Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 29 y el 31 de diciembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5535, del 17 de enero de 1859. Traducido del original inglés según la transcripción del Tribune del Marxists Internet Archive, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 673-682), donde el artículo se titula «Sobre la emancipación de los campesinos en Rusia», por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. La nota de Marx se señala como tal; las demás notas son nuestras. Texto original en inglés.

I

Berlín, 29 de diciembre de 1858

El gran «iniciador» (por usar un término de Mazzini)1 de la revolución rusa, el emperador Alejandro II, ha dado un nuevo paso adelante. El pasado 13 de noviembre, el Comité Central Imperial para la abolición de la servidumbre...2 firmó por fin su informe al emperador, en el que se establecen las bases sobre las que se propone llevar a cabo la emancipación de los siervos. Los principios fundamentales son los siguientes:

I. Los campesinos dejan en el acto de ser siervos y entran en un estado de «obligación temporal» respecto de sus señores. Este estado durará doce años, durante los cuales gozarán de todos los derechos, personales y de propiedad, de todos los demás súbditos contribuyentes del Imperio. La servidumbre y todos sus atributos quedan abolidos para siempre, sin que se pague compensación alguna a sus antiguos propietarios; porque, dice el informe, la servidumbre la introdujo arbitrariamente el zar Borís Godunov,3 creció por abuso de poder hasta formar parte integrante del derecho común, y así, habiendo sido creada por la voluntad del soberano, también puede ser abolida por la voluntad del soberano. En cuanto a una compensación pecuniaria por su abolición, semejante pago en dinero a cambio de derechos que pertenecen por naturaleza a los campesinos, y que nunca debieron serles arrebatados, formaría, dice el informe, una página verdaderamente vergonzosa de la historia rusa.

II. Durante los doce años de obligación temporal, el campesino sigue ligado a la finca; pero si el señor no puede proporcionarle al menos cinco desiatinas4 de tierra para cultivar por su cuenta, queda en libertad de abandonar la finca. Se le concede la misma libertad si encuentra a otro que cultive su parcela, siempre que pague sus impuestos a la Corona.

III y IV. Cada comunidad aldeana conserva la posesión de las viviendas de sus miembros, con sus cercados, corrales, huertos, etc., por los que se paga al señor una renta anual del 3 por ciento del valor tasado. La comunidad tiene derecho a obligar al señor a que haga tasar ese valor por una comisión mixta de dos señores y dos campesinos. Cuando la comunidad lo desee, puede comprar sus casas en plena propiedad pagando al contado el valor tasado.

V. Las parcelas de tierra que los señores han de entregar a los campesinos se regulan así: donde haya en una finca más de seis desiatinas por cada siervo inscrito en ella, cada campesino varón adulto recibe una parcela de tierra de labor de nueve desiatinas; donde haya menos tierra, se entregan a los campesinos dos tercios de toda la tierra de labor; y donde haya en una finca tantos campesinos que de esos dos tercios no puedan sacarse al menos cinco desiatinas por cada varón adulto, la tierra se divide en parcelas de cinco desiatinas, y los que por sorteo queden excluidos de recibirla reciben pasaportes de las autoridades de la aldea y quedan en libertad de ir a donde quieran. En cuanto a la leña, el señor está obligado a proporcionársela a los campesinos de sus bosques, a un precio fijado de antemano.

VI. A cambio de estas ventajas, el campesino ha de prestar al señor las siguientes corveas: por cada desiatina asignada, diez jornadas de trabajo con caballo y diez sin él (en el caso de nueve desiatinas, 180 jornadas al año). El valor de su corvea se fijará en dinero en cada gobierno (provincia) según esta tasa: una jornada de corvea se considera que vale solo un tercio de una jornada de trabajo libre. Al cabo de los siete primeros años podrá conmutarse una séptima parte de estas corveas, y en cada año siguiente otra séptima parte, por una renta en grano.

