Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 18 de marzo de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5287, del 1 de abril de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 412-416), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen tres erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 18 de marzo de 1858
«Risorgerò nemico ognor più crudo
Cenere anco sepolto e spirto ignudo.»
(«Resucitaré como enemigo aún más cruel, aunque solo sea ceniza enterrada y espíritu desnudo».) Estos dos versos de la Jerusalén de Tasso,1 que Orsini, con una extraña sonrisa, susurró a su defensor después del discurso de Favre, empiezan ya a cumplirse. Un testigo presencial describe así la actitud de la multitud que asistió a la muerte del patriota italiano:
«El miedo del gobierno había sido tan grande que se movilizó una división entera, al mando personal de un oficial con rango de general, que estuvo presente en la ejecución. Quince mil soldados estaban dispuestos a actuar a la menor señal, y todos los pasos y salidas estaban vigilados como en tiempos de insurrección. Calculo que entre 90.000 y 100.000 personas de los arrabales, obreros con sus blusas, se habían congregado en las calles y espacios abiertos próximos a la plaza de la Roquette; pero, por la manera en que estaban apostados los soldados, se encontraban en un lugar desde donde poco o nada podían ver. Cuando la cuchilla cayó sobre Orsini con un sonido muerto y sordo, respondió un inmenso pero contenido "Vive la République". No puedo describirlo con exactitud; era como un enorme murmullo; no era un grito ni una exclamación, sino que sonaba como la respiración o el suspiro de miles de seres humanos. La autoridad lo entendió muy bien, porque los soldados armaron en el acto el ruido más confuso que pueda imaginarse: golpeaban a sus caballos para que piafaran y cocearan, hacían sonar sus armas y consiguieron ahogar el susurro del pueblo sin llegar a reprimirlo propiamente. Pero las palabras "Vive la République!" tuvo que oírlas con claridad todo el mundo. Volví a casa a pie a propósito, abriéndome paso despacio entre los grupos donde eran más densos. Debo confesar que en todas partes oí expresiones de compasión y admiración por Orsini, cuyo crimen parece completamente olvidado, mientras que solo queda la impresión que han producido su valor y su generosidad con sus compañeros. El nombre de Pieri2 no lo oí ni una vez. Diría que la actitud de la población era sumamente amenazadora, porque mostraba las señales de un odio y una sed de venganza cuya hondura no se puede expresar con palabras. Todos los comentarios que oí se hacían en voz baja, como si se temiera a cada instante a un soplón de la policía».
Parece, pues, que las medidas de «seguridad general» que habían de extirpar el elemento republicano, las detenciones y deportaciones en masa, han fructificado tan poco como las cités ouvrières,3 los talleres de nueva creación y los demás intentos de comprar la conciencia de la clase obrera francesa. Las circunstancias que acompañaron el proceso de Orsini, expuestas en otra ocasión, son ahora el tema general de conversación en París. Hasta se ha filtrado que, al examinar la voluminosa correspondencia de Orsini y de Pieri, salieron a la luz cartas escritas hace muchos años por Luis Napoleón y firmadas de su puño y letra. Si el Constitutionnel francés estuviera todavía en la agradable posición que ocupaba en tiempos del señor Guizot, se nos obsequiaría día tras día con la solemne frase: «L'horizon politique s'obscurcit».4 Y así es, en efecto. Grande fue la consternación en las Tullerías cuando se supo la conducta de los oficiales de la guarnición de Chalon, y desmedida la rabia por la naïveté del Moniteur, que informó a Francia y a Europa de que los oficiales de Chalon, en vez de reírse en el acto de todo el asunto y formar a sus soldados, o de declarar que, aunque en París se hubiera proclamado la república, lucharían contra ella por el Imperio, en vez de eso habían corrido primero a ver al subprefecto y no estaban dispuestos a arriesgar su vida y sus puestos por el emperador antes de asegurarse de si la república estaba proclamada o no. El hecho prueba que la masa del ejército no es de fiar. Aparte de sus jefes, demasiado