Escrito en inglés por Friedrich Engels entre agosto y el 24 de septiembre de 1857 y publicado sin firma en The New American Cyclopædia. A Popular Dictionary of General Knowledge, dirigida por George Ripley y Charles A. Dana, tomo II (Nueva York, D. Appleton and Company, 1858), págs. 123-140. Traducido del texto de la Cyclopædia, cotejado con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 5-48, por la Escuela de marxismo, 2026. Las rayas con que la Cyclopædia separa los apartados del artículo se dan como cambios de párrafo. Las erratas del impreso se señalan en nota. Las notas son nuestras. Texto original en inglés
Ejército, el conjunto organizado de hombres armados que un Estado mantiene para fines de guerra ofensiva o defensiva. De los ejércitos de la historia antigua, el primero del que sabemos algo cierto es el de Egipto. Su gran época de gloria coincide con el reinado de Ramsés II (Sesostris), y las pinturas e inscripciones que narran sus hazañas en los numerosos monumentos de su reinado son la fuente principal de nuestro conocimiento de los asuntos militares egipcios. La casta guerrera de Egipto se dividía en dos clases, los hermotibios y los calasirios1, que en sus mejores tiempos contaban respectivamente 160.000 y 250.000 hombres. Parece que estas dos clases se distinguían entre sí solo por la edad o la duración del servicio, de modo que los calasirios, al cabo de cierto número de años, pasaban a los hermotibios, es decir, a la reserva. Todo el ejército estaba asentado en una especie de colonias militares, y a cada hombre se le asignaba una amplia extensión de tierra en pago de sus servicios. Estas colonias estaban situadas sobre todo en la parte baja del país, donde eran de temer los ataques de los Estados asiáticos vecinos; solo unas pocas se establecieron en el alto Nilo, ya que los etíopes no eran adversarios muy temibles. La fuerza del ejército residía en su infantería, y en particular en sus arqueros. Además de estos había cuerpos de soldados de a pie armados de diversas maneras y distribuidos en batallones según sus armas: lanceros, espadachines, maceros, honderos, etc. La infantería estaba apoyada por numerosos carros de guerra, cada uno tripulado por 2 hombres, uno para conducir y el otro para usar el arco. La caballería no figura en los monumentos. Un único dibujo de un hombre a caballo se considera de época romana, y parece seguro que el uso del caballo como montura y la caballería solo los conocieron los egipcios a través de sus vecinos asiáticos. Que en un período posterior tuvieron una caballería numerosa, que actuaba, como toda la caballería de la Antigüedad, en las alas de la infantería, es seguro por la unanimidad de los historiadores antiguos en este punto. El armamento defensivo de los egipcios consistía en escudos, cascos y corazas o cotas de malla de diversos materiales. Su modo de atacar una posición fortificada muestra muchos de los medios y artificios conocidos por griegos y romanos. Tenían la testudo, o ariete2, la vinea y la escala de asalto; pero que conocieran también el uso de torres móviles y que minaran las murallas, como sostiene sir G. Wilkinson3, es una mera suposición. Desde la época de Psamético4 se mantuvo un cuerpo de mercenarios griegos, a los que también se asentó en colonias en el bajo Egipto.
Asiria nos ofrece el ejemplo más antiguo de aquellos ejércitos asiáticos que durante más de 1.000 años se disputaron la posesión de los países situados entre el Mediterráneo y el Indo. Allí, como en Egipto, los monumentos son nuestra fuente principal de información. La infantería aparece armada de modo parecido a la egipcia, aunque el arco parece menos destacado, y las armas ofensivas y defensivas son en general de mejor factura y de aspecto más cuidado. Hay además más variedad de armamento, a causa de la mayor extensión del imperio. La lanza, el arco, la espada y el puñal son las armas principales. En el ejército de Jerjes se representa también a los asirios con mazas guarnecidas de hierro. El armamento defensivo consistía en un casco (a menudo trabajado con mucho gusto), una cota de fieltro o de cuero y un escudo. Los carros de guerra seguían siendo una parte importante del ejército; llevaban 2 ocupantes, y el conductor tenía que cubrir al arquero con su escudo. Muchos de los que combaten en carros aparecen con largas cotas de malla. Luego estaba la caballería, que aquí encontramos por primera vez. En las esculturas más antiguas el jinete monta a pelo; más tarde se introduce una especie de almohadilla, y en una escultura aparece una silla alta, semejante a la que hoy se usa en Oriente. Esa caballería apenas pudo ser muy distinta de la de los persas y de los pueblos orientales posteriores: caballería ligera e irregular, que atacaba en enjambres desordenados, fácil de rechazar por una infantería sólida y bien armada, pero temible para un ejército desordenado o batido. Por eso ocupaba un rango inferior al de los combatientes de los carros, que parecen haber formado el arma aristocrática. En la táctica de infantería parece que se hicieron algunos progresos hacia los movimientos regulares y las formaciones en filas e hileras. Los arqueros o combatían en vanguardia, donde cada uno iba siempre cubierto por un escudero, o formaban la última fila, mientras las filas primera y segunda, armadas de lanzas, se agachaban o arrodillaban para dejarles tirar. En los asedios conocían sin duda el uso de las torres móviles y de la mina; y por un pasaje de Ezequiel casi parecería que levantaban una especie de terraplén o colina artificial para dominar las murallas de la ciudad: un tosco comienzo del agger romano. También sus torres móviles y fijas se elevaban a la altura de la muralla sitiada, o más, para dominarla. Usaban asimismo el ariete y la vinea; y como sus ejércitos eran numerosos, desviaban brazos enteros de los ríos hacia nuevos cauces para llegar a un frente débil de la plaza atacada o para usar el cauce seco del río como camino hacia el interior de la fortaleza. Los babilonios parecen haber tenido ejércitos semejantes a los de los asirios, pero faltan detalles concretos.
El Imperio persa debió su grandeza a sus fundadores, los nómadas guerreros del actual Farsistán5, un pueblo de jinetes con el que la caballería alcanzó de golpe el rango predominante que desde entonces ha conservado en todos los ejércitos orientales, hasta la reciente introducción de la instrucción europea moderna. Darío, hijo de Histaspes6, estableció un ejército permanente para tener sometidas las provincias conquistadas y para impedir las frecuentes revueltas de los sátrapas o gobernadores civiles. Cada provincia tenía así su guarnición, a las órdenes de un jefe propio; además, las ciudades fortificadas estaban ocupadas por destacamentos. Las provincias tenían que sufragar el mantenimiento de estas tropas. A este ejército permanente pertenecía también la guardia del rey: 10.000 infantes escogidos (los Inmortales, Athanatoi), resplandecientes de oro, a los que seguían en la marcha largas filas de carruajes con sus harenes y sus criados, y de camellos con víveres; además, 1.000 alabarderos, 1.000 guardias de a caballo y numerosos carros de guerra, algunos armados de guadañas. Para las expediciones de envergadura este armamento se consideraba insuficiente, y se hacía una leva general en todas las provincias del imperio. La masa de estos diversos contingentes formaba un ejército verdaderamente oriental, compuesto de las partes más heterogéneas, distintas entre sí en armamento y en modo de combatir, y acompañado de inmensos bagajes y de innumerables seguidores. A la presencia de estos últimos hay que atribuir las enormes cifras de los ejércitos persas según las calculaban los griegos. Los soldados, según su nacionalidad respectiva, iban armados de arcos, jabalinas, lanzas, espadas, mazas, puñales, hondas, etc. El contingente de cada provincia tenía su jefe propio; según Heródoto, parece que se dividían en decenas, centenas, millares, etc., con oficiales al mando de cada subdivisión decimal. Los mandos de grandes cuerpos o de las alas del ejército se daban por lo general a miembros de la familia real. En la infantería, los persas y los demás pueblos arios (medos y bactrianos) formaban la élite. Iban armados de arcos, lanzas de tamaño moderado y una espada corta; la cabeza se protegía con una especie de turbante y el cuerpo con una casaca cubierta de escamas de hierro; el escudo era casi siempre de mimbre. Sin embargo, esta élite, como el resto de la infantería persa, fue batida miserablemente siempre que se enfrentó incluso a los cuerpos más pequeños de griegos, y sus pesadas y desordenadas muchedumbres parecen del todo incapaces de otra cosa que una resistencia pasiva frente a la incipiente falange de Esparta y de Atenas; testigos, Maratón, Platea, Mícala y las Termópilas. Los carros de guerra, que en el ejército persa aparecen por última vez en la historia, podían ser útiles en terreno completamente llano contra una multitud tan abigarrada como era la propia infantería persa, pero contra una masa sólida de piqueros, como la que formaban los griegos, o contra tropas ligeras que aprovechaban las desigualdades del terreno, eran peor que inútiles. El menor obstáculo los detenía. En la batalla los caballos se espantaban y, sin gobierno ya, atropellaban a su propia infantería. En cuanto a la caballería, los primeros períodos del imperio nos dan pocas pruebas de su excelencia. En la llanura de Maratón, buen terreno para la caballería, había 10.000 jinetes, y sin embargo no pudieron romper las filas atenienses. Más tarde se distinguió en el Gránico, donde, formada en una sola línea, cayó sobre las cabezas de las columnas macedonias cuando salían de los vados del río y las derribó antes de que pudieran desplegar. Así resistió con éxito durante mucho tiempo a la vanguardia de Alejandro, mandada por Ptolomeo, hasta que llegó el grueso y las tropas ligeras maniobraron sobre sus flancos; entonces, al no tener segunda línea ni reserva, tuvo que retirarse. Pero en esa época el ejército persa se había reforzado con la infusión de un elemento griego, introducido por los mercenarios griegos que el rey tomó a sueldo poco después de Jerjes; y la táctica de caballería que desplegó Memnón7 en el Gránico es tan poco asiática que, a falta de información positiva, podemos atribuirla sin más a la influencia griega.
Los ejércitos de Grecia son los primeros de cuya organización detallada tenemos información amplia y segura. Con ellos puede decirse que empieza la historia de la táctica, y en especial de la táctica de infantería. Sin detenernos a describir el sistema guerrero de la Grecia heroica, tal como lo pinta Homero, cuando no se conocía la caballería, cuando los nobles y los jefes combatían desde carros de guerra o bajaban de ellos para batirse en duelo con un enemigo de igual rango, y cuando la infantería parece haber sido poco mejor que la de los asiáticos, pasamos directamente a la fuerza militar de Atenas en la época de su grandeza. En Atenas todo hombre nacido libre estaba sujeto al servicio militar. Solo estaban exentos los titulares de ciertos cargos públicos y, en los tiempos más antiguos, la cuarta clase, la más pobre, de los hombres libres. Era un sistema de milicias basado en la esclavitud. Todo joven, al cumplir los 18 años, estaba obligado a prestar servicio durante 2 años, sobre todo en la vigilancia de las fronteras. En ese tiempo se completaba su educación militar; después seguía sujeto al servicio hasta los 60 años. En caso de guerra, la asamblea de los ciudadanos fijaba el número de hombres que habían de llamarse a filas; solo en casos extremos se recurría a la leva en masa (panstratia). Los strategi, 10 de los cuales elegía cada año el pueblo, tenían que reclutar estas tropas y organizarlas de modo que los hombres de cada tribu, o phyle, formaran un cuerpo a las órdenes de un phylarchos propio. Estos oficiales, igual que los taxiarcas, o capitanes de compañía, los elegía también el pueblo. El conjunto de esta leva formaba la infantería pesada (hoplitas), destinada a la falange, la formación en línea profunda de lanceros, que en un principio constituía toda la fuerza armada y que después, cuando se le añadieron tropas ligeras y caballería, siguió siendo su principal sostén: el cuerpo que decidía la batalla. La falange se formaba con diversos grados de profundidad; encontramos mencionadas falanges de 8, 12 y 25 de fondo. El armamento de los hoplitas consistía en coraza o coselete, casco, escudo oval, lanza y espada corta. El fuerte de la falange ateniense era el ataque; su carga era famosa por su furioso ímpetu, sobre todo desde que Milcíades, en Maratón, introdujo la aceleración del paso durante la carga, de modo que caían sobre el enemigo a la carrera. A la defensiva, la falange de Esparta, más sólida y cerrada, le era superior. Mientras que en Maratón toda la fuerza de los atenienses consistía en una falange de 10.000 hoplitas armados a la pesada, en Platea tenían, además de 8.000 hoplitas, otros tantos infantes ligeros. La tremenda presión de las invasiones persas obligó a extender la obligación del servicio; se alistó a la clase más pobre, la de los thetes. Con ellos se formaron tropas ligeras (gymnetas, psiloi), que no tenían ningún armamento defensivo, o solo un escudo, y estaban provistas de una lanza y jabalinas. Con la extensión del poder ateniense, sus tropas ligeras se reforzaron con los contingentes de sus aliados e incluso con tropas mercenarias. Se añadieron acarnanios, etolios y cretenses, famosos como arqueros y honderos. Entre ellos y los hoplitas se formó una clase intermedia de tropas, los peltastas, armados de modo parecido a la infantería ligera, pero capaces de ocupar y sostener una posición. Tuvieron sin embargo poca importancia hasta después de la guerra del Peloponeso, cuando Ifícrates los reorganizó. Las tropas ligeras de los atenienses gozaban de gran fama por su inteligencia y su rapidez, tanto en la decisión como en la ejecución. En varias ocasiones, probablemente en terreno difícil, llegaron a resistir con éxito a la falange espartana. La caballería ateniense se introdujo cuando la república era ya rica y poderosa. El terreno montañoso del Ática era desfavorable a esta arma, pero la vecindad de Tesalia y de Beocia, países ricos en caballos y por ello los primeros en formar caballería, hizo que pronto se introdujera en los demás Estados de Grecia. La caballería ateniense, que contó primero 300 hombres, luego 600 e incluso 1.000, la formaban los ciudadanos más ricos, y era un cuerpo permanente aun en tiempo de paz. Era un cuerpo muy eficaz, sumamente vigilante, inteligente y emprendedor. Su puesto en la batalla, como el de las tropas ligeras, estaba por lo general en las alas de la falange. Más tarde los atenienses mantuvieron también un cuerpo de 200 arqueros a caballo mercenarios (hippotoxotas). El soldado ateniense no recibió paga hasta la época de Pericles. Desde entonces se le dieron 2 óbolos (más otros 2 para víveres, que el soldado tenía que procurarse), y a veces los hoplitas llegaron a recibir hasta 2 dracmas. Los oficiales cobraban paga doble; los soldados de caballería, triple; los generales, cuádruple. Solo el cuerpo de caballería pesada costaba 40 talentos (40.000 dólares) al año en tiempo de paz, y bastante más en tiempo de guerra. El orden de batalla y el modo de combatir eran extremadamente sencillos: la falange formaba el centro, los hombres trababan sus lanzas y cubrían todo el frente con su hilera de escudos. Atacaban a la falange enemiga en frente paralelo. Cuando el primer choque no bastaba para romper el orden del enemigo, decidía la batalla la lucha cuerpo a cuerpo con la espada. Entretanto, las tropas ligeras y la caballería atacaban a las tropas correspondientes del enemigo o intentaban operar sobre el flanco y la retaguardia de la falange y aprovechar cualquier desorden que se manifestara en ella. En caso de victoria emprendían la persecución; en caso de derrota cubrían la retirada en lo posible. Se las empleaba también en reconocimientos y correrías; hostigaban al enemigo en marcha, sobre todo cuando tenía que pasar un desfiladero, y procuraban capturar sus convoyes y sus rezagados. Así pues, el orden de batalla era extremadamente sencillo: la falange actuaba siempre como un todo; sus subdivisiones en cuerpos menores no tenían significado táctico; sus jefes no tenían otra tarea que vigilar que no se rompiera el orden de la falange o, al menos, que se restableciera pronto. Cuál era la fuerza de los ejércitos atenienses durante las guerras médicas lo hemos mostrado arriba con algunos ejemplos. Al comienzo de la guerra del Peloponeso, el Estado reunía 13.000 hoplitas para el servicio de campaña, 16.0008 (los soldados más jóvenes y los de más edad) para el servicio de guarnición, 1.200 jinetes y 1.600 arqueros. Según los cálculos de Boeckh9, la fuerza enviada contra Siracusa contaba 38.560 hombres, y los refuerzos despachados después, 26.000: en total, cerca de 65.000 hombres. Tras la completa ruina de esta expedición, Atenas quedó, en efecto, tan exhausta como Francia después de la campaña de Rusia de 1812.