VII. Los siervos personales, los que no están ligados a una finca determinada, sino a la casa solariega de la familia o a la persona de su señor, tendrán que servir a sus señores durante diez años, pero recibirán salario. Podrán, sin embargo, comprar su libertad en cualquier momento, a 300 rublos el hombre y 120 la mujer.

IX. El señor sigue siendo el jefe de la comunidad aldeana y tiene derecho de veto contra sus acuerdos; pero en tal caso cabe apelar a una comisión mixta de nobles y campesinos.

Tal es el contenido de este importante documento, que expresa de forma indirecta las ideas de Alejandro II sobre la gran cuestión social de Rusia. He omitido los capítulos VIII, que trata de la organización de las comunidades aldeanas, y X, que se limita a dar las formas legales en que han de extenderse los documentos oficiales relativos a este cambio. Una comparación muy superficial muestra que este informe no es más que una continuación, y de hecho un relleno, del programa que el Comité Central dirigió la pasada primavera a las diversas corporaciones de nobles de todo el Imperio. Este programa, cuyos diez apartados corresponden exactamente a los diez capítulos del informe, no era en realidad más que un formulario hecho para mostrar a los nobles en qué dirección habían de actuar, y que se esperaba que ellos rellenaran. Pero cuanto más entraban en la cuestión, mayor era su repugnancia; y es muy significativo que al cabo de ocho meses el gobierno se haya visto obligado a rellenar él mismo ese formulario y a redactar el plan que había de pasar por un acto espontáneo de los nobles.

Hasta aquí la historia del documento citado; vamos ahora a su contenido.

Si la nobleza rusa no cree que haya llegado todavía su «4 de agosto» (de 1789)5 y que por ahora no hay necesidad de sacrificar sus privilegios en el altar de la patria, el gobierno ruso va mucho más deprisa: ha llegado ya a la «declaración de los derechos del hombre». ¿Qué les parece, en efecto, Alejandro II proclamando «derechos que pertenecen por naturaleza a los campesinos y de los que nunca debieron ser privados»? ¡Verdaderamente, corren tiempos extraños! ¡En 1846, un papa iniciando un movimiento liberal;6 en 1858, un autócrata ruso, un auténtico samoderzhets vserossiiski,7 proclamando los derechos del hombre! Y veremos que la proclama del zar tendrá un eco tan universal como el liberalismo del papa, y un efecto último de mucha mayor magnitud.

