Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 6 de noviembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5489, del 24 de noviembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 631-635), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Es el primero de dos artículos con el mismo título; añadimos tras una coma la fecha de publicación en el Tribune para distinguirlos. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Berlín, 6 de noviembre de 1858

Tras muchas idas y venidas, se ha formado por fin el nuevo ministerio, al que mejor puede caracterizarse como un ministerio de la princesa de Prusia. Tiene un color más liberal de lo que los filisteos berlineses se atrevían a esperar; y, como cabía esperar de una elección hecha por una dama, al componerlo se ha prestado muy poca atención a la concordancia de sus distintos elementos, de modo que el objetivo principal perseguido —ganar una popularidad pasajera— se ha alcanzado a duras penas. Como corresponde a una verdadera dama, la princesa tiene una palabra amable para todos: para los católicos, con el nombramiento de un católico como presidente del consejo de ministros, cosa inaudita en los anales prusianos; para los protestantes fanáticos, con la entrega del ministerio de Cultos a un pietista evangélico;1 para la corriente antirrusa, confiando el ministerio de la Guerra a un general que en su día había sido destituido de ese mismo puesto a instancias terminantes del zar Nicolás;2 para los celos antiaustriacos, con la entrega del ministerio de Asuntos Exteriores a un hombre que ya en el pasado había dejado ese puesto para no tener que someterse a las órdenes del príncipe Schwarzenberg;3 para el espíritu burocrático, con el nombramiento de un superviviente de los buenos viejos tiempos de Federico Guillermo III como ministro del Interior4 —el ministro que es jefe de todo el ejército burocrático, de la policía tanto como de la administración (Regierung)—; para los liberales, con la concesión de un puesto sin cartera en el gabinete —un puesto semejante al de presidente del Consejo Privado en un ministerio inglés— a un hombre que había sido presidente del consejo en el primer gabinete formado por la revolución de 1848;5 para los partidarios del librecambio, con la instalación del señor von Patow6 en el ministerio de Hacienda, y para los partidarios del proteccionismo, con la permanencia de Von der Heydt7 en el ministerio de Comercio; para la nobleza, con el nombramiento de un príncipe de la casa real como jefe del gabinete y la provisión de todos los puestos políticos con nobles; para la burguesía, dejando los ministerios técnicos, es decir, Justicia, Comercio, Cultos e Interior, a burgueses no nobles o ennoblecidos; para los enemigos de la camarilla, formando la gran mayoría del nuevo gabinete con enemigos personales de Gerlach y compañía; y para los conservadores, que temen que en Prusia pueda surgir algo así como un cambio de gabinete en sentido parlamentario, dejando el sueldo a algunos ministros que habían sido colegas de Manteuffel, escogidos por él mismo, y que habían refrendado las órdenes con que se proclamó el golpe de Estado (coup d'état) de diciembre de 1848.

Así, el eclecticismo es el rasgo específico del nuevo gabinete: un eclecticismo que parte de la caza de popularidad, pero al que refrena la firme resolución de no sacrificar nada importante a esa misma popularidad. De un rasgo del nuevo gabinete solo quiero hacer una indicación, de un matiz del todo indiferente para el frío observador político, pero del mayor interés para el traficante berlinés de rumores. Entre los ministros recién nombrados no hay ninguno cuyo nombre no se parezca a un triunfo jugado contra la reina de Prusia o a un epigrama personal que le dirige su maliciosa cuñada. La impresión general que el nombramiento del nuevo gabinete ha causado entre los berlineses que piensan algo más quisiera transmitirla con las palabras de uno de mis amigos berlineses. La comunicación oficial no apareció hasta la edición de la tarde del Staats-Anzeiger de hoy, es decir, hacia las 6; sin embargo, la lista exacta de los nombrados circulaba libremente mucho antes entre los grupos de gente reunidos en Unter den Linden. Cuando encontré allí al amigo que acabo de mencionar, un político corriente de banco de cervecería berlinés, le pregunté qué pensaba del nuevo gabinete y qué se opinaba en general de él «en la ciudad». Pero, antes de comunicar su respuesta, he de decirles qué es un político corriente de banco de cervecería berlinés. Es un hombre imbuido de la idea de que Berlín es la primera ciudad del mundo, de que en ningún sitio fuera de Berlín puede encontrarse Geist (el término es intraducible, aunque el inglés ghost es etimológicamente la misma palabra; el francés esprit es algo muy distinto), y de que la Weißbier [cerveza blanca], brebaje abominable para el gusto de cualquier bárbaro forastero, es la misma bebida que se menciona en la Ilíada con el nombre de néctar y en la Edda con el nombre de hidromiel. Aparte de estos prejuicios inofensivos, nuestra lumbrera berlinesa media es un sabihondo incorregible de lengua suelta, un charlatán apasionado muy inclinado a cierta clase de humor bajo conocido en Alemania como Witz berlinés, que es más un juego de palabras que un juego de ideas, una extraña mezcla de una pequeña dosis de ironía, una pequeña dosis de escepticismo y una gran dosis de vulgaridad; en general, no un ejemplar muy elevado del género humano, ni realmente muy divertido, pero sí un tipo bastante característico. Pues bien, mi amigo berlinés respondió a mi pregunta, en un tono burlón verdaderamente berlinés, con los siguientes versos de «La campana» de Schiller. Dicho sea de paso (en passant), nuestro berlinés medio suele alabar solo a Goethe, pero citar solo a Schiller:

¡Oh tierno anhelo, dulce esperanza,
del primer amor tiempo dorado!
Los ojos ven el cielo abierto,
calla el corazón en la dicha.
¡Ojalá siempre verde durase
el bello tiempo del joven amor!8