Esparta era el Estado militar por excelencia de Grecia. Si la educación gimnástica general de los atenienses desarrollaba tanto la agilidad como la fuerza del cuerpo, los espartanos atendían sobre todo a la fuerza, la resistencia y la dureza. Valoraban la firmeza en las filas y el pundonor militar más que la inteligencia. Al ateniense se le educaba como si hubiera de combatir entre las tropas ligeras, y sin embargo en la guerra se le encajaba en su puesto fijo de la falange pesada; al espartano, por el contrario, se le criaba para servir en la falange y nada más. Es evidente que mientras la falange decidiera la batalla, el espartano, a la larga, había de llevar la mejor parte. En Esparta todo hombre libre estaba inscrito en las listas del ejército desde los 20 hasta los 60 años. Los éforos fijaban el número de hombres que habían de llamarse, que se escogían por lo general entre los de edad madura, de 30 a 40 años. Como en Atenas, los hombres de una misma tribu o localidad se alistaban en el mismo cuerpo de tropas. La organización del ejército se basaba en las cofradías (enomotías) introducidas por Licurgo; 2 de ellas formaban una pentecostys; 2 de estas se unían en un lochos, y 8, o 4 lochoi, en una mora10. Tal era la organización en tiempos de Jenofonte; en épocas anteriores parece que varió. La fuerza de una mora se da de modo diverso, de 400 a 900 hombres, y su número, en cierto momento, se dice que fue de 600. Estos diversos cuerpos de espartanos libres formaban la falange; los hoplitas que la componían iban armados de una lanza, una espada corta y un escudo colgado del cuello. Más tarde Cleómenes11 introdujo el gran escudo cario, sujeto al brazo izquierdo por una correa, que dejaba libres las dos manos del soldado. Los espartanos tenían por deshonroso que sus hombres volvieran sin el escudo tras una derrota; conservar el escudo probaba que la retirada se había hecho en buen orden y en falange compacta, mientras que los fugitivos aislados, que corrían para salvar la vida, tenían naturalmente que tirar el pesado escudo. La falange espartana tenía por lo general 8 de fondo, pero a veces se doblaba la profundidad colocando un ala detrás de la otra. Parece que los hombres marchaban a paso; se usaban también algunas evoluciones elementales, como el cambio de frente a retaguardia mediante la media vuelta de cada hombre o el avance o el repliegue de un ala por conversión, etc., pero parecen haberse introducido solo en una época posterior. En sus mejores tiempos, la falange espartana, como la ateniense, solo conocía el ataque en frente paralelo. Las filas distaban entre sí 6 pies en la marcha, 3 pies en la carga y, en una posición que recibía la carga, solo pie y medio de fila a fila. Mandaba el ejército uno de los reyes, que con su séquito (damosia) ocupaba un puesto en el centro de la falange. Más tarde, cuando el número de espartanos libres disminuyó considerablemente, la fuerza de la falange se mantuvo con una selección de los periecos sometidos. La caballería nunca pasó de unos 600 hombres, divididos en escuadras (oulamoi) de 50. Se limitaba a cubrir las alas. Había además un cuerpo de 300 hombres a caballo, la élite de la juventud espartana, pero en la batalla echaban pie a tierra y formaban una especie de guardia de corps de hoplitas en torno al rey. De tropas ligeras estaban los esciritas, habitantes de las montañas cercanas a Arcadia, que cubrían por lo general el ala izquierda; además, los hoplitas de la falange tenían criados ilotas, de los que se esperaba que en la batalla sirvieran de tiradores; así, los 5.000 hoplitas de Platea llevaron consigo 35.000 ilotas como tropas ligeras, pero de las hazañas de estos últimos la historia no dice nada.
La sencilla táctica de los griegos sufrió cambios considerables después de la guerra del Peloponeso. En la batalla de Leuctra, Epaminondas tuvo que oponer una pequeña fuerza de tebanos a la falange espartana, mucho más numerosa y hasta entonces invencible. El simple ataque en frente paralelo habría equivalido aquí a una derrota segura, pues las dos alas habrían quedado desbordadas por el frente más largo del enemigo. Epaminondas, en vez de avanzar en línea, formó su ejército en una columna profunda y avanzó contra un ala de la falange espartana, donde había tomado puesto el rey. Logró romper la línea espartana en este, el punto decisivo; luego hizo girar a sus tropas y, avanzando a uno y otro lado, desbordó a su vez la línea rota, que no podía formar un nuevo frente sin perder su orden táctico. En la batalla de Mantinea los espartanos formaron su falange con mayor profundidad, pero la columna tebana la rompió de nuevo. Agesilao en Esparta, y Timoteo, Ifícrates y Cabrias en Atenas, introdujeron también cambios en la táctica de infantería. Ifícrates mejoró a los peltastas, una especie de infantería ligera capaz, no obstante, de combatir en línea en caso necesario. Iban armados de un pequeño escudo redondo, un fuerte coselete de lino y una larga lanza de madera. Cabrias hizo que las primeras filas de la falange, a la defensiva, hincaran la rodilla para recibir la carga enemiga. Se introdujeron cuadros llenos y otras columnas, etc., y en consecuencia los despliegues entraron en la táctica elemental. Al mismo tiempo se prestó mayor atención a la infantería ligera de todas clases; se tomaron de los vecinos bárbaros y semibárbaros de los griegos diversas especies de armas, como arqueros a pie y a caballo, honderos, etc. La mayoría de los soldados de este período eran mercenarios. Los ciudadanos acomodados, en vez de servir ellos mismos, encontraban más cómodo pagar a un sustituto. El carácter de la falange, como parte nacional por excelencia del ejército, en la que solo se admitía a los ciudadanos libres del Estado, sufrió así con esta mezcla de mercenarios que no tenían derecho de ciudadanía. Al acercarse la época macedonia, Grecia y sus colonias eran un mercado de soldados de fortuna y mercenarios como lo fue Suiza en los siglos XVIII y XIX. Los reyes de Egipto habían formado muy pronto un cuerpo de tropas griegas. Después, el rey de Persia dio a su ejército alguna firmeza admitiendo en él un cuerpo de mercenarios griegos. Los jefes de estos cuerpos eran verdaderos condottieri, ni más ni menos que los de Italia en el siglo XVI. En este período se introdujeron, sobre todo por los atenienses, máquinas de guerra para lanzar piedras, dardos y proyectiles incendiarios. Pericles había usado ya algunas máquinas semejantes en el asedio de Samos. Los asedios se hacían formando alrededor de la plaza una línea de contravalación, con foso o parapeto, que la cercaba, e intentando colocar las máquinas de guerra en una posición dominante cerca de las murallas. Se recurría regularmente a la mina para derribar las murallas. En el asalto, la columna formaba el synaspismos: las filas exteriores sostenían los escudos delante de sí y las interiores sobre la cabeza, de modo que formaban un techo (que los romanos llamaban testudo) contra los proyectiles del enemigo.
Mientras el arte griego se aplicaba así sobre todo a moldear el material flexible de las bandas mercenarias en toda clase de formaciones nuevas y artificiosas y a adoptar o inventar nuevas especies de tropas ligeras, en detrimento de la antigua falange pesada dórica, la única que entonces podía decidir las batallas, surgió una monarquía que, adoptando todas las mejoras reales, formó un cuerpo de infantería pesada de dimensiones tan colosales que ningún ejército con el que chocó pudo resistir su empuje. Filipo de Macedonia formó un ejército permanente de unos 30.000 infantes y 3.000 jinetes. El grueso del ejército era una inmensa falange de unos 16.000 o 18.000 hombres, formada según el principio de la falange espartana, pero con un armamento mejorado. El pequeño escudo griego se sustituyó por el gran escudo oblongo cario, y la lanza de tamaño moderado por la pica macedonia (sarisa), de 24 pies de largo. La profundidad de esta falange varió con Filipo de 8 a 10, 12 y 24 hombres. Con la tremenda longitud de las picas, cada una de las 6 primeras filas podía, al bajarlas, hacer que las puntas sobresalieran por delante de la primera. El avance regular de un frente tan largo, de 1.000 a 2.000 hombres, supone una gran perfección de la instrucción elemental, que por eso se practicaba continuamente. Alejandro completó esta organización. Su falange tenía normalmente 16.384 hombres, es decir, 1.024 de frente por 16 de fondo. La hilera de 16 (lochos) la conducía un lochagos, que estaba en la primera fila. Dos hileras formaban una dilochía; 2 dilochías, una tetrarquía; 2 de estas, una taxiarquía; 2 de estas, una xenagía o syntagma, de 16 hombres de frente por 16 de fondo. Esta era la unidad de evolución; la marcha se hacía en columnas de xenagías, de 16 de frente. Dieciséis xenagías (equivalentes a 8 pentecosiarquías, o a 4 quiliarquías, o a 2 telarquías) formaban una pequeña falange; 2 de estas, una difalangarquía, y 4, una tetrafalangarquía o falange propiamente dicha. Cada una de estas subdivisiones tenía su oficial correspondiente. La difalangarquía del ala derecha se llamaba cabeza, y la del ala izquierda, cola o retaguardia. Cuando se requería una solidez extraordinaria, el ala izquierda se situaba detrás de la derecha, y se formaban así 512 hombres de frente por 32 de fondo. Por otra parte, desplegando las 8 filas de atrás a la izquierda de las de delante, podía doblarse la extensión del frente y reducirse el fondo a 8. Las distancias entre filas e hileras eran semejantes a las de los espartanos, pero el orden cerrado era tan compacto que un soldado en medio de la falange no podía volverse. En la batalla no se permitían intervalos entre las subdivisiones de la falange; el conjunto formaba una sola línea continua, que cargaba como un muro. La falange estaba formada exclusivamente por voluntarios macedonios, aunque después de la conquista de Grecia también pudieron entrar en ella griegos. Los soldados eran todos hoplitas de armamento pesado. Además del escudo y la pica llevaban casco y espada, aunque la lucha cuerpo a cuerpo con esta última arma no pudo hacer falta muy a menudo después de la carga de aquel bosque de picas. Cuando la falange tuvo que enfrentarse a la legión romana, la cosa fue, desde luego, distinta. Todo el sistema de la falange, desde los primeros tiempos dorios hasta la disolución del Imperio macedonio, padecía de un gran inconveniente: le faltaba flexibilidad. Salvo en una llanura despejada, aquellas largas y profundas líneas no podían moverse con orden y regularidad. Cada obstáculo que la falange encontraba por delante la obligaba a formar en columna, forma en la que no estaba preparada para combatir. Además, no tenía segunda línea ni reserva. Por eso, en cuanto se enfrentaba a un ejército formado en cuerpos menores, capaces de rodear los obstáculos del terreno sin romper la línea, y dispuesto en varias líneas que se secundaban unas a otras, la falange no podía evitar meterse en terreno quebrado, donde su nuevo adversario la destrozaba por completo. Pero a adversarios como los que Alejandro tuvo en Arbela, sus 2 grandes falanges debieron de parecerles invencibles. Además de esta infantería pesada de línea, Alejandro tenía una guardia de 6.000 hyraspistas12, armados aún más pesadamente, con escudos todavía mayores y picas más largas. Su infantería ligera se componía de argiráspides, con pequeños escudos chapados de plata, y de numerosos peltastas; ambas tropas estaban organizadas en semifalanges de 8.192 hombres normalmente, y podían combatir tanto en orden abierto como en línea, como los hoplitas; y su falange tuvo a menudo el mismo éxito. La caballería macedonia se componía de jóvenes nobles macedonios y tesalios, a los que más tarde se añadió un cuerpo de jinetes de la Grecia propiamente dicha. Se dividían en escuadrones (ilai), de los que la nobleza macedonia sola formaba 8. Pertenecían a lo que llamaríamos caballería pesada; llevaban casco, coraza con quijotes de escamas de hierro para proteger la pierna, e iban armados de una espada larga y una pica. También el caballo llevaba una testera de hierro. Esta clase de caballería, los catafractos, recibió gran atención tanto de Filipo como de Alejandro; este la usó para su maniobra decisiva en Arbela, cuando primero batió y persiguió un ala de los persas y luego, pasando por detrás de su centro, cayó sobre la retaguardia de la otra ala. Cargaban en diversas formaciones: en línea, en columna rectangular ordinaria, en columna romboidal o en cuña. La caballería ligera no tenía armamento defensivo; llevaba jabalinas y lanzas cortas y ligeras; había también un cuerpo de acrobalistas, o arqueros a caballo. Estas tropas servían para el servicio de avanzadas, las patrullas, los reconocimientos y la guerra irregular en general. Eran los contingentes de tribus tracias e ilirias, que además proporcionaban algunos miles de infantes irregulares. Un arma nueva, inventada por Alejandro, merece nuestra atención por haber sido imitada en los tiempos modernos: los dímacos, tropas montadas de las que se esperaba que combatieran como caballería o como infantería. Los dragones del siglo XVI y de los siguientes son su perfecta contrapartida, como veremos más adelante. No tenemos, sin embargo, ninguna información sobre si estas tropas híbridas de la Antigüedad tuvieron más éxito en su doble tarea que los dragones modernos. Así estaba compuesto el ejército con el que Alejandro conquistó los países situados entre el Mediterráneo, el Oxus y el Sutlej. En cuanto a su fuerza, en Arbela constaba de 2 grandes falanges de hoplitas (digamos 30.000 hombres), 2 semifalanges de peltastas (16.000), 4.000 jinetes y 6.000 hombres de tropas irregulares, en total unos 56.000 hombres. En el Gránico, su fuerza de todas las armas era de 35.000 hombres, de los que 5.000 eran de caballería.
