Escrito por Friedrich Engels a finales de febrero y comienzos de marzo de 1859 y publicado sin nombre de autor como folleto: Po und Rhein (Berlín, Franz Duncker, 1859). Traducido del texto de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 225-268), que sigue la primera edición, cotejado con un ejemplar de esta (Biblioteca Estatal de Baviera, digitalizado en el Internet Archive), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen por la primera edición varias erratas de la edición digital de la MEW; se conservan las correcciones de fechas y nombres que la MEW hizo a la primera edición, y en nota se señalan las de más peso. Las citas francesas de Napoleón se traducen en el texto y se dan en su lengua en nota. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I
Desde comienzos de este año se ha convertido en consigna de buena parte de la prensa alemana que el Rin debe defenderse en el Po.
Esa consigna estaba plenamente justificada frente a los armamentos y las amenazas bonapartistas. En Alemania se intuyó con instinto certero que, si el Po era el pretexto de Luis Napoleón, el Rin tenía que ser en cualquier caso su objetivo final. Solo una guerra por la frontera del Rin puede quizá servir de pararrayos contra los dos elementos que amenazan al bonapartismo en el interior de Francia: el «exceso de fuerza patriótica»1 de las masas revolucionarias y el descontento en fermentación de la «burguesía». A las unas les daría una ocupación nacional; a la otra, la perspectiva de un mercado nuevo. Por eso las palabras sobre la liberación de Italia no podían entenderse mal en Alemania. Era el caso del viejo refrán: se pega al saco y se apunta al asno.2 Si Italia se prestaba a hacer de saco, Alemania no tenía esta vez ninguna gana de hacer de asno.
Sostener el Po tenía, pues, en el caso presente, sencillamente este sentido: que Alemania, amenazada por un ataque en el que en última instancia se trataba de la posesión de algunas de sus mejores provincias, no podía pensar en modo alguno en abandonar sin lucha una de sus posiciones militares más fuertes, más aún, la más fuerte de todas. En ese sentido, desde luego, a toda Alemania le interesaba la defensa del Po. En vísperas de una guerra, como en la guerra misma, se ocupa toda posición aprovechable desde la que se pueda amenazar y dañar al enemigo, sin hacer reflexiones morales sobre si ello es compatible con la justicia eterna y con el principio de las nacionalidades. Uno, sencillamente, defiende el pellejo.
Pero esta manera de defender el Rin en el Po hay que distinguirla muy bien de la tendencia de muchísimos militares y políticos alemanes a declarar el Po, es decir, la Lombardía y el Véneto, complemento estratégico indispensable y, por así decirlo, parte integrante de Alemania. Esta opinión se ha formulado y defendido teóricamente sobre todo desde las campañas de Italia de 1848 y 1849: así lo hicieron el general von Radowitz en la Iglesia de San Pablo3 y el general von Willisen en su Campaña de Italia del año 1848.4 En la Alemania del Sur no austriaca ha tratado este tema sobre todo el general bávaro von Hailbronner,5 con una predilección que roza el entusiasmo. El argumento principal es siempre de naturaleza política: Italia sería del todo incapaz de mantenerse independiente; en Italia tendría que dominar o Alemania o Francia; si los austriacos se retiraran hoy de Italia, mañana estarían los franceses en el valle del Adigio y a las puertas de Trieste, y toda la frontera meridional de Alemania quedaría desguarnecida y a merced del «enemigo hereditario». Por eso Austria mantendría la Lombardía en nombre y en interés de Alemania.
Como se ve, las autoridades militares que respaldan esta opinión se cuentan entre las primeras de Alemania. Pese a ello, tenemos que oponernos a ella con decisión.
Pero esta opinión se convierte en un artículo de fe defendido con verdadero fanatismo en la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, que se ha erigido en Moniteur6 de los intereses alemanes en Italia. Esta hoja cristiano-germánica, pese a su odio a judíos y turcos, antes se dejaría circuncidar a sí misma que dejar que se circuncidara el territorio «alemán» en Italia.7 Lo que los generales metidos a políticos, a fin de cuentas, solo defienden como una magnífica posición militar en manos de Alemania, es en la Allg. Zeitung de Augsburgo parte esencial de una teoría política. Nos referimos a aquella «teoría de la gran potencia centroeuropea» que querría formar con Austria, Prusia y el resto de Alemania un Estado federal bajo la influencia preponderante de Austria; germanizar Hungría y los países danubianos eslavo-rumanos mediante la colonización, la escuela y la violencia suave; desplazar así cada vez más el centro de gravedad de este conjunto de países hacia el sudeste, hacia Viena; y, de paso, reconquistar también Alsacia y Lorena. La «gran potencia centroeuropea» ha de ser una especie de renacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico y parece tener, entre otros, el fin de incorporarse como Estados vasallos los antiguos Países Bajos austriacos y Holanda. La patria alemana llegará más o menos el doble de lejos de donde hoy suena la lengua alemana;8 y cuando todo eso se haya cumplido, Alemania será el árbitro y el amo de Europa. Pero que todo eso se cumpla ya está asegurado. Los pueblos latinos se hallan en plena decadencia: los españoles y los italianos ya se han hundido del todo, y los franceses viven en este momento su descomposición. Por otro lado, los eslavos son incapaces de una verdadera formación de Estados modernos y tienen la misión histórica universal de ser germanizados, para lo cual el principal instrumento de la Providencia vuelve a ser la Austria rejuvenecida. El único linaje que conserva aún fuerza moral y capacidad histórica son, pues, los germanos, y de estos también los ingleses se han hundido tanto en el egoísmo insular y en el materialismo que hay que mantener alejados del continente europeo su influencia, su comercio y su industria mediante enérgicos aranceles protectores, mediante una especie de sistema continental racional.9 De este modo, a la seriedad moral alemana y a la juvenil gran potencia centroeuropea no puede fallarles que esta última se haga en breve con el dominio del mundo por tierra y por mar e inaugure una nueva era histórica en la que, por fin, después de mucho tiempo, Alemania vuelva a tocar el primer violín y las demás naciones bailen a su son.
La tierra es de franceses y rusos,
el mar es de los británicos;
pero nosotros, en el reino aéreo de los sueños,
tenemos el dominio indiscutido.10
No se nos puede ocurrir entrar aquí en el lado político de estas fantasías patrióticas. Si las hemos esbozado en su conjunto es solo para que no vuelvan a presentarnos más tarde todas esas maravillas como nuevas pruebas de la necesidad del dominio «alemán» en Italia. Aquí solo nos interesa la cuestión militar: ¿necesita Alemania para su defensa el dominio permanente sobre Italia y, en especial, la plena posesión militar de la Lombardía y del Véneto?
Reducida a su expresión militar más pura, la pregunta reza así: ¿necesita Alemania para defender su frontera meridional la posesión del Adigio, del Mincio y del curso bajo del Po, con las cabezas de puente de Peschiera y Mantua?
Antes de intentar responderla, advertimos expresamente: cuando hablamos aquí de Alemania, entendemos por ello una potencia unida, cuyas fuerzas y operaciones militares se dirigen desde un solo centro; Alemania no como un cuerpo político ideal, sino real.11 Con otros supuestos no se puede hablar en absoluto de las necesidades políticas y militares de Alemania.
II
Más aún que Bélgica, la Italia del Norte es desde hace siglos el campo de batalla en el que alemanes y franceses han dirimido sus guerras. La posesión de Bélgica y del valle del Po por el atacante es condición necesaria tanto de una invasión alemana de Francia como de una invasión francesa de Alemania; solo esa posesión asegura por completo los flancos y la retaguardia de la invasión. Únicamente podría constituir una excepción el caso de una neutralidad del todo segura de esos países, y ese caso no se ha dado hasta ahora nunca.
Si en los campos de batalla del valle del Po se decidió, de manera indirecta y mediata, la suerte de Francia y de Alemania desde la jornada de Pavía,12 al mismo tiempo se decidió allí de manera directa e inmediata la suerte de Italia. Con los grandes ejércitos permanentes de la época moderna, con el poderío creciente de Francia y de Alemania, con la desintegración política de Italia, la antigua Italia propiamente dicha, al sur del Rubicón, perdió toda importancia militar, y la posesión de la antigua Galia Cisalpina trajo consigo inevitablemente el dominio de la península, estrecha y alargada. En las cuencas del Po y del Adigio, en las costas genovesa, romañola y veneciana, vivía la población más densa y se concentraban la agricultura más floreciente, la industria más activa y el comercio más animado de Italia. La península, Nápoles y los Estados de la Iglesia se quedaron relativamente estancados en su desarrollo social; su poder militar no contaba desde hacía siglos. Quien poseía el valle del Po cortaba las comunicaciones por tierra de la península con el resto del continente y podía, llegado el caso, someterla sin gran esfuerzo. Así lo hicieron los franceses dos veces en las guerras de la Revolución; así los austriacos dos veces en este siglo. Por eso solo la cuenca del Po y del Adigio tiene importancia para la guerra.
Encerrada por tres lados por la cadena montañosa ininterrumpida de los Alpes y los Apeninos y por el cuarto, de Aquilea a Rímini, por el mar Adriático, esta cuenca forma un sector de terreno muy nítidamente delimitado por la naturaleza, que el Po recorre de oeste a este. El límite meridional, o apenínico, no tiene aquí interés para nosotros; el septentrional, o alpino, tanto más. Su lomo nevado solo puede cruzarse en pocos puntos por carreteras; incluso el número de caminos carreteros, caminos de herradura y senderos es limitado; largos desfiladeros de valle conducen a los pasos de la alta montaña.
La frontera alemana abarca la Italia del Norte desde la desembocadura del Isonzo hasta el paso del Stelvio; de allí hasta Ginebra llega la frontera de Suiza; de Ginebra a la desembocadura del Var linda Francia. Contando desde el Adriático hacia el oeste hasta el Stelvio, cada paso sucesivo conduce más adentro del corazón de la cuenca del Po y, por tanto, envuelve todas las posiciones de un ejército italiano o francés situadas más al este. La línea fronteriza del Isonzo queda envuelta ya por el primer paso, el de Karfreit (Caporetto) sobre Cividale. El paso de Pontafel envuelve la posición del Tagliamento, que además queda flanqueada por dos pasos sin carretera desde Carintia y desde el Cadore. El paso del Brennero envuelve la línea del Piave por el paso de Peutelstein, de Bruneck a Cortina d'Ampezzo y Belluno; la línea del Brenta, por la Valsugana sobre Bassano; la línea del Adigio, por el valle del Adigio; la del Chiese, por las Judicarias; la del Oglio, por caminos sin carretera sobre el Tonale; y, por último, todo el territorio al este del Adda, por el Stelvio y la Valtelina.
Cabría decir que, con una situación estratégica tan favorable, la posesión efectiva de las llanuras hasta el Po podría sernos a los alemanes bastante indiferente. ¿Dónde va a situarse, con fuerzas iguales, el ejército enemigo al este del Adda o al norte del Po? Todas sus posiciones están envueltas; cruce el Po o el Adda por donde lo cruce, su flanco queda amenazado; si se retira al sur del Po, pone en peligro su comunicación con Milán y el Piamonte; si pasa detrás del Tesino, arriesga su enlace con toda la península. Si tuviera la osadía de avanzar ofensivamente en dirección a Viena, podría ser cortado cualquier día y obligado a dar batalla de espaldas al país enemigo y de frente a Italia. Si entonces lo derrotan, será un segundo Marengo con los papeles cambiados;13 si derrota a los alemanes, estos tendrían que portarse muy torpemente para perder su retirada hacia el Tirol.
La construcción de la carretera del Stelvio es la prueba de que los austriacos sacaron de su derrota de Marengo la lección correcta. Napoleón construyó la carretera del Simplón para tener un acceso cubierto al corazón de Italia; los austriacos completaron su sistema de defensa ofensiva en la Lombardía con la carretera de Stilfs a Bormio. Se dirá que este paso es demasiado alto para seguir practicable en invierno; que toda la ruta es demasiado difícil, porque a lo largo de por lo menos cincuenta millas alemanas14 (de Füssen, en Baviera, a Lecco, en el lago de Como) discurre sin interrupción por una alta montaña inhóspita y en ese trayecto hay que cruzar tres pasos de montaña; y, por último, que en el largo desfiladero del lago de Como y en la alta montaña misma es fácil de cerrar. Veámoslo.
