Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Manchester el 18 de mayo de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5352, del 16 de junio de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 475-482), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. La nota 5 es de Marx; las demás son nuestras. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Texto original en alemán.

Manchester (Inglaterra), 18 de mayo de 1858

Muy poco después de terminar la última guerra con Rusia apareció en la prensa la noticia de que un tal Mehmed Bey, coronel del ejército turco, alias J. Bangya,1 excoronel del ejército húngaro, había salido de Constantinopla con un grupo de voluntarios polacos para ir a Circasia. Nada más llegar se convirtió en algo así como jefe de estado mayor de Sefer Bajá,2 el caudillo circasiano. Quien conociera de antes a este libertador húngaro de Circasia no podía dudar de que solo había ido a ese país con un único fin: venderlo a Rusia. Estaba demostrado clara y palpablemente que el hombre había estado en Londres y en París a sueldo, como espía, tanto de la policía francesa como de la prusiana. Y, en efecto, hace cosa de un mes los periódicos europeos traían la noticia de que se había descubierto que Bangya-Mehmed Bey mantenía realmente una correspondencia traidora con el general ruso Philipson3 y que un consejo de guerra lo había condenado a muerte. Sin embargo, poco después Bangya apareció de repente en Constantinopla. Con su habitual desvergüenza declaró que todas aquellas historias de traición, consejo de guerra, etc., eran puras invenciones de sus enemigos, e intentó presentarse como víctima de una intriga.

Da la casualidad de que tenemos en nuestro poder los documentos más importantes sobre este curioso episodio de la guerra circasiana, y vamos a dar ahora algunos extractos. Estos papeles los llevó a Constantinopla el teniente Franz Stock, del batallón polaco de Circasia, uno de los miembros del consejo de guerra que declaró culpable a Bangya. Que el público juzgue por sí mismo.

Extractos de las actas del consejo de guerra celebrado en Aderbi, Circasia, sobre Mehmed Bey, alias J. Bangya de Illosfalva.

(Núm. 1) Sesión del 9 de enero de 1858. Declaración de Mustafá, nacido en la provincia de Narjuatz:

«... Cuando el coronel Mehmed Bey vino a Shepsohur, me pidió que hiciera llegar una carta al comandante de los cosacos del mar Negro, el general Philipson. Al observarle yo que no podía hacerlo sin informar a Sefer Bajá o sin su permiso, Mehmed Bey me explicó que, como enviado y lugarteniente del padishá y como comandante militar en Circasia, tenía derecho a cartearse con los rusos, que Sefer Bajá conocía el asunto y que su intención era engañar a los rusos... Cuando Sefer Bajá y la asamblea nacional me enviaron el manifiesto de Circasia dirigido al zar, Mehmed Bey me dio también una carta para el general Philipson. No encontré al general Philipson en Anapa y entregué la carta al mayor que mandaba en Anapa. El mayor me prometió transmitir el manifiesto, pero no quiso recibir la carta, que no llevaba ni dirección ni firma. Me traje la carta de vuelta; pero como la frecuente correspondencia de Mehmed Bey me había hecho sospechar y temía verme yo mismo comprometido, comuniqué todo el asunto a los superiores...».

(Núm. 2) Declaración de Ajufet Efendi, antiguo secretario turco de Mehmed Bey:

«... Mehmed Bey estaba muy enojado con Tefik Bey» (el coronel Lapinski)4 «y hablaba de él muy despectivamente, añadiendo que hacía tiempo que este trataba de cerrarle el paso. La segunda noche después de nuestra llegada a Aderbi... me despertó hacia la madrugada el palafrenero de Mehmed Bey. El propio Mehmed Bey me dijo que se había oído un fuerte cañoneo en dirección a Gelendzhik. Se había levantado y parecía inquieto... La noticia de que el coronel Lapinski había sido hecho prisionero con todo su séquito llegó a Aderbi, no sé cómo, antes de que hubiera cesado el tronar de los cañones. Oí a Mehmed Bey hablar de ello. Cuando más tarde llegó la noticia de que ni el coronel ni su gente habían sido hechos prisioneros, Mehmed Bey dijo muy enfadado "que probablemente habría vendido sus cañones a los rusos"».

