Escrito en inglés por Friedrich Engels el 2 de febrero de 1858 aproximadamente y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5253, del 20 de febrero de 1858, como editorial. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12, Berlín, 1961, pp. 382-387), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Mientras durante la guerra de Crimea toda Inglaterra pedía a gritos un hombre capaz de organizar y dirigir sus ejércitos, y mientras se confiaba ese cargo a incapaces como Raglan, Simpson y Codrington,1 había en Crimea un soldado dotado de las cualidades que se exigen a un general. Nos referimos a sir Colin Campbell, que ahora demuestra a diario en la India que domina su oficio con mente de maestro. En Crimea, después de dejarle mandar su brigada en el Alma, donde la rígida táctica lineal del ejército británico no le daba ocasión de mostrar sus capacidades, lo tuvieron encerrado en Balaklava y ni una sola vez le dejaron tomar parte en las operaciones siguientes. Y, sin embargo, mucho antes había reconocido claramente en la India sus dotes militares una autoridad tan alta como el general más grande que ha dado Inglaterra desde Marlborough, sir Charles James Napier. Pero Napier era un hombre independiente, demasiado orgulloso para rebajarse ante la oligarquía reinante, y su recomendación bastó para que Campbell quedara señalado y fuera objeto de desconfianza.

Otros hombres, en cambio, obtuvieron distinciones y honores en aquella guerra. Ahí estaba sir William Fenwick Williams, el de Kars,2 que ahora encuentra cómodo dormirse en los laureles ganados con desfachatez, con autobombo y arrebatando al general Kmety3 la fama bien merecida. Un título de baronet, mil libras al año, un cómodo puesto en Woolwich y un escaño en el Parlamento bastan de sobra para que no exponga su reputación en la India. A diferencia de él, el «héroe del Redán», el general Windham, ha partido para mandar una división contra los cipayos, y su primerísimo acto lo ha sentenciado para siempre. Este mismo Windham, un oscuro coronel con buenas relaciones de familia, mandó una brigada en el asalto del Redán, durante el cual se comportó con extrema flema y por último, como no llegaba ningún refuerzo, dejó dos veces a sus tropas que se las arreglaran solas, mientras él mismo iba a preguntar por los refuerzos. Por este acto muy discutible, que en otros ejércitos habría sido objeto de una investigación ante un consejo de guerra, se le hizo en el acto general, y poco después se le llamó al puesto de jefe del Estado Mayor.

Cuando Colin Campbell avanzó sobre Lucknow, dejó las antiguas trincheras, el campamento y la ciudad de Cawnpore, junto con el puente sobre el Ganges, a cargo del general Windham y de una fuerza suficiente para ello. Había cinco regimientos de infantería, completos o en parte, muchos cañones de posición, 10 cañones de campaña y dos cañones navales, además de 100 jinetes; la fuerza total pasaba de 2.000 hombres. Mientras Campbell estaba ocupado en Lucknow, los diversos cuerpos de rebeldes que merodeaban por el Doab4 se reunieron para atacar Cawnpore. Además de una chusma heterogénea reunida por zamindares5 insurrectos, la fuerza atacante contaba con tropas instruidas (disciplinadas no pueden llamarse): el resto de los cipayos de Dinapore y una parte del contingente de Gwalior.6 Estos últimos eran las únicas tropas insurrectas cuya formación puede decirse que fuera más allá de las compañías, pues los oficiales habían sido casi exclusivamente nativos, y así, con sus jefes y capitanes, conservaban algo parecido a batallones organizados. Por eso los británicos los miraban con cierto respeto. Windham tenía órdenes estrictas de mantenerse a la defensiva, pero, como no recibía respuesta de Campbell a sus despachos por estar interrumpida la comunicación, resolvió actuar bajo su propia responsabilidad. El 26 de noviembre avanzó con 1.200 infantes, 100 jinetes y 8 cañones al encuentro de los insurrectos que se acercaban. Tras derrotar con facilidad a su vanguardia, vio aproximarse la columna principal y se retiró hasta las inmediaciones de Cawnpore. Allí tomó posición delante de la ciudad, con el 34.º regimiento a la izquierda y los fusileros (5 compañías) y dos compañías del 82.º a la derecha. La línea de retirada pasaba por la ciudad, y había unos hornos de ladrillo a retaguardia de la izquierda. A menos de cuatrocientas yardas del frente, y en diversos puntos aún más cerca de los flancos, había bosques y matorral que ofrecían un abrigo excelente al enemigo que avanzaba. En realidad, difícilmente podía haberse elegido una posición peor: ¡los británicos expuestos en la llanura abierta, mientras los indios podían acercarse a cubierto hasta trescientas o cuatrocientas yardas! Para que el «heroísmo» de Windham resalte todavía más, había muy cerca una posición muy aceptable, con un llano delante y detrás y con el canal como obstáculo ante el frente; pero, naturalmente, se insistió en la posición peor. El 27 de noviembre el enemigo abrió un cañoneo, acercando sus cañones hasta el borde del abrigo que le ofrecía el matorral. Windham, que con la modestia propia de un héroe lo llama «bombardeo», dice que sus tropas lo aguantaron cinco horas; pero pasado ese tiempo ocurrieron cosas que ni Windham, ni ninguno de los presentes, ni ningún periódico indio o británico se ha atrevido todavía a contar. Desde el momento en que el cañoneo se convirtió en batalla, cesan todas nuestras fuentes directas de información, y nos queda sacar nuestras propias conclusiones de los testimonios vacilantes, evasivos e incompletos que tenemos delante. Windham se limita a la siguiente declaración incoherente:

«Pese al fuerte bombardeo del enemigo, mis tropas resistieron el ataque [bastante original llamar ataque a un cañoneo contra tropas de campaña] durante cinco horas y todavía mantenían el terreno, cuando, por el número de hombres que había pasado a la bayoneta el 88.º, comprendí que los amotinados habían penetrado por completo en la ciudad; como se me dijo que estaban atacando el fuerte, ordené al general Dupuis que se replegara. Toda la fuerza se retiró al fuerte, con todos nuestros pertrechos y cañones, poco antes de oscurecer. Debido a la huida de los acompañantes del campamento, no pude llevarme el material del campamento y una parte de los bagajes. De no haberse producido un error en la transmisión de una orden que di, soy de la opinión de que habría podido mantener mi terreno, en todo caso hasta el anochecer».

El general Windham, con aquel instinto que ya había mostrado en el Redán, se marcha hacia la reserva (el 88.º ocupaba la ciudad, según hemos de concluir) y encuentra, no al enemigo vivo y combatiendo, sino a un gran número de enemigos pasados a la bayoneta por el 88.º. ¡Este hecho le lleva a la conclusión de que el enemigo (no dice si muerto o vivo) ha penetrado por completo en la ciudad! Por alarmante que sea esta conclusión, tanto para el lector como para él mismo, nuestro héroe no se detiene ahí. Le dicen que atacan el fuerte. Un general corriente habría averiguado la verdad de esta historia, que, naturalmente, resultó falsa. Windham no. Ordena la retirada, ¡aunque sus tropas habrían podido mantener la posición por lo menos hasta el anochecer de no haberse cometido un error en la transmisión de una de las órdenes de Windham!

Así pues, tenemos, en primer lugar, la heroica conclusión de Windham de que donde hay muchos cipayos muertos tiene que haber muchos vivos; en segundo lugar, la falsa alarma sobre el ataque al fuerte, y en tercer lugar, el error cometido en la transmisión de una orden; percances todos que, juntos, hicieron posible que una chusma muy numerosa de nativos derrotara al héroe del Redán y venciera el indomable arrojo británico de sus soldados.

Otro informante, un oficial presente, dice:

«No creo que nadie pueda describir con exactitud el combate y la retirada de esta mañana. Se ordenó una retirada. Al 34.º de infantería de Su Majestad se le indicó que se replegara detrás del horno de ladrillos, ¡y ni los oficiales ni los soldados sabían dónde encontrarlo! La noticia de que nuestra fuerza había llevado la peor parte y estaba en retirada corrió veloz por los acantonamientos, y se produjo una avalancha arrolladora hacia las trincheras interiores, tan irresistible como la masa de agua de las cataratas del Niágara. Soldados y marineros, europeos y nativos, hombres, mujeres y niños, caballos, camellos y bueyes entraron a raudales, en número incontable, desde las 2 de la tarde. Al caer la noche, el campamento atrincherado, con su abigarrada reunión de hombres y bestias, bagajes, equipajes y diez mil estorbos indescriptibles, rivalizaba con el caos que existía antes de que se pronunciara el fiat de la creación».

Por último, el corresponsal del Times en Calcuta afirma que evidentemente los británicos sufrieron el 27 «lo que casi equivale a un rechazo», pero que, por motivos patrióticos, la prensa angloindia cubre la vergüenza con el velo impenetrable de la caridad. Pero también se admite que uno de los regimientos de Su Majestad, compuesto sobre todo de reclutas, se desordenó por un momento, aunque sin ceder, y que en el fuerte la confusión era extrema, pues Windham había perdido todo control sobre sus hombres, hasta que la tarde del 28 llegó Campbell y «con unas pocas palabras altivas» volvió a poner a cada cual en su sitio.

Ahora bien, ¿qué conclusiones evidentes se desprenden de todas estas declaraciones confusas y evasivas? Ninguna otra sino que, bajo la incapaz dirección de Windham, las tropas británicas fueron completamente derrotadas, aunque sin ninguna necesidad; que, cuando se ordenó la retirada, los oficiales del 34.º regimiento, que ni siquiera se habían tomado la molestia de familiarizarse de algún modo con el terreno en que habían combatido, no pudieron encontrar el lugar al que se les ordenaba retirarse; que el regimiento se desordenó y acabó huyendo; que esto provocó un pánico en el campamento que rompió todos los diques del orden y la disciplina y ocasionó la pérdida del material del campamento y de parte de los bagajes; y que, por último, pese a la afirmación de Windham sobre los pertrechos, 15.000 cartuchos Minié, las cajas del pagador y el calzado y el vestuario de muchos regimientos y nuevas levas cayeron en manos del enemigo.