El paso es, desde luego, el más alto practicable para carruajes de toda la cadena alpina, 8.600 pies,15 y puede que en invierno lo cubra mucha nieve. Pero si recordamos la campaña de invierno de Macdonald de 1800 a 1801 en el Splügen y el Tonale, no daremos mucha importancia a semejantes obstáculos. Todos los pasos alpinos se cubren de nieve en invierno y no por eso dejan de cruzarse. La transformación de todas las artillerías, difícilmente aplazable ya desde que Armstrong fabricó un cañón rayado de retrocarga utilizable,16 introducirá también piezas más ligeras en la artillería de campaña y facilitará así la movilidad. Un obstáculo más serio es la larga marcha por la alta montaña y el repetido paso de las cordilleras. El paso del Stelvio no cruza la divisoria entre los ríos del norte y del sur de los Alpes, sino la que separa dos cursos de agua adriáticos, el Adigio y el Adda, y supone por tanto que antes se haya cruzado la cadena principal de los Alpes por el Brennero o por el paso de Finstermünz para llegar del valle del Inn al del Adigio. Y como el Inn corre por el Tirol más o menos de oeste a este entre dos cadenas de montañas, las tropas que vengan del lago de Constanza y de Baviera tienen que cruzar además la más septentrional de esas cadenas, de modo que en esta sola ruta tenemos en total dos o tres pasos de montaña. Por penoso que sea, no es un obstáculo decisivo para llevar un ejército a Italia por este camino. Un ferrocarril en el valle del Inn, ya en parte terminado, y el proyectado en el valle del Adigio reducirán pronto este inconveniente al mínimo. El camino de Napoleón por el San Bernardo, de Lausana a Ivrea, solo recorría unas 30 millas por la alta montaña; pero el camino de Udine a Viena, por el que Napoleón avanzó en 1797 y por el que en 1809 Eugenio y Macdonald fueron a reunirse con Napoleón ante Viena,17 corre más de 60 millas por la alta montaña y cruza también tres pasos alpinos. El camino de Pont-de-Beauvoisin por el Pequeño San Bernardo a Ivrea, la ruta que, sin tocar Suiza, lleva directamente de Francia más adentro de Italia y es por tanto la más apta para envolver, recorre también más de 40 millas de alta montaña, y lo mismo la carretera del Simplón de Lausana a Sesto Calende. En cuanto, por último, al cierre de la carretera en el paso mismo o junto al lago de Como, desde las campañas de los franceses en los Alpes ya no se está tan dispuesto a creer en la eficacia de los puntos de cierre.18 Las alturas dominantes y la posibilidad de envolverlos los hacen bastante inútiles; los franceses tomaron muchos al asalto y nunca los detuvieron en serio las fortificaciones de los pasos. Las posibles fortificaciones del paso en la vertiente italiana pueden envolverse por el Cevedale, el Monte Corno y el Gavia, y por el Tonale y el Aprica. De la Valtelina salen muchos caminos de herradura hacia la Bergamasca, y el cierre del largo desfiladero del lago de Como puede envolverse en parte por ellos y en parte desde Dervio o desde Bellano por el Valsassina. En la guerra de montaña, por lo demás, se impone avanzar en varias columnas, y si una pasa, por lo general se ha logrado el objetivo.
Hasta qué punto los pasos más difíciles son practicables casi en todas las estaciones con tal de enviar allí buenas tropas y generales resueltos; hasta qué punto, por tanto, también pasos secundarios de poca importancia, aun sin camino carretero, pueden servir de buenas líneas de operaciones, sobre todo para envolvimientos; y qué poco sirven los puntos de cierre: eso lo demuestran mejor que nada las campañas de los Alpes de 1796 a 1801. Por entonces no había todavía en los Alpes un solo paso con carretera, y aun así los ejércitos cruzaban las montañas en todas direcciones. En 1799, ya a primeros de marzo, Loison19 cruzó con una brigada francesa por senderos la divisoria entre el Reuss y el Rin, mientras Lecourbe20 pasaba por el San Bernardino y la Via Mala, cruzaba desde allí el paso del Albula-Julier (de 7.100 pies de altura) y ya el 24 de marzo tomaba envolviéndolo el desfiladero de Martinsbruck, enviando a Dessolle21 por el valle de Münster sobre el Pisoc y el Wormser Joch (sendero de 7.850 pies de altura) al alto valle del Adigio y de allí al Reschen-Scheideck. A primeros de mayo Lecourbe volvió a retirarse por el Albula.
En septiembre del mismo año tuvo lugar la marcha de Suvórov en la que, como dijo el viejo soldado con su lenguaje de imágenes violentas, la bayoneta rusa atravesó los Alpes (Russki shtyk prognal chrez Alpy).22 Envió la mayor parte de su artillería por el Splügen, hizo penetrar en el alto valle del Reuss una columna envolvente por el Val Blenio sobre el Lucomagno (sendero, 5.948 pies) y desde allí sobre el Sixmadun (unos 6.500 pies), mientras él mismo cruzaba el camino del San Gotardo, entonces apenas practicable para carruajes (6.594 pies). Tomó al asalto el punto de cierre del Puente del Diablo del 24 al 26 de septiembre; pero llegado a Altdorf, con el lago delante y los franceses por todos los demás lados, no le quedó otra que subir el valle del Schächen y pasar por el Kinzig-Kulm al valle del Muota. Llegado allí, tras dejar toda la artillería y los bagajes en el valle del Reuss, volvió a encontrar ante sí a los franceses en superioridad, mientras Lecourbe le pisaba los talones. Suvórov pasó por el Pragel al Klöntal para ganar por ese camino la llanura del Rin. En el desfiladero de Näfels chocó con una resistencia insuperable, y entonces no le quedó otra que ganar el alto valle del Rin y la comunicación con el Splügen por el sendero del paso de Panix, de 8.000 pies de altura. El 6 de octubre empezó la travesía; el 10 estaba el cuartel general en Ilanz. Este paso fue hasta entonces la más grandiosa de todas las travesías modernas de los Alpes.
Del paso de Napoleón por el Gran San Bernardo no diremos mucho. Queda por detrás de las demás operaciones semejantes de aquella época. La estación era favorable, y lo único digno de mención es la hábil manera en que se envolvió el punto de cierre del fuerte de Bard.
En cambio, merecen una mención especialmente honrosa las operaciones de Macdonald en el invierno de 1800 a 1801. Destinado a envolver con 15.000 hombres, como ala izquierda del ejército francés de Italia, el ala derecha de los austriacos en el Mincio y el Adigio, cruzó el Splügen (6.510 pies) en lo más crudo del invierno y con todas las armas. Entre las mayores penalidades, interrumpido a menudo por aludes y tormentas de nieve, hizo pasar su ejército por el paso del 1 al 7 de diciembre y subió por el Adda a través de la Valtelina hasta el Aprica. Tampoco los austriacos se arredraron ante el invierno de la alta montaña. Mantuvieron ocupados el Albula, el Julier y el Braulio (Wormser Joch) y en este último dieron incluso un golpe de mano en el que capturaron un destacamento de húsares franceses desmontados. Después de cruzar el paso del Aprica del valle del Adda al del Oglio, Macdonald subió por senderos el altísimo paso del Tonale y el 22 de diciembre atacó a los austriacos, que habían atrincherado el desfiladero del paso con bloques de hielo. Rechazado tanto ese día como en el segundo ataque (el 31 de diciembre: ¡había permanecido, pues, nueve días en la alta montaña!), bajó por el Val Camonica hasta el lago de Iseo, envió la caballería y la artillería por la llanura y cruzó con la infantería las tres cadenas que llevaban al Val Trompia, al Val Sabbia y a las Judicarias, donde llegó, a Storo, ya el 6 de enero.23 Baraguay d'Hilliers24 había pasado al mismo tiempo del valle del Inn al alto valle del Adigio por el Reschen-Scheideck (paso de Finstermünz). Si tales maniobras eran posibles hace sesenta años, ¡qué no podremos hacer ahora, que tenemos en la mayoría de los pasos las más hermosas carreteras!
Ya por estos bosquejos vemos que, de todos los puntos de cierre, solo tuvieron alguna solidez los que no fueron envueltos por torpeza o por falta de tiempo. El Tonale, por ejemplo, se volvió insostenible en cuanto Baraguay d'Hilliers apareció en el alto valle del Adigio. Las demás campañas demuestran que fueron tomados envolviéndolos, pero a menudo también al asalto. El Luziensteig fue asaltado dos o tres veces, como Malborghetto, en el paso de Pontafel, en 1797 y 1809. Los puntos de cierre del Tirol no detuvieron ni a Joubert en 1797 ni a Ney en 1805.25 Ya se sabe lo que sostenía Napoleón: que se puede envolver por caminos practicables para una cabra.26 Y desde que se hace la guerra de esta manera, todos los puntos de cierre pueden envolverse.
No se ve, pues, cómo con fuerzas iguales un ejército enemigo podría defender en campo abierto la Lombardía al este del Adda contra un ejército alemán que avance por los Alpes. Solo le quedaría la posibilidad de situarse entre las plazas fuertes existentes o por construir y maniobrar entre ellas. Esta posibilidad la examinaremos más adelante.
¿Qué pasos tiene abiertos Francia para penetrar en Italia? Mientras Alemania abarca por completo una mitad de la frontera norte de Italia, la frontera francesa corre en línea bastante recta de norte a sur y no abarca ni envuelve nada. Solo después de conquistar Saboya y parte de la costa genovesa pueden prepararse por el Pequeño San Bernardo y algunos pasos de los Alpes Marítimos envolvimientos cuyo efecto, sin embargo, llega solo hasta el Sesia y el Bormida, es decir, no alcanza ni la Lombardía ni los ducados,27 y menos aún la península. Solo un desembarco en Génova, que para un gran ejército tendrá sin duda sus dificultades, podría llevar a envolver todo el Piamonte; un desembarco más al este, por ejemplo en La Spezia, ya no podría apoyarse en el Piamonte y en Francia, sino solo en la península, y quedaría por tanto envuelto en la misma medida en que él mismo envolviera.
Hasta aquí hemos supuesto neutral a Suiza. Si se viera arrastrada a la guerra, Francia tendría un paso más a su disposición: el Simplón (el Gran San Bernardo, que lleva a Aosta como el Pequeño, no ofrecería ventajas nuevas, salvo la de una línea más corta). El Simplón lleva al Tesino y cubre así el Piamonte a los franceses. Los alemanes obtendrían del mismo modo el Splügen, secundario, que se junta con la carretera del Stelvio junto al lago de Como, y el San Bernardino, cuyo efecto llega hasta el Tesino. El San Gotardo podría servir, según las circunstancias, a ambas partes, pero les abriría pocas ventajas nuevas de flanco. Vemos así que el efecto de un envolvimiento francés por los Alpes, por un lado, y el de uno alemán, por el otro, llega hasta la actual frontera lombardo-piamontesa, hasta el Tesino. Pero si los alemanes están en el Tesino, aunque solo sea en Piacenza y Cremona, cierran a los franceses el camino por tierra hacia la península italiana. Dicho de otro modo: si Francia domina el Piamonte, Alemania domina todo el resto de Italia.
Los alemanes gozan además de una ventaja táctica: en toda la línea fronteriza alemana, en todos los pasos importantes, salvo el Stelvio, la divisoria de aguas está en territorio alemán. El Fella, en el paso de Pontafel, nace en Carintia; el Boite, en el paso de Peutelstein, en el Tirol. En esta última provincia la ventaja es decisiva. El alto valle del Brenta (Valsugana), el alto valle del Chiese (Judicarias) y más de la mitad del curso del Adigio pertenecen al Tirol. Aunque en cada caso concreto no puede decidirse sin un estudio detenido del terreno si de la posesión de la divisoria en los pasos de alta montaña se sigue realmente una ventaja táctica, algo es seguro: por término medio, las probabilidades de dominar desde la altura y de envolver están de parte de quien ocupa la cresta y un trozo de la ladera del lado enemigo; y además, eso permite hacer transitables para todas las armas, ya antes de estallar la guerra, los tramos más impracticables de los pasos secundarios, lo cual en el Tirol puede tener una importancia decisiva para las comunicaciones. Cuando ese avance de nuestro territorio sobre el lado enemigo alcanza la extensión que tiene el territorio de la Confederación Germánica en el Tirol del Sur; cuando, como aquí, los dos pasos principales, el Brennero y el de Finstermünz, quedan muy atrás, lejos de la frontera enemiga; cuando, además, pasos secundarios decisivos como los de las Judicarias y la Valsugana pertenecen por entero al territorio alemán, entonces las condiciones tácticas de una invasión de la Italia del Norte quedan tan enormemente facilitadas que en caso de guerra basta con aprovecharlas con inteligencia para asegurar el éxito.
Así pues, mientras Suiza siga neutral, el camino más directo para un ejército alemán que opere contra Italia es el Tirol, y en cuanto termine la neutralidad suiza, los Grisones y el Tirol (los valles del Inn y del Rin). Por esa línea penetraron en Italia los Hohenstaufen; por ninguna otra puede una Alemania que actúe militarmente como un solo Estado obrar de forma decisiva y con golpes rápidos en Italia. Pero para esa línea la base de operaciones no es la Austria Interior,28 sino la Alta Suabia y Baviera, del lago de Constanza a Salzburgo. Así fue durante toda la Edad Media. Solo cuando Austria se consolidó en el Danubio medio, cuando Viena pasó a ser el centro de la monarquía, cuando el Imperio alemán se desintegró y en Italia ya no se hicieron guerras alemanas sino solo austriacas, solo entonces se abandonó la vieja línea, corta y recta, de Innsbruck a Verona y de Lindau a Milán, y la sustituyó la línea larga, torcida y mala de Viena por Klagenfurt y Treviso a Vicenza, una línea en la que antes un ejército alemán solo habría confiado en el caso extremo de una retirada amenazada, nunca para el ataque.