(Núm. 3) Declaración de los oficiales y soldados polacos destacados en Aderbi:

«Un día antes de que Gelendzhik fuera tomado por sorpresa, Mehmed Bey vino al campamento y dijo que había recibido cartas de Constantinopla en las que se le comunicaba que era culpa exclusiva del coronel Lapinski que no encontraran ayuda en ninguna parte... Hizo repartir aguardiente a los soldados y les hizo toda clase de promesas si abandonaban a su coronel y le seguían a él... Cuando más tarde la noticia» (de que Lapinski había sido hecho prisionero) «resultó falsa, Mehmed Bey vino en persona al campamento y arengó al destacamento para inducirlo a negar obediencia al coronel. Pero cuando el coronel volvió, afirmó no saber nada de ello. Abandonó a varios hombres que se le habían unido y dejó que los castigaran sin interceder por ellos. Más tarde, durante una ausencia del coronel, Mehmed Bey se esforzó por amotinar a las tropas con ayuda de varios húngaros. Los húngaros redactaron un escrito con acusaciones contra el coronel e intentaron que los hombres lo firmaran. Salvo tres hombres, que reconocieron que se les había inducido a ello, todos los demás declararon bajo juramento que sus firmas estaban falsificadas... Esta falsificación era tanto más fácil cuanto que en el destacamento pocos soldados saben escribir».

(Núm. 4) Confesión de Bangya ante el consejo de guerra:

«Cansado del largo interrogatorio, presento a la comisión esta confesión, escrita de mi puño y letra y firmada por mí. Espero que mis jueces, a quienes ahorro así una tarea larga y difícil, estarán tanto más dispuestos a tener presente que a mi suerte está ligada también la de mi inocente familia.5 Antes me llamaba János Bangya de Illosfalva; ahora me llamo Mehmed Bey; tengo cuarenta años; mi religión era la católica romana, pero en 1853 me convertí al islam... Mi actividad política... me la dictó el antiguo jefe de mi país, Lajos Kossuth... Provisto de cartas de presentación de mi jefe político, llegué a Constantinopla el 22 de diciembre de 1853... Entré en el ejército turco con el grado de coronel. En esa época recibía a menudo de Kossuth cartas e instrucciones relativas a los intereses de mi país. Al mismo tiempo, Kossuth dirigió un mensaje al gobierno otomano en el que instaba encarecidamente a los turcos a guardarse de una alianza con Francia, Inglaterra o Austria, y les aconsejaba unirse más bien a los italianos y los húngaros revolucionarios... Mis instrucciones me aconsejaban unirme de algún modo a las tropas destinadas a operar en las costas de Circasia... Llegado a Circasia, me contenté durante un tiempo con estudiar la situación del país y comunicar mis observaciones a mis amigos políticos... Intenté acercarme a Sefer Bajá... Mis instrucciones me aconsejaban impedir cualquier paso ofensivo por parte de los circasianos y oponerme a toda influencia extranjera en el país. Poco antes de mi salida de Constantinopla, el coronel Türr,6 que recibe sus instrucciones del mismo sitio que yo y con quien he estado durante años en relación política, recibió el encargo de unirse a la insurrección griega. El general Stein» (Ferhad Bajá),7 «que pertenece también a nuestro grupo, recibió la orden de ir a Anatolia. En cuanto al plan de agregarme a Sefer Bajá, tuvo éxito, y muy pronto me gané su plena confianza. Una vez que tuve su confianza, me fue fácil seguir y ejecutar mis instrucciones... Convencí a Sefer Bajá de que después de la guerra Circasia volvería a quedar sometida al dominio del sultán... A los comandantes turcos les hice ver que todas las medidas ofensivas de sus tropas serían peligrosas, porque los circasianos... los abandonarían en la hora del peligro. Las circunstancias me eran favorables y, aunque los rusos habían enviado sus tropas al teatro de la guerra y dejado sus fronteras desguarnecidas, no tuvieron que sufrir incursiones serias de los circasianos... Enviaba regularmente informes de mi actividad secreta a mis superiores políticos... Al mismo tiempo tropecé en mi camino con hombres y circunstancias completamente opuestos a mis planes. Me refiero a la llegada del señor Longworth, cónsul británico en Anapa. Las instrucciones del señor Longworth le ordenaban inducir a Sefer Bajá a organizar 6.000 circasianos a costa de Gran Bretaña y enviarlos a Crimea... Yo recibí órdenes parecidas de los superiores turcos, pero al mismo tiempo mis superiores secretos me dieron la orden más terminante de hacer todo lo que estuviera en mi mano para frustrar la misión del cónsul... En una conversación con el señor Longworth... le pedí un puesto en el ejército británico con el grado de coronel o la suma de 10.000 libras esterlinas... El señor Longworth pensó ganarme con una oferta de 50.000 piastras... Mi intriga tuvo éxito. El príncipe Sefer, engañado tantas veces con promesas vanas, se volvió receloso y negó en redondo al cónsul lo que este deseaba de su gente... Por entonces me gané la enemistad del príncipe Ibrahim Karabatir, hijo de Sefer Bajá, que había sido nombrado para mandar a los 6.000 circasianos...

