ser una escena muy alegre para un verdadero John Bull amante de la libertad ver a sus granaderos británicos servirse a sus anchas de las joyas, las armas costosas, los vestidos y todos los perifollos de su majestad de Oudh. Los sijs, los gurjas y los acompañantes del campamento estaban muy dispuestos a imitar el ejemplo, y siguió una escena de saqueo y destrucción que evidentemente superó incluso el talento descriptivo del señor Russell. Cada nuevo paso adelante iba acompañado de saqueo y devastación. El Kaiserbagh había caído el 14; y media hora después se había acabado la disciplina y los oficiales habían perdido todo mando sobre sus hombres. El 17, el general Campbell se vio obligado a establecer patrullas para frenar el saqueo y a permanecer inactivo «hasta que cese el actual desenfreno». Evidentemente, las tropas se le habían ido de las manos por completo. El 18 nos enteramos de que ha cesado el saqueo más grosero, pero la devastación sigue a sus anchas. En la ciudad, sin embargo, mientras la vanguardia combatía contra el fuego de los indígenas desde las casas, la retaguardia saqueaba y destruía a su antojo. Por la tarde hay otra proclama contra el saqueo: fuertes destacamentos de cada regimiento han de salir a recoger a sus propios hombres y a retener en casa a sus acompañantes; nadie ha de salir del campamento si no es de servicio. El 20, repetición de las mismas órdenes. Ese mismo día, dos «oficiales y caballeros» británicos, los tenientes Cape y Thackwell, «fueron a la ciudad a saquear y fueron asesinados en una casa»; y el 26 las cosas estaban todavía tan mal que se dieron las órdenes más estrictas para reprimir el saqueo y los desmanes; se establecieron listas cada hora; se prohibió terminantemente a todos los soldados entrar en la ciudad; a los acompañantes del campamento que se encontraran armados en la ciudad se los ahorcaría; los soldados no llevarían armas salvo de servicio, y se desarmaría a todos los no combatientes. Para dar a estas órdenes el peso debido, se levantaron «en los lugares adecuados» unos cuantos trípodes para azotar.

Bonito estado de cosas, en verdad, en un ejército civilizado del siglo XIX; ¡y si otras tropas del mundo hubieran cometido la décima parte de estos excesos, con qué indignación las marcaría con la infamia la prensa británica! Pero estas son hazañas del ejército británico, y por eso se nos dice que tales cosas no son más que las consecuencias normales de la guerra. Los oficiales y caballeros británicos son muy dueños de apropiarse de cuantas cucharas de plata, brazaletes enjoyados y otros pequeños recuerdos encuentren en el escenario de su gloria; y si Campbell se ve obligado a desarmar a su propio ejército en plena guerra para poner fin al robo y la violencia en masa, puede que hubiera razones militares para tal paso; pero seguramente nadie les escatimará a estos pobres muchachos una semana de vacaciones y un poco de jolgorio después de tantas fatigas y privaciones.

Lo cierto es que no hay en Europa ni en América ningún ejército con tanta brutalidad como el británico. El saqueo, la violencia, la matanza, cosas que en todas partes están proscritas severa y completamente, son un privilegio consagrado por el tiempo, un derecho adquirido del soldado británico. Las infamias cometidas durante días enteros tras el asalto de Badajoz y de San Sebastián, en la guerra de la Península,3 no tienen paralelo en los anales de ninguna otra nación desde el comienzo de la Revolución francesa; y el uso medieval, proscrito en todas partes, de entregar al saqueo una ciudad tomada por asalto sigue siendo la regla entre los británicos. En Delhi, consideraciones militares imperiosas impusieron una excepción; pero el ejército, aunque se le compró con una paga extraordinaria, refunfuñó, y ahora en Lucknow se ha desquitado de lo que no pudo tener en Delhi. Durante doce días y doce noches no hubo en Lucknow ningún ejército británico, sino solo una chusma sin ley, borracha y brutal, disuelta en bandas de ladrones, mucho más sin ley, violenta y codiciosa que los cipayos a los que acababa de expulsar de la plaza. El saqueo de Lucknow en 1858 será un baldón eterno para el servicio militar británico.