Del ejército cartaginés no conocemos detalles; hasta la fuerza con la que Aníbal pasó los Alpes es objeto de discusión. Los ejércitos de los sucesores de Alejandro no muestran mejoras sobre sus formaciones; la introducción de los elefantes duró poco: espantados por el fuego, estos animales eran más temibles para sus propias tropas que para el enemigo. Los ejércitos griegos posteriores (bajo la Liga Aquea) se formaron en parte según el sistema macedonio y en parte según el romano.
El ejército romano nos ofrece el sistema más perfecto de táctica de infantería que se inventó en la época en que se desconocía el uso de la pólvora. Mantiene el predominio de la infantería pesada y de los cuerpos compactos, pero les añade la movilidad de los distintos cuerpos menores, la posibilidad de combatir en terreno quebrado, la disposición de varias líneas una detrás de otra, en parte como apoyo y relevo, en parte como poderosa reserva, y por último un sistema de instrucción del soldado individual aún más adecuado a su fin que el de Esparta. Por eso los romanos derribaron todos los ejércitos que se les opusieron, tanto la falange macedonia como la caballería númida.
En Roma todo ciudadano estaba sujeto al servicio desde los 17 hasta los 45 o 50 años, salvo que perteneciera a la clase más baja o hubiera servido 20 campañas a pie o 10 a caballo. Por lo general solo se escogía a los más jóvenes. La instrucción del soldado era muy dura y estaba calculada para desarrollar sus fuerzas corporales de todas las maneras imaginables. Se practicaban mucho la carrera, el salto, el salto con apoyo, la escalada, la lucha y la natación, primero desnudos y luego con todo el armamento, además de la instrucción ordinaria en el manejo de las armas y en los diversos movimientos. Se hacían largas marchas con equipo completo, en las que cada soldado llevaba de 40 a 60 libras, a razón de 4 millas por hora. El manejo de las herramientas de zapa y el levantamiento de campamentos atrincherados en poco tiempo formaban también parte de la educación militar; y no solo los reclutas, sino incluso las legiones de veteranos tenían que someterse a todos estos ejercicios para mantener el cuerpo fresco y flexible y seguir endurecidos a la fatiga y a la privación. Tales soldados estaban, en efecto, hechos para conquistar el mundo.
En los mejores tiempos de la república había por lo general 2 ejércitos consulares, cada uno compuesto de 2 legiones y de los contingentes de los aliados (de igual fuerza que los romanos en infantería y del doble en caballería). La leva de las tropas se hacía en una asamblea general de los ciudadanos en el Capitolio o en el Campo de Marte; de cada tribu se tomaba igual número de hombres, que a su vez se repartía por igual entre las 4 legiones, hasta completar el número. Muy a menudo, ciudadanos exentos del servicio por la edad o por sus muchas campañas volvían a entrar como voluntarios. Los reclutas prestaban entonces juramento y se les despedía hasta que se los necesitara. Cuando se los llamaba, los más jóvenes y pobres se destinaban a los velites; los siguientes en edad y medios, a los hastati y los principes; los de más edad y más ricos, a los triarii. Cada legión contaba 1.200 velites, 1.200 hastati, 1.200 principes, 600 triarii y 300 jinetes (caballeros), en total 4.500 hombres. Los hastati, los principes y los triarii se dividían cada uno en 10 manipuli o compañías, y a cada uno se agregaba igual número de velites. Los velites (rorarii, accensi, ferentarii) formaban la infantería ligera de la legión y se situaban en sus alas junto con la caballería. Los hastati formaban la 1.ª línea, los principes la 2.ª; en un principio iban armados de lanzas. Los triarii formaban la reserva y estaban armados del pilum, una lanza corta pero sumamente pesada y peligrosa, que arrojaban contra las primeras filas del enemigo inmediatamente antes de trabar combate espada en mano. Cada manípulo lo mandaba un centurión, que tenía por lugarteniente a un 2.º centurión. Los centuriones tenían un escalafón que recorría toda la legión, desde el 2.º centurión del último o 10.º manípulo de los hastati hasta el 1.er centurión del 1.er manípulo de los triarii (primus pilus), que, en ausencia de un oficial superior, llegaba a tomar el mando de toda la legión. Por lo común el primus pilus mandaba a todos los triarii, como el primus princeps (1.er centurión del 1.er manípulo de los principes) a todos los principes y el primus hastatus a todos los hastati de la legión. En los tiempos más antiguos mandaban la legión por turno sus 6 tribunos militares, cada uno durante 2 meses. Después de la 1.ª guerra civil se pusieron legados como jefes permanentes al frente de cada legión; los tribunos eran ahora sobre todo oficiales encargados de los asuntos de estado mayor o de administración. La diferencia de armamento entre las 3 líneas había desaparecido antes de la época de Mario. El pilum se había dado a las 3 líneas de la legión; era ya el arma nacional de los romanos. También desapareció pronto la distinción cualitativa entre las 3 líneas, en cuanto se basaba en la edad y la duración del servicio. En la batalla de Metelo13 contra Yugurta aparecieron, según Salustio, por última vez hastati, principes y triarii. Mario formó entonces con los 30 manípulos de la legión 10 cohortes y las dispuso en 2 líneas de 5 cohortes cada una. Al mismo tiempo se elevó la fuerza normal de la cohorte a 600 hombres; la 1.ª cohorte, a las órdenes del primus pilus, llevaba el águila de la legión. La caballería siguió formada en turmae de 30 hombres de tropa y 3 decuriones, el 1.º de los cuales mandaba la turma. El armamento de la infantería romana consistía en un escudo de forma semicilíndrica, de 4 pies por 2 y medio, hecho de madera, forrado de cuero y reforzado con herrajes; en el centro tenía una bloca (umbo) para desviar las lanzadas. El casco era de bronce, por lo general con una prolongación por detrás para proteger la nuca, y se sujetaba con correas de cuero cubiertas de escamas de bronce. La coraza, de un pie en cuadro aproximadamente, iba sujeta a un coselete de cuero con correas escamadas que pasaban por encima del hombro; para los centuriones consistía en una cota de malla cubierta de escamas de bronce. La pierna derecha, expuesta cuando se adelantaba para la estocada, iba protegida por una placa de bronce. Además de la espada corta, que se usaba más de punta que de filo, los soldados llevaban el pilum, una lanza pesada de 4 pies y medio de madera, con una punta de hierro saliente de pie y medio, o sea, de casi 6 pies de largo en total, pero de 2 pulgadas y media de grueso en la madera, que pesaba unas 10 u 11 libras. Arrojado a 10 o 15 pasos de distancia, atravesaba a menudo escudos y corazas y casi siempre derribaba a su hombre. Los velites, de equipo ligero, llevaban jabalinas cortas y ligeras. En los últimos períodos de la república, cuando auxiliares bárbaros se encargaron del servicio ligero, esta clase de tropas desaparece por completo. La caballería tenía un armamento defensivo semejante al de la infantería, una lanza y una espada más larga. Pero la caballería nacional romana no era muy buena y prefería combatir pie a tierra. En épocas posteriores se suprimió del todo y la sustituyeron jinetes númidas, hispanos, galos y germanos. La disposición táctica de las tropas permitía una gran movilidad. Los manípulos se formaban con intervalos iguales a la extensión de su frente; el fondo variaba de 5 o 6 a 10 hombres. Los manípulos de la 2.ª línea se colocaban detrás de los intervalos de la 1.ª; los triarii, todavía más atrás, pero en una sola línea continua. Según las circunstancias, los manípulos de cada línea podían cerrarse o formar línea sin intervalos, o los de la 2.ª línea podían subir a llenar los intervalos de la 1.ª; o bien, cuando se requería mayor fondo, cada manípulo de los principes se cerraba detrás del manípulo correspondiente de los hastati, doblando su fondo. Frente a los elefantes de Pirro, las 3 líneas formaron todas con intervalos, cada manípulo cubriendo al que tenía delante, para dejar paso a los animales en línea recta a través del orden de batalla. En esta formación la torpeza de la falange quedaba superada con éxito en todos los aspectos. La legión podía moverse y maniobrar sin romper su orden de batalla en terrenos en los que la falange no se atrevía a aventurarse sin el mayor riesgo. A lo sumo uno o dos manípulos tenían que acortar su frente para desfilar ante un obstáculo; en pocos momentos el frente quedaba restablecido. La legión podía cubrir todo su frente con tropas ligeras, ya que estas podían retirarse por los intervalos al avanzar la línea. Pero la ventaja principal era la disposición en varias líneas, que entraban en acción sucesivamente según las exigencias del momento. Con la falange, un solo choque tenía que decidir. No había tropas de refresco en reserva para reanudar la lucha en caso de revés; de hecho, ese caso nunca se preveía. La legión podía trabar combate con el enemigo con sus tropas ligeras y su caballería en todo su frente; podía oponer al avance de su falange su primera línea de hastati, que no era tan fácil de batir, puesto que había que romper uno por uno al menos 6 de los 10 manípulos; podía desgastar las fuerzas del enemigo con el avance de los hastati y decidir por último la victoria con los triarii. Así, las tropas y la marcha de la batalla seguían en manos del general, mientras que la falange, una vez empeñada, lo estaba sin remedio con todas sus fuerzas y tenía que llevar la batalla hasta el final. Si el general romano quería romper el combate, la organización de la legión le permitía tomar posición con sus reservas mientras las tropas empeñadas antes se retiraban por los intervalos y tomaban posición a su vez. En todas las circunstancias había siempre una parte de las tropas en buen orden, pues aun si los triarii eran rechazados, las 2 primeras líneas se habían vuelto a formar detrás de ellos. Cuando las legiones de Flaminino14 se encontraron con la falange de Filipo en las llanuras de Tesalia, su primer ataque fue rechazado en el acto; pero, carga tras carga, los macedonios se cansaron y perdieron parte de la compacidad de su formación; y dondequiera que se manifestaba un indicio de desorden, allí había un manípulo romano para intentar abrir brecha en la pesada masa. Por fin, al atacar 20 manípulos los flancos y la retaguardia de la falange, ya no pudo mantenerse la continuidad táctica; la línea profunda se deshizo en un enjambre de fugitivos y la batalla se perdió. Contra la caballería la legión formaba el orbis, una especie de cuadro con el bagaje en el centro. En marcha, cuando se temía un ataque, formaba la legio quadrata, una especie de columna alargada de frente ancho, con el bagaje en el centro. Esto, naturalmente, solo era posible en la llanura abierta, donde la línea de marcha podía ir a campo traviesa. En tiempos de César las legiones se reclutaban sobre todo por alistamiento voluntario en Italia. Desde la guerra social, el derecho de ciudadanía, y con él la obligación del servicio, se había extendido a toda Italia, y por consiguiente había muchos más hombres disponibles de los necesarios. La paga equivalía aproximadamente al jornal de un trabajador; por eso abundaban los reclutas, aun sin recurrir a la conscripción. Solo en casos excepcionales se reclutaban legiones en las provincias; así, César hizo reclutar su quinta legión en la Galia romana, pero después recibió en bloque la ciudadanía romana. Las legiones estaban lejos de tener la fuerza nominal de 4.500 hombres; las de César rara vez pasaban mucho de 3.000. Con las levas de reclutas se formaban legiones nuevas (legiones tironum) en lugar de mezclarlos con los veteranos de las legiones antiguas; estas nuevas legiones quedaban al principio excluidas de las batallas en campo abierto y se empleaban sobre todo en la guardia del campamento. La legión se dividía en 10 cohortes de 3 manípulos cada una. Los nombres de hastati, principes y triarii se mantuvieron en la medida necesaria para designar el rango de los oficiales según el sistema indicado arriba; para los soldados, estos nombres habían perdido todo significado. Los 6 centuriones de la primera cohorte de cada legión asistían por derecho a los consejos de guerra. Los centuriones salían de las filas y rara vez alcanzaban mandos superiores; la escuela de los oficiales superiores era el estado mayor personal del general, formado por jóvenes instruidos que pronto ascendían al rango de tribuni militum y más tarde al de legati. El armamento del soldado siguió siendo el mismo: pilum y espada. Además de su equipo, el soldado llevaba su bagaje personal, que pesaba de 35 a 60 libras. El dispositivo para llevarlo era tan torpe que había que dejar primero el bagaje en el suelo antes de que el soldado estuviera listo para el combate. Los útiles de campamento del ejército se llevaban a lomo de caballos y mulas, de los que una legión necesitaba unos 500. Cada legión tenía su águila, y cada cohorte su enseña. Como infantería ligera, César sacaba de sus legiones cierto número de hombres (antesignani), igualmente aptos para el servicio ligero y para el combate cerrado en línea. Además tenía sus auxiliares provinciales: arqueros cretenses, honderos baleares, contingentes galos y númidas y mercenarios germanos. Su caballería se componía en parte de tropas galas y en parte de germanas. Los velites y la caballería romanos habían desaparecido hacía tiempo.
