Escrito en inglés por Karl Marx el 6 de agosto de 1858 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5409, del 23 de agosto de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 539-543), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen cuatro erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Se recordará que en 1857 el Parlamento británico fue convocado a toda prisa a causa de la suspensión de la ley bancaria (Bank Charter Act) que el primer ministro y el canciller del Exchequer habían ordenado bajo su propia responsabilidad con una carta del 12 de noviembre, cuando el pánico monetario estaba en pleno apogeo.1 Una vez aprobada la ley de indemnidad,2 el Parlamento se aplazó y dejó una comisión especial con el encargo de «investigar tanto el funcionamiento de las leyes bancarias de 1844 y 1845 como las causas de la reciente crisis comercial». En realidad, la comisión venía reuniéndose desde principios de 1857 y había publicado ya dos gruesos volúmenes, un volumen de declaraciones de testigos y un apéndice, que trataban ambos del funcionamiento y las consecuencias de las leyes bancarias de 1844 y 1845. Sus trabajos casi habían caído en el olvido cuando el suceso de la crisis comercial devolvió la vida a la comisión y le proporcionó «materia adicional de investigación». En los dos gruesos volúmenes que hemos mencionado se declaraba que el comercio, justo dos meses antes de su colosal hundimiento, estaba «sano» y era «seguro». En cuanto al funcionamiento de la ley bancaria de sir Robert Peel,3 lord Overstone4 se expresó ante la comisión el 14 de julio de 1857 en tono ditirámbico:
«Gracias a la estricta y pronta observancia de los principios de la ley de 1844», dijo, «todo ha transcurrido con regularidad y facilidad, el sistema monetario es seguro e inconmovible, la prosperidad del país es indiscutible, la confianza pública en la ley de 1844 gana fuerza cada día. Si la comisión desea más pruebas prácticas de la solidez de los principios en que descansa esta ley y de las benéficas consecuencias que ha asegurado, la respuesta verdadera y suficiente a la comisión es: miren ustedes a su alrededor; consideren el estado actual de los negocios de nuestro país, consideren el contento del pueblo; consideren la riqueza y la prosperidad de todas las clases de la sociedad; y entonces, hecho esto, la comisión estará en condiciones de decidir si quiere impedir la continuación de una ley bajo la cual se han alcanzado tales éxitos.»
¡La misma comisión tuvo que felicitar seis meses después al gobierno por la suspensión de esa misma ley!
La comisión contaba entre sus miembros nada menos que cinco cancilleres del Exchequer o antiguos cancilleres, a saber: el señor Disraeli, sir G. C. Lewis, el señor Gladstone, sir Charles Wood y sir Francis Baring,5 secundados por el señor Wilson y el señor Cardwell,6 dos hombres acostumbrados desde hace mucho a proveer de ideas a los ministros de Hacienda. A ellos se sumaban todos los representantes más destacados de la burocracia inglesa. En efecto, la comisión tenía unas dos docenas de miembros y era un notable cónclave de sabiduría financiera y económica. Las cuestiones que había que decidir eran: primero, los principios de la ley bancaria de 1844; segundo, la influencia de la emisión de billetes pagaderos a la vista en las crisis comerciales, y, por último, las causas generales de la crisis actual. Nos proponemos dar una breve reseña de las respuestas dadas a estas diversas cuestiones.
Sir Robert Peel, el padrino parlamentario, y lord Overstone, el padre espiritual de la ley de 1844, que prohibió al Banco de Inglaterra emitir billetes por encima de la suma de 14.500.000 libras salvo contra cobertura en metal precioso, se jactaban de haber impedido épocas de estrechez y de pánico como las que se habían presentado periódicamente de 1815 a 1844. En el curso de diez años, sus expectativas se han visto defraudadas dos veces, pese a la ayuda extraordinaria e inesperada que el funcionamiento de la ley recibió de los grandes descubrimientos de oro. Como se desprende de las declaraciones hechas ante la comisión, el pánico de 1847 y el de 1857 fueron incluso más violentos y devastadores que nunca. Dos veces, en 1847 y en 1857, tuvo el gobierno que infringir la ley bancaria para salvar al Banco y al mundo financiero que gira en torno a él.