La primera de las partes de que trata este informe es la nobleza. Si se niega a celebrar un 4 de agosto, el gobierno le dice con bastante claridad que se verá obligada a hacerlo. Cada capítulo del informe supone una sensible pérdida material para la aristocracia. Uno de los modos en que los nobles sacaban partido de su capital humano era alquilarlo, o permitir a los siervos, mediante el pago de una suma anual (obrok),8 ir de un lado a otro y ganarse la vida como quisieran. Esta costumbre convenía admirablemente tanto a las bolsas de los nobles como al carácter errabundo del siervo ruso. Era una de las principales fuentes de ingresos de los primeros. Por el capítulo I se propone suprimirla sin pago alguno a cambio. Y no solo eso: por el capítulo II, todo siervo al que el señor no pueda asignar 5 desiatinas de tierra de labor es libre por derecho propio y puede ir a donde quiera. Por los capítulos III a V, el señor queda privado de la libre disposición de cerca de dos tercios de su tierra y obligado a asignarla a los campesinos. Es cierto que estos la ocupan ya, pero bajo su control y a cambio de servicios fijados enteramente por él. Ahora la tierra ha de pertenecer en realidad a los campesinos, que se convierten en arrendatarios perpetuos, que obtienen el derecho de comprar en plena propiedad sus casas, y cuyos servicios, aunque fijados a una tasa muy alta, han de quedar sin embargo fijados de modo inmutable por una disposición legal y, peor aún, pueden conmutarse según una tarifa bastante ventajosa (para ellos). Hasta a los dvorovye, los criados domésticos de la casa señorial, se les ha de pagar salario y, si lo desean, pueden comprar su libertad. Y lo que es peor, los siervos han de recibir los derechos de todos los demás ciudadanos, lo que quiere decir que tendrán el derecho, hasta ahora desconocido para ellos, de demandar a sus señores y de testificar contra ellos ante los tribunales; y aunque los señores siguen siendo los jefes de los campesinos de sus fincas y conservan sobre ellos cierta jurisdicción, las exacciones con las que gran parte de la nobleza rusa ha reunido los medios para mantener lorettes9 a la moda en París y para jugar en los balnearios alemanes sufrirán en el futuro una enorme limitación. Pero, para juzgar del efecto que semejante reducción de ingresos tendría sobre los nobles rusos, echemos una ojeada a su situación financiera. Toda la nobleza terrateniente de Rusia debe a los bancos de crédito (instituidos por la Corona) la suma de 400.000.000 de rublos de plata, por la que hay unos 13.000.000 de siervos hipotecados a esos bancos. Toda la población sierva de Rusia (excluidos los campesinos de la Corona) asciende a 23.750.000 (censo de 1857). Ahora bien, es evidente que entre los dueños de siervos son los más pequeños los que han contraído principalmente esta deuda, mientras que los más grandes están relativamente libres de deudas. Del censo de 1857 se desprende que unos 13.000.000 de siervos pertenecen a señores que poseen menos de 1.000 siervos cada uno, mientras que los 10.750.000 restantes pertenecen a propietarios que poseen más de 1.000 siervos cada uno. Es lógico que estos últimos representen aproximadamente a los nobles de Rusia libres de cargas, y los primeros, a los gravados. Esto puede no ser del todo exacto, pero se acerca lo bastante como para ser correcto en general.

El número de propietarios de tierras que poseen de una a 500 «almas»,10 según el censo de 1857, es de 105.540, mientras que el de los nobles que poseen 1.000 almas o más no pasa de 4.015. Así pues, parecería que, en la estimación más baja, nueve décimas partes de toda la aristocracia rusa están profundamente endeudadas con los bancos de crédito o, lo que es lo mismo, con la Corona. Pero es notorio que la nobleza rusa está además endeudada en gran medida con particulares, banqueros, comerciantes, judíos y usureros, y que la gran mayoría está tan cargada de deudas que solo le queda un interés nominal en sus posesiones. Los que todavía luchaban contra la ruina acabaron de hundirse por los pesados sacrificios de la última guerra, cuando, con fuertes cargas en hombres, en dinero y en corveas, encontraron cerrada la salida para sus productos y tuvieron que contraer préstamos en condiciones sumamente onerosas. Y ahora se les pide que renuncien por completo, sin contrapartida alguna, a una gran parte de sus rentas, y que regulen el resto de sus ingresos de un modo que no solo los reducirá, sino que además los mantendrá en ese límite reducido.

Con una nobleza como la rusa, las consecuencias son fáciles de prever. A menos que consientan en ver arruinada a la gran mayoría de su estamento, o llevada de golpe a la bancarrota para fundirse en esa clase de nobles burocráticos cuyo rango y posición dependen enteramente del gobierno, tienen que resistirse a este intento de liberar a los campesinos. Y se resisten; y si, como es evidente, su actual resistencia legal no sirve de nada contra la voluntad soberana, se verán obligados a recurrir a otros medios más contundentes.