El estado mayor del ejército lo formaban los legati, nombrados por el senado, lugartenientes del general, que este empleaba para mandar cuerpos destacados o partes del orden de batalla. César fue el primero en dar a cada legión un legado como jefe permanente. Si no había legados suficientes, también el quaestor tenía que tomar el mando de una legión. Era propiamente el pagador del ejército y el jefe de la intendencia, y le asistían en este cargo numerosos escribientes y ordenanzas. Agregados al estado mayor estaban los tribuni militum y los jóvenes voluntarios antes mencionados (contubernales, comites praetorii), que hacían de ayudantes y oficiales de órdenes; pero en la batalla combatían en línea, como soldados rasos, en las filas de la cohors praetoria, compuesta por los lictores, escribientes, criados, guías (speculatores) y ordenanzas (apparitores) del cuartel general. Además, el general tenía una especie de guardia personal formada por veteranos que, a la llamada de su antiguo jefe, se habían vuelto a alistar voluntariamente. Esta tropa, montada en la marcha pero que combatía a pie, se consideraba la élite del ejército; llevaba y custodiaba el vexillum, la bandera de señales de todo el ejército. En la batalla César combatía por lo general en 3 líneas, con 4 cohortes por legión en la primera y 3 en cada una de la segunda y la tercera; las cohortes de la segunda línea se alineaban sobre los intervalos de la primera. La segunda línea tenía que relevar a la primera; la tercera formaba una reserva general para las maniobras decisivas contra el frente o el flanco del enemigo, o para parar sus golpes decisivos. Cuando el enemigo desbordaba la línea hasta el punto de hacer necesario prolongarla, el ejército se disponía en solo dos líneas. Una sola línea (acies simplex) se empleaba únicamente en caso de extrema necesidad, y entonces sin intervalos entre las cohortes; en la defensa de un campamento, sin embargo, era la regla, ya que la línea tenía aún 8 a 10 de fondo y podía formar una reserva con los hombres que no cabían en el parapeto. Augusto completó la obra de convertir las tropas romanas en un ejército permanente regular. Tenía 25 legiones repartidas por todo el imperio, de las que 8 estaban en el Rin (considerado la principal fuerza, praecipuum robur, del ejército), 3 en Hispania, 2 en África, 2 en Egipto, 4 en Siria y Asia Menor y 6 en los países del Danubio. Guarnecían Italia tropas escogidas, reclutadas exclusivamente en el país, que formaban la guardia imperial; esta constaba de 12 cohortes, y más tarde de 14; además, la ciudad de Roma tenía 7 cohortes de guardias municipales (vigiles), formadas en un principio con esclavos manumitidos. Además de este ejército regular, las provincias tenían que proporcionar, como antes, sus tropas ligeras auxiliares, reducidas ahora en su mayoría a una especie de milicia para el servicio de guarnición y de policía. En las fronteras amenazadas, sin embargo, se empleaban en servicio activo no solo estas tropas auxiliares, sino también mercenarios extranjeros. El número de legiones aumentó con Trajano a 30 y con Septimio Severo a 33. Las legiones, además de su número, tenían nombres, tomados de sus guarniciones (L. Germanica, L. Italica), de los emperadores (L. Augusta), de los dioses (L. Primigenia, L. Apollinaris), o concedidos como distinciones honoríficas (L. fidelis, L. pia, L. invicta). La organización de la legión sufrió algunos cambios. El jefe se llamaba ahora praefectus. La primera cohorte se dobló en fuerza (cohors milliaria), y la fuerza normal de la legión se elevó a 6.100 infantes y 726 jinetes; esto había de ser el mínimo, y en caso necesario se añadían una o más cohortes milliariae. La cohors milliaria la mandaba un tribuno militar; las demás, tribunos o praepositi; el rango de centurio quedó así reducido a los oficiales subalternos. La admisión en las legiones de esclavos liberados o no liberados, de naturales de las provincias y de gentes de toda clase se convirtió en la regla; la ciudadanía romana solo se exigía a los pretorianos de Italia, y aun allí se abandonó en épocas posteriores. La nacionalidad romana del ejército quedó así muy pronto ahogada en la afluencia de elementos bárbaros y semibárbaros, romanizados y no romanizados; solo los oficiales conservaron el carácter romano. Este deterioro de los elementos que componían el ejército repercutió muy pronto en su armamento y su táctica. La coraza pesada y el pilum se tiraron por la borda; se descuidó el penoso sistema de instrucción que había formado a los conquistadores del mundo; los seguidores del ejército y los lujos se le hicieron necesarios, y los impedimenta (el tren de bagajes) crecieron a medida que disminuían la fuerza y la resistencia. Como había ocurrido en Grecia, la decadencia se marcó por el abandono de la infantería pesada de línea, por una necia afición a toda clase de armamento ligero y por la adopción de equipos y tácticas bárbaros. Así encontramos innumerables clases de tropas ligeras (auxiliatores, exculcatores, jaculatores, excursatores, praecursatores, scutati, funditores, balistarii, tragularii), armadas con toda suerte de proyectiles, y Vegecio15 nos dice que la caballería se había mejorado imitando a los godos, los alanos y los hunos. Por fin cesó toda diferencia de equipo y de armamento entre romanos y bárbaros, y los germanos, física y moralmente superiores, pasaron por encima de los cuerpos de las legiones desromanizadas.
A la conquista de Occidente por los germanos solo se opuso, pues, un pequeño resto, una vaga tradición de la antigua táctica romana; pero aun este pequeño resto fue entonces destruido. Toda la Edad Media es un período tan estéril para el desarrollo de la táctica como para el de cualquier otra ciencia. El sistema feudal, aunque en su origen mismo era una organización militar, se oponía esencialmente a la disciplina. Las rebeliones y las defecciones de grandes vasallos con sus contingentes eran cosa corriente. La distribución de las órdenes a los jefes se convertía por lo general en un tumultuoso consejo de guerra que hacía imposible toda operación de envergadura. Por eso las guerras rara vez se dirigían contra puntos decisivos; las luchas por la posesión de una sola localidad llenaban campañas enteras. Las únicas operaciones de envergadura de todo este período (dejando aparte los tiempos confusos de los siglos VI al XII) son las expediciones de los emperadores alemanes contra Italia y las cruzadas, tan estériles en resultados unas como otras.
La infantería de la Edad Media, compuesta por los vasallos feudales y por una parte del campesinado, era sobre todo de piqueros y en su mayor parte despreciable. Para los caballeros, cubiertos de hierro de pies a cabeza, era una gran diversión meterse uno a uno con el caballo en aquella chusma sin protección y repartir golpes a placer. Una parte de la infantería iba armada, en el continente europeo, con la ballesta, mientras que en Inglaterra el arco largo se convirtió en el arma nacional del campesinado. Este arco largo era un arma temible y aseguró la superioridad de los ingleses sobre los franceses en Crécy, Poitiers y Azincourt. Fácil de proteger de la lluvia, que a veces inutilizaba la ballesta, lanzaba su flecha a distancias de más de 200 yardas, o sea, no mucho menos que el alcance eficaz del viejo mosquete de ánima lisa. La flecha atravesaba una tabla de una pulgada y llegaba a pasar las corazas. Por eso mantuvo mucho tiempo su puesto incluso frente a las primeras armas de fuego portátiles, sobre todo porque podían dispararse seis flechas mientras se cargaba y disparaba una vez el mosquete de aquella época; y todavía a fines del siglo XVI la reina Isabel intentó reintroducir el arco largo nacional como arma de guerra. Era especialmente eficaz contra la caballería; las flechas, aunque la armadura de los hombres de armas fuera a prueba de ellas, herían o mataban los caballos, y los caballeros desmontados quedaban así fuera de combate y por lo general caían prisioneros. Los arqueros actuaban en orden de tiradores o en línea. La caballería era el arma decisiva de la Edad Media. Los caballeros con armadura completa son el primer cuerpo eficaz de caballería pesada, capaz de cargar en formación regular, que encontramos en la historia; pues los catafractos de Alejandro, aunque decidieron la jornada de Arbela, fueron una excepción tan grande que no volvemos a oír hablar de ellos después de aquel día, y durante todo el resto de la historia antigua la infantería conserva su rango preeminente en la batalla. El único progreso que nos ha legado la Edad Media es, pues, la creación de una caballería de la que desciende en línea directa nuestra caballería moderna. Y sin embargo, cuán torpe era esa caballería lo prueba el solo hecho de que durante toda la Edad Media la caballería fue el arma pesada y lenta, mientras que todo el servicio ligero y los movimientos rápidos los ejecutaba la infantería. Los caballeros, por otra parte, no siempre combatían en orden cerrado. Preferían batirse en duelo con adversarios aislados o lanzar sus caballos en medio de la infantería enemiga; así, el modo de dirimir una batalla retrocedió a los tiempos homéricos. Cuando actuaban en orden cerrado, cargaban en línea (de una fila, con los escuderos, de armamento más ligero, formando la segunda) o en columna profunda. Una carga así se emprendía por regla general solo contra los caballeros (hombres de armas) del ejército contrario; contra su infantería habría sido un desperdicio. Los caballos, muy cargados con su propia armadura y con la de su jinete, solo podían correr despacio y en trechos cortos. Por eso, durante las cruzadas y en las guerras contra los mongoles en Polonia y Silesia, esta caballería inmóvil se veía constantemente agotada y acabó vencida por los ágiles jinetes ligeros de Oriente. En las guerras de Austria y de Borgoña contra Suiza, los hombres de armas, enredados en terreno difícil, tuvieron que echar pie a tierra y formar una falange todavía más inmóvil que la macedonia; en los desfiladeros de montaña se les arrojaban encima rocas y troncos de árboles, con lo que la falange perdía su orden táctico y un ataque resuelto la dispersaba.
Hacia el siglo XIV se introdujo una especie de caballería más ligera y se montó a una parte de los arqueros para facilitar sus maniobras; pero estos y otros cambios pronto se volvieron inútiles, se abandonaron o se aprovecharon de otro modo con la introducción del nuevo elemento que había de cambiar todo el sistema de la guerra: la pólvora.
De los árabes de España, el conocimiento de la composición y del uso de la pólvora pasó a Francia y al resto de Europa; los propios árabes la habían recibido de pueblos más orientales, que a su vez la tenían de sus inventores originales, los chinos. En la primera mitad del siglo XIV se introdujo por primera vez el cañón en los ejércitos europeos: piezas de artillería pesadas y difíciles de manejar, que lanzaban balas de piedra y no servían para otra cosa que la guerra de sitio. Sin embargo, pronto se inventaron armas portátiles. La ciudad de Perugia, en Italia, se proveyó en 1364 de 500 armas de mano, cuyos cañones no pasaban de ocho pulgadas de largo; más tarde dieron origen a la fabricación de pistolas (llamadas así por Pistoia, en Toscana). No mucho después se fabricaron armas de mano más largas y pesadas (arcabuces), que corresponden a nuestro mosquete actual; pero, cortas y de cañón pesado, tenían un alcance limitado, y la llave de mecha era un estorbo casi absoluto para apuntar bien, aparte de tener casi todos los demás inconvenientes posibles. Hacia fines del siglo XIV no había fuerza militar en la Europa occidental sin su artillería y sus arcabuceros. Pero la influencia de la nueva arma en la táctica general apenas se dejaba notar. Tanto las armas de fuego grandes como las pequeñas tardaban muchísimo en cargarse, y entre su torpeza y su coste, todavía en 1450 no habían desplazado siquiera a la ballesta.