La comisión se encontraba, al parecer, ante una alternativa muy sencilla: o la violación periódica de la ley por el gobierno era acertada, y entonces la ley tenía que ser errónea, o la ley era acertada, y entonces había que prohibir al gobierno que interviniera arbitrariamente. ¿Qué decir de que la comisión haya logrado pronunciarse a la vez por la continuación de la ley y por la repetición periódica de su violación? Las leyes suelen estar destinadas a limitar el poder absoluto de un gobierno. Aquí, por el contrario, parece mantenerse la ley para conservar al ejecutivo el poder absoluto de saltársela. La carta del gobierno que autorizaba al Banco de Inglaterra a atender las demandas de descuento y de préstamo sobre garantías reconocidas como las mejores más allá de los límites prescritos en la ley de 1844 se publicó el 12 de noviembre; y hasta el 30 el Banco tuvo que lanzar a la circulación, por término medio diario, cerca de medio millón en billetes por encima del límite legal. El 20 de noviembre la circulación excedente ilegal había subido a cerca de un millón. ¿Qué otra prueba hace falta del absurdo y de la inutilidad del intento de sir Robert Peel de «regular» los medios de circulación? La comisión tiene toda la razón cuando afirma «que ningún sistema de circulación puede proteger a un país comercial de las consecuencias de su propia insensatez». Pero esta sabia observación no da en el blanco. La cuestión era más bien si el pánico monetario, que no es sino una fase de la crisis comercial, se agrava o no artificialmente con medidas legislativas.
En justificación de la ley bancaria dice la comisión:
«Sin duda la legislación en cuestión debía ofrecer ante todo la garantía de que las variaciones de la circulación de billetes en el reino se produjeran conforme a las mismas leyes con arreglo a las cuales variaría una circulación metálica. Nadie discute que se había alcanzado ese fin.»
Observamos sobre esto, en primer lugar, que la comisión se niega a dar su opinión sobre las leyes con arreglo a las cuales suele variar una circulación metálica, porque temía que «no estaría en condiciones de llegar a conclusión alguna sin grandes divergencias de opinión». Según los bullionistas7 encabezados por sir Robert Peel, una circulación puramente metálica se contraería o se dilataría según el estado del tipo de cambio, es decir, el oro afluiría con un cambio favorable y abandonaría el país con uno desfavorable. En el primer caso subiría el nivel general de los precios; en el segundo, bajaría. Ahora bien, si se supone que tales violentas oscilaciones de los precios son inherentes a una circulación puramente metálica, el señor J. S. Mill8 tenía sin duda razón cuando sostuvo ante la comisión que el estado que había que alcanzar en la circulación de billetes no debía ser imitar esas funestas oscilaciones, sino corregirlas y superarlas.
Pero los supuestos de los que parten los bullionistas en su argumentación han resultado imaginarios. En los países donde no hay operaciones de crédito ni, por consiguiente, circulación de billetes, como relativamente era el caso de Francia hasta hace poco y lo es todavía en medida mucho mayor en Asia, se acumulan por todas partes tesoros privados de oro y plata. Cuando el metal precioso se retira a causa de un tipo de cambio desfavorable, esos tesoros se abren a causa de una subida del tipo de interés. Cuando el cambio se invierte, los tesoros vuelven a absorber el excedente de metales preciosos. En ningún caso se produce en la circulación un vacío o lo contrario. La salida y la entrada de metal precioso afectan al nivel del atesoramiento, pero no al nivel de los medios de circulación, y por tanto tampoco ejercen efecto alguno sobre el nivel general de los precios. ¿A qué se reduce, pues, la defensa de la comisión? A que la ley bancaria de 1844 provoca en tiempos de estrechez bruscas oscilaciones de los precios que, según supone erróneamente la comisión, se producirían sobre la base de una circulación puramente metálica. Pero al menos, dice la comisión, la ley de sir Robert Peel garantiza la convertibilidad de los billetes, que es el primer deber del Banco, y añade:
«La reserva que según las disposiciones de la ley de 1844 ha de haber en las cajas de esa institución es mayor que la que hubo nunca antes en tiempos de estrechez. Durante la crisis de 1825, la existencia de metal precioso bajó a 1.261.000 libras, en 1837 a 3.831.000 libras y en 1839 a 2.406.000 libras, mientras que el nivel más bajo al que ha descendido desde 1844 fue de 8.313.000 libras en 1847 y de 6.080.000 libras en 1857.»
