Escrito en inglés por Karl Marx el 30 de julio de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5407, del 20 de agosto de 1858. Traducido del original inglés según la transcripción de Tony Brown en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 533-538), por la Escuela de marxismo, 2026. La MEW lo titula «El número creciente de enfermos mentales en Inglaterra». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
No hay quizá en la sociedad británica un hecho mejor establecido que el del crecimiento paralelo de la riqueza moderna y del pauperismo. Curiosamente, la misma ley parece valer para la locura. El aumento de la locura en Gran Bretaña ha ido a la par del aumento de las exportaciones y ha superado el aumento de la población. Su rápido progreso en Inglaterra y Gales durante el periodo de 1852 a 1857, periodo de una prosperidad comercial sin precedentes, se hará evidente con la siguiente comparación en forma de tabla de los estados anuales de pobres socorridos, locos e idiotas de los años 1852, 1854 y 1857:
| Fecha | Población | Enfermos en asilos de condado o de municipio | En casas autorizadas | En casas de trabajo | Con sus allegados o en otros lugares | Total de locos e idiotas | Proporción respecto a la población |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 de enero de 1852 | 17.927.609 | 9.412 | 2.584 | 5.055 | 4.107 | 21.158 | 1 de cada 847 |
| 1 de enero de 1854 | 18.649.849 | 11.956 | 1.878 | 5.713 | 4.940 | 24.487 | 1 de cada 762 |
| 1 de enero de 1857 | 19.408.464 | 13.488 | 1.908 | 6.800 | 5.497 | 27.693 | 1 de cada 701 |
La proporción de los casos agudos y curables respecto a los crónicos y al parecer incurables se estimaba, el último día de 1856, en algo menos de 1 por cada 5, según el siguiente resumen de los estados oficiales:
| Enfermos de todas las clases en los asilos | Considerados curables | |
|---|---|---|
| En asilos de condado y de municipio | 14.393 | 2.070 |
| En hospitales | 1.742 | 340 |
| En casas autorizadas de la metrópoli | 2.578 | 390 |
| En casas autorizadas de provincias | 2.598 | 527 |
| Total | 21.311 | 3.327 |
| Considerados curables | 3.327 | |
| Considerados incurables | 17.984 |
Existen en Inglaterra y Gales, para alojar a los locos e idiotas de todo tipo y de todas las clases, 37 asilos públicos, de los cuales 33 son asilos de condado y 4 de municipio; 15 hospitales; 116 casas privadas autorizadas, de las cuales 37 están en la metrópoli y 79 en provincias, y por último las casas de trabajo.1 Los asilos públicos, o manicomios propiamente dichos, estaban destinados por ley exclusivamente a recibir a los locos pobres, para servir de hospitales para el tratamiento médico y no de lugares seguros para la mera custodia de los dementes. En conjunto, al menos en los condados, pueden considerarse establecimientos bien regulados, aunque de construcción demasiado extensa para vigilarlos como es debido, abarrotados, sin la cuidadosa separación de las distintas clases de enfermos y, aun así, solo dan cabida a poco más de la mitad de los locos pobres. Al fin y al cabo, el espacio que ofrecen estos 37 establecimientos repartidos por todo el país basta para albergar a algo más de 15.690 internos. La presión de la población demente sobre estos costosos asilos puede ilustrarse con un caso. Cuando se construyó Hanwell (en Middlesex) en 1831 para 500 enfermos, se suponía que era lo bastante grande para cubrir todas las necesidades del condado. Pero dos años después estaba lleno; al cabo de otros dos años hubo que ampliarlo para 300 más; y hoy (después de haberse construido entretanto Colney Hatch para recibir a 1.200 locos pobres del mismo condado) Hanwell contiene más de 1.000 enfermos. Colney Hatch se abrió en 1851; en un plazo de menos de cinco años fue necesario pedir a los contribuyentes de la tasa de pobres más plazas; y los últimos estados muestran que a finales de 1856 había más de 1.100 locos pobres del condado para los que no había sitio en ninguno de sus asilos. Mientras que los asilos existentes son demasiado grandes para dirigirlos como es debido, su número es demasiado pequeño para hacer frente a la rápida propagación de los trastornos mentales. Ante todo, los asilos deberían separarse en dos categorías distintas: asilos para los incurables y hospitales para los curables. Al amontonar a ambas clases, ninguna recibe el tratamiento y la cura que le corresponden.