Entretanto, la disolución general del sistema feudal y el auge de las ciudades contribuyeron a cambiar la composición de los ejércitos. Los grandes vasallos o fueron sometidos por la autoridad central, como en Francia, o se habían convertido en soberanos casi independientes, como en Alemania e Italia. El poder de la pequeña nobleza lo quebró la autoridad central junto con las ciudades. Los ejércitos feudales ya no existían; se formaron nuevos ejércitos con los numerosos mercenarios a los que la ruina del feudalismo había dejado libres para servir a quien les pagara. Surgió así algo que se acercaba a los ejércitos permanentes; pero estos mercenarios, hombres de todas las naciones, difíciles de mantener en orden y no muy regularmente pagados, cometían grandísimos excesos. Por eso en Francia el rey Carlos VII formó una fuerza permanente con elementos del país. En 1445 levantó 15 compagnies d'ordonnance de 600 hombres cada una: en total, 9.000 jinetes acuartelados en las ciudades del reino y pagados con regularidad. Cada compañía se dividía en 100 lanzas; una lanza constaba de un hombre de armas, 3 arqueros, un escudero y un paje. Formaban así una mezcla de caballería pesada y arqueros montados, dos armas que en la batalla, naturalmente, actuaban por separado. En 1448 añadió 16.000 francs-archers16 a las órdenes de 4 capitanes generales, cada uno de los cuales mandaba 8 compañías de 500 hombres. Todos los arqueros llevaban ballesta. Los reclutaban y armaban las parroquias y estaban exentos de todo impuesto. Este puede considerarse el primer ejército permanente de los tiempos modernos.
Al término de este primer período de la táctica moderna, tal como salió de la confusión medieval, la situación puede resumirse así: el grueso de la infantería, compuesto de mercenarios, iba armado de pica y espada, coraza y casco. Combatía en masas profundas y cerradas, pero, mejor armada e instruida que la infantería feudal, mostraba en el combate mayor tenacidad y orden. Las levas permanentes y los mercenarios, soldados de profesión, eran naturalmente superiores a las levas ocasionales y a las bandas inconexas de vasallos feudales. La caballería pesada se veía ahora a veces en la necesidad de cargar en formación cerrada contra la infantería. La infantería ligera seguía compuesta sobre todo de arqueros, pero ganaba terreno el uso del arma de fuego de mano para los tiradores. La caballería seguía siendo de momento el arma principal: caballería pesada, hombres de armas encerrados en hierro, pero ya no compuesta siempre de nobles y reducida, de su antiguo modo caballeresco y homérico de combatir, a la necesidad más prosaica de cargar en orden cerrado. Pero ahora se sentía en general la pesadez de esa caballería, y se idearon muchos expedientes para encontrar un tipo de caballería más ligero. Los arqueros montados, como se ha dicho, tuvieron que suplir en parte esta falta; en Italia y en los países vecinos encontraron fácil empleo los stradioti, caballería ligera a la turca formada por mercenarios bosnios y albaneses, una especie de bashi-bazuks17, muy temidos sobre todo en las persecuciones. Polonia y Hungría, además de la caballería pesada adoptada de Occidente, habían conservado su propia caballería ligera nacional. La artillería estaba en su infancia. Los cañones pesados de la época se llevaban, desde luego, a campaña, pero no podían abandonar su posición una vez tomada; la pólvora era mala, la carga difícil y lenta, y el alcance de las balas de piedra, corto.
El fin del siglo XV y el comienzo del XVI están marcados por un doble progreso: los franceses mejoraron la artillería y los españoles dieron un carácter nuevo a la infantería. Carlos VIII de Francia hizo sus cañones tan móviles que no solo podía llevarlos a campaña, sino hacerles cambiar de posición durante la batalla y seguir a las demás tropas en sus movimientos, que, por lo demás, no eran muy rápidos. Se convirtió así en el fundador de la artillería de campaña. Sus cañones, montados en cureñas con ruedas y abundantemente atalajados, resultaron inmensamente superiores a la anticuada y torpe artillería de los italianos (tirada por bueyes) e hicieron tales estragos en las profundas columnas de la infantería italiana que Maquiavelo escribió su Arte de la guerra principalmente para proponer formaciones con las que contrarrestar el efecto de semejante artillería sobre la infantería. En la batalla de Marignano, Francisco I de Francia derrotó a los piqueros suizos gracias al fuego eficaz y a la movilidad de esta artillería, que desde posiciones de flanco batía de enfilada el orden de batalla suizo. Pero el reinado de la pica en la infantería iba declinando. Los españoles mejoraron el arma de fuego de mano común (arcabuz) y la introdujeron en la infantería pesada regular. Su mosquete (hacquebutte) era un arma pesada, de cañón largo, de calibre para balas de 2 onzas, que se disparaba apoyada en una horquilla. Su bala atravesaba la coraza más fuerte, por lo que el arma resultaba decisiva contra la caballería pesada, que se desordenaba en cuanto empezaban a caer los hombres. A cada compañía de piqueros se agregaban diez o 15 mosqueteros, y el efecto de su fuego en Pavía asombró a aliados y enemigos. Frundsberg18 cuenta que en aquella batalla un solo disparo de uno de esos mosquetes solía derribar a varios hombres y caballos. De entonces data la superioridad de la infantería española, que duró más de 100 años.
La guerra que siguió a la sublevación de los Países Bajos tuvo gran influencia en la formación de los ejércitos. Españoles y holandeses mejoraron considerablemente todas las armas. Hasta entonces, en los ejércitos de mercenarios, todo hombre que se ofrecía para alistarse tenía que presentarse completamente equipado, armado y diestro en el manejo de sus armas. Pero en esta larga guerra, librada durante 40 años en un territorio pequeño, los reclutas disponibles de esa clase pronto escasearon. Los holandeses tuvieron que conformarse con los voluntarios aptos que podían conseguir, y el gobierno se vio entonces en la necesidad de hacerlos instruir. Mauricio de Nassau compuso el primer reglamento de instrucción de los tiempos modernos y sentó así las bases de la instrucción uniforme de todo un ejército. La infantería volvió a marchar a paso; ganó mucho en homogeneidad y solidez. Se la formó ahora en cuerpos más pequeños: las compañías, hasta entonces de 400 a 500 hombres, se redujeron a 150 y 200, y 10 compañías formaban un regimiento. El mosquete mejorado ganó terreno a la pica; un tercio de toda la infantería lo formaban mosqueteros, mezclados en cada compañía con los piqueros. Estos, que solo se necesitaban para la lucha cuerpo a cuerpo, conservaron el casco, la coraza y las manoplas de acero; los mosqueteros se deshicieron de todo armamento defensivo. La formación era por lo general de 2 de fondo para los piqueros y de 5 a 8 para los mosqueteros; en cuanto la primera fila había disparado, se retiraba para volver a cargar. Cambios aún mayores se produjeron en la caballería, y también aquí tomó la delantera Mauricio de Nassau. En la imposibilidad de formar una caballería pesada de hombres de armas, organizó un cuerpo de caballería ligera reclutado en Alemania, lo armó con casco, coraza, brazales, manoplas de acero y botas altas, y como con la lanza no habrían estado a la altura de la caballería española de armamento pesado, le dio espada y pistolas largas. Esta nueva clase de jinetes, cercana a nuestros coraceros modernos, pronto se mostró superior a los hombres de armas españoles, mucho menos numerosos y menos móviles, cuyos caballos derribaba a tiros antes de que aquella masa lenta cayera sobre ella. Mauricio de Nassau hizo instruir a sus coraceros tan bien como a su infantería; lo consiguió hasta tal punto que pudo atreverse a ejecutar en la batalla cambios de frente y otras evoluciones con cuerpos de coraceros grandes y pequeños. También Alba vio pronto la necesidad de mejorar su caballería ligera; hasta entonces solo servía para escaramuzas y combates singulares, pero bajo su dirección aprendió pronto a cargar en cuerpo, como la caballería pesada. La formación de la caballería siguió siendo de 5 a 8 de fondo. Por esta época Enrique IV de Francia introdujo un nuevo tipo de servicio montado, los dragones, en su origen infantería montada a caballo solo para desplazarse más deprisa; pero muy pocos años después de su introducción se los empleó también como caballería y se los equipó para este doble servicio. No tenían armamento defensivo ni botas altas, pero sí un sable de caballería y a veces una lanza; además llevaban el mosquete de infantería o una carabina más corta. Estas tropas, sin embargo, no respondieron a las esperanzas que habían llevado a crearlas; pronto pasaron a formar parte de la caballería regular y dejaron de combatir como infantería. (El emperador Nicolás de Rusia intentó resucitar los dragones originales formando un cuerpo de 16.000 hombres, apto para el servicio a pie y a caballo; nunca encontraron ocasión de echar pie a tierra en una batalla, combatieron siempre como caballería y ahora se han disuelto y se han incorporado, como dragones de caballería, al resto de la caballería rusa.) En la artillería, los franceses mantuvieron la superioridad que habían conquistado. Por esta época inventaron la prolonga19, y Enrique IV introdujo la metralla. También españoles y holandeses aligeraron y simplificaron su artillería, pero siguió siendo un artefacto torpe, y aún no se conocían piezas ligeras y móviles de calibre y alcance eficaces.
Con la guerra de los Treinta Años se abre el período de Gustavo Adolfo, el gran reformador militar del siglo XVII. Sus regimientos de infantería se componían de dos tercios de mosqueteros y un tercio de piqueros. Algunos regimientos constaban solo de mosqueteros. Los mosquetes se aligeraron tanto que la horquilla para dispararlos se hizo innecesaria. Introdujo también los cartuchos de papel, con los que la carga se facilitó mucho. Se abandonó la formación profunda: sus piqueros formaban a 6 de fondo y sus mosqueteros solo a 3. Estos últimos se instruían en el fuego por secciones y por filas. Los pesados regimientos de 2.000 o 3.000 hombres se redujeron a 1.300 o 1.400, en 8 compañías, y 2 regimientos formaban una brigada. Con esta formación derrotó a las masas profundas de sus adversarios, dispuestas a menudo como una columna o un cuadro lleno de 30 de fondo, sobre las que su artillería hacía un efecto terrible. La caballería se reorganizó según principios semejantes. Se suprimieron por completo los hombres de armas. Los coraceros perdieron los brazales y algunas otras piezas inútiles del armamento defensivo, con lo que se volvieron bastante más ligeros y móviles. Sus dragones combatieron casi siempre como caballería. Coraceros y dragones formaban solo a 3 de fondo y tenían órdenes estrictas de no perder tiempo disparando, sino de cargar enseguida sable en mano. Se dividían en escuadrones de 125 hombres. La artillería mejoró con la adición de cañones ligeros. Los cañones de cuero de Gustavo Adolfo son famosos, pero no se conservaron mucho tiempo. Se sustituyeron por piezas de hierro colado de a 4, tan ligeras que podían tirar de ellas 2 caballos; podían dispararse 6 veces mientras un mosquetero disparaba dos, y se agregaban 2 a cada regimiento de infantería. Así quedó establecida la división entre artillería de campaña ligera y pesada: los cañones ligeros acompañaban a la infantería, mientras los pesados quedaban en reserva o tomaban una posición para toda la batalla. Los ejércitos de esta época empiezan a mostrar la creciente preponderancia de la infantería sobre la caballería. En Leipzig, en 1631, Gustavo Adolfo tenía 19.000 infantes y 11.000 jinetes; Tilly, 31.000 infantes y 13.000 jinetes. En Lützen, en 1632, Wallenstein tenía 24.000 infantes y 16.000 jinetes (en 170 escuadrones). También el número de cañones aumentó con la introducción de piezas ligeras; los suecos tenían a menudo de 5 a 12 cañones por cada 1.000 hombres, y en la batalla del Lech Gustavo Adolfo forzó el paso de ese río al amparo del fuego de 72 cañones pesados. Durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII, la pica y todo el armamento defensivo de la infantería se suprimieron definitivamente con la introducción general de la bayoneta. Esta arma, inventada en Francia hacia 1640, tuvo que luchar 80 años contra la pica. Primero la adoptaron los austriacos para toda su infantería, y luego los prusianos; los franceses conservaron la pica hasta 1703 y los rusos hasta 1721. La llave de chispa, inventada en Francia por la misma época que la bayoneta, se introdujo también poco a poco, antes del año 1700, en la mayoría de los ejércitos. Abreviaba sustancialmente la operación de carga, protegía en cierta medida de la lluvia la pólvora de la cazoleta y contribuyó así mucho a la supresión de la pica. Sin embargo, el fuego era todavía tan lento que no se esperaba que un hombre gastara más de 24 a 36 cartuchos en una batalla, hasta que en la segunda mitad de este período reglamentos mejores, mejor instrucción y nuevos perfeccionamientos en la construcción de las armas portátiles (sobre todo la baqueta de hierro, introducida primero en Prusia) permitieron al soldado disparar con bastante rapidez. Esto obligó a reducir todavía más la profundidad de la formación, y la infantería formó entonces solo a 4 de fondo. En las compañías de granaderos se creó una especie de infantería de élite, destinada en un principio a lanzar granadas de mano antes de llegar al cuerpo a cuerpo, pero pronto reducida a combatir solo con el mosquete. En algunos ejércitos alemanes se habían formado tiradores de rifle ya en la guerra de los Treinta Años; el propio rifle se había inventado en Leipzig en 1498. Esta arma se mezcló ahora con el mosquete, armando con ella a los mejores tiradores de cada compañía; pero fuera de Alemania el rifle encontró poco favor. Los austriacos tenían además una especie de infantería ligera llamada panduros: irregulares croatas y serbios de la frontera militar contra Turquía, útiles para correrías y persecuciones, pero inútiles en la batalla, dada la táctica de la época y su absoluta falta de instrucción. Franceses y holandeses crearon con fines semejantes una infantería irregular llamada compagnies franches. También la caballería se aligeró en todos los ejércitos. Ya no había hombres de armas; los coraceros solo conservaron la coraza y el casco, y en Francia y Suecia se suprimió también la coraza. La creciente eficacia y rapidez del fuego de infantería perjudicó mucho a la caballería. Pronto se consideró perfectamente inútil que esta arma cargara contra la infantería sable en mano; y la opinión de que una línea de fuego era irresistible se extendió tanto que también a la caballería se le enseñó a confiar más en sus carabinas que en el sable. Así, en este período ocurre a menudo que 2 líneas de caballería sostengan entre sí un combate de fuego como si fueran infantería; y se consideraba muy audaz acercarse a 20 yardas del enemigo, disparar una descarga y cargar al trote. Carlos XII, sin embargo, se atuvo a la regla de su gran predecesor. Su caballería nunca se detenía a disparar; cargaba siempre, sable en mano, contra cualquier cosa que se le opusiera, caballería, infantería, baterías o atrincheramientos, y siempre con éxito. También los franceses rompieron con el nuevo sistema y volvieron a confiar solo en el sable. La profundidad de la caballería se redujo aún más, de 4 a 3. En la artillería se generalizaron entonces el aligeramiento de los cañones y el uso de cartuchos y de metralla. Otro gran cambio fue la incorporación de esta arma al ejército. Hasta entonces, aunque los cañones pertenecían al Estado, los hombres que los servían no eran propiamente soldados, sino que formaban una especie de gremio, y la artillería se consideraba no un arma sino un oficio. Los oficiales no tenían rango en el ejército y se los tenía por más emparentados con los maestros sastres y carpinteros que con los caballeros con una patente de oficial en el bolsillo. Por esta época, sin embargo, la artillería pasó a ser parte integrante del ejército y se dividió en compañías y batallones; los hombres se convirtieron en soldados permanentes y los oficiales se equipararon en rango a los de infantería y caballería. La centralización y la permanencia del arma que resultaron de este cambio20 prepararon el camino a la ciencia de la artillería, que con el sistema antiguo no había podido desarrollarse.
