Escrito en inglés por Friedrich Engels el 4 de enero de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5235, del 30 de enero de 1858, como editorial. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 353-358), por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores modernos. Se quita una llamada de nota de la antología de la que procede la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
El último correo de Calcuta ha traído algunos detalles, llegados a este país a través de los periódicos de Londres, que permiten formarse un juicio sobre la actuación de sir Colin Campbell1 en Lucknow. Como la prensa británica afirma que este hecho de armas brilla con una gloria sin rival en la historia de la guerra, bien vale la pena examinar el asunto un poco más de cerca.
La ciudad de Lucknow está situada en la orilla derecha del río Gomti, que en ese lugar corre en dirección sudeste. A una distancia de dos a tres millas del río corre un canal casi paralelo a él, que atraviesa la ciudad y, aguas abajo, se acerca al río, en el que desemboca una milla más allá. Las orillas del río no las ocupan calles apiñadas, sino una sucesión de palacios con jardines y de edificios públicos aislados. En la confluencia del canal y el río, pero en la orilla derecha, o meridional, de ambos, se encuentran, muy juntos, un colegio llamado La Martinière y un palacio y parque de caza llamado Dilkusha. Cruzando el canal, pero sin dejar el lado sur del río y cerca de su orilla, el primer palacio con jardín es el de Sikandar Bagh; más al oeste vienen unos cuarteles y el Mess-house,2 y luego el Moti Mahal (palacio de las Perlas), que está a solo unos cientos de yardas de la Residencia. Este último edificio se alza en la única altura del contorno; domina la ciudad y consiste en un recinto considerable con varios palacios y dependencias en su interior. Al sur de esta línea de edificios está la parte compacta de la ciudad, y dos millas al sur de ella, el parque y el palacio de Alambagh.
La fuerza natural de la Residencia explica de inmediato cómo fue posible que los ingleses resistieran en ella frente a fuerzas muy superiores en número; pero ese mismo hecho muestra también al instante qué clase de combatientes son los de Oudh. En efecto, unos hombres que, en parte instruidos por oficiales europeos y abundantemente provistos de artillería, nunca han sido capaces de dominar un solo mísero recinto defendido por europeos son, militarmente hablando, poco mejores que salvajes, y una victoria sobre ellos no puede añadir mucho a la gloria de ningún ejército, por grande que sea la ventaja numérica de los nativos. Otro hecho que pone a los de Oudh entre los adversarios más despreciables que puedan encontrarse es el modo en que Havelock se abrió paso por la parte más densa de la ciudad pese a las barricadas, las casas aspilleradas y cosas parecidas. Sus pérdidas, desde luego, fueron grandes; ¡pero compárese ese combate aun con el peor librado de los combates callejeros de 1848! Ni un solo hombre de su débil columna habría logrado pasar si se hubiera combatido de verdad. Las casas no pudieron estar defendidas en absoluto; habrían hecho falta semanas para tomar las suficientes para asegurarse un paso libre. En cuanto al juicio que mostró Havelock al coger así el toro por los cuernos, no podemos formarnos una opinión; se dice que se vio obligado a ello por el gran aprieto en que se encontraba la Residencia, y se mencionan otros motivos; pero no se sabe nada auténtico.
Cuando llegó sir Colin Campbell, tenía unos 2.000 infantes europeos y 1.000 sijs; 350 jinetes europeos y 600 sijs; 18 cañones de artillería a caballo, 4 cañones de sitio y 300 marineros con sus pesados cañones de barco; en total, 5.000 hombres, de ellos 3.000 europeos. Esta fuerza tenía más o menos los efectivos de una media muy aceptable de la mayoría de los ejércitos angloindios que han realizado grandes hazañas; de hecho, el cuerpo de campaña con el que sir Charles Napier3 conquistó el Sind apenas era la mitad de grande, y a menudo menos. Por otra parte, la fuerte proporción del elemento europeo y la circunstancia de que toda su parte nativa la formaba el pueblo más combativo de la India, los sijs, le daban un carácter de fuerza y cohesión intrínsecas muy superior al de la generalidad de los ejércitos angloindios. Sus adversarios, como hemos visto, eran despreciables, en su mayor parte una tosca milicia en vez de soldados instruidos. Cierto que los de Oudh pasan por la raza más belicosa del Indostán inferior, pero solo en comparación con los cobardes bengalíes, cuya moral está completamente quebrantada por el clima más enervante del mundo y por siglos de opresión. El modo en que se sometieron a la anexión «filibustera» de su país a los dominios de la Compañía4 y toda su conducta durante la insurrección los ponen, desde luego, por debajo del nivel de los cipayos en lo que toca al valor y la inteligencia. Se nos dice, ciertamente, que la cantidad suplía a la calidad. Algunos corresponsales dicen que había hasta 100.000 en la ciudad. Sin duda superaban a los británicos en la proporción de cuatro o seis a uno, quizá más; pero con enemigos así eso importa poco. Una posición solo puede defenderla un número determinado de hombres, y si estos están decididos a huir, poco importa que haya a media milla cuatro o cinco veces más héroes de la misma especie. No hay duda de que se han visto muchos ejemplos de valentía individual, incluso entre estos de Oudh. Algunos de ellos quizá lucharon como leones; pero ¿de qué servían en un lugar que eran demasiado débiles para defender una vez que la simple chusma de la guarnición había huido? Parece que nunca hubo entre ellos el menor intento de poner el conjunto bajo un mando único; sus jefes locales no tenían autoridad más que sobre sus propios hombres y no querían someterse a nadie más.
