Escrito en inglés por Karl Marx el 5 de febrero de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5254, del 22 de febrero de 1858, como editorial. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Revolution’s Newsstand en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 388-393), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana de la MEW. La división en párrafos sigue la transcripción y difiere en algunos lugares de la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Quos deus vult perdere prius dementat:1 tal parece el juicio que se pronuncia de modo bastante general en Europa sobre el usurpador francés, al que hace solo unas semanas los innumerables aduladores del éxito de todos los países y de todas las lenguas coincidían en ensalzar como una especie de providencia sublunar. Ahora, de repente, al primer asomo de peligro real, se supone que el semidiós se ha vuelto loco. Pero a quienes no se dejan llevar por las primeras impresiones nada les parecerá más evidente que el héroe de Boulogne2 es hoy lo que era ayer: simplemente un jugador. Si apuesta su última carta y se lo juega todo, no es que el hombre haya cambiado, sino las probabilidades del juego. Ya antes había habido atentados contra la vida de Bonaparte sin que produjeran ningún efecto visible en la economía del Imperio. ¿Por qué el fulminante que estalló el 14 de enero no solo mató personas, sino un estado de cosas? Con las granadas de mano de la rue Lepelletier3 ha pasado lo mismo que con los cartuchos engrasados repartidos en Barrackpore.4 No han metamorfoseado un imperio, sino que solo han rasgado el velo que ocultaba una metamorfosis ya consumada. El secreto de la elevación de Bonaparte ha de buscarse, por una parte, en el agotamiento mutuo de los partidos antagónicos y, por otra, en la coincidencia de su golpe de Estado con la entrada del mundo comercial en un periodo de prosperidad. Por eso la crisis comercial ha minado necesariamente la base material del Imperio, que nunca tuvo otra base moral que la desmoralización pasajera de todas las clases y de todos los partidos. Las clases trabajadoras volvieron a adoptar su actitud hostil hacia el gobierno existente en el mismo momento en que se quedaron sin trabajo. Una gran parte de las clases medias comerciales e industriales quedó colocada por la crisis exactamente en la misma situación que empujó a Napoleón a apresurar su golpe de Estado, pues es bien sabido que el miedo a la cárcel de deudores de Clichy puso fin a sus vacilaciones. El mismo motivo empujó a toda prisa al burgués de París a las barricadas en 1848, y le haría considerar ahora una convulsión política como un regalo del cielo. Ahora se sabe perfectamente que, en el punto álgido del pánico, el Banco de Francia, por orden del gobierno, prorrogó todas las letras vencidas, facilidad que, dicho sea de paso, se vio obligado a conceder de nuevo el 31 de enero; pero esa suspensión de la liquidación de las deudas, en vez de restablecer la actividad comercial, no ha hecho más que dar al pánico un carácter crónico. Otra parte muy grande de las clases medias de París, y además muy influyente, los petits rentiers, o pequeños rentistas, se ha arruinado en masa a consecuencia de las enormes oscilaciones de la Bolsa, que la dinastía imperial y sus aventureros secuaces fomentaron y que contribuyeron a enriquecerlos. Por lo menos aquella parte de las clases altas francesas que pretende representar lo que se llama la civilización francesa nunca aceptó el Imperio sino como un recurso provisional obligado, nunca ocultó su profunda hostilidad al «sobrino de su tío», y últimamente ha aprovechado cualquier pretexto para mostrar su enojo ante el intento de convertir en institución duradera lo que ella consideraba un mero expediente. Tal era el estado general de los ánimos al que el atentado de la rue Lepelletier dio ocasión de manifestarse. Esa manifestación, por otra parte, ha hecho que el seudo-Bonaparte se diera cuenta de la tormenta que se avecinaba y le ha obligado a jugar su última carta. Mucho se ha hablado en el Moniteur de los gritos y aclamaciones y del «entusiasmo público» que se prodigó a la comitiva imperial a su salida de la Ópera. Lo que vale ese entusiasmo callejero lo muestra la siguiente anécdota, que procede de uno de los principales actores de la escena y cuya autenticidad garantiza un periódico inglés muy respetable:
«La noche del 14, una persona de alto rango en la casa imperial, pero que esa noche no estaba de servicio, cruzaba los bulevares cuando oyó las explosiones y vio a gente que corría hacia la Ópera. Corrió también hacia allí y presenció toda la escena. Le reconocieron enseguida, y una de las personas más directamente afectadas por todo lo ocurrido le dijo: “¡Oh, señor ***, por el amor de Dios, busque a alguien de las Tullerías y mande a por coches de refresco! Si no encuentra a nadie, vaya usted mismo”. La persona así interpelada se puso en el acto a buscar a algunos de los criados de la casa, lo cual no era tarea fácil, pues todos, de arriba abajo, de los chambelanes a los lacayos, con una o dos admirables excepciones, habían puesto pies en polvorosa con increíble presteza. Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora echó mano a un mensajero y lo envió a toda prisa al palacio con las órdenes necesarias. Habían pasado unos veinticinco minutos o media hora cuando volvió a la rue Lepelletier y se abrió paso de nuevo, con gran dificultad a causa de la multitud, hasta el peristilo del teatro. Los heridos seguían tendidos por todas partes, y al parecer el desorden reinaba en todas partes. A poca distancia, el caballero en cuestión divisó al señor Pietri, el prefecto de policía,5 y lo llamó para atraer su atención e impedir que se marchara antes de que pudiera reunirse con él. Cuando lo hizo, exclamó en el acto: “Le ruego encarecidamente que mande despejar la calle sin pérdida de tiempo. Los coches de refresco llegarán pronto y no podrán acercarse a la puerta. Además, mire qué confusión se sigue. Se lo suplico, haga despejar las calles”. El señor Pietri lo miró con sorpresa. “¡Despejar la calle! —repitió—. Pero si la calle está despejada; se despejó en cinco minutos”. Su interlocutor se le quedó mirando. “Pero entonces, ¿qué es toda esa multitud? ¿Qué es esa masa compacta de hombres entre los que uno no puede abrirse paso a codazos?”. “Son todos mis hombres —fue la respuesta del señor Pietri—. No hay en este momento un solo extraño en este tramo de la rue Lepelletier; todos los que ve usted son míos”».
