Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 21 de septiembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5453, del 13 de octubre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 579-583), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 21 de septiembre de 1858

Después de que el genovés Dio e Popolo, el último periódico republicano que se publicaba en suelo italiano, sucumbiera por fin a la persecución incesante del gobierno sardo, Mazzini,1 a quien nada desanima, saca en Londres un periódico italiano titulado Pensiero ed Azione,2 que ha de aparecer dos veces al mes.

Del último número de ese órgano traducimos el nuevo manifiesto de Mazzini. Lo consideramos un documento histórico que permite al lector juzgar por sí mismo la vitalidad y las perspectivas de la parte de la emigración revolucionaria que se ha agrupado bajo la bandera de los triunviros romanos.3 En lugar de investigar a fondo las grandes causas sociales del fracaso de la revolución de 1848-1849 y de esforzarse por analizar las condiciones reales que han madurado sin llamar la atención en los últimos diez años y que, en su conjunto, han preparado el terreno para un movimiento nuevo y más poderoso, Mazzini recae, a nuestro parecer, en sus viejas manías y se plantea un problema imaginario, que naturalmente solo puede llevar a una solución ilusoria. Para él la cuestión que lo abarca todo sigue siendo por qué los emigrados, en su conjunto, han fracasado en sus intentos de renovar el mundo; todavía se ocupa en ofrecer remedios secretos para curar su parálisis política. Dice:

«En 1852, en un memorándum dirigido a la democracia europea, declaré: ¿cuál debería ser hoy la consigna, el grito de reunión del partido? La respuesta es muy sencilla. Está contenida en una sola palabra, acción, pero acción unida, europea, incesante, consecuente, audaz. Solo podéis alcanzar la libertad si os eleváis hasta la conciencia de la libertad, y esa conciencia solo podéis conquistarla mediante la acción. Vuestro destino está en vuestras propias manos. El mundo os espera. La iniciativa está allí donde un pueblo se dispone a alzarse, donde está dispuesto a luchar y, si es preciso, también a morir por la salvación de todos, y escribe en sus banderas los signos: Dios, Pueblo, Justicia, Verdad, Virtud. Alzaos por todos, y todos os seguirán. Es necesario que todo el partido se depure. Busque cada cual con afán la solución allí donde crea haber captado un rayo de esperanza. Pero que no defienda solo su propia causa, que no abandone el gran ejército del porvenir… No somos la democracia, solo somos su vanguardia. No tenemos más que abrirle el camino. Todo lo que necesitamos es unidad de plan, comunidad de esfuerzos… Desde aquel llamamiento han transcurrido seis años, y la cuestión sigue siendo la misma. Las fuerzas del partido han crecido en número, pero la unidad del partido aún no se ha logrado. Algunos pequeños grupos organizados prueban, con su vitalidad inagotable y con el terror que infunden en el corazón del enemigo, el poder de la unidad; pero la gran masa del partido sigue desorganizada, aislada y, por consiguiente, inactiva e impotente. Pequeños grupos de hombres entregados a la causa, que no pueden soportar la vergonzosa inactividad, combaten aquí y allá como tiradores sueltos (tirailleurs) en todos los sectores del frente, cada uno por su cuenta, por su propia patria, sin comprender el objetivo común; demasiado débiles para vencer en un punto dado, protestan y van a la muerte. La masa del ejército no puede acudir en su ayuda: no tiene plan, ni medios, ni jefes… Hubo un momento en que la alianza de los gobiernos se había deshecho. La guerra de Crimea ofrecía a los pueblos oprimidos una ocasión favorable que hubieran debido aprovechar con la rapidez del rayo; pero como les faltaba organización, dejaron pasar esa posibilidad. Hemos visto a verdaderos revolucionarios ligar la liberación de sus países a los planes temerarios de un hombre cuya intervención en los asuntos nacionales y cuyo llamamiento a la insurrección significaban la ruina segura.4 Hemos visto a polacos que, olvidando a Sobieski5 y la misión histórica que su nación ha cumplido en la Europa cristiana, se pusieron al servicio de Turquía e hicieron allí el papel de cosacos.6 Hubo pueblos, como los rumanos, que se imaginaron que podrían conquistar su unidad con ayuda de la diplomacia, como si alguna vez en la historia universal una nación hubiera surgido de otro modo que por la lucha de sus hijos. Otros, como los italianos, estaban resueltos a esperar a que Austria entrase en la lucha, como si Austria fuera a adoptar otra posición que la de la neutralidad armada. Solo Grecia se lanzó a la lucha;7 pero no comprendió que, mientras exista una alianza de los gobiernos, no es posible ningún movimiento nacional griego, a menos que se produzca una revolución que disgregue esas fuerzas y se llegue a una alianza del elemento helénico con el eslavo-rumano para legitimar el levantamiento. La falta de organización y de plan que lamento nunca se había hecho más patente. De ahí el desaliento mortal que a veces se apodera de nuestras filas… ¿Qué puede hacer un individuo, solo, aislado, casi o del todo sin medios, para resolver un problema que concierne a toda Europa? Solo la asociación puede vencerlo… En 1848 nos alzamos en diez lugares en nombre de todo lo que es grande y santo. Libertad, solidaridad, pueblo, asociación, patria, Europa, todo era nuestro. Más tarde, engañados, hechizados —no sé por qué ilusión miserable y culpable—, consentimos que los movimientos adquiriesen un carácter local… Nosotros, que habíamos derribado a Luis Felipe, repetimos la frase infame que resume su régimen: Chacun pour soi, chacun chez soi.8 Así fue como caímos. ¿No hemos aprendido nada de esta amarga experiencia? ¿No hemos comprendido aún que nuestra fuerza está en la asociación, y solo en la asociación?