II

Berlín, 31 de diciembre de 1858

La resistencia de los nobles rusos a los planes de emancipación del zar ha empezado ya a manifestarse de dos maneras: una pasiva y otra activa. Las arengas personales que Alejandro II, en su viaje por varias provincias, se dignó dirigir a sus nobles, arengas unas veces revestidas suavemente del ropaje de llamamientos filantrópicos, otras con la forma persuasiva de la exposición didáctica, otras elevándose a los tonos agudos de la orden y la amenaza, ¿en qué han parado todos esos discursos? Los nobles los escucharon en actitud servil, con la cabeza gacha, pero en su corazón sentían que el emperador que venía a arengarles, a halagarles, a persuadirles, a instruirles y a amenazarles había dejado de ser aquel zar todopoderoso cuya voluntad había de ocupar el lugar de la razón misma. En consecuencia, se atrevieron a dar una respuesta negativa no dando ninguna respuesta, no haciéndose eco de los sentimientos del zar y adoptando en sus diversos comités el sencillo procedimiento de dar largas. No dejaron al emperador otra salida que la de la Iglesia romana: Compelle intrare.11 Sin embargo, la sorda monotonía de ese silencio reacio la rompió audazmente el Comité de la Nobleza de San Petersburgo, que hizo suyo un escrito redactado por uno de sus miembros, el señor Platónov, y que formaba de hecho una «petición de derechos».12 Lo que se pedía era nada menos que un parlamento de nobles que decidiera junto con el gobierno no solo la gran cuestión del momento, sino todas las cuestiones políticas. En vano el señor Lanskói, ministro del Interior,13 se negó a aceptar el escrito y lo devolvió a la nobleza con la airada observación de que no le correspondía asociarse para presentar peticiones, sino simplemente deliberar sobre las cuestiones que le planteaba el gobierno. En nombre del Comité, el general Shuválov volvió al asalto y, con la amenaza de llevar él mismo el escrito al emperador, obligó al señor Lanskói a recibirlo. Así, la nobleza rusa de 1858, como la nobleza francesa de 1788, ha lanzado la consigna de la Assemblée des États généraux14 o, en la lengua vernácula moscovita, del Zemski Sobor o la Zemskaia Duma.15 Así, en sus interesados intentos de mantener intacta la anticuada base social de la pirámide, los propios nobles atacan su centro de gravedad político. Además, el esprit de vertige,16 como llamaban los viejos emigrados franceses al espíritu de la época, se ha apoderado de ellos con tal violencia que la mayoría de los nobles se lanza de cabeza a la manía de las sociedades por acciones de la clase media, mientras que en las provincias más occidentales la minoría se da aires de dirigir y proteger la novedosa agitación literaria. Para dar alguna idea de estos audaces movimientos, bastará decir que en 1858 el número de periódicos existentes había subido ya a 180, mientras que para 1859 se anunciaban 109 nuevos. Por otra parte, en 1857 se fundaron dieciséis sociedades con un capital de 303.900.000 rublos, mientras que de enero a agosto de 1858 se añadieron 21 sociedades más, con un capital de 36.175.000 rublos.