»El 21 de marzo de 1856, Sefer Bajá me comunicó que en la asamblea popular se había acordado enviar una delegación a los gobiernos turco, francés y británico para pedir a estas potencias que volvieran a incorporar Circasia a Turquía. Conseguí de Sefer Bajá unirme a esta delegación... A mi llegada a Constantinopla... envié a mis amigos políticos y a Kossuth un informe detallado sobre la situación de Circasia... Recibí en respuesta instrucciones que me ordenaban ponerme en contacto con el coronel Türr y el general Stein, llevar los asuntos en común con ellos y hacer participar en ellos al mayor número posible de húngaros. Al mismo tiempo me puse en contacto con Ismail Bajá, director de correos del Imperio otomano, circasiano de nacimiento, que me pareció patriota y capaz de hacer sacrificios por su país. Consulté con él el modo de enviar a Circasia armas, municiones, herramientas para armeros y buenos oficiales y artesanos. Pero el plan efectivo de la expedición se concertó entre el general Stein, el coronel Türr y yo. El capitán Franchini, secretario militar del embajador ruso, estuvo presente en varias de nuestras deliberaciones. El objetivo era ganar Circasia para los intereses rusos de un modo pacífico, lento pero seguro... Una vez que Circasia se hubiera plegado a las directrices del general Stein y mías, nuestro plan había de ser el siguiente:

»I. Elegir a algún príncipe indígena que sometiera todo el país a su dominio;

»II. convencer a los circasianos de que no podían esperar ningún apoyo ni del sultán ni de ninguna otra potencia;

»III. desmoralizar a los montañeses con derrotas en el campo de batalla, derrotas que habían de calcularse y prepararse antes cuidadosamente;

»IV. llevarlos a reconocer al zar como su soberano nominal, sin pagar tributo alguno, pero admitiendo guarniciones en el país... Los húngaros llevados a Circasia se colocarían en el entorno del príncipe; a los más capaces se les confiarían los puestos importantes... El capitán Franchini me aseguró que Rusia no pedía más que una subordinación aparente...; las muestras del favor imperial, el dinero y las condecoraciones rusas harían el resto...