comprometidos o demasiado espléndidamente recompensados para poder separar su suerte de la del Imperio, quizá no haya en el ejército más que una sola parte enteramente digna de confianza: la Guardia. Este cuerpo es en efecto muy fuerte, y tiene que contar con que bajo cualquier otro gobierno se lo incorporaría a la línea o se lo disolvería sin más. La infantería de la Guardia consta de cuatro regimientos de granaderos, dos regimientos de voltígeros, un regimiento de gendarmes, un regimiento de zuavos y un batallón de cazadores: diecisiete batallones de infantería en total. La Guardia cuenta además con dos regimientos de coraceros, dos regimientos de dragones, un regimiento de granaderos a caballo, un regimiento de húsares y un regimiento de cazadores, o veintiún escuadrones de caballería en total; y también la artillería de la Guardia es bastante fuerte. Este cuerpo suma unos 20.000 hombres con 40 a 50 cañones, un núcleo suficientemente firme para contrarrestar las tendencias a vacilar que podrían imponerse en la línea en caso de una lucha seria con la población de París. Además, todo está previsto para una concentración súbita de las tropas de provincias, como prueba la ojeada más superficial a un mapa ferroviario de Francia, de modo que un movimiento que no lograra coger desprevenido al gobierno vería sin duda desplegarse contra él la enorme fuerza de 60.000 a 80.000 hombres. Pero las mismas medidas que Bonaparte ha tomado para sofocar una insurrección armada hacen muy improbable que esta llegue a estallar, salvo en una gran ocasión imprevista, cuando la actitud resueltamente antibonapartista de la burguesía, las sociedades secretas que socavan las capas inferiores del ejército, y los celos mezquinos, la venalidad traicionera y las inclinaciones orleanistas y legitimistas que dividen sus capas superiores inclinen la suerte, con toda probabilidad, del lado de las masas revolucionarias. Lo peor que podría pasarles a estas sería un atentado afortunado contra la vida de Bonaparte. En tal caso resultaría quizá profética la respuesta que Morny dio al comienzo de la guerra contra Rusia cuando Bonaparte le preguntó qué pensaban hacer si él muriera de repente:
«Nous commencerions de jeter tous les Jérômes par la fenêtre, et puis nous tâcherions de nous arranger tant bien que mal avec les Orléans». («Empezaríamos por tirar a todos los Jérôme por la ventana, y luego trataríamos de arreglarnos como pudiéramos con la casa de Orleans».)
Antes de que la población de los faubourgs estuviera en condiciones de decidir qué camino tomar, Morny podría llevar a cabo su revolución de palacio, proclamar a los Orleans y atraer así a la burguesía al campo contrarrevolucionario.
Entretanto, los desengaños de Bonaparte en el terreno de la política exterior contribuyen en gran medida a empujarlo a su sistema de terror en el interior. A cada revés que sufre fuera, que revela la debilidad de su posición y da nuevo impulso a las aspiraciones de sus adversarios, siguen necesariamente nuevas manifestaciones de la llamada «fuerza del gobierno». Y estos fracasos de su política exterior se han acumulado rápidamente en las últimas semanas. Primero vino el gran tropiezo con Inglaterra. Luego, hasta Suiza, aunque había hecho concesiones muy cobardes, cobró ánimo para resistirse a los nuevos pasos que se le imponían del modo más desconsiderado. Se declaró oficialmente a la Confederación que, llegado el caso, entrarían regimientos de infantería franceses a cumplir los deberes de policía que la propia policía suiza no fuera capaz de cumplir. Llegados a este punto, hasta el señor Kern5 creyó necesario pedir sus pasaportes, y el gobierno francés se echó atrás. Bélgica, que había modificado su ley al dictado de Bonaparte,6 se negó a plegarse a la exigencia de expulsar al general Changarnier. La comisión de la Cámara piamontesa encargada de examinar el proyecto de ley para adaptar las instituciones sardas a las idées napoléoniennes7 propuso, por cinco votos contra dos, rechazar pura y simplemente el proyecto bonapartista. Austria, que sabe muy bien que la ejecución de Orsini ha puesto en sus manos, atado de pies y manos, al héroe de Estrasburgo8 y que este ya no puede inquietarla con Italia, le vuelve la espalda.