Si tal era el secreto del entusiasmo callejero del que alardeaba el Moniteur, sus gacetillas sobre las «iluminaciones espontáneas de los bulevares después del atentado» no podían, desde luego, engañar a los parisienses que habían visto esa iluminación, limitada a las tiendas de los proveedores del emperador y de la emperatriz. Incluso esos individuos no se recataban de decir que media hora después de la explosión de la «máquina infernal» habían recibido la visita de agentes de policía, que les sugirieron la conveniencia de iluminar en el acto para demostrar lo encantados que estaban de que el emperador hubiera salido indemne. Más todavía, el carácter de los mensajes de felicitación y de las protestas públicas de adhesión al emperador da fe de su completo aislamiento. No hay un solo firmante que no pertenezca, de un modo u otro, a la Administración, ese parásito omnipresente que se alimenta de las entrañas de Francia y al que mueve como a un muñeco el dedo del ministro del Interior. El Moniteur se vio obligado a registrar día tras día esas monótonas felicitaciones, dirigidas por el emperador al emperador, como otras tantas pruebas del amor sin límites del pueblo por el golpe de Estado. Se hicieron, en efecto, algunos esfuerzos por obtener un mensaje de la población de París, y con ese fin los agentes de la policía pasearon un mensaje de un lado a otro; pero como se vio que la masa de firmas no iba a ser lo bastante imponente, se abandonó el plan. Incluso los tenderos de París se atrevieron a negarse a firmar el mensaje con el pretexto de que la policía no era la fuente adecuada de la que debía emanar. La actitud de la prensa de París, en la medida en que depende del público y no del erario público, respondió por completo a la actitud del pueblo. O bien, como el desdichado Spectateur, murmuró unas palabras medio ahogadas sobre los derechos hereditarios; o bien, como el Phare de la Loire, citó periódicos semioficiales como fuente del entusiasmo del que se informaba; o bien, como el Journal des Débats, mantuvo sus felicitaciones en los rígidos límites de la cortesía convencional; o bien se limitó a reproducir los artículos del Moniteur. En una palabra, se hizo evidente que, si Francia no estaba todavía preparada para tomar las armas contra el Imperio, estaba desde luego resuelta a librarse de él en la primera ocasión.
«Según mis informantes —escribe el corresponsal en Viena del Times de Londres—, recién llegados de París, la opinión general en esa ciudad es que la dinastía actual se tambalea hacia su caída».
El propio Bonaparte, hasta entonces el único hombre de Francia que creía en la victoria definitiva del golpe de Estado, se dio cuenta de inmediato de la vaciedad de sus ilusiones. Mientras todas las corporaciones públicas y la prensa juraban que el crimen de la rue Lepelletier, perpetrado como lo fue únicamente por italianos, no servía sino para poner de relieve el amor de Francia por Luis Napoleón, Luis Napoleón en persona se apresuró a acudir al Cuerpo Legislativo para declarar allí públicamente que la conspiración era nacional y que, por consiguiente, Francia necesitaba nuevas «leyes represivas» para tenerla sometida. Esas leyes ya propuestas, a cuya cabeza figuran las lois des suspects,6 no son más que la repetición de las mismas medidas empleadas en los primeros días del golpe de Estado. Entonces, sin embargo, se anunciaron como recursos temporales, mientras que ahora se proclaman leyes orgánicas. Así lo declara el propio Luis Napoleón: el Imperio solo puede perpetuarse con las mismas infamias que lo produjeron; ha de renunciar a todas sus pretensiones a las formas más o menos respetables de un gobierno regular, y ha pasado definitivamente el tiempo en que la nación se resignaba de mala gana al dominio de la Sociedad del usurpador perjuro.