Mientras el Imperio alemán existió como verdadera potencia militar y, en consecuencia, apoyó sus ataques contra Italia en la Alta Suabia y en Baviera, pudo aspirar a someter la Italia del Norte por razones políticas, pero nunca por razones puramente militares. En las largas luchas por Italia, la Lombardía fue unas veces alemana, otras independiente, otras española, otras austriaca; pero la Lombardía, y no hay que olvidarlo, estaba separada de Venecia, y Venecia era independiente. Y aunque la Lombardía poseía Mantua, excluía precisamente la línea del Mincio y el territorio entre el Mincio y el Isonzo, sin cuya posesión, según se nos asegura ahora, Alemania no puede dormir tranquila. Alemania (por mediación de Austria) no entró en la plena posesión de la línea del Mincio hasta 1814. Y si Alemania, como cuerpo político, no desempeñó precisamente el papel más brillante en los siglos XVII y XVIII, la culpa no la tuvo, desde luego, la falta de la línea del Mincio.
Es cierto que el redondeo estratégico de los Estados y su delimitación por líneas defendibles ha pasado más al primer plano desde que la Revolución Francesa y Napoleón crearon ejércitos más móviles y recorrieron con ellos Europa en todas direcciones. Si en la guerra de los Siete Años el campo de operaciones de un ejército se limitaba todavía a una sola provincia y había maniobras de meses en torno a una plaza, una posición o una base de operaciones, hoy en toda guerra entra en consideración la configuración del terreno de países enteros, y la importancia que antes iba unida a posiciones tácticas aisladas solo se adhiere ya a grandes grupos de plazas fuertes, largas líneas fluviales o cadenas montañosas altas y muy marcadas. Y en este sentido líneas como las del Mincio y el Adigio tienen sin duda una importancia mucho mayor que antes.
Veamos, pues, estas líneas.
Todos los ríos que al este del Simplón bajan de los Alpes a la llanura de la Italia del Norte, hacia el Po o directamente al Adriático, forman, con el Po o solos, un arco cóncavo hacia el este. Por eso favorecen más la defensa de un ejército situado al este que la de uno situado al oeste. Obsérvense desde este punto de vista el Tesino, el Adda, el Oglio, el Chiese, el Mincio, el Adigio, el Brenta, el Piave, el Tagliamento: cada río, solo o junto con el tramo contiguo del Po, forma un arco de círculo cuyo centro queda hacia el este. Esto permite al ejército situado en la orilla izquierda (oriental) tomar una posición central a retaguardia desde la que puede alcanzar en un tiempo relativamente corto cualquier punto del curso del río que sea atacado en serio; ocupa la «línea interior» de Jomini,29 marcha por el radio o la cuerda mientras el enemigo tiene que maniobrar por la periferia, más larga. Si el ejército de la orilla derecha se encuentra a la defensiva, esa circunstancia le será, al contrario, desfavorable; al enemigo le ayuda el terreno en sus ataques falsos, y las mismas distancias más cortas desde los distintos puntos de la periferia que le favorecen en la defensa dan ahora a su ataque una superioridad decisiva. Así pues, las líneas fluviales lombardo-vénetas son del todo favorables a un ejército alemán, a la defensiva y a la ofensiva, y desfavorables a un ejército italiano o italo-francés; y si a esto se añade la circunstancia, ya expuesta, de que los pasos del Tirol envuelven todas esas líneas, no hay de veras motivo alguno para desesperar de la seguridad de Alemania aunque no quedara un solo soldado austriaco en suelo italiano; porque ese suelo lombardo es nuestro siempre que queramos.
Estas líneas fluviales lombardas son, por lo demás, en su mayoría muy poco importantes y poco aptas para una defensa seria. Aparte del Po mismo, del que hablaremos más adelante, en toda la cuenca solo hay dos posiciones realmente importantes para Francia o para Alemania; los respectivos estados mayores han captado bien su fuerza y las han fortificado, y en la próxima guerra desempeñarán sin duda el papel decisivo. En el Piamonte, una milla aguas abajo de Casale, el Po tuerce hacia el sur su curso, hasta entonces dirigido al este, corre algo más de tres millas hacia el sudsudeste y vuelve luego al este. En el codo norte desemboca desde el norte el Sesia; en el codo sur, desde el sudoeste, el Tanaro. Con este se unen, justo antes de su desembocadura, junto a Alessandria, el Bormida, el Orba y el Belbo,30 y forman juntos un sistema de líneas fluviales que confluyen radialmente hacia un centro, cuyo nudo más importante cubre el campo atrincherado de Alessandria. Desde Alessandria, un ejército puede cambiar a voluntad de orilla en los ríos menores, defender la línea del Po que tiene delante, cruzar el Po en Casale, también fortificada, u operar aguas abajo por la orilla derecha del Po. Esta posición, reforzada con fortificaciones suficientes, es la única que cubre el Piamonte o que puede servir de base a operaciones ofensivas contra la Lombardía y los ducados. Adolece, sin embargo, de falta de profundidad, y como puede ser envuelta y también rota de frente, esa circunstancia es muy desfavorable; un ataque enérgico y hábil la reduciría pronto al campo atrincherado de Alessandria, todavía inacabado, y hasta qué punto eso libraría a los defensores de tener que batirse en circunstancias desfavorables es algo de lo que no hay indicio alguno, porque no se conocen ni las fortificaciones más recientes de allí ni el grado de terminación alcanzado. La importancia de esta posición para la defensa del Piamonte contra ataques del este ya la había reconocido Napoleón, que por eso mandó fortificar de nuevo Alessandria. En 1814 la plaza no dio prueba de su fuerza protectora; hasta qué punto puede darla hoy quizá tengamos pronto ocasión de verlo.
La segunda posición, que hace por el Véneto lo mismo que Alessandria por el Piamonte, y mucho más aún contra los ataques del oeste, es la del Mincio y el Adigio. Al salir del lago de Garda, el Mincio corre cuatro millas hacia el sur hasta Mantua, forma en Mantua un ensanche a modo de lago, rodeado de pantanos, y corre luego hacia el sudeste en busca del Po. El tramo del río por debajo de los pantanos de Mantua hasta la desembocadura es demasiado corto para que un ejército lo use para cruzar, pues el enemigo, saliendo de Mantua, podría atacarlo por la espalda y forzarlo a una batalla en las circunstancias más desfavorables. Un envolvimiento por el sur tendría que abrirse más y cruzar el Po en Revere o en Ferrara. Por el norte, el lago de Garda protege en gran extensión de envolvimientos la posición del Mincio, de modo que la línea del Mincio que realmente hay que defender, de Peschiera a Mantua, solo tiene cuatro millas de largo y se apoya en cada ala en una plaza fuerte que asegura una salida a la orilla derecha. El Mincio mismo no es un obstáculo considerable, y las orillas se dominan alternativamente una a otra según el lugar; por eso la línea había caído algo en descrédito antes de 1848, y si no la reforzara notablemente una circunstancia especial, difícilmente habría alcanzado nunca gran fama. Esa circunstancia especial es que cuatro millas más atrás el segundo río de la Italia del Norte, el Adigio, describe un arco bastante paralelo al del Mincio y el bajo Po y forma así una segunda posición, más fuerte, reforzada por las dos plazas del Adigio, Verona y Legnago. Las dos líneas fluviales, con sus cuatro plazas, forman juntas, para un ejército alemán o austriaco atacado por Italia o por Francia, una posición defensiva tan fuerte que no hay otra en Europa que pueda comparársele, y un ejército que, después de dejar las guarniciones, pueda aún salir a campaña puede esperar tranquilo en esta posición el ataque de una fuerza el doble de numerosa. Lo que da de sí esta posición lo demostró Radetzky31 en 1848. Tras la revolución de marzo en Milán, la defección de los regimientos italianos y el paso del Tesino por los piamonteses, se retiró a Verona con el resto de sus tropas, unos 45.000 hombres. Descontados los 15.000 hombres de las guarniciones, le quedaron disponibles algo más de 30.000. Frente a él había entre el Mincio y el Adigio unos 60.000 piamonteses, toscanos, modeneses y parmesanos. A su espalda apareció el ejército de Durando,32 unos 45.000 hombres de tropas pontificias y napolitanas y voluntarios. Solo le quedaba la comunicación por el Tirol, y también esta la amenazaban, aunque solo débilmente, cuerpos francos lombardos en la montaña. Pese a todo, Radetzky se sostuvo. La observación de Peschiera y de Mantua restó a los piamonteses tantas tropas que el 6 de mayo, en el ataque a la posición de Verona (batalla de Santa Lucia), solo pudieron presentarse con cuatro divisiones, de 40.000 a 45.000 hombres; Radetzky pudo emplear unos 36.000, con la guarnición de Verona. Si se tiene en cuenta la fuerte posición táctica defensiva de los austriacos, el equilibrio en el campo de batalla estaba ya, pues, restablecido, y los piamonteses fueron derrotados. La contrarrevolución del 15 de mayo en Nápoles libró a Radetzky de la presencia de los 15.000 napolitanos y redujo el ejército de la tierra firme véneta a unos 30.000 hombres, de los que solo 5.000 suizos pontificios y otros tantos aproximadamente de tropas de línea pontificias italianas podían emplearse en campo abierto; el resto lo formaban cuerpos francos. El ejército de reserva de Nugent,33 que se había formado en abril en el Isonzo, se abrió paso fácilmente entre esas tropas y se unió el 25 de mayo a Radetzky en Verona, con casi 20.000 hombres. Ahora el viejo mariscal podía por fin salir de la defensa pasiva. Para socorrer Peschiera, sitiada por los piamonteses, y para darse más aire, emprendió con todo su ejército la famosa marcha de flanco hacia Mantua (27 de mayo), desembocó desde allí el 29 en la orilla derecha del Mincio, tomó al asalto la línea enemiga de Curtatone y el 30 avanzó hacia Goito, sobre la retaguardia y el flanco de los italianos. Pero ese mismo día cayó Peschiera; el tiempo se volvió desfavorable y Radetzky no se sentía todavía bastante fuerte para una batalla decisiva. El 4 de junio volvió, pues, a marchar por Mantua hacia el Adigio, envió el cuerpo de reserva a Verona y con el resto de sus tropas avanzó por Legnago contra Vicenza, atrincherada por Durando y guarnecida con 17.000 hombres. El 10 atacó Vicenza con 30.000 hombres; el 11 capituló Durando tras una valiente resistencia. El segundo cuerpo de ejército (D'Aspre)34 sometió Padua, el alto valle del Brenta y en general toda la tierra firme véneta, y siguió luego al primero hacia Verona; un segundo ejército de reserva al mando de Welden35 se acercaba desde el Isonzo. Durante ese tiempo, y hasta la decisión de la campaña, los piamonteses concentraron con obstinación supersticiosa toda su atención en la meseta de Rivoli, que desde la victoria de Napoleón36 parecían considerar la llave de Italia, pero que en 1848 ya no tenía importancia alguna, desde que los austriacos se habían abierto una comunicación segura con el Tirol por la Vallarsa y, sobre todo, habían reabierto también la comunicación directa con Viena por el Isonzo. Al mismo tiempo, sin embargo, había que hacer algo también contra Mantua; se la bloqueó, pues, por la orilla derecha del Mincio, operación que no podía tener otro fin que dejar constancia del desconcierto que reinaba en el campo piamontés, desperdigar el ejército a lo largo de las ocho millas que van de Rivoli a Borgoforte y, para colmo, dividirlo por el Mincio en dos mitades que no podían apoyarse mutuamente.
Cuando se intentó bloquear Mantua también por la orilla izquierda, Radetzky, que entretanto había atraído a sí 12.000 hombres de las tropas de Welden, decidió romper el centro debilitado de los piamonteses y batir luego por separado a las tropas que se fueran reuniendo. El 22 de julio hizo atacar Rivoli, que los piamonteses evacuaron el 23; el 23 avanzó él mismo desde Verona con 40.000 hombres contra la posición de Sona y Sommacampagna, defendida por solo 14.000 piamonteses, la tomó y rompió con ello toda la línea enemiga. El ala izquierda piamontesa fue rechazada del todo al otro lado del Mincio el 24, y la derecha, que entretanto se había concentrado y avanzaba contra los austriacos, fue derrotada el 25 en Custoza; el 26 todo el ejército austriaco cruzó el Mincio y volvió a derrotar a los piamonteses en Volta. Con ello terminó la campaña; casi sin resistencia, los piamonteses se retiraron detrás del Tesino.
Este breve relato de la campaña de 1848 demuestra de forma más contundente que todas las razones teóricas la fuerza de la posición del Mincio y el Adigio. Llegados al cuadrilátero entre las cuatro plazas, los piamonteses tuvieron que destacar tantas tropas que su fuerza ofensiva quedó ya rota, como demuestra la batalla de Santa Lucia, mientras que Radetzky, en cuanto llegaron los primeros refuerzos, pudo moverse con total libertad entre las plazas, apoyarse ora en Mantua, ora en Verona, amenazar hoy la retaguardia del enemigo por la orilla derecha del Mincio, conquistar pocos días después Vicenza y mantener continuamente la iniciativa de la campaña. Los piamonteses cometieron, desde luego, error tras error; pero es justamente la fuerza de una posición lo que pone al enemigo en apuros y casi le obliga a cometer errores. La observación, y más aún el sitio, de cada una de las plazas le obliga a dividirse, a debilitar su fuerza ofensiva disponible; los ríos le obligan a repetir esa división y ponen a sus distintos cuerpos más o menos en la imposibilidad de socorrerse mutuamente. ¿Qué fuerzas hacen falta para sitiar Mantua mientras un ejército disponible para la campaña puede irrumpir en cualquier momento desde los fuertes destacados de Verona?