Consideremos ahora a la otra parte afectada por los cambios que pretende Alejandro II. No hay que olvidar cuántas veces el gobierno ruso ha hecho aparecer ante los ojos del campesinado el espejismo (fata morgana) de la libertad. Al comienzo de su reinado, Alejandro I invitó a la nobleza a emancipar a los campesinos, pero sin éxito. En 1812, cuando se llamó a los campesinos a alistarse en el opolchenie (milicia), se les hizo esperar como recompensa de su patriotismo la emancipación de la servidumbre, si no oficialmente, sí con el consentimiento tácito del emperador: los hombres que habían defendido la santa Rusia ya no podían ser tratados como esclavos. Incluso bajo Nicolás, una serie de ucases restringió el poder de los nobles sobre sus siervos; autorizó a estos (ucase de 1842) a concertar contratos con sus dueños sobre los servicios que habían de prestar (con lo que indirectamente se les admitía a litigar ante los tribunales contra sus señores); se comprometió (1844) a garantizar, por parte del gobierno, el cumplimiento de las obligaciones contraídas por los campesinos en virtud de tales contratos; facultó a los siervos (1846) a comprar su libertad si la finca a la que estaban ligados había de venderse en subasta pública, y facultó (1847) a la corporación de los siervos ligados a una finca así, cuando salía a la venta por primera vez, a comprar la finca entera. Para gran asombro tanto del gobierno como de los nobles, resultó de golpe que los siervos estaban perfectamente preparados para ello y que compraban de hecho una finca tras otra; más aún, que en muchísimos casos el señor no era más que el dueño nominal, pues se había librado de sus deudas con el dinero de sus propios siervos, quienes, por supuesto, habían tomado las precauciones necesarias para asegurarse virtualmente su propia libertad y la propiedad de la finca. Cuando esto salió a la luz, el gobierno, asustado ante tales síntomas de inteligencia y energía entre los siervos, y al mismo tiempo ante los estallidos de 1848 en Europa occidental, tuvo que buscar un remedio contra una disposición que amenazaba con ir echando a la nobleza de sus fincas. Pero era demasiado tarde para derogar el ucase; y así, otro ucase (15 de marzo de 1848) extendió a cada siervo individual el derecho de compra, que hasta entonces solo correspondía a las corporaciones de siervos. Esta medida no solo tendía a romper las asociaciones, por aldeas y entre las aldeas de un distrito, que hasta entonces habían permitido a los siervos concentrar el capital para tales compras; venía además sazonada con algunas restricciones. Los siervos podían comprar la tierra, pero no a las personas ligadas a ella; en otras palabras, al comprar la finca a la que pertenecían, los siervos no compraban su propia libertad. Al contrario, seguían siendo siervos, y toda la operación de compra quedaba además sujeta al consentimiento del antiguo señor. Y, para colmo, el mismo ucase facultaba y animaba a los numerosos nobles que tenían su propiedad, por así decirlo, en fideicomiso para sus siervos a romper ese fideicomiso y recuperar la plena posesión de sus fincas, quedando expresamente excluida de los tribunales toda demanda por parte de los siervos. Desde entonces se cerraron a los siervos todas las escuelas salvo las primarias; y toda esperanza de emancipación parecía cortada cuando la última guerra obligó de nuevo a Nicolás a apelar a un armamento general de los siervos y a apoyar este llamamiento, como de costumbre, con promesas de liberación de la servidumbre que se ordenó a los servidores subalternos del gobierno difundir entre el campesinado.

Que tras semejantes antecedentes Alejandro II se sienta obligado a proceder en serio a la emancipación de los campesinos es muy natural. El resultado de sus esfuerzos y las líneas generales de sus planes, en la medida en que han madurado, están ante nosotros. ¿Qué dirán los campesinos de un período de prueba de doce años, acompañado de pesadas corveas, al cabo del cual han de pasar a un estado que el gobierno no se atreve a describir en ningún detalle? ¿Qué dirán de una organización del gobierno municipal, de la jurisdicción y de la policía que suprime todos los poderes de autogobierno democrático que hasta ahora pertenecían a cada comunidad aldeana rusa, para crear un sistema de gobierno patrimonial, puesto en manos del señor y calcado de la legislación agraria prusiana de 1808 y 1809?17 Un sistema absolutamente repugnante para el campesino ruso, cuya vida entera se rige por la asociación aldeana, que no tiene idea de la propiedad individual de la tierra, sino que considera a la asociación propietaria del suelo en que vive.

Si recordamos que desde 1842 las insurrecciones de siervos contra sus señores y administradores se han vuelto epidémicas; que unos sesenta nobles, según las propias estadísticas oficiales del Ministerio del Interior, han sido asesinados cada año por los campesinos; que durante la última guerra las insurrecciones aumentaron enormemente y en las provincias occidentales se dirigieron sobre todo contra el gobierno (¡se formó una conspiración para que estallara una insurrección en el momento en que se acercara el ejército anglofrancés, el enemigo extranjero!), no cabe apenas duda de que, aunque la nobleza no se oponga a la emancipación, el intento de realizar las propuestas del comité ha de ser la señal de un tremendo incendio entre la población rural de Rusia. Pero la nobleza se opondrá con toda seguridad; el emperador, zarandeado entre la necesidad del Estado y la conveniencia, entre el miedo a los nobles y el miedo a los campesinos enfurecidos, vacilará con toda seguridad; y los siervos, con sus expectativas exaltadas al máximo y con la idea de que el zar está de su parte pero los nobles lo tienen sujeto, se alzarán con más seguridad que nunca. Y si se alzan, el 1793 ruso estará cerca; el reinado del terror de estos siervos medio asiáticos será algo sin igual en la historia; pero será el segundo gran viraje de la historia rusa y pondrá por fin una civilización real y general en lugar de aquella apariencia y aquel oropel que introdujo Pedro el Grande.