Poco antes de ejecutar el golpe de Estado, Luis Napoleón se las arregló para reunir de todos los departamentos, y sobre todo de los distritos rurales, mensajes dirigidos contra la Asamblea Nacional que expresaban una confianza ilimitada en el presidente. Agotada ahora esa fuente, no quedaba más que apelar al ejército. Los mensajes militares, en uno de los cuales los zuavos «casi lamentan no haber tenido ocasión de manifestar de un modo contundente su adhesión al emperador», son simplemente la proclamación descarada del dominio pretoriano en Francia. La división de Francia en cinco grandes bajalatos militares, con cinco mariscales a su cabeza, bajo el control supremo de Pélissier como mariscal general, es una simple consecuencia de esa premisa.7 Por otra parte, la instalación de un Consejo Privado, que al mismo tiempo ha de actuar como Consejo durante la eventual regencia de una Montijo,8 compuesto de tipos tan grotescos como Fould, Morny, Persigny, Baroche y otros por el estilo,9 muestra a la vez a Francia qué clase de régimen le tienen reservado los estadistas recién instalados. La instalación de este Consejo, junto con la reconciliación familiar que anunció al mundo atónito la carta de Luis Napoleón en el Moniteur, en virtud de la cual Jerónimo, el exrey de Westfalia,10 es nombrado presidente de los consejos de Estado en ausencia del emperador, todo esto, como se ha observado con razón, «parece el peregrino que se dispone a emprender un viaje peligroso». ¿En qué nueva aventura va a embarcarse entonces el héroe de Estrasburgo?11 Unos dicen que piensa desahogarse con una campaña en África; otros, que proyecta una invasión de Inglaterra. En cuanto al primer plan, recuerda su antigua idea de ir a Sebastopol;12 pero ahora, como entonces, la prudencia podría resultar la mejor parte de su valor. En cuanto a cualquier hostilidad contra Inglaterra, no haría más que revelar a Bonaparte su aislamiento en Europa, como el atentado de la rue Lepelletier reveló su aislamiento en Francia. Ya las amenazas lanzadas contra Inglaterra en los mensajes de la soldadesca han apagado definitivamente la alianza anglofrancesa, que agonizaba in articulo mortis desde hacía mucho. La Alien Bill de Palmerston13 no hará más que exasperar el orgullo ya herido de John Bull. Dé Bonaparte el paso que dé —y tiene que intentar restablecer su prestigio de un modo u otro—, no hará más que precipitar su ruina. Se acerca al final de su extraña, malvada y perniciosa carrera.
«A quien Dios quiere perder, primero lo enloquece». ↩
En agosto de 1840 Luis Napoleón desembarcó en Boulogne con un puñado de partidarios para sublevar a la guarnición; fracasó y fue condenado a prisión perpetua en el fuerte de Ham. ↩
El 14 de enero de 1858 Felice Orsini y sus compañeros arrojaron tres bombas contra el coche de Napoleón III ante la Ópera, en la rue Le Peletier; el emperador salió ileso, pero hubo ocho muertos y numerosos heridos. ↩
El reparto de cartuchos engrasados, que los soldados indios debían morder y que se decía untados con grasa de vaca y de cerdo, provocó los primeros motines de cipayos en Barrackpore, cerca de Calcuta, a comienzos de 1857. ↩
Pierre-Marie Pietri (1809-1864), prefecto de policía de París de 1852 a 1858. ↩
«Leyes de sospechosos», nombre que se dio a la ley de seguridad general de febrero de 1858, por analogía con la ley de sospechosos de 1793; permitía deportar sin juicio a antiguos condenados o proscritos políticos. ↩
En enero de 1858 Francia se dividió en cinco grandes mandos militares, con sede en París, Nancy, Lyon, Tours y Toulouse. ↩
La emperatriz Eugenia de Montijo (1826-1920), esposa de Napoleón III. ↩
Achille Fould (1800-1867), ministro de Estado; Charles de Morny (1811-1865), hermanastro del emperador, presidente del Cuerpo Legislativo; Victor de Persigny (1808-1872), ministro y embajador en Londres; Pierre Jules Baroche (1802-1870), presidente del Consejo de Estado. ↩
Jérôme Bonaparte (1784-1860), hermano menor de Napoleón I, rey de Westfalia de 1807 a 1813. ↩
En octubre de 1836 Luis Napoleón intentó sublevar a la guarnición de Estrasburgo; fracasó y fue deportado a América. ↩
En 1855 Napoleón III anunció que iría en persona a Crimea a dirigir la guerra, proyecto que abandonó. ↩
El proyecto de ley sobre la conspiración para el asesinato (Conspiracy to Murder Bill), que Palmerston presentó en febrero de 1858 a instancias del gobierno francés; su derrota en los Comunes, el 19 de febrero, derribó al gobierno. ↩