Mantua sola fue capaz en 1797 de detener al ejército victorioso del general Bonaparte. Solo dos veces le impuso respeto una plaza: Mantua y, diez años después, Danzig. Toda la segunda parte de la campaña de 179737 —Castiglione, Medole, Calliano, Bassano, Arcole, Rivoli— gira en torno a Mantua, y solo después de caer esta plaza se atreve el vencedor a avanzar hacia el este y a cruzar el Isonzo. Entonces Verona no estaba fortificada; en 1848, de Verona solo estaba terminado en la orilla derecha del Adigio el recinto amurallado, y la batalla de Santa Lucia se libró en el terreno donde inmediatamente después se construyeron los reductos austriacos y, desde entonces, fuertes destacados permanentes; solo así el campo atrincherado de Verona pasa a ser el núcleo, el reducto de toda la posición, que con ello ha ganado enormemente en fuerza.
Como se ve, no pensamos en regatear la importancia de la línea del Mincio. Pero no olvidemos esto: esa línea solo cobró importancia desde que Austria hace guerras por su cuenta en Italia y desde que la comunicación Bolzano-Innsbruck-Múnich quedó relegada por la otra, Treviso-Klagenfurt-Viena. Y para Austria, en su forma actual, la posesión de la línea del Mincio es sin duda una cuestión de vida o muerte. Austria como Estado independiente, que como gran potencia europea quiere actuar también con independencia de Alemania, tiene que dominar el Mincio y el bajo Po o renunciar a la defensa del Tirol; de lo contrario, el Tirol quedaría envuelto por ambos lados y unido al resto de la monarquía solo por el paso de Toblach (la carretera de Salzburgo a Innsbruck pasa por Baviera). Es verdad que entre militares más viejos existe la opinión de que el Tirol tiene una gran capacidad defensiva y domina tanto la cuenca del Danubio como la del Po. Pero esa opinión se basa sin duda alguna en fantasías y nunca la ha confirmado la experiencia, pues una guerra de insurrección como la de 180938 no demuestra nada respecto a las operaciones de un ejército regular.
El autor de esa opinión es Bülow;39 la expone, entre otros lugares, en su historia de las campañas de Hohenlinden y Marengo. Un ejemplar de la traducción francesa de ese libro, propiedad de un oficial de ingenieros inglés, Emmett, destinado en Santa Elena en tiempos de Napoleón, cayó en 1819 en manos del general cautivo. Este lo llenó de glosas al margen, y Emmett reeditó el libro en 1831 con las notas de Napoleón.
Napoleón se puso a leerlo, al parecer, con impresiones favorables. Ante la propuesta de Bülow de disolver toda la infantería en tiradores, comenta con benevolencia: «Orden, siempre orden; los tiradores deben estar siempre sostenidos por líneas».40 Luego viene un par de veces: «Bien, esto está bien», y otra vez: «Bien». Pero a partir de la vigésima página a Napoleón ya le parece demasiado ver al pobre Bülow afanarse en explicarse con rara desgracia y torpeza todas las vicisitudes de la guerra a partir de su teoría de las retiradas excéntricas y los ataques concéntricos, y en despojar de su sentido, con una interpretación de colegial, las jugadas más magistrales. Primero un par de veces: «Mal, esto está mal, mal principio»; luego dice: «Eso no es cierto; absurdo; mal plan, muy peligroso; manteneos unidos si queréis vencer; nunca hay que dividir el ejército con un río; todo este andamiaje es absurdo»,41 etcétera. Y cuando Napoleón encuentra una y otra vez que Bülow alaba siempre las malas operaciones y censura las buenas, que atribuye a los generales los motivos más disparatados y les da los consejos más cómicos, que, por último, quiere suprimir la bayoneta y armar en su lugar con lanzas la segunda fila de la infantería, exclama: «Charla ininteligible, qué charla absurda, qué absurdo, qué charla miserable, qué ignorancia de la guerra».42
Bülow reprocha aquí al ejército austriaco del Danubio, al mando de Kray,43 haber ido a Ulm en lugar de al Tirol. El Tirol, ese bastión inexpugnable de montañas y rocas, dominaría a la vez Baviera y parte de la Lombardía en cuanto lo ocuparan tropas suficientes (Napoleón: «No se atacan las montañas, ni el Tirol ni Suiza; se las observa y se las rodea por las llanuras»).44 Luego reprocha Bülow a Moreau45 haberse dejado retener por Kray en Ulm en vez de dejarlo allí y conquistar el Tirol, débilmente ocupado: la conquista del Tirol habría derribado la monarquía austriaca (Napoleón: «Absurdo; aunque el Tirol hubiera estado abierto, no había que entrar en él»).46
Terminada la lectura de todo el libro, Napoleón caracterizó con las siguientes palabras el sistema de las retiradas excéntricas y los ataques concéntricos y del dominio de las llanuras por las montañas: «Si queréis aprender la manera de hacer que un ejército inferior derrote a uno superior, estudiad las máximas de este escritor; tendréis ideas sobre la ciencia de la guerra: os prescribe lo contrario de lo que hay que enseñar».47
Tres o cuatro veces repitió Napoleón la advertencia: «Nunca hay que atacar los países de montaña».48 Este recelo ante la montaña data, al parecer, de sus últimos años, cuando sus ejércitos alcanzaron una fuerza tan colosal y estaban atados a las llanuras tanto por el abastecimiento como por el despliegue táctico. España y el Tirol pueden haber contribuido también lo suyo. Por lo demás, no temía tanto a las montañas. La primera mitad de su campaña de 1797 se libró por entero en la montaña, y en los años siguientes Masséna y Macdonald demostraron de sobra que también en la guerra de montaña, y precisamente allí antes que en ninguna parte, se pueden hacer grandes cosas con fuerzas escasas. Pero en conjunto está claro que nuestros ejércitos modernos pueden hacer valer mejor sus fuerzas en el terreno mixto de las llanuras y las colinas bajas, y que es falsa una teoría que prescribe lanzar un gran ejército a la alta montaña, no para atravesarla, sino para tomar allí posición de manera duradera, mientras a derecha e izquierda quedan libres llanuras como la bávara y la lombarda en las que puede decidirse la guerra. ¿Cuánto tiempo puede alimentarse en el Tirol un ejército de 150.000 hombres? ¿Cuán pronto le haría bajar el hambre a la llanura, donde entretanto habría dado tiempo al adversario de establecerse, donde podría vérselo obligado a dar batalla en las condiciones más desfavorables? ¿Y dónde, en los estrechos valles, podría encontrar una posición en la que desplegar toda su fuerza?
Para Austria, en cuanto dejara de poseer el Mincio y el Adigio, el Tirol sería un puesto perdido que se vería obligada a abandonar en cuanto lo atacaran por el norte o por el sur. Para Alemania, el Tirol envuelve con sus pasos la Lombardía hasta el Adda; para una Austria que actúe por separado, la Lombardía y el Véneto envuelven el Tirol hasta el Brenta. Solo mientras Baviera cubra el Tirol por el norte y la posesión de la línea del Mincio lo cubra por el sur, es sostenible para Austria. La fundación de la Confederación del Rin49 impidió a Austria defender en serio incluso el Tirol y el Véneto juntos, y por eso fue del todo consecuente que Napoleón separara de Austria ambas provincias en la paz de Presburgo.50
Para Austria, pues, la posesión de la línea del Mincio, con Peschiera y Mantua, es una necesidad absoluta. Para Alemania en su conjunto esa posesión no es necesaria en modo alguno, aunque militarmente siga siendo una gran ventaja. En qué consiste esa ventaja salta a la vista. Solo en que nos asegura de antemano una posición fuerte en la llanura lombarda, que entonces no necesitamos conquistar primero, y en que redondea cómodamente nuestra posición defensiva y apoya notablemente nuestra ofensiva.
¿Y si Alemania no tiene la línea del Mincio?
Supongamos que toda Italia es independiente, unida y aliada con Francia para una guerra ofensiva contra Alemania. De todo lo que hemos dicho hasta aquí se desprende que en ese caso la línea de operaciones y de retirada de los alemanes no sería Viena-Klagenfurt-Treviso, sino Múnich-Innsbruck-Bolzano y Múnich-Füssen-Finstermünz-Glurns, y que sus salidas a la llanura lombarda estarían entre la Valsugana y la frontera suiza. ¿Dónde está entonces el punto decisivo de ataque? Evidentemente, en la parte de la Italia del Norte que asegura la comunicación de la península con el Piamonte y con Francia, el Po medio, de Alessandria a Cremona. Pero los pasos entre el lago de Garda y el de Como bastan de sobra para permitir a los alemanes avanzar hacia esa zona y mantenerles abierta la retirada por el mismo camino, en el peor de los casos por el Stelvio. En ese caso, las plazas del Mincio y del Adigio, que hemos supuesto en posesión de los italianos, quedarían muy lejos del campo de batalla decisivo. Guarnecer el campo atrincherado delante de Verona con fuerzas suficientes para la ofensiva solo sería una inútil dispersión de las tropas enemigas. ¿O se espera que los italianos cierren en masa a los alemanes el valle del Adigio en la tan socorrida meseta de Rivoli? Desde que se construyó la carretera del Stelvio, la salida del valle del Adigio ha perdido mucha de su importancia. Pero, suponiendo que Rivoli volviera a figurar como llave de Italia y que los alemanes se sintieran lo bastante atraídos por el ejército italiano allí situado como para atacarlo, ¿para qué serviría entonces Verona? No cierra el valle del Adigio; si no, sobraría la marcha de los italianos a Rivoli. Para cubrir la retirada en caso de derrota basta Peschiera, que ofrece un paso seguro del Mincio y asegura así la marcha ulterior hacia Mantua o Cremona. En cambio, una concentración en masa de todas las fuerzas italianas entre las cuatro plazas, por ejemplo para esperar allí la llegada de los franceses sin poder ser provocadas a la batalla, dividiría precisamente desde el comienzo de la campaña las fuerzas enemigas en dos mitades y nos permitiría avanzar con fuerzas reunidas sobre su línea de enlace, primero contra los franceses y, una vez batidos estos, emprender el proceso, ciertamente algo largo, de desalojar a los italianos de sus plazas. Un país como Italia, cuyo ejército nacional, ante cada ataque victorioso del norte y del este, se ve enseguida ante el dilema de elegir entre la base del Piamonte y la base de la península, un país así tiene evidentemente que tener sus grandes obras defensivas en la zona donde el ejército puede verse ante ese dilema. Aquí ofrecen puntos de apoyo la desembocadura del Tesino y la del Adda en el Po. El general von Willisen (Campaña de Italia del año 1848) quería que los austriacos fortificaran ambos puntos. Aparte de que ya no es posible porque el terreno necesario no les pertenece (en Cremona la orilla derecha del Po es parmesana, y en Piacenza solo tienen derecho de guarnición), ambos puntos están demasiado adelantados para una gran posición defensiva en un país en que los austriacos estarán rodeados de insurrecciones en cualquier guerra; además, Willisen, que nunca puede ver confluir dos ríos sin hacer enseguida planes para un gran campo atrincherado, olvida que ni el Tesino ni el Adda son líneas defendibles y que, por tanto, ni siquiera según su propia opinión cubren el país que queda detrás. Pero lo que para los austriacos sería un despilfarro inútil, para los italianos es sin duda una buena posición. Para ellos el Po es la línea principal de defensa; el triángulo Pizzighettone-Cremona-Piacenza, con Alessandria a la izquierda y Mantua a la derecha, permitiría una defensa eficaz de esa línea y le permitiría al ejército tanto esperar a cubierto la llegada de aliados lejanos como avanzar llegado el caso a la ofensiva en la llanura decisiva entre el Sesia y el Adigio.
El general von Radowitz se pronunció en la Asamblea Nacional de Fráncfort en este sentido: si Alemania dejara de poseer la línea del Mincio, quedaría en la situación a la que ahora solo llegaría tras toda una campaña desgraciada. La guerra se trasladaría entonces enseguida al territorio alemán; empezaría en el Isonzo y en el Tirol italiano, y todo el territorio del sur de Alemania hasta dentro de Baviera quedaría envuelto, de modo que también en Alemania la guerra tendría que librarse en el Isar en lugar de en el Alto Rin.
El general von Radowitz parece haber juzgado bastante bien los conocimientos militares de su público. Es cierto: si Alemania abandona la línea del Mincio, abandona tanto terreno y tantas posiciones como les reportaría a los franceses y a los italianos toda una campaña afortunada. Pero con eso Alemania no queda, ni mucho menos, en la situación a la que la llevaría una campaña desgraciada. ¿O es que un ejército alemán fuerte e intacto, que se reúne al pie bávaro de los Alpes y marcha por los pasos del Tirol para invadir la Lombardía, está en la misma situación que un ejército arruinado y desmoralizado por una campaña desgraciada que corre hacia el Brennero acosado por el enemigo? ¿Son las probabilidades de una ofensiva victoriosa desde una posición que en muchos aspectos domina el punto de reunión de franceses e italianos iguales a las probabilidades de un ejército batido de llevar su artillería al otro lado de los Alpes? Antes de tener la línea del Mincio conquistamos Italia muchas más veces que desde que la tenemos; ¿quién va a dudar de que, si hace falta, repetiremos la hazaña?