  1. Giuseppe Mazzini (1805-1872), dirigente republicano italiano, que hablaba a menudo de la «iniciativa» revolucionaria de los pueblos. ↩

  2. Los puntos suspensivos están en la transcripción del Tribune; la versión alemana de la MEW no señala aquí ninguna laguna. ↩

  3. (Nota de Marx.) Esto es todo menos exacto. Borís Godunov (ucase del 2 de noviembre de 1601) puso fin al derecho de los campesinos a desplazarse por el Imperio y los ató a la finca a la que pertenecían por nacimiento o residencia. Bajo sus sucesores, el poder de la nobleza sobre los campesinos creció rápidamente, y el estado de servidumbre se convirtió poco a poco en la condición general de estos. Pero siguió siendo una usurpación ilegal por parte de los boyardos hasta que Pedro el Grande la legalizó en 1723. Los campesinos, sin ser liberados de las cadenas que los ataban a las fincas, pasaron también a ser propiedad personal del noble dueño de la finca; este obtuvo el derecho de venderlos, sueltos o en lotes, con tierra o sin ella, y a cambio se le hizo personalmente responsable ante el gobierno de ellos y de sus impuestos. Más tarde, Catalina II, de un plumazo, convirtió en siervos a cuatro o cinco millones de campesinos relativamente libres de las provincias occidentales y meridionales recién adquiridas. Pero no convenía mencionar tales hechos en los documentos oficiales rusos a propósito de Pedro I y de Catalina II; y al pobre Borís Godunov se le hace cargar con la responsabilidad de los pecados de todos sus sucesores. ↩

  4. La desiatina equivalía a 1,09 hectáreas. ↩

  5. En la noche del 4 de agosto de 1789 la Asamblea Nacional francesa votó la abolición de los privilegios feudales; el 26 de agosto aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. ↩

  6. Pío IX, elegido papa en 1846, inició su pontificado con una amnistía y algunas reformas que le dieron fama de liberal. ↩

  7. «Autócrata de todas las Rusias», título del zar. ↩

  8. Tributo en dinero o en especie que el siervo pagaba al señor en lugar de la prestación personal de trabajo (bárshchina, la corvea). ↩

  9. Mujeres galantes de París, llamadas así por el barrio de Notre-Dame-de-Lorette. ↩

  10. Así en el texto inglés; la versión alemana de la MEW dice «de 1 a 999». «Almas»: los siervos varones inscritos en el censo fiscal. ↩

  11. «Oblígales a entrar» (Lucas 14, 23), pasaje invocado por la Iglesia para justificar la conversión forzosa. ↩

  12. Alusión a la Petition of Right que el Parlamento inglés impuso a Carlos I en 1628. ↩

  13. Serguéi Lanskói (1787-1862), ministro del Interior de 1855 a 1861. ↩

  14. «Asamblea de los Estados Generales», convocada en Francia en 1788 para mayo de 1789. ↩

  15. Asambleas de los estamentos de la antigua Rusia, convocadas por los zares en los siglos XVI y XVII. ↩

  16. «Espíritu de vértigo». ↩

  17. La legislación de la época de las reformas de Stein y Hardenberg, que abolió la servidumbre personal (edicto de octubre de 1807) pero dejó a los señores la policía y la jurisdicción patrimonial en sus fincas. ↩