El hombre se compone de pensamiento y acción. El pensamiento que no se expresa en hechos no es más que la sombra de un hombre; la acción que no está guiada y sancionada por el pensamiento no es más que el cadáver galvanizado de un hombre: forma sin alma. Dios es Dios porque es la identidad absoluta de pensamiento y acción. El hombre solo es hombre a condición de acercarse sin cesar, cuanto le sea posible, a ese ideal… No podemos vencer si dividimos nuestro partido en pensadores y hombres de acción, en hombres del espíritu y hombres de la acción, si admitimos no sé qué clase de separación inmoral y absurda entre teoría y práctica, entre deber individual y deber colectivo, entre escritor y conspirador o combatiente… Todos predicamos la asociación como la consigna de la época de la que somos precursores; pero ¿cuántos de nosotros se unen a sus hermanos para actuar en común con ellos? Todos tenemos en los labios las palabras tolerancia, amor, libertad, y sin embargo nos separamos de nuestros compañeros cuando sus opiniones sobre tal o cual cuestión concreta difieren de las nuestras. Aplaudimos con entusiasmo a quienes sacrifican su vida para abrirnos el camino de la acción; pero no seguimos sus huellas. Ponemos reparos cuando se emprenden intentos precipitados en pequeña escala; pero no hacemos nada por llevarlos a cabo en una escala grande y poderosa. Todos lamentamos la falta de medios materiales del partido; pero ¿cuántos de nosotros aportan regularmente su óbolo a la caja común? Explicamos nuestros fracasos por la poderosa organización del enemigo; pero ¡qué pocos trabajan para hacer omnipotente a nuestro partido mediante una organización general y única que, dominando el presente, reflejase el porvenir!… ¿No hay, pues, ningún medio de sacar al partido de su lamentable y quebrantado estado actual? Todos creemos que el pensamiento es sagrado, que sus revelaciones deben ser libres e inviolables, que la organización social de la sociedad es mala cuando, a causa de una extrema desigualdad material, condena al trabajador a ser parte de una máquina y lo priva de la vida del espíritu. Creemos que la vida del individuo es sagrada. Creemos que la asociación de los hombres es igualmente sagrada, que es el grito de combate que expresa la misión particular de nuestra época. Creemos que el Estado no debe oponerse a ella, sino fomentarla. Miramos con entusiasmo hacia un porvenir en que la asociación general de los productores sustituirá el salario por la participación. Creemos que el trabajo es cosa sagrada y tenemos por culpable a toda sociedad en la que un hombre que quiere vivir de su trabajo no puede hacerlo. Creemos en la nacionalidad, creemos en la humanidad… Por humanidad entendemos la asociación de naciones libres e iguales sobre una doble base: autonomía de su desarrollo interior y fraternidad en la regulación de la vida internacional y del progreso general. Para que las naciones y la humanidad, tal como las entendemos, puedan existir, creemos que hay que rehacer el mapa de Europa; creemos que es necesaria una nueva división territorial que anule la que arbitrariamente hizo el Tratado de Viena9 y se funde en el parentesco de lengua, tradición y religión y en las condiciones geográficas y políticas de cada país. Pues bien, ¿no os parece que estas creencias comunes bastan para una organización fraternal? No os pido que os sometáis a una sola doctrina, a una sola convicción. Digo solamente: luchemos juntos contra la negación de toda doctrina; consigamos unidos una segunda victoria de Maratón10 sobre el principio de la inmovilidad oriental, que hoy amenaza con conquistar de nuevo Europa. Todos los hombres, sea cual sea la fracción republicana a la que pertenezcan, con tal de que aprueben los principios que acabo de enumerar, deberían formar un partido europeo de la acción, del que Francia, Italia, Alemania, Suiza, Polonia, Grecia, Hungría, Rumanía y las demás naciones oprimidas habrían de formar otras tantas secciones; cada sección nacional debería constituirse de forma autónoma, con un fondo propio; un comité central con un fondo central debería formarse con los delegados de las secciones nacionales, etc.