En cuanto a que sin la línea del Mincio la guerra se trasladaría enseguida a Baviera y Carintia, tampoco eso es cierto. Toda nuestra exposición desemboca en que sin la línea del Mincio la defensa de la frontera meridional alemana solo puede hacerse ofensivamente. A ello lleva la naturaleza montañosa de las provincias fronterizas alemanas, que no pueden servir de campo de batalla decisivo; a ello lleva la situación favorable de los pasos alpinos. El campo de batalla está en las llanuras que tienen delante. Allí tenemos que bajar, y eso no nos lo puede impedir ningún poder de la tierra. Difícilmente cabe imaginar un comienzo más favorable de la ofensiva que el que aquí se nos ofrece para el caso más desfavorable, el de una alianza franco-italiana. Puede apoyarse mejorando las carreteras alpinas y con fortificaciones en los nudos de carreteras del Tirol, lo bastante considerables para que, en caso de retirada, si no detienen del todo al enemigo, le obliguen al menos a fuertes destacamentos para proteger sus comunicaciones. En cuanto a las carreteras alpinas, todas las guerras en los Alpes nos demuestran que también la mayoría de los caminos principales sin carretera y muchos caminos de herradura son transitables para todas las armas sin excesivo esfuerzo. En estas circunstancias, una ofensiva alemana en la Lombardía debería de veras poder disponerse de modo que tenga todas las probabilidades de éxito. Es verdad que, pese a todo, pueden derrotarnos; y entonces se daría el caso del que habla Radowitz. ¿Qué pasa entonces con eso de dejar Viena al descubierto y de envolver Baviera por el Tirol?
En primer lugar, está claro que ningún batallón enemigo puede atreverse a cruzar el Isonzo mientras el ejército alemán del Tirol no haya sido rechazado al otro lado del Brennero de forma completa y sin remedio. Desde el momento en que Baviera forma la base de operaciones alemana contra Italia, desde ese momento una ofensiva italo-francesa en dirección a Viena ya no tiene ningún sentido: sería una inútil dispersión de fuerzas. Y si aun entonces Viena fuera un centro tan importante que valiera la pena destacar el grueso del ejército enemigo para conquistarla, eso solo demostraría que hay que fortificar Viena. La marcha de Napoleón de 179751 y las invasiones de Italia y Alemania de 1805 y 1809 habrían podido acabar muy mal para los franceses si Viena hubiera estado fortificada. Una ofensiva que ha avanzado a semejantes distancias corre siempre el riesgo de estrellar sus últimas fuerzas contra una capital fortificada. Por lo demás, suponiendo que el enemigo haya rechazado al ejército alemán al otro lado del Brennero, ¡qué grado de superioridad no se presupone para hacer posible un destacamento eficaz hacia la Austria Interior!
¿Y qué pasa con el envolvimiento de toda la Alemania del Sur por Italia? En efecto, si la Lombardía envuelve a Alemania hasta Múnich, ¿hasta dónde envuelve Alemania a Italia? En todo caso, hasta Milán y Pavía. Hasta ahí las probabilidades son iguales. Pero, a consecuencia de la anchura mucho mayor de Alemania, un ejército del Alto Rin al que se envuelva por Italia sobre Múnich no tiene por qué retirarse enseguida. Un campo atrincherado en la Alta Baviera o una fortificación provisional de Múnich recogería al ejército batido del Tirol y detendría pronto la ofensiva del enemigo que lo persigue, mientras al ejército del Alto Rin le quedaría la elección de apoyarse en Ulm e Ingolstadt o en el Meno, es decir, en el peor de los casos, cambiar de base de operaciones. En Italia, en cambio, todo es distinto. Envuelto por el oeste un ejército italiano por los pasos del Tirol, ya solo hay que expulsarlo de sus plazas fuertes, y toda Italia queda conquistada. Alemania, en una guerra contra Francia e Italia juntas, tiene siempre varios ejércitos, al menos tres, y la victoria o la derrota depende del resultado global de las tres campañas. Italia solo ofrece espacio para un ejército; toda división sería un error; y aniquilado ese único ejército, Italia queda conquistada. Para un ejército francés en Italia, la comunicación con Francia es en cualquier caso lo principal; y mientras esa línea de comunicación no se limite al Col di Tenda y a Génova, ofrecerá el flanco a los alemanes del Tirol, y tanto más cuanto más avancen los franceses en Italia. El caso de una penetración de franceses e italianos en Baviera por el Tirol tiene, desde luego, que preverse desde el momento en que vuelvan a hacerse guerras alemanas en Italia y la base de operaciones se traslade de Austria a Baviera. Pero con obras de fortificación adecuadas, en el sentido moderno, en el que las plazas existen para los ejércitos y no los ejércitos para las plazas, a esa invasión se le puede quitar fuerza mucho más fácilmente que a una invasión alemana de Italia. Y por eso no tenemos por qué hacer de ese llamado «envolvimiento» de toda la Alemania del Sur un espantajo. El enemigo que envuelva por Italia y el Tirol a un ejército alemán del Alto Rin tiene que avanzar hasta el Báltico antes de poder recoger los frutos de ese envolvimiento. Y la marcha de Napoleón de Jena a Stettin52 difícilmente se repetirá en dirección de Múnich a Danzig.
No negamos en modo alguno que Alemania, si abandona la línea del Adigio y el Mincio, renuncia a una posición defensiva muy fuerte. Lo que negamos rotundamente es que esa posición sea necesaria para la seguridad de la frontera meridional alemana. Si se parte, como parecen hacer los defensores de la opinión contraria, del supuesto de que un ejército alemán, dondequiera que se presente, será derrotado cada vez, entonces puede uno figurarse que el Adigio, el Mincio y el Po nos son absolutamente necesarios. Pero entonces, en realidad, menos aún podrán servirnos; entonces no nos sirven ni plazas fuertes ni ejércitos, y lo mejor será pasar enseguida bajo las horcas caudinas.53 Nosotros tenemos otras ideas de la capacidad militar de Alemania, y por eso nos contentamos con ver asegurada nuestra frontera meridional por las ventajas que ofrece a la ofensiva en suelo lombardo.
Pero aquí entran en juego también consideraciones políticas que no podemos dejar de lado. El movimiento nacional italiano ha salido desde 1820 de cada derrota rejuvenecido y más poderoso. Hay pocos países cuyas llamadas fronteras naturales coincidan tanto con las fronteras de la nacionalidad y estén a la vez tan marcadas. Cuando en un país así, que además cuenta unos veinticinco millones de habitantes, el movimiento nacional se ha fortalecido, ya no puede descansar mientras una de las mejores partes del país, de las más importantes política y militarmente, y con ella casi una cuarta parte de la población total, esté sometida a una dominación extranjera antinacional. Desde 1820 Austria domina en Italia solo por la fuerza, aplastando insurrecciones repetidas, con el terrorismo del estado de sitio. Para mantener su dominio en Italia, Austria se ve obligada a tratar a sus adversarios políticos, es decir, a todo italiano que se sienta italiano, peor que a delincuentes comunes. La manera en que Austria ha tratado a los presos políticos italianos, y en parte sigue tratándolos, es inaudita en los países civilizados. Los austriacos han procurado con especial predilección infamar con apaleamientos a los delincuentes políticos en Italia, ya para arrancarles confesiones, ya con el pretexto del castigo. Se ha derramado mucha indignación moral sobre el puñal italiano, sobre el asesinato político; pero parece haberse olvidado del todo que fue el palo austriaco el que lo provocó. Los medios de que Austria tiene que servirse para mantener su dominio en Italia son la mejor prueba de que ese dominio no puede durar; y Alemania, que pese a Radowitz, Willisen y Hailbronner no tiene en él el mismo interés que Austria, Alemania se ve desde luego en el caso de preguntarse si ese interés es tan grande como para compensar las muchas desventajas que lleva consigo.
La Italia del Norte es un apéndice que a Alemania, en cualquier caso, solo puede serle útil en la guerra y en la paz no puede sino perjudicarla. Los ejércitos necesarios para tenerla sujeta han ido creciendo desde 1820 y desde 1848 superan, en plena paz, los 70.000 hombres, que se hallan continuamente como en país enemigo y tienen que estar preparados en todo momento para ser atacados. La guerra de 1848 y 1849 y la ocupación de Italia hasta hoy, pese a la contribución de guerra piamontesa, pese a las repetidas contribuciones, empréstitos forzosos e impuestos extraordinarios lombardos, le han costado a Austria, evidentemente, mucho más de lo que Italia le ha reportado desde 1848. Y, sin embargo, de 1848 a 1854 el país fue tratado sistemáticamente como una posesión meramente provisional de la que se saca cuanto se puede antes de evacuarla. Solo desde la guerra de Oriente54 ha entrado la Lombardía por un par de años en una situación menos anormal; ¿y cuánto durará, con las complicaciones actuales, en que el sentimiento nacional italiano vuelve a latir con tanta fuerza?
Pero, lo que es mucho más importante, ¿compensa la posesión de la Lombardía todo el odio, toda la enemistad fanática que nos ha atraído en Italia entera? ¿Compensa la corresponsabilidad por las medidas con las que Austria, en nombre y en interés de Alemania, según se nos asegura, afianza allí su dominio? ¿Compensa las continuas intromisiones en los asuntos internos del resto de Italia, sin las que, según la práctica seguida hasta ahora y las propias declaraciones austriacas, no se puede retener la Lombardía, y que no hacen sino avivar aún más el odio de los italianos hacia nosotros, los alemanes? En todas las consideraciones militares anteriores hemos supuesto siempre el peor caso, el de una alianza de Francia con Italia. Mientras conservemos la Lombardía, Italia será sin falta la aliada de Francia en toda guerra francesa contra Alemania. En cuanto la abandonemos, eso se acaba. ¿Es nuestro interés conservar cuatro plazas fuertes y asegurarnos a cambio la enemistad fanática de 25 millones de italianos, y a los franceses su alianza?
Las interesadas habladurías sobre la incapacidad política de los italianos y su vocación de vivir bajo dominación alemana o francesa, así como las diversas especulaciones sobre la posibilidad o imposibilidad de una Italia unida, nos suenan algo extrañas en boca de alemanes. ¿Cuánto hace que nosotros, la gran nación alemana, que cuenta el doble de almas que los italianos, nos libramos nosotros mismos de la «vocación» de estar bajo dominación francesa o rusa? ¿Y ha resuelto la práctica de hoy la cuestión de la unidad o la desunión de Alemania? ¿No estamos en este momento, con toda probabilidad, en vísperas de acontecimientos que no harán sino madurar la cuestión de nuestro futuro hacia una decisión en uno u otro sentido? ¿Hemos olvidado del todo a Napoleón en Erfurt,55 o la apelación austriaca a Rusia en las conferencias de Varsovia,56 o la batalla de Bronzell?57
Admitamos por un momento que Italia tenga que estar bajo influencia alemana o francesa. En ese caso decide, además de las simpatías, sobre todo la situación geográfico-militar de los dos países que ejercen la influencia. Supondremos iguales las fuerzas armadas de Francia y Alemania, aunque Alemania podría ser evidentemente mucho más fuerte. Ahora bien, creemos haber demostrado que en el caso más favorable, a saber, si el Valais y el Simplón están abiertos a los franceses, su influencia militar inmediata solo abarca el Piamonte, y tienen que ganar primero una batalla para extenderla a territorios más lejanos, mientras que nuestra influencia se extiende a toda la Lombardía y al punto de enlace entre el Piamonte y la península, y para quitárnosla primero hay que derrotarnos. Pero donde se da semejante disposición geográfica para el dominio, la influencia de Alemania no tiene nada que temer de la competencia francesa.
El general Hailbronner decía hace poco en la A. A. Z.,58 más o menos: Alemania tiene otra vocación que la de servir de pararrayos a las tormentas que se acumulan sobre la cabeza de la dinastía bonapartista. Con el mismo derecho pueden decir los italianos: Italia tiene otra vocación que la de servir a los alemanes de amortiguador contra los golpes que Francia les asesta y, en agradecimiento, recibir de los austriacos el obsequio de los palos. Pero si a Alemania le interesa conservar aquí semejante amortiguador, lo hará en todo caso mucho mejor poniéndose a buenas con Italia, haciendo justicia al movimiento nacional y dejando los asuntos italianos a los italianos mientras estos no se metan en asuntos alemanes. La afirmación de Radowitz de que Francia tendría que dominar mañana la Italia del Norte si Austria sale de ella hoy era en su tiempo tan infundada como lo era todavía hace tres meses; tal como están hoy las cosas, parece querer hacerse verdad, pero en un sentido opuesto al de Radowitz. Si los veinticinco millones de italianos no pueden mantener su independencia, menos aún podrán los dos millones de daneses, los cuatro millones de belgas, los tres millones de holandeses. Y, sin embargo, no oímos a los defensores del dominio alemán en Italia lamentarse del dominio francés o sueco sobre esos países ni exigir que lo sustituya un dominio alemán.
En cuanto a la cuestión de la unidad, pensamos así: o Italia puede unirse, y entonces tendrá una política propia, que necesariamente no será ni alemana ni francesa y por tanto no podrá sernos más perjudicial que a los franceses; o sigue dividida, y entonces esa división nos asegura aliados en Italia en toda guerra con Francia.