Sir Colin Campbell avanzó primero sobre Alambagh; luego, en vez de abrirse paso a través de la ciudad como había hecho Havelock, aprovechó la experiencia adquirida por ese general y se dirigió hacia Dilkusha y La Martinière. El 13 de noviembre se limpió de tiradores enemigos el terreno situado delante de esos recintos. El 15 empezó el ataque. Tan descuidado había sido el enemigo que ni siquiera entonces estaban terminados los preparativos para atrincherar Dilkusha; se tomó en el acto y sin mucha resistencia, y lo mismo La Martinière. Estas dos posiciones aseguraron a los ingleses la línea del canal. El enemigo avanzó una vez más a través de ese obstáculo para recuperar los dos puestos perdidos por la mañana, pero pronto fue derrotado con grandes pérdidas. El 16 los británicos cruzaron el canal y atacaron el palacio de Sikandar Bagh. Las trincheras estaban aquí algo más en orden, y por eso el general Campbell atacó sensatamente el lugar con artillería. Una vez destruidas las defensas, la infantería cargó y lo tomó. A continuación se cañoneó durante tres horas el Samuck,5 otra posición fortificada, y luego se tomó, «tras uno de los combates más encarnizados que se hayan visto», dice sir Colin Campbell; y, añade un sabio corresponsal desde el teatro de la guerra, «pocos hombres han visto más combates duros que él». Nos gustaría saber dónde los vio. Desde luego, no en Crimea, donde, después de la batalla del Alma, llevó una vida muy tranquila en Balaklava, pues solo uno de sus regimientos entró en combate en la batalla de Balaklava y ninguno en la de Inkerman.
El 17 se apuntó la artillería contra los cuarteles y el Mess-house, que formaban la siguiente posición hacia la Residencia. Este cañoneo duró hasta las 3, después de lo cual la infantería tomó el lugar al asalto. Se persiguió con vigor al enemigo en fuga. Quedaba una posición más entre el ejército que avanzaba y la Residencia: el Moti Mahal. Antes del anochecer también se tomó, y quedó plenamente establecida la comunicación con la guarnición.
Hay que alabar a Campbell por el juicio con que tomó la ruta más fácil y con que empleó su artillería pesada para reducir las posiciones atrincheradas antes de lanzar sus columnas. Pero los británicos combatieron con todas las ventajas de unos soldados expertos que obedecen a un solo jefe frente a unos semisalvajes a los que no mandaba nadie; y, como vemos, aprovecharon plenamente esas ventajas. No expusieron a sus hombres más de lo absolutamente necesario. Emplearon la artillería mientras hubo algo que derribar. Sin duda combatieron con valor; pero el mérito que les corresponde es el de la prudencia. La mejor prueba de ello está en el número de muertos y heridos. En lo que toca a la tropa, todavía no se ha publicado; pero hubo cinco oficiales muertos y treinta y dos heridos. El ejército, con 5.000 hombres, debía de tener al menos de 250 a 300 oficiales. Los oficiales ingleses no son, desde luego, nunca avaros de su vida. Dar a sus hombres ejemplo de valentía es, en demasiados casos, la única parte de su deber que conocen. Y cuando en tres días seguidos de combate, en circunstancias y en posiciones que, como se sabe, cuestan más vidas que ninguna otra para conquistarlas, las pérdidas no pasan de uno de cada ocho o nueve, no puede hablarse de combates duros. Por tomar un ejemplo solo de la historia británica, ¿qué son todos estos combates de la India juntos frente a la sola defensa de Hougoumont y La Haye Sainte en Waterloo? ¿Qué dirían estos escritores que ahora convierten cada pequeña escaramuza en una batalla campal de combates como Borodinó, donde un ejército perdió la mitad y el otro un tercio de sus combatientes?
Colin Campbell (1792-1863), general británico, veterano de Crimea, comandante en jefe en la India desde agosto de 1857. ↩
El antiguo comedor de oficiales, edificio fortificado. ↩
Charles James Napier (1782-1853), general británico, conquistó el Sind en 1843. ↩
Oudh fue anexionado por la Compañía de las Indias Orientales en febrero de 1856, con el pretexto del mal gobierno de su rey. ↩
Así en el texto. Según el parte de Campbell (véase «El socorro de Lucknow»), la posición tomada después del Sikandar Bagh fue el Shah Najaf, un mausoleo amurallado. ↩