Ante todo, la convertibilidad de los billetes se mantuvo en todos esos periodos de pánico, no porque el Banco tuviera metal precioso suficiente para canjear sus billetes, sino sencillamente porque no se le había exigido que pagara en oro. En 1825, por ejemplo, el Banco resistió la avalancha de demandas de pago emitiendo billetes de 1 libra. Si las reservas de metal precioso relativamente mayores de 1847 y 1857 se consideran sin más efectos de la ley de 1844, habrá que atribuir también a esa ley, por las mismas razones, el hecho de que en 1857, pese a California y Australia, las reservas de metal precioso bajaran más de 2.000.000 de libras por debajo del nivel de 1847. Y aunque tenía dos o tres veces más oro que en 1825 y 1836, el Banco de Inglaterra estuvo en 1847 y 1857 al borde de la bancarrota, gracias a las disposiciones de la ley bancaria de sir Robert Peel. Según la declaración del gobernador del Banco, la reserva total del departamento bancario9 el 12 de noviembre de 1857, día en que se publicó la carta del Tesoro, era de solo 580.751 libras, mientras que sus depósitos ascendían al mismo tiempo a 22.500.000 libras, de las cuales casi 6.500.000 pertenecían a banqueros de Londres.
Sin la carta del Tesoro habría habido que cerrar la tienda. Subir o bajar el tipo de interés (y el Banco admite que no tenía otro medio de influir en la circulación) es una medida que se aplicaba antes de la aprobación de la ley de 1844 y que, naturalmente, habría podido aplicarse también después de su suspensión. Pero, dice el Banco, los directores desean que la ley fortalezca su dignidad, y no sería conveniente «dejarlos a su propia irresistible sabiduría y resolución». En tiempos normales, en que la ley es a todas luces letra muerta, los directores desean verse fortalecidos por la ficción de su eficacia legal, y en tiempos de estrechez, los únicos momentos en que puede actuar, desean librarse de ella mediante un decreto del gobierno,10
La carta del 12 de noviembre de 1857, firmada por el primer ministro Palmerston y el canciller del Exchequer sir George Cornewall Lewis, autorizó al Banco de Inglaterra a emitir billetes por encima del límite fijado por la ley de 1844, con la promesa de pedir después al Parlamento la indemnidad. El Parlamento se reunió el 3 de diciembre. ↩
Ley que exime de responsabilidad legal a los autores de un acto ilegal hecho en interés público; aquí, la que cubrió la suspensión de la ley bancaria. ↩
Sir Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory de 1841 a 1846, autor de la ley bancaria de 1844, que separó el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión y un departamento bancario y limitó la emisión de billetes no cubiertos por metal. ↩
Samuel Jones Loyd, lord Overstone (1796-1883), banquero, principal teórico de la currency school que inspiró la ley de 1844. ↩
Benjamin Disraeli (1852 y 1858-1859), sir George Cornewall Lewis (1855-1858), William Ewart Gladstone (1852-1855), sir Charles Wood (1846-1852) y sir Francis Baring (1839-1841): cancilleres del Exchequer en las fechas indicadas. ↩
James Wilson (1805-1860), fundador del Economist, secretario financiero del Tesoro de 1853 a 1858; Edward Cardwell (1813-1886), político peelista, antiguo presidente de la Junta de Comercio. ↩
Partidarios de la currency school, que pretendían regular la circulación de billetes como si fuera una circulación de metal. ↩
John Stuart Mill (1806-1873), economista y filósofo, entonces funcionario de la Compañía de las Indias Orientales. ↩
La ley de 1844 dividió el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión y un departamento bancario; la reserva del departamento bancario estaba formada por los billetes y la moneda de que disponía para atender a sus depositantes. ↩
El texto termina así, con una coma, en la MEW. ↩