El paso de la formación profunda a la línea, de la pica al mosquete, de la supremacía de la caballería a la de la infantería, se había cumplido así poco a poco cuando Federico el Grande abrió sus campañas y, con ellas, la era clásica de la táctica lineal. Formó su infantería a 3 de fondo y consiguió que disparara 5 veces en 1 minuto. Ya en su primera batalla, la de Mollwitz21, esta infantería desplegó en línea y rechazó con su fuego rápido todas las cargas de la caballería austriaca, que acababa de derrotar por completo a la caballería prusiana; una vez despachada la caballería, la infantería prusiana atacó a la infantería austriaca, la derrotó y ganó así la batalla. En las grandes batallas nunca se intentó formar el cuadro contra la caballería; solo se hacía cuando la caballería enemiga sorprendía a la infantería en marcha. En la batalla, las alas extremas de la infantería se doblaban en martillo cuando las amenazaba la caballería, y esto bastaba por lo general. Para oponerse a los panduros austriacos, Federico formó tropas irregulares semejantes, de infantería y de caballería, pero nunca contó con ellas en la batalla, en la que rara vez intervenían. Decidía sus batallas el lento avance de la línea de fuego. La caballería, descuidada bajo su predecesor, sufrió ahora una revolución completa. Se formó solo a 2 de fondo, y se prohibió estrictamente el fuego, salvo en la persecución. La equitación, considerada hasta entonces de importancia secundaria, se cultivó ahora con la mayor atención. Todas las evoluciones tenían que practicarse a galope tendido, y se exigía a los hombres que se mantuvieran bien cerrados. Gracias a los esfuerzos de Seydlitz22, la caballería de Federico llegó a ser superior a cualquier otra de su tiempo o de cualquier tiempo anterior; y su osadía en la monta, su orden cerrado, su carga impetuosa y su rapidez para rehacerse no los ha igualado todavía ninguna de las que la siguieron. La artillería se aligeró considerablemente, tanto que algunas de las piezas de grueso calibre no aguantaban las cargas completas y por eso hubo que suprimirlas después. Sin embargo, la artillería pesada seguía siendo muy lenta y torpe en sus movimientos, a causa de unas cureñas malas y pesadas y de una organización imperfecta. En la batalla tomaba posición desde el principio y a veces la cambiaba por una segunda posición más adelantada, pero maniobrar, no maniobraba. La artillería ligera, los cañones de regimiento agregados a la infantería, se situaba delante de la línea de infantería, 50 pasos por delante de los intervalos de los batallones; avanzaba con la infantería, con las piezas arrastradas por los hombres, y abría fuego de metralla a 300 yardas. El número de cañones era muy grande: de 3 a 6 por cada 1.000 hombres. La infantería, como la caballería, se dividía en brigadas y divisiones, pero como apenas se maniobraba una vez empezada la batalla y cada batallón tenía que quedarse en su puesto de la línea, estas subdivisiones no tenían influencia táctica; en la caballería, un general de brigada podía tener que actuar de vez en cuando bajo su propia responsabilidad durante una carga, pero en la infantería tal caso no podía darse nunca. Esta formación lineal, con la infantería en 2 líneas en el centro y la caballería en 2 o 3 líneas en las alas, era un progreso considerable sobre la formación profunda de antaño: desarrollaba el pleno efecto del fuego de infantería y de la carga de caballería, al permitir que actuara a la vez el mayor número posible de hombres; pero su misma perfección en este punto metía a todo el ejército, por así decir, en una camisa de fuerza. Cada escuadrón, cada batallón, cada pieza tenía su puesto reglamentario en el orden de batalla, que no podía invertirse ni alterarse en modo alguno sin perjudicar la eficacia del conjunto. Por eso, en la marcha, todo tenía que disponerse de modo que, cuando el ejército volviera a formar frente para acampar o para combatir, cada subdivisión fuera a parar exactamente a su puesto correcto. Así, cualquier maniobra que hubiera que ejecutar había de ejecutarse con todo el ejército; destacar una sola parte de él para un ataque de flanco, formar una reserva especial para atacar con fuerzas superiores un punto débil, habría sido impracticable y erróneo con tropas tan lentas, aptas solo para combatir en línea, y con un orden de batalla tan rígido. Además, el avance de líneas tan largas en la batalla se ejecutaba con bastante lentitud para conservar la alineación. Las tiendas seguían siempre al ejército y se plantaban todas las noches; el campamento se atrincheraba ligeramente. Las tropas se alimentaban de los almacenes, y las panaderías acompañaban al ejército en lo posible. En suma, el bagaje y los demás trenes del ejército eran enormes y entorpecían sus movimientos hasta un grado hoy desconocido. Y sin embargo, con todos estos inconvenientes, la organización militar de Federico el Grande era con mucho la mejor de su tiempo, y todos los demás gobiernos europeos la adoptaron con afán. El reclutamiento de las fuerzas se hacía casi en todas partes por enganche voluntario, completado con el secuestro de hombres; y solo tras pérdidas muy graves recurrió Federico a levas forzosas en sus provincias.
Cuando empezó la guerra de la coalición contra la República francesa, el ejército francés estaba desorganizado por la pérdida de sus oficiales y contaba menos de 150.000 hombres. El enemigo era muy superior en número; se hicieron necesarias nuevas levas, que se llevaron a cabo en una escala inmensa, en forma de voluntarios nacionales, de los que en 1793 debía de haber al menos 500 batallones. Estas tropas no estaban instruidas, ni había tiempo para instruirlas según el complicado sistema de la táctica lineal y con el grado de perfección que exigían los movimientos en línea. Cada intento de enfrentarse al enemigo en línea iba seguido de una derrota señalada, aunque los franceses tenían una superioridad numérica muy grande. Se hizo necesario un nuevo sistema de táctica. La revolución americana había mostrado la ventaja que podía sacarse, con tropas indisciplinadas, del orden abierto y del fuego de tiradores. Los franceses lo adoptaron y apoyaron a los tiradores con columnas profundas, en las que un poco de desorden importaba menos mientras la masa se mantuviera bien unida. En esta formación lanzaron contra el enemigo su superioridad numérica, y por lo general con éxito. Esta nueva formación y la falta de experiencia de sus tropas los llevaron a combatir en terreno quebrado, en pueblos y bosques, donde encontraban abrigo contra el fuego enemigo y donde la línea del enemigo se desordenaba invariablemente; la falta de tiendas, de baterías de campaña, etc., los obligó a vivaquear a la intemperie y a vivir de lo que daba el país. Ganaron así una movilidad desconocida para sus enemigos, cargados de tiendas y de toda clase de bagajes. Cuando la guerra revolucionaria hubo producido, en Napoleón, al hombre que redujo este nuevo modo de hacer la guerra a un sistema regular, que lo combinó con lo que todavía era útil del sistema antiguo y que llevó de golpe el nuevo método al grado de perfección que Federico había dado a la táctica lineal, entonces los franceses fueron casi invencibles, hasta que sus adversarios aprendieron de ellos y organizaron sus ejércitos según el nuevo modelo. Los rasgos principales de este nuevo sistema son: el restablecimiento del viejo principio de que todo ciudadano está obligado, en caso de necesidad, a ser llamado a la defensa del país, y la consiguiente formación del ejército mediante levas forzosas, de mayor o menor extensión, sobre el conjunto de los habitantes; un cambio con el que la fuerza numérica de los ejércitos se elevó de golpe al triple de la media de la época de Federico, y que en caso necesario podía aumentarse en proporciones aún mayores. Luego, el abandono de los útiles de campamento y de la dependencia de los almacenes para el abastecimiento, la introducción del vivac y de la regla de que la guerra alimenta la guerra; con ello la rapidez y la independencia de un ejército aumentaron tanto como su fuerza numérica con la regla de la obligación general del servicio. En la organización táctica se hizo regla el principio de mezclar infantería, caballería y artillería en las partes menores de un ejército, en cuerpos y divisiones. Cada división se convirtió así en un ejército completo a escala reducida, apto para actuar con independencia y capaz de una considerable fuerza de resistencia incluso frente a fuerzas superiores. El orden de batalla se basó ahora en la columna; esta servía de depósito del que salían y al que volvían los enjambres de tiradores; de masa compacta en cuña que había de lanzarse contra un punto determinado de la línea enemiga; de forma para acercarse al enemigo y luego desplegar, si el terreno y el estado del combate hacían deseable oponerle líneas de fuego. El apoyo mutuo de las 3 armas, desarrollado a plenitud por su combinación en cuerpos pequeños, y la combinación de las 3 formas de combate, tiradores, línea y columna, constituyeron la gran superioridad táctica de los ejércitos modernos. Con ello cualquier clase de terreno se volvió apta para combatir en ella, y la capacidad de juzgar con rapidez las ventajas y los inconvenientes del terreno y de disponer en el acto las tropas en consecuencia se convirtió en una de las principales exigencias para un jefe. Y no solo en el general en jefe, sino también en los oficiales subordinados, estas cualidades y la aptitud general para el mando independiente se hicieron ahora una necesidad. Los cuerpos, las divisiones, las brigadas y los destacamentos se veían constantemente en situaciones en las que sus jefes tenían que actuar bajo su propia responsabilidad; el campo de batalla ya no presentaba sus largas líneas ininterrumpidas de infantería, desplegadas en una vasta llanura con la caballería en las alas, sino que los distintos cuerpos y divisiones, concentrados en columnas, estaban ocultos tras pueblos, caminos o colinas, separados entre sí por intervalos en apariencia grandes, mientras solo una pequeña parte de las tropas aparecía realmente empeñada en escaramuzas y en el fuego de artillería, hasta que se acercaba el momento decisivo. Las líneas de batalla se alargaron con el número y con esta formación; no era necesario llenar efectivamente cada intervalo con una línea visible para el enemigo, siempre que hubiera tropas a mano para acudir cuando hicieran falta. El envolvimiento de los flancos se convirtió en general en una operación estratégica: el ejército más fuerte se situaba por completo entre el más débil y sus comunicaciones, de modo que una sola derrota podía aniquilar un ejército y decidir una campaña. La maniobra táctica preferida era romper el centro enemigo con tropas de refresco en cuanto el estado de las cosas mostraba que sus últimas reservas estaban empeñadas. Las reservas, que en la táctica lineal habrían estado fuera de lugar y habrían restado eficacia al ejército en el momento decisivo, se convirtieron ahora en el medio principal para decidir un combate. El orden de batalla, a la vez que se extendía en frente, se extendía también en profundidad; desde la línea de tiradores hasta la posición de las reservas, la profundidad era muy a menudo de 2 millas o más. En suma, si el nuevo sistema exigía menos instrucción y menos precisión de desfile, exigía mucha más rapidez, esfuerzo e inteligencia de todos, tanto del jefe más alto como del último tirador; y cada nuevo perfeccionamiento introducido desde Napoleón tiende en esa dirección.