Las casas privadas autorizadas están reservadas, en conjunto, a la parte más acomodada de los dementes. Contra esos «acogedores retiros», como gustan de llamarse, se ha levantado últimamente la indignación pública a causa del secuestro de lady Bulwer en Wyke House2 y de los atroces ultrajes cometidos con la señora Turner en Acomb House, en York. Como es inminente una investigación parlamentaria sobre los secretos del comercio británico de la locura, podremos volver más adelante sobre esa parte del asunto. Por ahora llamemos la atención solo sobre el trato que reciben los 2.000 locos pobres que las juntas de guardianes3 y otras autoridades locales arriendan por contrata a los directores de casas privadas autorizadas. La retribución semanal por cabeza para manutención, tratamiento y vestido que se asigna a esos contratistas privados varía de cinco a doce chelines, pero la asignación media puede estimarse entre 5 chelines y 8 chelines y 4 peniques. Todo el afán de los contratistas se cifra, naturalmente, en el único punto de sacar grandes beneficios de estos pequeños ingresos y, por consiguiente, de mantener al enfermo con el menor gasto posible. En su último informe, los comisionados para la locura4 declaran que, aun allí donde los medios de alojamiento de estas casas autorizadas son amplios y holgados, el alojamiento que de hecho se da es una pura farsa y el trato de los internos una vergüenza.
Es verdad que el lord canciller tiene la facultad de revocar una licencia o impedir su renovación, a propuesta de los comisionados para la locura; pero en muchos casos, cuando no existe un asilo público en las cercanías o el asilo existente ya está abarrotado, a los comisionados no les quedaba otra alternativa que dejar que la licencia siguiera vigente o arrojar a grandes masas de locos pobres a sus respectivas casas de trabajo. Con todo, los mismos comisionados añaden que, por grandes que sean los males de las casas autorizadas, no son tan grandes como el peligro y el mal, juntos, de dejar a esos pobres casi desatendidos en las casas de trabajo. En estas se encuentran recluidos actualmente unos 7.000 locos. Al principio, los pabellones de locos de las casas de trabajo se limitaban a recibir a aquellos locos pobres que necesitaban poco más que un alojamiento corriente y podían convivir con los demás internos. Entre la dificultad de conseguir el ingreso de sus locos pobres en asilos debidamente regulados y los motivos de tacañería, las juntas parroquiales van transformando cada vez más las casas de trabajo en manicomios, pero en manicomios carentes de la asistencia, el tratamiento y la vigilancia que constituyen la principal garantía de los enfermos recluidos en asilos regularmente constituidos. Muchas de las casas de trabajo más grandes tienen pabellones de locos con 40 a 120 internos. Los pabellones son sombríos y carecen de todo medio de ocupación, ejercicio o distracción. Los guardianes son en su mayoría internos pobres totalmente ineptos para la tarea que se les impone. La alimentación, esencial más que ninguna otra cosa para los desdichados que sufren una enfermedad mental, rara vez excede en ningún caso de la que se da a los internos sanos y aptos para el trabajo. De ahí resulta naturalmente que la reclusión en las casas de trabajo no solo agrava los casos de imbecilidad inofensiva para los que estaba pensada al principio, sino que tiende a volver crónicos y permanentes casos que habrían cedido a una atención temprana. El principio decisivo para las juntas de guardianes es la economía.
Según la ley, el loco pobre debería quedar primero al cuidado del cirujano parroquial del distrito, que está obligado a dar aviso a los funcionarios de socorro, quienes a su vez deben comunicarlo al magistrado, por cuya orden ha de ser conducido al asilo. En la práctica, estas disposiciones se desatienden por completo. Los locos pobres son llevados a toda prisa, en primer lugar, a las casas de trabajo, para quedar allí recluidos de forma permanente si se ve que son manejables. La recomendación de los comisionados para la locura, en sus visitas a las casas de trabajo, de trasladar a los asilos a todos los internos que se consideren curables o que estén expuestos a un trato inadecuado a su estado, pesa por lo general menos que el informe del médico de la unión5 en el sentido de que el enfermo es «inofensivo». Qué es el alojamiento de las casas de trabajo puede entenderse por los siguientes ejemplos, que el último informe sobre la locura describe como «fiel muestra de las características generales del alojamiento en las casas de trabajo».