Una cosa es en todo caso segura: tengamos o no la Lombardía, tendremos siempre una influencia considerable en Italia mientras seamos fuertes en casa. Si dejamos que Italia arregle ella misma sus asuntos, el odio de los italianos contra nosotros cesará por sí solo, y nuestra influencia natural sobre ellos será en todo caso mucho más importante y podrá llegar, según las circunstancias, a una verdadera hegemonía. Así pues, en lugar de buscar nuestra fuerza en la posesión de suelo ajeno y en la opresión de una nacionalidad extranjera a la que solo el prejuicio puede negar futuro, haremos mejor en procurar ser uno y fuertes en nuestra propia casa.
III
Lo que vale para uno vale para otro. Si reclamamos el Po y el Mincio como protección, no tanto contra los italianos como contra los franceses, no podemos extrañarnos de que también los franceses reclamen líneas fluviales para protegerse de nosotros.
El centro de gravedad de Francia no está en el centro, en el Loira, en Orleans, sino en el norte, en el Sena, en París; y una experiencia repetida dos veces59 demuestra que con París cae toda Francia. La importancia militar de la configuración de las fronteras de Francia se mide, pues, ante todo por la protección que ofrecen a París.
De París a Lyon, Basilea, Estrasburgo y Lauterbourg hay en línea recta más o menos la misma distancia, unas cincuenta y cinco millas. Pero toda invasión de Francia desde Italia que tenga por objetivo París tiene que avanzar por la región de Lyon, entre el Ródano y el Loira, o más al norte, si no quiere poner en peligro sus comunicaciones. La frontera alpina de Francia, al sur de Grenoble, no entra, pues, en consideración en un avance sobre París; por ese lado París está del todo cubierto.
A partir de Lauterbourg la frontera francesa deja el Rin y se vuelve, en ángulo recto con él, hacia el noroeste; de Lauterbourg a Dunkerque forma una línea prácticamente recta. El arco de círculo que hemos descrito con el radio París-Lyon por Basilea y Estrasburgo hasta Lauterbourg queda, pues, aquí interrumpido; la frontera norte de Francia forma más bien la cuerda de ese arco, y el segmento circular situado más allá de esa cuerda no pertenece a Francia. La línea de comunicación más corta de París a la frontera norte, la línea París-Mons, solo tiene la mitad de largo que el radio París-Lyon o París-Estrasburgo.
En estas sencillas relaciones geométricas está la razón de que Bélgica tenga que ser el campo de batalla de todas las guerras libradas en el norte entre Alemania y Francia. Bélgica envuelve todo el este de Francia, de Verdún y el Alto Marne hasta el Rin. Es decir: un ejército que penetre desde Bélgica puede estar antes en París de lo que puede estar de vuelta un ejército francés situado más allá de Verdún o de Chaumont, hacia el Rin; el ejército que avance desde Bélgica, si su ofensiva tiene éxito, puede, pues, meterse siempre como una cuña entre París y el ejército francés del Mosela o del Rin, tanto más cuanto que el camino desde la frontera belga a los puntos del Marne decisivos para el envolvimiento (Meaux, Château-Thierry, Épernay) es aún más corto que el camino a París mismo.
Y no es eso todo. En toda la línea, del Mosa al mar, en dirección a París, no se opone al enemigo el menor obstáculo del terreno hasta que llega al Aisne y al bajo Oise, que además corren de manera bastante desfavorable para la defensa de París contra el norte. Ni en 1814 ni en 1815 opusieron dificultades serias al ataque. Pero, aun admitiendo que puedan incorporarse al sistema defensivo que forman el Sena y sus afluentes, y que en 1814 se incorporaron en parte, con ello se enuncia a la vez como un hecho que la verdadera defensa del norte de Francia no empieza hasta Compiègne y Soissons y que la primera posición defensiva que cubre París por el norte está a solo doce millas de París.
Difícilmente cabe imaginar para un Estado una frontera más débil que la francesa frente a Bélgica. Se sabe cuánto se esforzó Vauban60 por sustituir con medios artificiales la falta de medios naturales de defensa; se sabe también cómo en 1814 y 1815 el ataque atravesó el triple cinturón de plazas fuertes casi sin hacerle caso. Se sabe cómo en 1815 plaza tras plaza sucumbió a los ataques de un solo cuerpo prusiano tras un sitio y un bombardeo de una brevedad inaudita. Avesnes se rindió el 22 de junio de 1815 tras ser cañoneada medio día con diez obuses de campaña. Guise se rindió a diez piezas de campaña sin disparar un tiro. Maubeuge capituló el 13 de julio tras 14 días de trinchera abierta. Landrecies abrió sus puertas el 21 de julio tras 36 horas de trinchera abierta y dos horas de cañoneo, cuando los sitiadores solo habían disparado 126 bombas y 52 balas macizas. Mariembourg solo pidió, pro forma, los honores de una trinchera abierta y de una única bala de a veinticuatro, y capituló el 28 de julio. Philippeville aguantó dos días de trinchera abierta y unas horas de cañoneo; Rocroi, 26 horas de trincheras abiertas y dos horas de bombardeo. Solo Mézières resistió 18 días tras la apertura de las trincheras. Había entre los comandantes una manía de capitular que poco tenía que envidiar a la de Prusia después de la batalla de Jena;61 y si se alega que en 1815 estas plazas estaban en ruinas, débilmente guarnecidas y mal pertrechadas, no hay que olvidar que, salvo excepciones, estas plazas tienen que estar siempre descuidadas. El triple cinturón de Vauban ha perdido hoy todo su valor; es un perjuicio positivo para Francia. Ninguna de las plazas al oeste del Mosa cubre, por sí sola, ningún sector del terreno, y en ninguna parte pueden encontrarse cuatro o cinco que formen juntas un grupo dentro del cual un ejército encuentre cobertura y conserve a la vez su capacidad de maniobra. Esto se debe a que ninguna está junto a un gran río. El Lys, el Escalda y el Sambre solo cobran importancia para la guerra en territorio belga; y así el efecto de estas plazas, dispersas en campo abierto, no va más allá del alcance de sus cañones. Salvo un par de grandes plazas de depósito en la frontera, que pueden servir de base a una ofensiva hacia Bélgica, y algunos puntos del Mosa y del Mosela, de importancia estratégica, todas las demás plazas y fuertes de la frontera norte francesa solo sirven para la más inútil dispersión de las fuerzas. Cualquier gobierno que los desmantelara le haría un favor a Francia; pero ¿qué diría a eso la superstición tradicional francesa?
La frontera norte francesa es, pues, desfavorable en sumo grado para la defensa; de hecho, no puede defenderse en absoluto, y el cinturón de plazas de Vauban, en vez de reforzarla, solo es ya hoy una confesión y un monumento de su debilidad.
Como los teóricos de la gran potencia centroeuropea en Italia, también los franceses buscan más allá de su frontera norte una línea fluvial que les proporcione una buena posición defensiva. ¿Cuál podría ser?
La primera línea que se ofrece sería la del bajo Escalda y el Dyle, prolongada hasta la desembocadura del Sambre en el Mosa. Esta línea anexionaría a Francia la mejor mitad de Bélgica. Encerraría casi todos los famosos campos de batalla belgas en los que han combatido franceses y alemanes: Oudenaarde, Jemappes, Fleurus, Ligny, Waterloo. Pero sigue sin formar una línea defensiva; dejaría entre el Escalda y el Mosa un gran hueco por el que el enemigo puede penetrar sin estorbo.
La segunda línea sería el propio Mosa. Si Francia tuviera la orilla izquierda del Mosa, no estaría ni siquiera tan bien situada como Alemania si en Italia solo poseyera la línea del Adigio. La línea del Adigio redondea de manera bastante completa; el Mosa, solo muy imperfectamente. Si corriera de Namur a Amberes, formaría una línea fronteriza mucho mejor. Pero, en lugar de eso, desde Namur corre hacia el nordeste y solo pasado Venlo se dirige en un gran arco hacia el mar del Norte.
Todo el territorio situado al norte de Namur entre el Mosa y el mar solo estaría cubierto en la guerra por sus plazas fuertes; porque un paso del Mosa por el enemigo encontraría siempre al ejército francés en la llanura del Brabante meridional, y una ofensiva francesa sobre la orilla izquierda alemana del Rin chocaría enseguida con la fuerte línea del Rin, y precisamente de frente con el campo atrincherado de Colonia. El ángulo entrante del Mosa entre Sedán y Lieja contribuye además a debilitar la línea, aunque lo llenen las Ardenas. La línea del Mosa da, pues, a los franceses demasiado en un lugar y demasiado poco en otro para una buena defensa de la frontera. Sigamos, pues, adelante.
Si volvemos a poner una punta de nuestro compás en el mapa sobre París y describimos con el radio París-Lyon un arco de Basilea al mar del Norte, encontraremos que el curso del Rin, de Basilea a su desembocadura, sigue ese arco con notable exactitud. Salvo unas pocas millas, todos los puntos importantes del Rin están a igual distancia de París. Esta es la razón verdadera y real del deseo francés de la frontera del Rin.
Si Francia tiene el Rin, París es de veras, frente a Alemania, el centro de Francia. Todos los radios que van de París a la frontera atacable, sea al Rin, sea al Jura, son igual de largos. En todas partes se ofrece al enemigo la periferia convexa del círculo, detrás de la cual tiene que maniobrar dando rodeos, mientras los ejércitos franceses se mueven por la cuerda, más corta, y pueden adelantársele. Las líneas de operaciones y de retirada de igual longitud de los distintos ejércitos facilitan sobremanera una retirada concéntrica y, con ella, la posibilidad de reunir en un punto dado dos de esos ejércitos para un golpe principal contra el enemigo todavía separado.
Con la posesión de la frontera del Rin, el sistema defensivo de Francia sería, en lo que atañe a las condiciones naturales, uno de esos que el general Willisen llama «ideales», que no dejan nada que desear. El fuerte sistema defensivo interior de la cuenca del Sena, formado por los ríos que confluyen en abanico hacia el Sena —el Yonne, el Aube, el Marne, el Aisne y el Oise—, ese sistema fluvial en el que Napoleón dio en 1814 a los aliados tan rudas lecciones estratégicas, solo entonces quedaría cubierto por igual en todas direcciones; el enemigo llega por todos los lados más o menos al mismo tiempo y puede ser detenido en los ríos hasta que los ejércitos franceses, con fuerzas reunidas, estén en condiciones de atacar una por una cada una de sus columnas aisladas; mientras que sin la línea del Rin, en el punto más decisivo, en Compiègne y Soissons, la defensa no puede hacerse firme hasta a 12 millas de París. En ningún territorio de Europa apoyarían tanto los ferrocarriles a la defensa en la concentración repentina de grandes fuerzas como en el país entre el Sena y el Rin. Desde el centro, París, corren los radios ferroviarios hacia Boulogne, Brujas, Gante, Amberes, Maastricht, Lieja y Colonia, hacia Mannheim y Maguncia por Metz, hacia Estrasburgo, hacia Basilea, hacia Dijon y Lyon. Sea cual sea el punto donde el enemigo se presente con más fuerza, en todas partes puede lanzarse contra él desde París por ferrocarril todo el poder del ejército de reserva. La defensa interior de la cuenca del Sena se refuerza además en especial porque dentro de ella todos los radios ferroviarios corren por los valles de los ríos (Oise, Marne, Sena, Aube, en parte Yonne). Y no es eso todo. Tres arcos ferroviarios concéntricos rodean París, a lo largo de por lo menos un cuadrante, a distancias bastante iguales: el primero, por los ferrocarriles de la orilla izquierda del Rin, que corren ya casi sin interrupción de Neuss a Basilea; el segundo va de Ostende y Amberes por Namur, Arlon, Thionville, Metz y Nancy a Épinal y está igualmente casi terminado; el tercero, por último, corre de Calais por Lille, Douai, Saint-Quentin, Reims, Châlons-sur-Marne y Saint-Dizier a Chaumont. Aquí están, pues, por todas partes, los medios para concentrar masas de tropas en el tiempo más breve en un punto cualquiera, y aquí, por la naturaleza y el arte y sin plaza fuerte alguna, la defensa por la capacidad de maniobra sería tan fuerte que una invasión de Francia tendría que contar con una resistencia muy distinta de la que encontró en 1814 y 1815.
Solo una cosa le faltaría al Rin como río fronterizo. Mientras una orilla sea toda alemana y la otra toda francesa, ninguno de los dos pueblos lo domina. A un ejército superior, sea de la nación que sea, no se le podría disputar el paso en ninguna parte; lo hemos visto cien veces, y la estrategia da las razones de que tenga que ser así. Ante una ofensiva alemana superior, la defensa francesa solo se haría firme más atrás: el ejército del Norte en el Mosa, entre Venlo y Namur; el ejército del Mosela en el Mosela, más o menos a la altura de la desembocadura del Sarre; el ejército del Alto Rin en el alto Mosela y el alto Mosa. Para dominar por completo el Rin, para poder oponerse con energía a un paso del río por el enemigo, los franceses tendrían que tener, pues, cabezas de puente en la orilla derecha del Rin. Fue, pues, del todo consecuente que Napoleón incorporara sin más al Imperio francés Wesel, Kastel y Kehl. Tal como están ahora las cosas, su sobrino, para completar las hermosas plazas que los alemanes le han construido en la orilla izquierda del Rin, pediría además Ehrenbreitstein, Deutz y, en caso de necesidad, también la cabeza de puente de Germersheim. Entonces el sistema geográfico-militar de Francia sería perfecto para la ofensiva y la defensa, y cualquier nuevo apéndice solo podría perjudicar. Y de cuán fundado en la naturaleza y evidente parece este sistema dieron los aliados en 1813 un testimonio contundente. Francia apenas llevaba 17 años con este sistema, y, sin embargo, ya parecía tan evidente que los altos aliados, pese a su superioridad y a la indefensión de Francia, retrocedían horrorizados ante la idea de tocarlo como ante un sacrilegio; y si los elementos nacionales alemanes del movimiento no los hubieran arrastrado, el Rin sería todavía hoy un río francés.