Los cambios en el material de los ejércitos fueron muy escasos durante este período; las guerras continuas dejaban poco tiempo para mejoras cuya introducción requiere tiempo. Poco antes de la revolución se produjeron en el ejército francés dos innovaciones muy importantes. La primera, la adopción de un nuevo modelo de mosquete de calibre y viento23 reducidos, con culata curva en lugar de la recta usada hasta entonces. Esta arma, trabajada con más exactitud, contribuyó mucho a la superioridad de los tiradores franceses y fue el modelo según el cual se construyeron, con alteraciones insignificantes, los mosquetes en uso en todos los ejércitos hasta la introducción de la llave de percusión. La segunda fue la simplificación y mejora de la artillería por Gribeauval24. Con Luis XV la artillería francesa estaba completamente descuidada; los cañones eran de toda clase de calibres, las cureñas anticuadas, y ni siquiera los modelos según los que se construían eran uniformes. Gribeauval, que había servido con los austriacos durante la guerra de los Siete Años y había visto allí modelos mejores, consiguió reducir el número de calibres, unificar y mejorar los modelos y simplificar mucho todo el sistema. Con sus cañones y sus cureñas libró Napoleón sus guerras. La artillería inglesa, que estaba en el peor estado posible cuando estalló la guerra con Francia, se mejoró considerablemente, de modo gradual pero lento; con ella nació la cureña de flecha25, adoptada después por muchos ejércitos continentales, y la disposición para montar a los artilleros de a pie en los avantrenes y en los carros de municiones. La artillería a caballo, inventada por Federico el Grande, se cultivó mucho en la época de Napoleón, sobre todo por él mismo, y entonces se desarrolló por primera vez su táctica propia. Terminada la guerra, se vio que los británicos eran los más eficientes en esta arma. De todos los grandes ejércitos europeos, el austriaco es el único que sustituye la artillería a caballo por baterías en las que los hombres van montados en carros dispuestos al efecto.
Los ejércitos alemanes conservaron la clase especial de infantería armada de rifles, y el nuevo sistema de combate en orden abierto dio a esta arma una importancia nueva. Se la cultivó especialmente, y en 1838 la adoptaron los franceses, que echaban en falta un fusil de largo alcance para Argelia. Se formaron los tirailleurs de Vincennes, luego chasseurs à pied26, que alcanzaron un grado de eficacia sin igual. Esta formación dio lugar a grandes mejoras en los rifles, con las que el alcance y la precisión aumentaron de modo asombroso. Los nombres de Delvigne, Thouvenot y Minié27 se hicieron célebres por ello. Para el conjunto de la infantería, la llave de percusión se introdujo entre 1830 y 1840 en la mayoría de los ejércitos; como de costumbre, los ingleses y los rusos fueron los últimos. Entretanto se hicieron en diversos lugares grandes esfuerzos por mejorar todavía más las armas portátiles y producir un fusil de alcance superior que pudiera darse a toda la infantería. Los prusianos introdujeron el fusil de aguja, un arma rayada de retrocarga, capaz de un fuego muy rápido y de largo alcance; el invento, nacido en Bélgica, lo mejoraron ellos considerablemente28. Este fusil se ha dado a todos sus batallones ligeros; el resto de la infantería ha visto recientemente transformados sus viejos mosquetes, por un procedimiento muy sencillo, en rifles Minié. Esta vez los ingleses fueron los primeros en armar a toda su infantería con un fusil superior, a saber, el rifle Enfield, una ligera modificación del Minié; su superioridad quedó plenamente demostrada en Crimea, y los salvó en Inkerman.
En las disposiciones tácticas no se han producido cambios importantes para la infantería y la caballería, si exceptuamos la gran mejora de la táctica de infantería ligera por los chasseurs franceses y el nuevo sistema prusiano de columnas de compañía, formación que, quizá con algunas variaciones, se generalizará sin duda pronto por sus grandes ventajas tácticas. Rusos y austriacos siguen formando a 3 de fondo; los ingleses forman a 2 desde los tiempos de Napoleón; los prusianos marchan a 3 de fondo pero combaten sobre todo a 2, con la 3.ª fila formando los tiradores y sus apoyos; y los franceses, que hasta ahora formaban a 3, combatieron a 2 en Crimea y están introduciendo esta formación en todo el ejército. En cuanto a la caballería, ya se ha mencionado el experimento ruso de restaurar los dragones del siglo XVII y su fracaso.
En la artillería se han introducido en todos los ejércitos considerables mejoras de detalle y simplificaciones de calibres y de modelos de ruedas, cureñas, etc. La ciencia de la artillería ha progresado mucho. Sin embargo, no se han producido cambios considerables. La mayoría de los ejércitos continentales llevan piezas de a 6 y de a 12; los piamonteses, de a 8 y de a 16; los españoles, de a 8 y de a 12; los franceses, que hasta ahora tenían de a 8 y de a 12, están introduciendo el llamado cañón obús de Luis Napoleón, una simple pieza ligera de a 12 de la que se disparan también pequeñas granadas, y que ha de sustituir a todas las demás clases de piezas de campaña. Los británicos tienen piezas de a 3 y de a 6 en las colonias, pero en sus ejércitos enviados desde Inglaterra solo usan ahora piezas de a 9, de a 12 y de a 18. En Crimea llegaron a tener una batería de campaña de a 32, pero siempre se quedaba atascada.
La organización general de los ejércitos modernos es muy parecida. Salvo el británico y el americano, se reclutan por leva forzosa, basada bien en la conscripción, en cuyo caso los hombres, tras cumplir su tiempo, quedan licenciados para siempre, bien en el sistema de reserva, en el que el tiempo de servicio activo es corto, pero los hombres siguen sujetos a ser llamados de nuevo durante cierto tiempo. Francia es el ejemplo más notable del primer sistema, Prusia del segundo. Incluso en Inglaterra, donde tanto el ejército de línea como la milicia se reclutan por lo general por enganche voluntario, la ley establece la conscripción (o sorteo) para la milicia si faltan voluntarios. En Suiza no existe ejército permanente; toda la fuerza consiste en milicias instruidas durante poco tiempo. En algunos países sigue siendo la regla el enganche de mercenarios extranjeros: Nápoles y el papa tienen todavía sus regimientos suizos; los franceses, su legión extranjera; e Inglaterra, en caso de guerra seria, se ve regularmente obligada a recurrir a este expediente. El tiempo de servicio activo varía mucho: desde un par de semanas con los suizos, 18 meses a 2 años con los Estados alemanes pequeños y 3 años con los prusianos, hasta 5 o 6 años en Francia, 12 en Inglaterra y de 15 a 25 en Rusia. Los oficiales se reclutan de diversas maneras. En la mayoría de los ejércitos no hay ya impedimentos legales para el ascenso desde la tropa, pero los impedimentos prácticos varían mucho. En Francia y Austria una parte de los oficiales ha de salir de los sargentos; en Rusia el número insuficiente de candidatos instruidos hace de esto una necesidad. En Prusia el examen para el empleo de oficial, en tiempo de paz, cierra el paso a los hombres sin instrucción; en Inglaterra el ascenso desde la tropa es una rara excepción. Para el resto de los oficiales hay en la mayoría de los países escuelas militares, aunque, salvo en Francia, no es necesario pasar por ellas. En instrucción militar van por delante los oficiales franceses; en instrucción general, los prusianos; los ingleses y los rusos están en lo más bajo en ambas. En cuanto a los caballos necesarios, creemos que Prusia es el único país en que también la población equina está sujeta a levas forzosas, indemnizándose a los dueños según una tarifa fija. Con las excepciones arriba mencionadas, el equipo y el armamento de los ejércitos modernos son hoy casi iguales en todas partes. Hay, naturalmente, una gran diferencia en la calidad y la factura del material. En este aspecto, los rusos están en lo más bajo, y los ingleses, donde realmente se aprovechan las ventajas industriales de que disponen, en lo más alto. La infantería de todos los ejércitos se divide en infantería de línea e infantería ligera. La 1.ª es la regla y compone la masa de toda infantería; la infantería verdaderamente ligera es en todas partes la excepción. De esta última, los franceses tienen hoy decididamente la mejor en calidad, y en número considerable: 21 batallones de chasseurs, 9 de zuavos y 6 de tiradores argelinos indígenas. La infantería ligera austriaca, sobre todo los cazadores, es también muy buena; tiene 32 batallones. Los prusianos tienen 9 batallones de cazadores y 40 de infantería ligera, estos últimos, sin embargo, no lo bastante duchos en su servicio especial. Los ingleses no tienen verdadera infantería ligera, salvo sus 6 batallones de rifles, y son, después de los rusos, decididamente los menos aptos para ese tipo de servicio. Puede decirse que los rusos no tienen verdadera infantería ligera, pues sus 6 batallones de tiradores desaparecen en su enorme ejército.
También la caballería se divide en todas partes en pesada y ligera. Los coraceros son siempre caballería pesada; los húsares, cazadores y chevaux-légers, siempre ligera. Los dragones y lanceros son en algunos ejércitos caballería ligera y en otros pesada; y los rusos se quedarían también sin caballería ligera si no fuera por los cosacos. La mejor caballería ligera es sin duda la de los austriacos, los húsares nacionales húngaros y polacos. La misma división vale para la artillería, salvo en el caso de los franceses, que, como se ha dicho, tienen ahora un solo calibre. En los demás ejércitos sigue habiendo baterías ligeras y pesadas, según los calibres que se les asignan. La artillería ligera se subdivide todavía en artillería a caballo y a pie, la 1.ª destinada especialmente a actuar junto con la caballería. Los austriacos, como se ha dicho, no tienen artillería a caballo; los ingleses y los franceses no tienen artillería a pie propiamente dicha, pues los hombres van montados en los avantrenes y en los carros de municiones.
La infantería se forma en compañías, batallones y regimientos. El batallón es la unidad táctica; es la forma en que combaten las tropas, dejando aparte algunos casos excepcionales. Por eso un batallón no debe ser tan fuerte que su jefe no pueda mandarlo con la voz y la vista, ni tan débil que no pueda actuar como cuerpo independiente en la batalla, aun después de las pérdidas de una campaña. Por eso su fuerza varía de 600 a 1.400 hombres; de 800 a 1.000 es la media. La división del batallón en compañías tiene por objeto fijar sus subdivisiones de evolución, la destreza de los hombres en los detalles de la instrucción y una administración más cómoda y económica. En la práctica, las compañías aparecen como cuerpos separados solo en el orden de tiradores y, entre los prusianos, en la formación en columnas de compañía, en la que cada una de las 4 compañías forma una columna de 3 secciones; esta formación supone compañías fuertes, y en Prusia tienen 250 hombres. El número de compañías de un batallón varía tanto como su fuerza. Los ingleses tienen 10, de 90 a 120 hombres; los rusos y los prusianos, 4 de 250 hombres; los franceses y los austriacos, 6 de fuerza variable. Los batallones se forman en regimientos, más con fines administrativos y disciplinarios y para asegurar la uniformidad de la instrucción que con un objeto táctico; por eso, en las formaciones de guerra, los batallones de un mismo regimiento se separan a menudo. En Rusia y Austria cada regimiento tiene 4 batallones de servicio, en Prusia 3 y en Francia 2, además de los depósitos; en Inglaterra la mayoría de los regimientos constan en tiempo de paz de un solo batallón. La caballería se divide en escuadrones y regimientos. El escuadrón, de 100 a 200 hombres, es la unidad táctica y administrativa; solo los ingleses subdividen el escuadrón, con fines administrativos, en 2 troops. Un regimiento tiene de 3 a 10 escuadrones de servicio; los británicos tienen en tiempo de paz solo 3 escuadrones de unos 120 caballos; los prusianos, 4 de 150; los franceses, 5 de 180 a 200; los austriacos, 6 u 8 de 200; los rusos, de 6 a 10 de 150 a 170. En la caballería el regimiento es un cuerpo con significado táctico, pues un regimiento ofrece el medio de dar una carga independiente, con los escuadrones apoyándose mutuamente, y para este fin se le da una fuerza suficiente, a saber, de 500 a 1.600 caballos. Solo los británicos tienen regimientos tan débiles que se ven obligados a reunir 4 o 5 en 1 brigada; en cambio, los regimientos austriacos y rusos son en muchos casos tan fuertes como una brigada media. Los franceses tienen nominalmente regimientos muy fuertes, pero hasta ahora han aparecido en campaña con efectivos considerablemente reducidos, por su escasez de caballos. La artillería se forma en baterías; la formación en regimientos o brigadas solo existe en esta arma para la paz, pues casi en todo caso de servicio activo las baterías acaban separadas y siempre se emplean así. Cuatro piezas es el número mínimo; los austriacos tienen 8, y los franceses y los ingleses 6 por batería. Los cazadores u otra infantería verdaderamente ligera se organizan por lo general solo en batallones y compañías, no en regimientos; la naturaleza del arma se opone a su reunión en grandes masas. Lo mismo ocurre con los zapadores y minadores, que además no son más que una parte muy pequeña del ejército. Solo los franceses hacen excepción en este último caso; pero sus 3 regimientos de zapadores y minadores cuentan en total solo 6 batallones. Con el regimiento, la formación de la mayoría de los ejércitos en tiempo de paz se considera por lo general completa. Los cuerpos mayores, brigadas, divisiones y cuerpos de ejército, se forman en su mayoría cuando estalla la guerra. Solo los rusos y los prusianos tienen su ejército plenamente organizado y los mandos superiores cubiertos como para una guerra efectiva. Pero en Prusia esto es del todo ilusorio mientras no se movilice al menos un cuerpo de ejército entero, lo que supone llamar a la Landwehr29 de toda una provincia; y si en Rusia las tropas están efectivamente en sus regimientos, la última guerra ha mostrado que las divisiones y cuerpos originales se mezclaron muy pronto, de modo que la ventaja que se obtiene de tal formación es más para la paz que para la guerra.