En el asilo de la enfermería de Norwich, hasta las camas de los enfermos y débiles eran de paja. Los suelos de trece cuartos pequeños eran de piedra. No había retretes. Se había suprimido la guardia nocturna en el lado de los hombres. Había una gran escasez de mantas, de toallas, de franelas, de chalecos, de palanganas, de sillas, de platos, de cucharas y de medios para comer. La ventilación era mala. Citamos:
«Tampoco cabía fiarse de lo que, por la apariencia exterior, podría haberse tomado por una mejora. Se descubrió, por ejemplo, que respecto a un número considerable de camas ocupadas por enfermos sucios existe la práctica de retirarlas por la mañana y sustituirlas, solo para la exhibición durante el día, por camas limpias de mejor aspecto, mediante sábanas y mantas colocadas sobre los armazones, que se retiraban regularmente por la noche para volver a poner las camas inferiores.»
Tómese como otro ejemplo la casa de trabajo de Blackburn:
«Las salas de día de la planta baja, ocupadas por los hombres, son pequeñas, bajas, sombrías y sucias, y el espacio que alberga a 11 enfermos está muy ocupado por varios sillones pesados, en los que se sujeta a los enfermos con correas, y por un gran guardafuegos saliente. Las de las mujeres, en el piso de arriba, están también muy abarrotadas, y en una, que se usa también como dormitorio, una gran parte está tabicada con tablas para servir de letrina; y las camas están colocadas muy juntas, sin espacio alguno entre ellas. Un dormitorio con 16 enfermos varones estaba cargado y maloliente. La sala tiene 29 pies de largo, 17 pies y 10 pulgadas de ancho y 7 pies y 5 pulgadas de alto, lo que da 2,39 pies cúbicos6 por enfermo. Las camas son todas de paja, y no hay otra clase para los enfermos o los postrados en cama. Los jergones estaban en general muy sucios y marcados por los listones de hierro oxidado de los armazones. El cuidado de las camas parece dejarse principalmente a los enfermos. Gran número de los enfermos tienen hábitos sucios, lo que ha de atribuirse sobre todo a la falta de cuidado y atención adecuados. Se proporcionan muy pocos orinales, y se dice que en el centro del dormitorio grande se coloca una tina para uso de los enfermos varones. Los patios de grava en que pasean los enfermos son dos para cada sexo, rodeados de altos muros y sin asientos. El mayor mide 74 pies de largo por 30 pies y 7 pulgadas de ancho, y el menor 32 pies por 17 pies y 6 pulgadas. Una celda en uno de los patios se usa de vez en cuando para aislar a los enfermos agitados. Está construida enteramente de piedra y tiene una pequeña abertura cuadrada para dejar pasar la luz, con barrotes de hierro empotrados para impedir la fuga del enfermo, pero sin postigo ni ventana. Había en el suelo un gran jergón de paja, y un pesado sillón en un rincón de la estancia. El control completo del departamento está en manos de un guardián y de la enfermera: el director rara vez se mete con ellos, ni inspecciona esto con tanto detenimiento como las demás partes de la casa de trabajo.»
Sería demasiado repugnante dar siquiera extractos del informe de los comisionados sobre la casa de trabajo de St. Pancras, en Londres, una especie de pandemónium de baja estofa. En general, hay pocos establos ingleses que, al lado de los pabellones de locos de las casas de trabajo, no parecieran tocadores, y donde el trato que reciben los cuadrúpedos no pudiera llamarse sentimental comparado con el de los pobres dementes.
Las workhouses, establecimientos en que la ley de pobres de 1834 obligaba a internarse, bajo un régimen de trabajo y disciplina, a los pobres que pedían socorro. ↩
Rosina Bulwer-Lytton (1802-1882), novelista, internada en junio de 1858 por orden de su marido, el ministro Edward Bulwer-Lytton, en el establecimiento privado para locos de Wyke House, en Brentford. Marx trató el caso en su crónica del 23 de julio de 1858. ↩
Las juntas de guardianes de pobres (Boards of Guardians), elegidas por los contribuyentes de cada unión de parroquias, que administraban la ley de pobres y las casas de trabajo. ↩
Los comisionados para la locura (Commissioners in Lunacy), autoridad creada en 1845 para inspeccionar los manicomios de Inglaterra y Gales. ↩
Las uniones de parroquias (Poor Law Unions) formadas por la ley de pobres de 1834 para administrar en común el socorro y las casas de trabajo. ↩
Así en el texto inglés y en la MEW; las medidas dan unos 239 pies cúbicos. ↩