Si volvemos ahora del poético político de cervecería berlinés al nuevo gabinete prusiano y recordamos el viejo proverbio francés «à tout seigneur tout honneur» [a cada señor, su honor], el príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen,9 presidente del consejo de ministros y amigo íntimo de la princesa de Prusia, reclama en primer lugar nuestra atención. Él, padre de la reina de Portugal, se negó resueltamente a ser suegro del Segundo Imperio francés. Sin embargo, está estrechamente emparentado con Bonaparte. Su madre era hermana de Murat, uno de los reyes improvisados por Napoleón I,10 y su esposa es la segunda hija de la gran duquesa viuda de Baden, Estefanía, nacida Beauharnais. De este modo el príncipe es un eslabón de parentesco entre las dinastías prusiana, de Coburgo y Bonaparte. Los liberales del sur de Alemania lo han denigrado mucho porque en 1849 renunció al trono de su Estado de Hohenzollern-Sigmaringen y, conforme a los pactos de familia, lo vendió a la línea de los Hohenzollern reinante en Prusia. Cuando cerró el trato, ningún principado alemán valía siquiera tres veces sus rentas anuales, y menos aún podía esperarse del príncipe que prolongara la existencia de la nación de Hohenzollern-Sigmaringen por amor a los demagogos de Hohenzollern-Sigmaringen. Además, que se izasen los colores prusianos en el sur de Alemania desagradó a Austria tanto como a los pequeños demagogos de Baden y de Wurtemberg. Tras la abdicación, el príncipe entró al servicio de Prusia con el grado de general y plantó sus tiendas en Düsseldorf, ciudad de cuadros, esculturas y cuarteles, donde antes una rama secundaria de la dinastía prusiana solía mantener una pequeña corte. Para castigar a los de Düsseldorf por su participación en la revolución de 1848, que había culminado, durante un paso del rey por la ciudad, en una manifestación de las masas contra él, se había privado a Düsseldorf de la corte del príncipe Federico11 y se la había relegado a la categoría de las ciudades corrientes, que tienen que ganarse la vida sin la clientela de una corte. Así, la aparición del príncipe de Hohenzollern en Düsseldorf se convirtió en un verdadero acontecimiento. Sin hacer nada notable, brillaba por su mera presencia, como aquel gran hombre del que dice Goethe que paga ya con lo que es y no con lo que hace.12 Desde Düsseldorf su popularidad se propagó como un reguero de pólvora. Que sea miembro de la dinastía y al mismo tiempo miembro de la Iglesia católica hizo el resto. Para la parte beata de la población de la Prusia renana no hace falta, en efecto, ninguna otra cualidad. Pueden estar seguros de que el clero católico, poderoso y excelentemente organizado, de la Prusia renana, Westfalia, Silesia y Posen pondrá todas sus fuerzas al servicio del ministerio presidido por un católico, y en verdad no cabe sino desear que lo haga. Nada perjudicó tanto a la revolución de 1848 como la actitud de oposición del clero católico. Este sacó de la revolución enormes ventajas, por ejemplo el derecho de relacionarse sin trabas con el papa, de fundar conventos de monjas y de frailes y, lo que es especialmente importante, de adquirir bienes raíces. En agradecimiento por estos privilegios, los santos padres se volvieron naturalmente con furia contra la revolución en cuanto esta sufrió una derrota. Se mostraron como los instrumentos más despiadados de la reacción, y es bueno que ahora no se les dé motivo para pasarse de nuevo al campo de la oposición. De los demás ministros ya tendré ocasión de hablar.

  1. Moritz August von Bethmann-Hollweg (1795-1877), jurista y político conservador moderado, ministro de Cultos de 1858 a 1862. ↩

  2. Eduard von Bonin (1793-1865), general, ministro de la Guerra en 1852-1854, destituido por su actitud contraria a Rusia en la guerra de Crimea, y de nuevo de 1858 a 1859. ↩

  3. Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores en 1848 y en 1849-1850, y de nuevo desde 1858. Felix, príncipe de Schwarzenberg (1800-1852), fue jefe del gobierno austriaco de 1848 a 1852. ↩

  4. Eduard von Flottwell (1786-1865), alto funcionario prusiano desde la época de Federico Guillermo III. ↩

  5. Rudolf von Auerswald (1795-1866), presidente del consejo de ministros prusiano de junio a septiembre de 1848 y ministro sin cartera de 1858 a 1862. ↩

  6. Robert von Patow (1804-1890), ministro de Comercio en 1848 y ministro de Hacienda de 1858 a 1862. ↩

  7. August von der Heydt (1801-1874), banquero de Elberfeld, ministro de Comercio de 1848 a 1862. ↩

  8. Schiller, «Das Lied von der Glocke» (1799): «O zarte Sehnsucht, süßes Hoffen, / Der ersten Liebe goldne Zeit! / Das Auge sieht den Himmel offen, / Es schweigt das Herz in Seligkeit – / O daß sie ewig grünen bliebe, / Die schöne Zeit der jungen Liebe». En el Tribune los versos se dieron en alemán y en inglés. ↩

  9. Karl Anton, príncipe de Hohenzollern-Sigmaringen (1811-1885), presidente del consejo de ministros prusiano de 1858 a 1862. ↩

  10. En realidad su madre, Antonieta Murat, era sobrina de Joaquín Murat, rey de Nápoles. ↩

  11. Federico de Prusia (1794-1863), sobrino de Federico Guillermo III, que residió en Düsseldorf hasta 1848. ↩

  12. Alusión a Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (libro V, capítulo 3), donde Goethe opone el noble, que da con lo que es, al burgués, que da con lo que hace. ↩