En la guerra se forman varios batallones o escuadrones en brigada: de 4 a 8 batallones de infantería, o de 6 a 20 escuadrones de caballería. Con regimientos de caballería grandes, estos pueden muy bien hacer las veces de brigada; pero por lo general quedan reducidos por los destacamentos que tienen que enviar a las divisiones. La infantería ligera y la de línea pueden mezclarse con ventaja en una brigada, pero no la caballería ligera y la pesada. Los austriacos añaden muy a menudo una batería a cada brigada. Una combinación de brigadas forma la división. En la mayoría de los ejércitos se compone de las 3 armas, digamos 2 brigadas de infantería, de 4 a 6 escuadrones y de 1 a 3 baterías. Los franceses y los rusos no tienen caballería en sus divisiones, y los ingleses las forman exclusivamente de infantería. Por eso, si estas naciones no quieren combatir en desventaja, tienen que agregar caballería (y artillería, respectivamente) a las divisiones cada vez que el caso se presenta, lo que fácilmente se descuida o resulta a menudo incómodo o imposible. La proporción de caballería divisionaria es, sin embargo, pequeña en todas partes, y por eso el resto de esta arma se forma en divisiones de caballería de 2 brigadas cada una, como caballería de reserva. En los ejércitos mayores se forman 2 o 3 divisiones, a veces 4, en un cuerpo de ejército. Tal cuerpo tiene en todas partes su caballería y su artillería propias, aun donde las divisiones no las tienen; y donde estas son cuerpos mixtos, hay además una reserva de caballería y de artillería a disposición del jefe del cuerpo. Napoleón fue el primero en formar estos cuerpos y, no contento con ello, organizó el resto de la caballería en cuerpos de caballería de reserva de 2 o 5 divisiones de caballería, con artillería a caballo agregada. Los rusos han conservado esta formación de su caballería de reserva, y los demás ejércitos probablemente la volverán a adoptar en una guerra de importancia, aunque el efecto obtenido nunca ha estado todavía en proporción con la inmensa masa de jinetes concentrada así en un punto. Tal es la organización moderna de la parte combatiente de un ejército. Pero, pese a la supresión de las tiendas, los almacenes, las panaderías de campaña y los carros de pan, sigue habiendo un gran tren de no combatientes y de vehículos necesarios para asegurar la eficacia del ejército en campaña. Para dar una idea, nos limitaremos a indicar el tren que, según los reglamentos vigentes, requiere 1 cuerpo de ejército del servicio prusiano:
Tren de artillería: 6 columnas de parque de 30 carros, 1 de laboratorio de 6 carros.
Tren de pontones: 34 carros de pontones, 5 carros de herramientas, 1 fragua.
Tren de infantería: 116 carros, 108 tiros de caballos.
Tren sanitario: 50 carros (para 1.600 o 2.000 enfermos).
Tren de intendencia de reserva: 159 carros.
Tren de reserva: 1 carro, 75 caballos de reserva.
En total, 402 carros, 1.791 caballos, 3.000 hombres.
Para que los jefes de ejército, de cuerpo de ejército y de división puedan dirigir, cada uno en su esfera, las tropas que se les confían, en todos los ejércitos salvo el británico se forma un cuerpo aparte, compuesto exclusivamente de oficiales, llamado estado mayor. Las funciones de estos oficiales son reconocer y levantar el croquis del terreno por el que se mueve o puede moverse el ejército, ayudar a trazar los planes de operaciones y disponerlos en detalle de modo que no se pierda tiempo, no surja confusión y no se imponga a las tropas ninguna fatiga inútil. Ocupan, pues, puestos de suma importancia, y deben tener una educación militar plenamente acabada, con un conocimiento completo de las posibilidades de cada arma en la marcha y en la batalla. Por eso en todos los países se toman de entre los sujetos más capaces y se forman cuidadosamente en las escuelas militares superiores. Solo los ingleses se figuran que cualquier oficial subalterno o jefe tomado del ejército en general sirve para tal puesto, y la consecuencia es que sus estados mayores son inferiores y el ejército es incapaz de otras maniobras que las más lentas y sencillas, mientras que el jefe, si tiene un poco de conciencia, tiene que hacer él mismo todo el trabajo de estado mayor. A una división rara vez se le puede agregar más de un oficial de estado mayor; un cuerpo de ejército tiene su propio estado mayor bajo la dirección de un superior o de un oficial de estado mayor, y un ejército tiene un estado mayor completo, con varios generales, a las órdenes de un jefe que, en casos urgentes, da sus órdenes en nombre del general en jefe. El jefe de estado mayor, en el ejército británico, tiene a sus órdenes un ayudante general y un intendente general30; en otros ejércitos el ayudante general es a la vez jefe de estado mayor; en Francia el jefe de estado mayor reúne en sí ambas funciones y tiene a sus órdenes un negociado distinto para cada una. El ayudante general es el jefe del personal del ejército, recibe los partes de todos los servicios y cuerpos subordinados del ejército y despacha todos los asuntos relativos a la disciplina, la instrucción, la formación, el equipo, el armamento, etc. Todos los subordinados se comunican por medio de él con el general en jefe. Si es a la vez jefe de estado mayor, colabora con el general en jefe en la elaboración y el desarrollo de los planes de operaciones y de los movimientos del ejército. La disposición en detalle de estos corresponde al intendente general; él prepara los detalles de las marchas, los acantonamientos y los campamentos. Al cuartel general se agrega un número suficiente de oficiales de estado mayor para reconocer el terreno, preparar proyectos de defensa o de ataque de posiciones, etc. Hay además un comandante en jefe de la artillería y un oficial superior de ingenieros para sus respectivos ramos; unos cuantos delegados para representar al jefe de estado mayor en puntos determinados del campo de batalla y cierto número de oficiales de órdenes y de ordenanzas para llevar órdenes y despachos. Al cuartel general están agregados además el jefe de la intendencia, con sus escribientes, el pagador del ejército, el jefe del servicio de sanidad y el auditor, o director del servicio de justicia militar. Los estados mayores de los cuerpos de ejército y de las divisiones se rigen por el mismo modelo, pero con mayor sencillez y un personal reducido; los estados mayores de brigada y de regimiento son aún menos numerosos, y la plana mayor de un batallón puede constar solo del jefe, su ayudante, un oficial como pagador, un sargento como escribiente y un tambor o corneta. Para regular y mantener la fuerza militar de una gran nación se requieren, además de los ya mencionados, numerosos establecimientos. Hay comisiones de reclutamiento y de remonta, estas últimas unidas a menudo a la administración de los establecimientos nacionales de cría caballar; escuelas militares para oficiales y suboficiales, batallones, escuadrones y baterías modelo, escuelas normales de equitación y escuelas de veterinarios. En la mayoría de los países hay fundiciones y fábricas nacionales de armas portátiles y de pólvora; hay los diversos cuarteles, arsenales y almacenes, las fortalezas con su material y con la plana de oficiales que las manda; por último, la intendencia y el estado mayor general del ejército, que, para el conjunto de la fuerza armada, son aún más numerosos y tienen funciones más costosas que el estado mayor y la intendencia de un solo ejército activo. Sobre todo el estado mayor tiene funciones muy importantes. Se divide por lo general en una sección histórica (que reúne materiales sobre la historia de la guerra, la formación de los ejércitos, etc., pasados y presentes), una sección topográfica (encargada de reunir los mapas y del levantamiento trigonométrico de todo el país), una sección estadística, etc. A la cabeza de todos estos establecimientos, como del ejército, está el ministerio de la guerra, organizado de distinto modo en los distintos países, pero que abarca, como se desprende de las observaciones anteriores, una vasta variedad de materias. Como ejemplo damos la organización del ministerio de la guerra francés. Comprende 7 direcciones o divisiones: 1, del personal; 2, de la artillería; 3, de los ingenieros y las fortalezas; 4, de los asuntos administrativos; 5, de Argelia; 6, el depósito de la guerra (secciones histórica, topográfica, etc., y del estado mayor); 7, finanzas del ramo de guerra. Directamente agregadas al ministerio están las siguientes comisiones consultivas, compuestas de generales, jefes y técnicos, a saber: los comités de estado mayor de infantería, de caballería, de artillería, de fortificación y de sanidad, y las comisiones de veterinaria y de obras públicas. Tal es la vasta maquinaria dedicada a reclutar, remontar, alimentar, dirigir y reproducir sin cesar un ejército moderno de primer orden. Las masas reunidas corresponden a semejante organización. Aunque la Grande Armée de Napoleón de 1812, cuando tenía 200.000 hombres en España, 200.000 en Francia, Italia, Alemania y Polonia e invadió Rusia con 450.000 hombres y 1.300 cañones, no se ha igualado todavía, y aunque muy probablemente no volveremos a ver un ejército como esos 450.000 hombres reunido para una sola operación, cada uno de los grandes Estados continentales de Europa, Prusia incluida, puede levantar una fuerza armada y disciplinada de 500.000 hombres y más; y sus ejércitos, aunque no pasan del 1 y medio al 3 por ciento de su población, no se habían alcanzado nunca en ningún período anterior de la historia.
El sistema de los Estados Unidos basa la defensa del país esencialmente en las milicias de los distintos estados y en ejércitos de voluntarios levantados según lo exija la ocasión; la fuerza militar permanente, empleada sobre todo en mantener el orden entre las tribus indias del Oeste, consistía, según el informe del secretario de Guerra de 1857, en solo unos 18.000 hombres31.
Heródoto (II, 164-168) da estas dos clases de la casta guerrera egipcia, hermotybies y calasiries. ↩
Así en el original: la testudo («tortuga») era propiamente la cubierta bajo la que se protegían los que manejaban el ariete o zapaban el muro. ↩
John Gardner Wilkinson (1797-1875), egiptólogo británico, autor de Manners and Customs of the Ancient Egyptians (1837). ↩
Psamético I, faraón de Egipto (664-610 a. C.), que se apoyó en mercenarios griegos y carios. ↩
Fars, provincia del sudoeste de Irán, la antigua Pérside. ↩
Darío I (h. 550-486 a. C.), rey de Persia desde 522 a. C. ↩
Memnón de Rodas (m. 333 a. C.), general griego al servicio del rey de Persia. ↩
La Cyclopædia imprime «61,000», sin duda errata por 16.000, la cifra de Tucídides (II, 13) que da también la MEW. ↩
August Boeckh (1785-1867), filólogo alemán, autor de Die Staatshaushaltung der Athener (La economía pública de los atenienses, 1817). ↩
Así en la Cyclopædia («and 8 or 4 lochi into a mora»): 8 pentecostyes, es decir, 4 lochoi, formaban una mora; la MEW lo entiende así. La cifra podría leerse también «3». ↩
Cleómenes III, rey de Esparta (235-222 a. C.). ↩
Así en la Cyclopædia («hyraspistæ»), errata por hypaspistæ, los hipaspistas, como corrige la MEW. ↩
La Cyclopædia imprime «Mitellus»: Quinto Cecilio Metelo Numídico, que mandó contra Yugurta en 109-108 a. C.; Salustio, Guerra de Yugurta, 46-54. ↩
Tito Quincio Flaminino (h. 229-174 a. C.), vencedor de Filipo V de Macedonia en Cinoscéfalos (197 a. C.); el impreso dice «Flaminius». ↩
Flavio Vegecio Renato, escritor romano de fines del siglo IV, autor del tratado Epitoma rei militaris. ↩
«Arqueros francos», llamados así por estar exentos de impuestos. ↩
Tropas irregulares del ejército otomano, conocidas por su indisciplina y su crueldad. ↩
Georg von Frundsberg (1473-1528), jefe de lansquenetes alemanes al servicio de los Habsburgo, presente en la batalla de Pavía (1525). ↩
Cuerda gruesa con la que se arrastra la pieza de artillería sin enganchar el avantrén. ↩
El impreso dice «the armed contingent upon this change», probable errata por «the arm consequent upon this change»; la MEW entiende «de esta arma». ↩
Batalla de Mollwitz, en Silesia (10 de abril de 1741), la primera de Federico II en la guerra de Sucesión austriaca. ↩
Friedrich Wilhelm von Seydlitz (1721-1773), general de caballería prusiano. ↩
Holgura entre la bala y el ánima del arma. ↩
Jean-Baptiste Vaquette de Gribeauval (1715-1789), general francés, inspector general de la artillería, cuyo sistema (1765) se mantuvo hasta 1827. ↩
En inglés block-tail carriage: cureña de una sola flecha maciza, en lugar de las dos gualderas de la cureña antigua. ↩
Cazadores a pie, la infantería ligera francesa. ↩
Henri-Gustave Delvigne (1799-1876), Louis-Étienne de Thouvenin (1791-1882; el impreso escribe «Thouvenot») y Claude-Étienne Minié (1804-1879), oficiales franceses que perfeccionaron el fusil rayado y su bala. ↩
El fusil de aguja lo inventó el armero alemán Johann Nikolaus von Dreyse (1787-1867); se adoptó en el ejército prusiano a partir de 1841. ↩
La reserva territorial prusiana, formada por los hombres que ya habían pasado por el ejército activo y la reserva. ↩
En el ejército británico, quartermaster-general: el jefe encargado de marchas, alojamientos y campamentos, no de la intendencia de víveres. ↩
Este último párrafo, sobre los Estados Unidos, figura en la Cyclopædia pero no en la versión de la MEW, que probablemente lo considera añadido de los editores. ↩