Si la soldadesca desenfrenada, en su marcha civilizadora y humanizadora por la India, solo podía robar a los indígenas sus bienes muebles, el gobierno británico interviene inmediatamente después y les despoja también de sus bienes raíces. ¡Que se hable de la primera Revolución francesa, que confiscó las tierras de la nobleza y de la Iglesia! ¡Que se hable de Luis Napoleón, que confiscó los bienes de la familia de Orleans! He aquí que llega lord Canning,4 un noble británico, suave de lenguaje, de modales y de sentimientos, y confisca, por orden de su superior, el vizconde Palmerston, las tierras de un pueblo entero, cada vara, cada pértiga y cada acre, en una extensión de diez mil millas cuadradas. ¡Un bonito botín, en verdad, para John Bull! Y en cuanto lord Ellenborough, en nombre del nuevo gobierno, desaprobó esta medida sin precedentes hasta ahora, se levantan el Times y una hueste de periódicos británicos menores para defender este robo en masa y romper una lanza por el derecho de John Bull a confiscar todo lo que le plazca. Pero es que John es un ser excepcional, y lo que en él es virtud, según el Times, sería infamia en otros.

Entretanto, gracias a la completa disolución del ejército británico para dedicarse al saqueo, los insurgentes escaparon sin ser perseguidos a campo abierto. Se concentran en Rohilkhand, mientras una parte hace una guerra menuda en Oudh y otros fugitivos han tomado la dirección de Bundelkhand. Al mismo tiempo se acercan rápidamente los calores y las lluvias; y no es de esperar que la estación sea tan extraordinariamente favorable para las constituciones europeas como el año pasado. Entonces, el grueso de las tropas europeas estaba más o menos aclimatado; este año, la mayoría acaba de llegar. No cabe duda de que una campaña en junio, julio y agosto costará a los británicos un número inmenso de vidas, y con las guarniciones que hay que dejar en cada ciudad conquistada, el ejército activo se fundirá muy deprisa. Ya se nos informa de que refuerzos de 1.000 hombres al mes apenas bastarán para mantener el ejército en sus efectivos; y en cuanto a guarniciones, solo Lucknow requiere por lo menos 8.000 hombres, más de un tercio del ejército de Campbell. La fuerza que se organiza para la campaña de Rohilkhand apenas será más fuerte que esa guarnición de Lucknow. Se nos informa también de que entre los oficiales británicos gana terreno la opinión de que la guerra de guerrillas que seguirá sin duda a la dispersión de los grandes cuerpos de insurgentes será mucho más agotadora y mortífera para los británicos que la guerra actual con sus batallas y sus sitios. Y, por último, los sijs empiezan a hablar de un modo que no augura nada bueno para los ingleses. Sienten que sin su ayuda los británicos apenas habrían podido conservar la India y que, si se hubieran unido a la insurrección, el Indostán se habría perdido sin duda para Inglaterra, al menos por un tiempo. Lo dicen en voz alta y lo exageran a su manera oriental. Los ingleses ya no les parecen aquella raza superior que los batió en Mudki, Ferozepur y Aliwal.5 De semejante convicción a la hostilidad abierta no hay más que un paso entre las naciones orientales; una chispa puede encender el incendio.

En conjunto, la toma de Lucknow no ha acabado con la insurrección india más que la toma de Delhi. La campaña de este verano puede traer tales acontecimientos que los británicos tengan que recorrer el invierno próximo sustancialmente el mismo terreno, y quizá hasta reconquistar el Punjab. Pero, en el mejor de los casos, tienen por delante una larga y agotadora guerra de guerrillas, cosa nada envidiable para europeos bajo el sol de la India.

  1. William Howard Russell (1820-1907), corresponsal del Times en Crimea y luego en la India. ↩

  2. En las guerras anglo-birmanas de 1824-1826 y 1852-1853. ↩

  3. Badajoz fue tomada al asalto por las tropas de Wellington el 6 de abril de 1812, y San Sebastián el 31 de agosto de 1813; en ambas siguieron días de saqueo, violaciones y matanzas. ↩

  4. Charles John Canning (1812-1862), gobernador general de la India desde 1856 y primer virrey desde 1858. Su proclama de marzo de 1858 declaraba confiscada en favor del gobierno británico la propiedad de la tierra de Oudh, salvo la de unos pocos terratenientes leales. ↩

  5. Batallas de la primera guerra anglo-sij: Mudki (18 de diciembre de 1845), Ferozeshah, cerca de Ferozepur (21-22 de diciembre de 1845), y Aliwal (28 de enero de 1846). ↩