»El 22 de septiembre de 1856, Ismail Bajá me recomendó contratar para Circasia a varios centenares de polacos que estaban acuartelados en Escutari y habían formado parte de la legión de Zamoyski...8 Esta propuesta no concordaba con nuestros planes, pero era difícil rechazarla. Yo había conocido antes al señor Lapinski, que había servido con éxito en Hungría... Vivía ahora en Escutari... Convinimos con el general Stein en que lo mejor era ganarse al coronel Lapinski, que tenía en mí una confianza absoluta... El 24 de septiembre comuniqué por escrito al coronel Lapinski que los patriotas circasianos le pedían que formara un cuerpo polaco en Circasia. El coronel pidió en respuesta armas y equipo para 700 polacos... Más tarde deliberamos juntos —el general Stein, Türr, Franchini y yo— y se acordó que Türr fuera a Inglaterra a comprar herramientas y máquinas para fabricar cartuchos, pero que retrasara cualquier envío de armas. Queríamos asegurarnos primero de los polacos antes de darles armas... Las serias reconvenciones del coronel Lapinski... me obligaron a apresurar la partida, aunque no tenía los medios para llevar conmigo a los oficiales húngaros que había contratado... En enero de 1857 recibí cartas e instrucciones de Kossuth y de mis otros amigos políticos. Mi plan fue aprobado... Poco antes de mi partida se fingió un claro enfriamiento de las relaciones entre el general Stein y yo. Yo quería retrasar todavía mi partida para que algunos húngaros pudieran viajar conmigo, pero el capitán Franchini declaró que no se podía perder un día. La expedición se había convertido en la comidilla de toda Constantinopla, y si la embajada rusa no intervenía, podían acusarla de complicidad. El 15 de febrero, el coronel Lapinski embarcó en el vapor inglés Kangaroo. Yo subí también a bordo... A mi llegada a Dob» (el Kabardinsk ruso) «dirigí cartas a Sefer Bajá, al naib9 y a los demás jefes de tribu; en ellas me anunciaba como enviado de su majestad imperial el sultán, encargado de mandar las fuerzas militares de Circasia... La conducta del coronel Lapinski no era muy tranquilizadora para mí... Algunas semanas después de la llegada del destacamento polaco a Shapsugo» (el fuerte ruso de Tenginsk), «residencia de Sefer Bajá, llegó a Dob el señor Römer en el bergantín cargado de armas y municiones que habíamos dejado en el Bósforo... La irrupción repentina de los rusos en Attakum, en mayo, reunió a miles de guerreros circasianos de todas partes del país. Por primera vez vieron los circasianos cómo su propia artillería atacaba con éxito a la artillería rusa. Este combate, de por sí bastante insignificante, nos dio importancia a mí y al destacamento polaco... Aproveché la disposición de la gente a mi favor para representar mi papel; me presenté públicamente como enviado del sultán; exigí obediencia incondicional... Más tarde supe que el coronel Lapinski trabajaba con todas sus fuerzas para desbaratar mis planes... Me esforcé por ganar partidarios entre los oficiales y los hombres de su destacamento y, como la situación del cuerpo era precaria, lo atribuí al fracaso de su comandante... La captura de algunas sandalias10 por un barco ruso en los puertos de Sudzhak y Gelendzhik me dio ocasión de alejar al coronel a cierta distancia del teatro de la guerra en Attakum y de aislarlo por completo... Algunos días más tarde recibí del coronel Lapinski una carta en la que me comunicaba que en Gelendzhik no había tropas y que su posición era insostenible... Fui yo mismo a Gelendzhik, y allí mismo el coronel Lapinski me expuso lo peligroso de su posición y el peligro inminente de un ataque de los rusos. Nueve días después su predicción se hizo realidad...

»La agitación que llevé a cabo entre los oficiales y los soldados en Aderbi durante y después de la catástrofe de Gelendzhik fue simplemente consecuencia de mi decisión de sembrar la discordia entre el destacamento y el coronel Lapinski... Por medio de emisarios hice correr entre los circasianos el rumor de que había vendido los cañones a los rusos... Me dejé engañar por la fingida sinceridad del coronel, que en realidad me vigilaba con más atención que nunca...

»De acuerdo con mis instrucciones, debía establecer relaciones con el general ruso... Mi carta anónima, que está ahora en manos de la comisión, debía iniciar una correspondencia regular, pero por la estupidez del comandante ruso ha caído en sus manos...

»De repente, el coronel Lapinski se quitó la máscara y me declaró bruscamente en casa de Sefer Bajá que no me reconocía ni como su superior ni como comandante militar en Circasia, rompió todo trato conmigo... y dirigió además una orden del día en este sentido al destacamento polaco. Intenté destituirlo con otra orden del día dirigida a los soldados, pero mis esfuerzos fueron vanos...

»Firmado: Mehmed Bey».

(Núm. 5) Carta de János Bangya al general Philipson:

«¿No interesaría a Rusia pacificar Circasia? Quizá sea posible conquistar las llanuras de Circasia por poco tiempo con sacrificios enormes, pero las montañas y las fortificaciones naturales nunca serán conquistadas. Los cañones rusos han perdido su efecto. La artillería circasiana responderá a la rusa con suficiente éxito. Los circasianos ya no son lo que eran hace cinco años; apoyados por una pequeña fuerza regular, luchan tan bien como las tropas rusas, y por su religión y su país lucharán hasta el último hombre. ¿No sería mejor conceder a los circasianos una especie de libertad aparente, poner Circasia bajo un príncipe nacional y poner a ese príncipe bajo la protección del zar ruso? En una palabra, ¿hacer de Circasia otra Georgia o algo por el estilo? Una vez que Circasia esté estrechamente ligada a Rusia, los caminos de Anatolia y de la India estarán abiertos a los rusos. Sapienti sat.11 Sería posible abrir negociaciones sobre esta base. Reflexione y responda».

