Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 16 de noviembre de 1858 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5497, del 3 de diciembre de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 640-643), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Es el tercero de tres artículos con el mismo título; añadimos tras una coma la fecha de publicación en el Tribune para distinguirlos. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Berlín, 16 de noviembre de 1858
El carácter ecléctico y abigarrado del nuevo gabinete, del que ya me ocupé en una colaboración anterior, lo ha comentado la Kreuz-Zeitung1 con las siguientes palabras burlonas:
«Debe producirse un cambio de sistema. Si se nos permite la pregunta: ¿qué cambio de sistema? ¿Qué sistema se abandona y cuáles son los principios del nuevo sistema que van a adoptarse? ¿Representa su idea rectora el príncipe católico que está a la cabeza del ministerio, o el ministro de Cultos, el hombre de la Alianza Evangélica?2 ¿Cómo se espera que el ministro de Hacienda, antiguo diputado de los demócratas, armonice con las personas antes mencionadas? ¿Y puede el veterano de la vieja burocracia prusiana poner sus opiniones al mismo nivel que las del señor von Patow?»
El 2 de noviembre se celebraron en todo el reino las elecciones primarias (Urwahlen). Los compromisarios (Wahlmänner) así elegidos elegirán a su vez a los diputados el 23 de este mes. Nadie ama una castidad moderada en su mujer ni una solvencia moderada en su deudor; y, sin embargo, la libertad moderada fue la consigna que se propagó de manera moderada entre los electores primarios (Urwähler). La parte de la población prusiana que hasta ahora tiene en sus manos, sola, el movimiento, y cuyo credo político puede calificarse de liberalismus vulgaris [liberalismo vulgar], es cualquier cosa menos heroica. En 1848 no se atrevieron a moverse hasta que estalló el movimiento en Nápoles, París y Viena. Por un extraño encadenamiento de circunstancias se encuentran hoy en situación de dar la señal del despertar político del continente. Con un gran ejército a su propia espalda, la Francia del golpe de Estado de diciembre por un lado, una Austria recentralizada por otro y una Rusia siempre al acecho por el tercero, ofrecen un blanco demasiado cómodo para un ataque concéntrico como para no sentirse bastante incómodos. Además, el recuerdo de la revolución sigue vivo ante sus ojos y en su corazón; y, por último, no hay que sobresaltar al príncipe regente en su constitucionalismo recién estrenado. Así, un héroe liberal ruega al otro que le preste el buen servicio que pidió a su mujer aquel marido cuando un oficial la ofendió en plena calle: «¡Sujétame —gritaba el valiente—, o me vengaré y correrá la sangre!». En efecto, en este punto no hay que hacerse ilusiones. Un movimiento prusiano en el sentido local de la palabra solo es posible dentro de límites muy estrechos; una vez rebasados, tiene que retroceder o convertirse en un movimiento continental general. El temor a esto último lo comparten por igual la gran burguesía y el príncipe regente. Un hecho que difícilmente encontrarán ustedes en ninguna información periodística, pero del que puedo responder, es que el príncipe, en su última visita a Breslau, en una audiencia concedida a los notables de esa ciudad, declaró en el tono más solemne que el fuego revolucionario seguía ardiendo, que amenazaba una nueva explosión europea y que, en consecuencia, el deber y el interés de la burguesía exigían que esta se agrupara en torno al trono y, sobre todo, guardando la más estricta moderación en la actividad política, tapara todo agujero por el que pudieran colarse demagogos sin principios (gesinnungslose Demagogen). Esto concuerda del todo con lo que me dijo hace poco un noble prusiano muy culto:
«¿Sabe usted qué llevó al rey a la locura? El espectro de la república roja; y su hermano, aunque es un botón de polaina sobrio, mediocre e insulso,3 está perseguido por el mismo espectro.»
En general, en las ciudades grandes han vencido los compromisarios liberales, y en el campo los reaccionarios decididos. De qué manera se hicieron las elecciones en el campo puede deducirse del hecho de que los consejeros de distrito (Landräte) hicieron circular privadamente, cada uno en su distrito, circulares en las que se invitaba a los electores primarios a votar a tales y tales personas. Ahora bien, el Landrat ocupa en Prusia una posición muy particular. En todas las provincias, con la sola excepción de la del Rin, es un junker con extensas propiedades que, como las del juez de paz inglés, están dentro de su jurisdicción. Es al mismo tiempo un eslabón de la cadena burocrática: lo elige su distrito rural, lo nombra la corona y está subordinado a la Regierung (un órgano colegiado), que tiene su sede en uno de los centros de las circunscripciones administrativas mayores; pero en su distrito (o Kreis, como lo llaman los prusianos) es el representante supremo del gobierno. Estos Landräte reúnen, pues, en su persona la condición de junker rústico y la de burócrata. A diferencia de la mayor parte de los funcionarios del Estado, no dependen por completo de su sueldo oficial; en el peor de los casos, como hijos menores de la aristocracia rural, se ven obligados a completar la asignación que les da el padre, el tío o el hermano mayor con un sueldo del Estado de 1.200 táleros al año. Por eso su interés está en general más ligado a los intereses de clase y de partido de la aristocracia rural que a los intereses de casta de la burocracia. Esta gente era el principal sostén del gabinete que acaba de caer. Veían en un gobierno central mucho más el instrumento de sus propios intereses sociales de lo que se consideraban a sí mismos instrumento de él. Hoy se oponen al nuevo gabinete; este no se ha atrevido a destituirlos, en parte porque un procedimiento tan radical excitaría todas las inclinaciones revolucionarias y chocaría con la rutina de la administración prusiana, en parte porque en cierta medida se depende de la actividad de los Landräte para amordazar a la población rural y formar así un contrapeso al liberalismo de las ciudades. El único Landrat destituido hasta ahora es el conde de Krassow, en Pomerania, que en su circular a los electores primarios se permitió la broma de ofender al gabinete.
Desde 1852 no se ha hecho ningún nuevo censo; pero el último basta para dar una idea de la proporción numérica entre la población rural y la urbana. De diecisiete millones de habitantes, doce millones estaban dispersos por el campo, mientras que cinco millones vivían reunidos en ciudades, muchas de las cuales no son más que ciudades rurales. De las 984 ciudades del reino, solo las 12 más importantes podían jactarse de una población total de 1.000.000, mientras que más de 500 tenían menos de 2.500 habitantes. En la provincia de Prusia la población industrial es el 11 por ciento; en Pomerania, el 15; en Posen, el 18; en Silesia, el 23; en Westfalia, el 26; en Sajonia, el 28; en la provincia del Rin, el 25, y en Brandeburgo, el 37. Es verdad que casi toda la población industrial de Brandeburgo está concentrada en Berlín. El 60 por ciento de toda la población del reino pertenece exclusivamente a la agricultura; por término medio hay un noble por cada 263 personas.
La Neue Preußische Zeitung, llamada Kreuz-Zeitung por la cruz de hierro de su cabecera, órgano de la camarilla y de los junkers ultrarreaccionarios, fundado en Berlín en 1848. ↩
La Alianza Evangélica, asociación internacional de protestantes fundada en Londres en 1846. ↩
Gamaschenknopf: militar de cuartel, apegado a las minucias de la ordenanza. ↩