Pero solo cuando hayamos cedido a los franceses no solo el Rin, sino también las cabezas de puente de la orilla derecha, habrán cumplido los franceses consigo mismos el deber que, según Radowitz, Willisen y Hailbronner, cumplimos nosotros con nosotros mismos al sostener el Adigio y el Mincio con las cabezas de puente de Peschiera y Mantua. Pero entonces también habremos hecho a Alemania tan completamente impotente frente a los franceses como lo es ahora Italia frente a Alemania. Y entonces, como en 1813, Rusia sería el «libertador» natural de Alemania (como Francia, o más bien el Gobierno francés, se presenta ahora como «libertador» de Italia) y como premio por sus desinteresados esfuerzos solo pediría unas pocas franjas de tierra para redondear Polonia, digamos Galitzia y Prusia; ¡porque también Polonia queda «envuelta» por ellas!
Lo que para nosotros son el Adigio y el Mincio, eso, y algo mucho más importante aún, es para Francia el Rin. Si el Véneto, en manos de Italia y llegado el caso de Francia, envuelve Baviera y el Alto Rin y deja al descubierto el camino de Viena, Bélgica, y Alemania a través de Bélgica, envuelve todo el este de Francia y deja al descubierto el camino de París de manera mucho más eficaz aún. Del Isonzo a Viena hay todavía sesenta millas, por un terreno donde la defensa puede todavía hacerse firme hasta cierto punto; del Sambre a París hay treinta millas, y solo a doce millas de París, en Soissons o Compiègne, encuentra la defensiva una línea fluvial que la cubra en alguna medida. Si Alemania, según Radowitz, al abandonar el Mincio y el Adigio se coloca de antemano en la situación a la que de otro modo la llevaría la pérdida de toda una campaña, Francia, con sus fronteras actuales, está en la situación de quien hubiera tenido la frontera del Rin y hubiera perdido dos campañas, una por las plazas del Rin y del Mosa, la segunda en campo abierto en la llanura belga. Incluso la fuerte posición de las plazas de la Italia del Norte se repite en cierta medida en el bajo Rin y el Mosa; ¿no podría hacerse con Maastricht, Colonia, Jülich, Wesel y Venlo, con pocos retoques y unos dos puntos intermedios, un sistema igual de fuerte, que cubriera por completo Bélgica y el Brabante del Norte y permitiera a un ejército francés demasiado débil para la campaña retener a uno enemigo mucho más fuerte maniobrando en los ríos y, por último, retirarse sin estorbo por los ferrocarriles a la llanura belga o sobre Douai?
Durante toda esta investigación hemos supuesto que Bélgica está del todo abierta a los alemanes para atacar Francia y que es su aliada. Como teníamos que argumentar desde el punto de vista francés, teníamos el mismo derecho a hacerlo que nuestros adversarios del Mincio cuando suponían a Italia, también a una Italia libre y unida, siempre hostil a los alemanes. En todas estas cuestiones es perfectamente lógico examinar primero el peor caso y prepararse ante todo para él; y así tienen que proceder los franceses cuando examinan hoy la capacidad defensiva y la configuración estratégica de su frontera norte. Que Bélgica sea por los tratados europeos un país neutral, igual que Suiza, podemos dejarlo aquí de lado. En primer lugar, la práctica histórica todavía tiene que demostrar que esa neutralidad, en una guerra europea, es algo más que un trozo de papel; y en segundo lugar, Francia no podrá en ningún caso contar con ella tan firmemente como para tratar militarmente toda la frontera con Bélgica como si ese país formara un golfo de mar protector entre Francia y Alemania. La debilidad de la frontera sigue siendo, pues, en definitiva la misma, tanto si se la defiende de verdad activamente como si solo se destacan tropas para ocuparla frente a posibles ataques.
Con esto hemos desarrollado más o menos por completo el paralelo entre el Po y el Rin. Aparte de las mayores dimensiones en el Rin, que no harían sino reforzar la pretensión francesa, la analogía es todo lo perfecta que pueda desearse. Hay que esperar que, en caso de guerra, los soldados alemanes defiendan en la práctica el Rin en el Po con mejor éxito que los políticos de la gran potencia centroeuropea en la teoría. Estos defienden, desde luego, el Rin en el Po, pero solo para los franceses.
Por lo demás, para el caso de que los alemanes tuvieran alguna vez también la desgracia de perder su «frontera natural», el Po y el Mincio, para ese caso vamos a llevar la analogía todavía un poco más lejos. Los franceses solo poseyeron su «frontera natural» diecisiete años y ya llevan casi cuarenta y cinco teniendo que arreglárselas sin ella. Durante ese tiempo sus mejores militares han llegado también a comprender en la teoría que la inutilidad del cinturón de plazas de Vauban frente a una invasión tiene su fundamento en las leyes del arte moderno de la guerra; que, por tanto, en 1814 y 1815 no fue el azar ni la tan socorrida «traición»62 lo que permitió a los aliados pasar despreocupadamente entre las plazas fuertes. Con ello quedó aún más patente que había que hacer algo para asegurar la expuesta frontera norte. Pero estaba claro que no había perspectivas de recuperar pronto la frontera del Rin. ¿Qué hacer?
Los franceses se las arreglaron de una manera que honra a un gran pueblo: fortificaron París; por primera vez en la historia moderna intentaron convertir su capital en un campo atrincherado a la escala más colosal. Los doctos en la guerra de la vieja escuela menearon la cabeza ante esa empresa insensata. ¡Dinero tirado, puro capricho de la fanfarronería francesa! ¡Nada detrás, pura fanfarria; quién ha oído jamás hablar de una plaza fuerte con nueve millas de perímetro y un millón de habitantes! ¿Cómo va a defenderse si no se mete en ella medio ejército de guarnición? ¿Cómo se va a abastecer a toda esa gente? ¡Locura, soberbia francesa, sacrilegio impío, repetición de la torre de Babel! Así juzgó la nueva empresa la coleta militar,63 la misma coleta que estudia la guerra de sitio en un hexágono de Vauban y cuyo método pasivo de defensa no conoce mayor contragolpe ofensivo que la salida de una sección de infantería desde el camino cubierto hasta el pie del glacis. Pero los franceses siguieron construyendo tranquilamente y han tenido la satisfacción de que, aunque París no ha pasado aún la prueba de fuego, los militares sin coleta de toda Europa les hayan dado la razón; de que Wellington hiciera planes para fortificar Londres; de que en torno a Viena, si no nos equivocamos, haya empezado ya la construcción de fuertes destacados; y de que la fortificación de Berlín se discuta por lo menos. Ellos mismos han tenido que aprender con el ejemplo de Sebastopol qué enorme fuerza tiene un campo atrincherado colosal cuando lo ocupa todo un ejército y la defensa se lleva ofensivamente y a la mayor escala. ¡Y Sebastopol solo tenía un recinto, sin fuertes destacados, solo obras de campaña, sin escarpas de mampostería!
Desde que París está fortificada, Francia puede prescindir de la frontera del Rin. Como Alemania en Italia, tendrá que llevar su defensa en la frontera norte ante todo de forma ofensiva. Que eso se ha entendido lo demuestra la disposición de la red ferroviaria. Si esa ofensiva es rechazada, el ejército se hará firme en el Oise y el Aisne, y de manera definitiva; porque un nuevo avance del enemigo ya no tendría sentido, puesto que el ejército de invasión llegado de Bélgica sería por sí solo demasiado débil para actuar contra París. Detrás del Aisne, en comunicación segura con París, en el peor de los casos detrás del Marne, con el ala izquierda apoyada en París, en posición de flanco ofensiva, el ejército francés del Norte podría esperar la llegada de los demás ejércitos. Al enemigo no le quedaría otra que avanzar sobre Château-Thierry y operar contra las comunicaciones de los ejércitos franceses del Mosela y del Rin. Pero la acción ya no tendría ni de lejos la importancia decisiva que tenía antes de la fortificación de París. En el peor de los casos, a los demás ejércitos franceses no se les puede cortar la retirada detrás del Loira; concentrados allí, seguirán siendo lo bastante fuertes para hacerse peligrosos al ejército de invasión, debilitado y dividido por el cerco de París, o para abrirse paso hasta dentro de París. En una palabra: la fortificación de París le ha quitado el filo al envolvimiento por Bélgica; ya no decide, y pueden calcularse sencillamente las desventajas que trae y los medios que hay que emplear contra él.
Haremos bien en imitar el ejemplo de los franceses. En lugar de dejarnos aturdir por el griterío sobre lo indispensable de una posesión no alemana que se vuelve día a día más insostenible para Alemania, haríamos mejor en prepararnos para el momento inevitable en que abandonaremos Italia. Cuanto antes se construyan por adelantado las fortificaciones que entonces necesitaremos, tanto mejor. Dónde y cómo hay que construirlas no es asunto nuestro decirlo más allá de las indicaciones apuntadas antes. Solo que no se construyan puntos de cierre ilusorios y, confiando en ellos, se descuiden las únicas fortificaciones que pueden detener a un ejército en retirada: los campos atrincherados y los grupos de plazas fuertes junto a los ríos.
IV
Hemos visto ya adónde lleva la teoría de las fronteras naturales formulada por los políticos de la gran potencia centroeuropea. El mismo derecho que Alemania tiene al Po lo tiene Francia al Rin. Si Francia no debe incorporarse nueve millones de valones, neerlandeses y alemanes por una buena posición militar, tampoco tenemos nosotros derecho a subyugar a seis millones de italianos por una posición militar. Y esa frontera natural, el Po, a fin de cuentas solo es una posición militar, y solo por eso, se nos dice, debe Alemania sostenerla.
La teoría de las fronteras naturales zanja la cuestión de Schleswig-Holstein con un solo grito: Danmark til Eideren! ¡Dinamarca hasta el Eider!64 ¿Qué otra cosa reclaman los daneses sino su Po y su Mincio, que se llama Eider, y su Mantua, que se llama Friedrichstadt?
La teoría de las fronteras naturales reclama, con el mismo derecho en que se apoya Alemania en el Po, Galitzia y Bucovina para Rusia, y un redondeo hacia el Báltico que encierre por lo menos toda la orilla derecha prusiana del Vístula. Pocos años después podrá exigir con el mismo derecho que el Óder sea la frontera natural de la Polonia rusa.
La teoría de las fronteras naturales, aplicada a Portugal, se ve obligada a extender ese país hasta los Pirineos y a hacer que toda España se funda en Portugal.
La frontera natural de Reuss-Greiz-Schleiz-Lobenstein65 tendrá también que extenderse por lo menos hasta la frontera del territorio de la Confederación Germánica, y más allá hasta el Po y quizá el Vístula, si es que han de respetarse las leyes de la justicia eterna; y Reuss-Greiz-Schleiz-Lobenstein tiene tanto derecho como Austria a que se le haga justicia.
Si la teoría de las fronteras naturales, es decir, de las fronteras fijadas exclusivamente por consideraciones militares, es correcta, ¿qué nombre daremos entonces a los diplomáticos alemanes que en el Congreso de Viena nos llevaron al borde de una guerra de alemanes contra alemanes,66 nos dejaron escapar la línea del Mosa, dejaron al descubierto la frontera oriental alemana y dejaron que el extranjero cercara y repartiera Alemania? En verdad, ningún país tiene tantos motivos para quejarse del Congreso de Viena como Alemania; pero si aplicamos el rasero de las fronteras naturales, ¿cómo queda entonces la reputación de los estadistas alemanes de aquel tiempo? Y precisamente las mismas gentes que defienden la teoría de las fronteras naturales en el Po viven de la herencia de los diplomáticos de 1815 y continúan la tradición del Congreso de Viena.
¿Queréis un ejemplo?
Cuando Bélgica se separó de Holanda en 1830, alzaron la voz las mismas gentes que ahora hacen del Mincio una cuestión de vida o muerte. Pusieron el grito en el cielo por el desmembramiento de la fuerte potencia fronteriza neerlandesa, que debía ser un baluarte contra Francia y que incluso —¡tanta superstición quedaba aún tras todas las experiencias de veinte años!— había tenido que comprometerse a ceñir el cinturón de plazas de Vauban, grandioso al menos en su género, con una delgada cinta de plazas fuertes. ¡Como si las grandes potencias temieran que Arras y Lille y Douai y Valenciennes fueran a entrar una buena mañana en Bélgica con todos sus bastiones, medias lunas y lunetas y a instalarse allí como en su casa! Entonces se lamentaban los representantes de la misma tendencia obtusa que aquí combatimos de que Alemania estaba en peligro, porque Bélgica no era más que un apéndice sin voluntad de Francia, un enemigo necesario de Alemania, y las valiosas plazas fuertes construidas con dinero alemán (es decir, quitado a los franceses)67 como protección contra Francia estaban ahora a disposición de los franceses contra nosotros. La frontera francesa había avanzado hasta el Mosa y el Escalda y más allá; ¿cuánto tardaría en llegar al Rin? La mayoría de nosotros recuerda todavía muy bien estas lamentaciones. ¿Y qué ha pasado? Bélgica, desde 1848 y sobre todo desde la restauración bonapartista, se ha apartado cada vez más decididamente de Francia y se ha acercado a Alemania. Ahora puede pasar ya incluso por un miembro exterior de la Confederación Germánica. ¿Y qué hicieron los belgas en cuanto se pusieron en una especie de oposición a Francia? Desmantelaron todas las plazas fuertes que la sabiduría del Congreso de Viena había impuesto al país, por completamente inútiles contra Francia, y levantaron en torno a Amberes un campo atrincherado lo bastante grande para recoger a todo el ejército y poder esperar allí, en caso de invasión francesa, el socorro inglés o alemán. Y con razón.