Ponerse en ridículo es para el gobierno francés el camino más seguro hacia su propia destrucción. Bonaparte es consciente de la luz grotesca que han arrojado sobre él sus últimos intentos frustrados de hacer de dictador de Europa. Cuanto más despreciable se hace su posición en Europa, más vivamente siente la necesidad de parecer temible ante Francia. Por eso el régimen de terror se extiende cada vez más. Al general Espinasse, que dirige el Ministerio del Interior, lo secunda ahora el señor Boittelle,9 antiguo coronel de húsares, que tiene ahora a su cargo la prefectura de policía. The Continental Review describe así el sistema que practican estos mirmidones militares del Segundo Imperio:
«Han cogido las viejas listas de las personas que la policía calificó de peligrosas tras los disturbios de 1848 y 1851, y han detenido a esa gente en masse, tanto en París como en los departamentos. Todo ello sin la menor averiguación sobre si esas personas han dado desde entonces motivo de queja o no, y se ha llegado a las consecuencias más crueles. Así, ciudadanos honrados a los que en 1848 arrastró el torbellino que agitaba a toda la nación y que profesaban ideas progresistas, pero que desde entonces han abandonado la política, y muchos de los cuales son hoy padres de familia y comerciantes laboriosos, han sido arrancados por la policía de en medio de sus negocios y de sus familias. Hay hechos conocidos que muestran qué poco motivo había para las detenciones y hasta qué punto faltaba incluso la apariencia de legalidad o de necesidad en la ejecución de estas medidas de terror. Entre las personas que los agentes de policía querían detener había algunas que vivían fuera de Francia desde hacía nada menos que seis años y que, por tanto, no podían haber cometido ningún delito, pero a las que, de haber estado en Francia en este momento, se habría echado infaliblemente a la cárcel con el pretexto de la "seguridad pública". Más aún: con la intención de practicar detenciones, la policía llegó a presentarse en las casas de varias personas que llevaban algunos años muertas. Sus nombres figuraban en las listas de las personas detenidas anteriormente (y muchas de ellas simplemente porque se encontraban entre la multitud en las calles: ese era todo su crimen). De ahí se desprende claramente que la policía no combate a los culpables, sino a los sospechosos, y la manera en que se aplica la ley basta para justificar el nombre que la opinión pública le da. En los departamentos ocurre casi lo mismo que en París. Las listas de sospechosos las han confeccionado las autoridades administrativas, y ¡ay de quienes en las elecciones del pasado junio se atrevieron a oponerse al candidato apoyado por el prefecto y, creyendo que la Constitución, la ley electoral y las circulares del ministro del Interior eran realidades serias, pensaron que podían hacer campaña por la elección de los candidatos de su preferencia! A estos últimos se los considera los peores criminales, y tienen que ser muy ricos, muy influyentes o estar muy bien protegidos por sus amigos para escapar a la venganza de los funcionarios a los que se cruzaron en el camino. Entre las personas detenidas en provincias figura el nombre del general Courtais,10 que, después de haber tenido un papel en 1848 como comandante en jefe de la Guardia Nacional de París, vivía desde hacía nueve años en el mayor retiro en una casa de campo del departamento del Allier, apartado de la sociedad y completamente ajeno a la política y a los asuntos públicos».
En parte por este sistema de «seguridad general», en parte por los dolores de una crisis comercial que se ha hecho crónica, la burguesía francesa se verá pronto llevada al punto en que considerará necesaria una revolución para «restablecer la confianza».
Torquato Tasso, Jerusalén liberada, canto IX, estrofa 99: palabras del sultán Solimán. ↩
Giuseppe Andrea Pieri (1808-1858), cómplice de Orsini, ejecutado con él el 13 de marzo de 1858. ↩
«Ciudades obreras»: los bloques de viviendas para obreros que el gobierno de Napoleón III hizo construir en París. ↩
«El horizonte político se oscurece». ↩
Johann Konrad Kern (1808-1888), ministro plenipotenciario de Suiza en París. ↩
En febrero de 1858, a petición de Francia, Bélgica endureció su ley penal sobre los delitos contra soberanos extranjeros. ↩
«Ideas napoleónicas»: alusión al libro de Luis Bonaparte Des idées napoléoniennes (1839). El proyecto del gabinete Cavour, presentado tras el atentado de Orsini, endurecía la legislación de prensa y las penas por conspiración contra soberanos extranjeros. ↩
Luis Bonaparte, por su intento de golpe en Estrasburgo en octubre de 1836. ↩
Symphorien Boittelle (1813-1897), prefecto de policía de París de 1858 a 1866. ↩
Amable de Courtais (1790-1877), comandante de la Guardia Nacional de París en 1848, destituido y procesado tras la jornada del 15 de mayo de 1848. ↩