La infantería inglesa, cuando está en línea o en columna, rara vez huye. Como los rusos, tiene una cohesión natural que por lo general solo poseen los soldados viejos, y que en parte se explica por la considerable proporción de soldados viejos en ambos ejércitos, pero que en parte también pertenece evidentemente al carácter nacional. Esta cualidad, que no tiene nada que ver con el «arrojo», sino que es más bien, al contrario, un desarrollo peculiar del instinto de conservación, es con todo muy valiosa, sobre todo en posiciones defensivas. Además, junto con el temperamento flemático de los ingleses, impide el pánico; pero hay que observar que, cuando las tropas irlandesas se desordenan y caen en el pánico, no es fácil volver a reunirlas. Eso le ocurrió a Windham el 27 de noviembre. En adelante figurará en la lista, no muy larga pero distinguida, de los generales ingleses que han logrado hacer huir a sus tropas presas del pánico.

El 28, el contingente de Gwalior fue reforzado por un cuerpo considerable llegado de Bithur y se acercó hasta cuatrocientas yardas de los puestos avanzados atrincherados de los británicos. Hubo otro combate, que los atacantes llevaron sin vigor alguno. En él se dio, por parte de los soldados y oficiales del 64.º, un ejemplo de verdadero arrojo que nos complace relatar, aunque la hazaña en sí fuera tan insensata como la famosa carga de Balaklava. También aquí se descarga la responsabilidad sobre un muerto, el coronel Wilson, de ese regimiento. Parece que Wilson avanzó con ciento ochenta hombres contra cuatro cañones del enemigo, defendidos por fuerzas muy superiores. No se nos dice quiénes eran; pero el resultado lleva a concluir que eran tropas de Gwalior. Los británicos tomaron los cañones de una acometida, clavaron tres de ellos y resistieron un tiempo, hasta que, como no llegaba ningún refuerzo, tuvieron que retirarse, dejando en el terreno sesenta hombres y a la mayoría de sus oficiales. La prueba de lo duro del combate está en las pérdidas. Aquí tenemos una pequeña fuerza que, por las pérdidas que sufrió, debió de encontrar una resistencia bastante seria, y que sostiene una batería hasta perder un tercio de sus efectivos. Esto sí que es combatir duro, y es el primer ejemplo que tenemos desde el asalto de Delhi. Pero el hombre que planeó este avance merece ser juzgado por un consejo de guerra y fusilado. Windham dice que fue Wilson. Cayó en él y no puede replicar.

Al anochecer, toda la fuerza británica estaba encerrada en el fuerte, donde seguía reinando el desorden, y la posición con el puente estaba en peligro evidente. Pero entonces llegó Campbell. Restableció el orden, hizo pasar tropas frescas por la mañana y rechazó al enemigo lo bastante para asegurar el puente y el fuerte. Luego hizo cruzar a todos sus heridos, mujeres, niños y bagajes y mantuvo una posición defensiva hasta que todos ellos llevaron buena ventaja en el camino de Allahabad. En cuanto lo consiguió, atacó el 6 a los cipayos y los derrotó, y su caballería y su artillería los persiguieron catorce millas ese mismo día. Que se ofreció poca resistencia lo muestra el parte de Campbell; se limita a describir el avance de sus propias tropas, sin mencionar nunca resistencia ni maniobras por parte del enemigo; no hubo ningún tropiezo, y no fue una batalla, sino una battue.7 El brigadier Hope Grant,8 con una división ligera, siguió a los fugitivos y los alcanzó el 8 cuando cruzaban un río; acorralados así, se volvieron y sufrieron graves pérdidas. Con este suceso se cierra la primera campaña de Campbell, la de Lucknow y Cawnpore, y ha de empezar una nueva serie de operaciones, de cuyos primeros pasos podemos esperar noticias dentro de quince días o tres semanas.

  1. Lord Raglan (1788-1855), James Simpson (1792-1868) y William Codrington (1804-1884), sucesivos comandantes en jefe británicos en Crimea. ↩

  2. William Fenwick Williams (1800-1883), general británico que dirigió la defensa turca de Kars, rendida a los rusos en noviembre de 1855. ↩

  3. György Kmety (1813-1865), general húngaro de la revolución de 1848-1849, al servicio turco con el nombre de Ismail Bajá; se distinguió en la defensa de Kars. ↩

  4. La región entre el Ganges y el Yamuna. ↩

  5. Grandes propietarios y recaudadores de la renta de la tierra en la India. ↩

  6. Cuerpo de tropas indias mantenido por el maharajá de Gwalior bajo mando británico, que se sublevó en 1857. ↩

  7. En francés, «batida»: cacería en la que se ojea la caza hacia los tiradores. ↩

  8. James Hope Grant (1808-1875), oficial británico de caballería en la India. ↩