(Núm. 6) Sentencia, 20 de enero de 1858:

«Leída la confesión del coronel Mehmed Bey en las sesiones del 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 11 de enero, y oídas las declaraciones de los testigos en la sesión del 9 de enero, el consejo de guerra, en su sesión de hoy, declara a Mehmed Bey, sobre la base de su confesión y de las declaraciones de los testigos, convicto de traición a la patria y de correspondencia secreta con el enemigo; lo declara infame y privado de su grado en este país y lo condena a muerte, por unanimidad.

»Firmado: Jacob Beckert, soldado; Philipp Terteltaub, cañonero; Mathias Bedneizek, sargento; Otto Linovski, artillero; Franz Stock, subteniente; Anton Krysciewicz, subteniente; Michael Marecki, teniente; Leon Zawadski, artillero; Stanislas Tanckowski, cabo; John Hamaniski, sargento; Alexander Michicki, sargento primero; Casimir Wystocki, subteniente; Josef Aranoski, teniente; Peter Stankiewicz, capitán; Theophil Lapinski, coronel».

A los documentos anteriores solo tenemos que añadir que Sefer Bajá no estaba dispuesto a hacer ejecutar la pena de muerte en un hombre que tenía el grado de coronel en el ejército del sultán, y por eso lo hizo escoltar hasta Trebisonda. Los húngaros de Constantinopla declararon que la traición de Mehmed Bey era pura calumnia, pero los oficiales polacos protestaron en el acto contra esa afirmación y amenazaron con publicar eventualmente los documentos relativos a este asunto. Los publicamos ahora en extracto porque constituyen con mucho la contribución más interesante a la historia de la guerra circasiana.

Sobre la conducta de la embajada rusa en este asunto podemos añadir los hechos siguientes. En Constantinopla se sabía generalmente que el Kangaroo había sido fletado para llevar tropas y provisiones a Circasia. Sin embargo, la embajada rusa no dijo una sola palabra a la Puerta sobre esta expedición; pero el mismo día en que el Kangaroo dejó atrás el Bósforo, el embajador ruso dirigió una protesta a la Puerta e hizo abrir una investigación para descubrir a los instigadores de la expedición. Se hicieron todos los esfuerzos para implicar en el asunto al conde Zamoyski, que estaba entonces en Constantinopla; pero fracasaron por completo. Luego, al parecer a petición de Rusia, el general Stein e Ismail Bajá fueron desterrados por estar implicados en el asunto. Tras un destierro de algunos meses, con ocasión de una fiesta de la familia del zar ruso, y otra vez a petición de la embajada rusa, se permitió al general Stein y a Ismail Bajá volver a Constantinopla.

  1. János Bangya (1817-1868), oficial húngaro de la revolución de 1848-1849, emigrado, que se hacía pasar por agente de Kossuth mientras trabajaba como confidente de varias policías. En 1852-1853 había engañado a Marx con un supuesto proyecto editorial; Marx lo denunció públicamente en 1853. ↩

  2. Sefer Bajá (muerto en 1859), príncipe circasiano, jefe de la resistencia contra Rusia en la costa del mar Negro. ↩

  3. Grigori Philipson (1809-1883), general ruso al mando del flanco derecho de la línea del Cáucaso. ↩

  4. Teofil Łapiński (1827-1886), oficial polaco, que mandó el destacamento de voluntarios polacos en Circasia de 1857 a 1859. ↩

  5. (Nota de Marx.) Con esto alude a la familia Bangya número 3. Además de su familia musulmana de Constantinopla, tiene una mujer en Hungría y otra en París. ↩

  6. István Türr (1825-1908), oficial y emigrado húngaro, más tarde general de Garibaldi. ↩

  7. Maximilian Stein (1811-1860), oficial austriaco que luchó en la revolución húngara y pasó luego al servicio turco con el nombre de Ferhad Bajá. ↩

  8. Władysław Zamoyski (1803-1868), general y emigrado polaco, organizador durante la guerra de Crimea de una división polaca en el ejército turco. ↩

  9. Lugarteniente de Shamil, el jefe de la resistencia de los montañeses del Cáucaso. ↩

  10. Pequeñas embarcaciones de vela turcas. ↩

  11. «Al sabio le basta». ↩