Conquistada la unidad del partido, el problema europeo se resuelve en la pregunta: ¿por dónde empezar? En las revoluciones, como en la guerra, la victoria depende de la rápida concentración del mayor número posible de fuerzas en un punto dado. Si el partido aspira a una revolución victoriosa, tiene que elegir en el mapa de Europa el punto en que sea más fácil y más favorable tomar la iniciativa, y emplear allí todas las fuerzas de que disponga cada sección. Roma y París son los dos puntos estratégicos donde ha de empezar la acción común. Francia, por su poderosa unidad, por el recuerdo de su gran revolución y de los ejércitos napoleónicos y por la influencia que todo movimiento en París ejerce sobre el espíritu de Europa, sigue siendo el país cuya iniciativa inflamaría con mayor seguridad a todos los demás pueblos oprimidos, aunque cualquier levantamiento verdaderamente revolucionario de su parte movilizaría infaliblemente todas las fuerzas de los gobiernos de Europa. Exceptuado este caso, hoy es Italia el país que reúne de modo patente todas las condiciones para una iniciativa. Sobre la comunidad de ideas que la empuja hacia delante no hace falta decir nada; desde hace ya diez años ha habido allí, cosa del todo insólita en Europa, una serie de acciones de protesta sobresalientes. La causa de la nación italiana es idéntica a la causa de todas las naciones pisoteadas o despedazadas por el reparto hecho en Viena. La insurrección italiana, al dirigir su golpe contra Austria, ofrecería en el acto ocasión de actuar a las fuerzas eslavas y rumanas que quieren sacudirse el yugo en el corazón del Imperio. Las tropas italianas, dispersas por todas las partes del Imperio donde reina mayor descontento, apoyarían esos movimientos. Veinte mil húngaros, soldados del ejército austriaco en Italia, se agruparían en torno a la bandera de nuestra insurrección. Por eso es imposible que el movimiento italiano quede limitado a Italia. La situación geográfica de Italia y una población de veinticinco millones asegurarían al movimiento insurreccional la duración suficiente para que las demás naciones pudieran aprovecharlo. Para Austria y Francia, para Francia e Inglaterra, no hay en Italia intereses concordantes que pudieran por sí solos crear una unidad de su política. La insurrección en Italia, que no es posible sin el derrocamiento del papado, resolvería el problema de la libertad de conciencia en Europa y se ganaría la simpatía de todos aquellos para quienes esa libertad es preciosa.»

  1. Giuseppe Mazzini (1805-1872), revolucionario y republicano italiano, fundador de la Joven Italia; desde 1849 vivía exiliado sobre todo en Londres. ↩

  2. Pensiero ed Azione («Pensamiento y Acción»), periódico que Mazzini fundó en Londres en 1858. ↩

  3. Mazzini, Aurelio Saffi y Carlo Armellini formaron en 1849 el triunvirato que gobernó la República Romana hasta su caída ante las tropas francesas. ↩

  4. Alusión a Luis Bonaparte (Napoleón III). ↩

  5. Juan III Sobieski (1629-1696), rey de Polonia, que en 1683 derrotó a los turcos que asediaban Viena. ↩

  6. Alusión a los «cosacos otomanos», cuerpo de voluntarios polacos formado por Michał Czajkowski (Sadyk Bajá) que combatió al lado de Turquía en la guerra de Crimea. ↩

  7. En 1854 hubo levantamientos griegos en Epiro y Tesalia, apoyados por el reino de Grecia, contra el dominio turco; la ocupación del Pireo por Francia e Inglaterra obligó a Grecia a declararse neutral. ↩

  8. «Cada uno para sí, cada uno en su casa»: fórmula del no intervencionismo de la Monarquía de Julio, atribuida a André Dupin. ↩

  9. El Acta final del Congreso de Viena (1815), que rehízo el mapa de Europa tras las guerras napoleónicas. ↩

  10. En la batalla de Maratón (490 a. C.) los atenienses derrotaron a los persas. ↩