La misma sabia política que en 1830 quería mantener por la fuerza a la Bélgica católica, que habla sobre todo francés, encadenada a la Holanda protestante, que habla holandés, esa misma sabia política quiere desde 1848 mantener por la fuerza a Italia bajo la opresión austriaca y hacernos a los alemanes responsables de los actos de Austria en Italia. Y todo ello por puro miedo a Francia. Todo el patriotismo de estos señores parece consistir en caer en una excitación febril en cuanto se habla de Francia. Parecen no haberse repuesto todavía de los golpes que repartió el viejo Napoleón hace cincuenta y sesenta años. Nosotros no somos, de veras, de los que subestiman el poderío militar de Francia. Sabemos muy bien que, por ejemplo, en infantería ligera, en experiencia y habilidad en la guerra de guerrillas68 y en ciertos aspectos de la ciencia de la artillería, ningún ejército de Alemania puede medirse con el francés. Pero cuando hay gente que empieza por echar mano a diestro y siniestro de los un millón doscientos mil soldados de Alemania, como si estuvieran ahí listos como piezas de ajedrez con las que el señor doctor Kolb69 juega una partida contra Francia por Alsacia y Lorena, y luego esa misma gente muestra en cada ocasión una pusilanimidad como si se diera por descontado que esos un millón doscientos mil hombres tendrían que ser hechos picadillo por la mitad de franceses, a menos que dichos un millón doscientos mil se escondan en posiciones inexpugnables todas ellas, entonces es de veras hora de perder la paciencia. Es hora de recordar a esta política de defensiva pasiva que, aunque Alemania, en general, tenga que limitarse a una defensiva con contragolpes ofensivos, no hay defensiva más eficaz que la activa, la llevada ofensivamente. Es hora de recordar que frente a los franceses y a otras naciones nos hemos mostrado superiores en el ataque bastantes veces.
«Por lo demás, el genio de nuestros soldados es atacar, y eso está muy bien»,
dice Federico el Grande de su infantería;70 de cómo sabía atacar su caballería pueden dar testimonio Rossbach, Zorndorf y Hohenfriedberg.71 De cómo acostumbraba a atacar la infantería alemana en 1813 y 1814, la mejor prueba es la conocida instrucción de Blücher al abrirse la campaña de 1815:
«Como la experiencia ha enseñado que el ejército francés no es capaz de resistir el ataque a la bayoneta de nuestras masas de batallón, la regla es llevarlo siempre a cabo cuando se trate de arrollar al enemigo o de ganar un puesto».
Nuestras más bellas batallas han sido batallas ofensivas, y si al soldado alemán le falta una determinada cualidad del francés, es, como está comprobado, la de atrincherarse a la defensiva en aldeas y casas; en el ataque puede muy bien ponerse a su lado, y lo ha hecho bastantes veces.
Por lo demás, en cuanto a esta política misma, aparte de los motivos que la inspiran, consiste en esto: primero hacernos odiosos a todos nuestros vecinos fronterizos más pequeños con el pretexto de defender intereses alemanes supuestos o exagerados hasta el absurdo, y luego indignarse de que estos se arrimen más a Francia. Hicieron falta cinco años de restauración bonapartista para separar a Bélgica de la alianza francesa a la que la había empujado la política de 1815, continuada en 1830, la política de la Santa Alianza; y en Italia les hemos creado a los franceses una posición que de veras compensa la línea del Mincio. Y, sin embargo, la política francesa respecto a Italia ha sido siempre obtusa, mezquina y explotadora, de modo que los italianos, con un trato mínimamente leal por nuestra parte, sin duda se habrían inclinado más hacia nosotros que hacia Francia. Cómo los exprimieron de 1796 a 1814 Napoleón y sus lugartenientes y generales en dinero, especie, tesoros artísticos y hombres es bien sabido. En 1814 llegaron los austriacos como «libertadores» y fueron recibidos como libertadores. (De cómo liberaron Italia da testimonio el odio que hoy siente todo italiano por los tedeschi.)72 Hasta aquí la práctica de la política francesa en Italia; de la teoría solo hace falta decir que conoce un único principio: Francia nunca puede tolerar una Italia unitaria e independiente. Hasta Luis Napoleón este principio se ha mantenido firme, y, para prevenir todo malentendido, La Guéronnière73 tiene que proclamarlo de nuevo ahora como verdad eterna. ¿Y frente a una política francesa tan obtusa y filistea, una política que reclama sin más el derecho de intervenir en los asuntos internos de Italia, frente a semejante política tendríamos los alemanes que temer que una Italia que ya no esté bajo dominio alemán directo vaya a ser siempre la obediente sirvienta de Francia contra nosotros? Es verdaderamente ridículo. Es el viejo griterío de 1830 por Bélgica. Bélgica, pese a todo, ha venido a nosotros, ha venido sin que se lo pidiéramos; Italia tendría que venir a nosotros del mismo modo.
Hay que dejar bien sentado, por lo demás, que la cuestión de la posesión de la Lombardía es una cuestión entre Italia y Alemania, y no entre Luis Napoleón y Austria. Frente a un tercero como Luis Napoleón, un tercero que se inmiscuye por sus propios intereses, antialemanes por otra parte, se trata sencillamente de sostener una provincia que solo se cede a la fuerza, una posición militar que solo se evacua cuando ya no se puede mantener. La cuestión política pasa en ese caso enseguida a segundo plano detrás de la militar; si nos atacan, nos defendemos.
Si Luis Napoleón quiere presentarse como paladín de la independencia italiana, puede ahorrarse la guerra contra Austria. La caridad bien entendida empieza por uno mismo.74 El «departamento» de Córcega es una isla italiana, italiana aunque sea la patria del bonapartismo. Que Luis Napoleón ceda primero Córcega a su tío Víctor Manuel;75 quizá entonces nos avengamos también a hablar. Hasta que lo haya hecho, hará bien en guardarse para sí su entusiasmo por Italia.
En toda Europa no hay ninguna gran potencia que no haya unido a su territorio partes de otras naciones. Francia tiene provincias flamencas, alemanas e italianas. Inglaterra, el único país que posee de verdad fronteras naturales, las ha rebasado en todas direcciones, ha hecho conquistas en todos los países y ahora está también en disputa con una de sus dependencias, las islas Jónicas, después de haber aplastado con medios genuinamente austriacos una rebelión colosal en la India.76 Alemania tiene provincias medio eslavas y apéndices eslavos, magiares, valacos e italianos. ¡Y sobre cuántas lenguas reina el Zar Blanco de Petersburgo!
Nadie afirmará que el mapa de Europa esté fijado definitivamente. Pero todos los cambios, en la medida en que sean duraderos, tienen que tender en general a dar cada vez más a las grandes naciones europeas capaces de vida sus fronteras naturales verdaderas, que se determinan por la lengua y las simpatías, mientras que, al mismo tiempo, las ruinas de pueblos que todavía se encuentran aquí y allá y que ya no son capaces de una existencia nacional siguen incorporadas a las naciones mayores y, o bien se funden en ellas, o bien se conservan solo como monumentos etnográficos sin importancia política. Las consideraciones militares solo pueden contar en segundo lugar.
Pero si se ha de revisar el mapa de Europa, los alemanes tenemos derecho a exigir que se haga a fondo y con imparcialidad, y que no se pretenda, como está de moda, que solo Alemania haga sacrificios mientras todas las demás naciones sacan provecho de ellos sin renunciar a lo más mínimo. Podemos prescindir de muchas cosas que cuelgan en los bordes de nuestro territorio y nos enredan en asuntos en los que más valdría no meternos tan directamente. Pero exactamente lo mismo les pasa a otros; que nos den ellos ejemplo de desinterés o que se callen. Ahora bien, el resultado final de toda esta investigación es que los alemanes haríamos un negocio excelente si pudiéramos cambiar el Po, el Mincio, el Adigio y todo el trasto italiano por la unidad, que nos proteja de que se repitan Varsovia y Bronzell y que es lo único que puede hacernos fuertes hacia dentro y hacia fuera. Si tenemos esa unidad, puede terminarse la defensiva. Entonces ya no necesitaremos ningún Mincio; «nuestro genio» volverá a ser «atacar»; y todavía hay algunos puntos podridos donde eso será bien necesario.
Expresión irónica que en alemán (patriotische Überkraft) remeda las de la prensa bonapartista. ↩
El refrán alemán Man schlägt den Sack und meint den Esel: se golpea una cosa para dar a entender otra. ↩
Joseph Maria von Radowitz (1797-1853), general y político prusiano, diputado en la Asamblea Nacional de Fráncfort, que se reunía en la Iglesia de San Pablo (Paulskirche). Ahí sostuvo en 1848 que el Mincio y el Adigio eran la frontera militar natural de Alemania. ↩
Karl Wilhelm von Willisen (1790-1879), general prusiano y escritor militar; su libro Der italienische Feldzug des Jahres 1848 apareció en Berlín en 1849. ↩
Karl von Hailbronner (1798-1866), general bávaro y escritor militar. ↩
Le Moniteur universel, diario oficial del Gobierno francés. ↩
Juego de palabras: beschneiden significa «circuncidar» y también «recortar». ↩
Alusión a la canción patriótica de Ernst Moritz Arndt Was ist des Deutschen Vaterland? (1813), cuyo estribillo pide que la patria alemana llegue «tan lejos como suena la lengua alemana». ↩
El sistema continental fue el bloqueo con que Napoleón I, desde 1806, quiso cerrar el continente al comercio británico. ↩
Heinrich Heine, Alemania. Un cuento de invierno (1844), capítulo VII. ↩
Según la primera edición de 1859, «cuyas fuerzas militares y nación»; la MEW enmienda «nación» en «operaciones», que es lo que aquí se traduce. ↩
En la batalla de Pavía (24 de febrero de 1525) el ejército de Carlos V derrotó al de Francisco I de Francia, que cayó prisionero. ↩
En Marengo (14 de junio de 1800) Bonaparte, que había cruzado los Alpes por el Gran San Bernardo y se había interpuesto entre el ejército austriaco de Melas y su línea de retirada, lo derrotó y le obligó a evacuar el norte de Italia. ↩
La milla alemana de la época equivalía a unos 7,5 kilómetros. ↩
El pie usado en Alemania (pie del Rin o de París) medía algo más de 31 centímetros; 8.600 pies son unos 2.700 metros (el paso del Stelvio está a 2.757 metros). ↩
William George Armstrong (1810-1900), ingeniero e industrial inglés; su cañón rayado de retrocarga fue adoptado por el ejército británico en 1858. ↩
Eugène de Beauharnais (1781-1824), hijastro de Napoleón y virrey de Italia, y el general Étienne Macdonald (1765-1840) avanzaron en 1809 desde Italia por Carintia y Estiria y se reunieron con Napoleón antes de la batalla de Wagram. ↩
Sperrpunkte: fortificaciones que cierran un paso o un desfiladero. ↩
Louis-Henri Loison (1771-1816), general francés. ↩
Claude-Jacques Lecourbe (1759-1815), general francés que mandó las tropas de los Alpes en 1799. ↩
Jean-Joseph Dessolle (1767-1828), general francés. ↩
En ruso en el original, en transcripción alemana aproximada. ↩
La primera edición de 1859 dice «caballería e infantería»; la MEW corrige «caballería y artillería», que es lo que se traduce. La misma edición escribe «Noro» por Storo. ↩
Louis Baraguey d'Hilliers (1764-1813), general francés. ↩
Barthélemy-Catherine Joubert (1769-1799) cruzó el Tirol en 1797, durante la campaña de Bonaparte contra Austria; Michel Ney (1769-1815) tomó en 1805 los pasos del Tirol. ↩
Así en la MEW («umgangen»); la primera edición dice «que se puede combatir por caminos practicables para una cabra». ↩
Los ducados de Parma y de Módena. ↩
Nombre que se daba a Estiria, Carintia, Carniola y el Litoral austriaco. ↩
Antoine-Henri Jomini (1779-1869), teórico militar suizo al servicio de Francia y de Rusia, que puso en el centro de su doctrina la ventaja de operar por líneas interiores. ↩
Así en la MEW. La primera edición dice que en el codo sur desemboca el Bormida y que con este se unen el Tanaro, el Orba y el Belbo; en realidad el Bormida desemboca en el Tanaro junto a Alessandria, y el Tanaro en el Po. ↩
Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, jefe del ejército de Italia en 1848-1849. ↩
Giacomo Durando (1807-1894), general piamontés que mandó en 1848 las tropas pontificias. ↩
Laval Nugent (1777-1862), general austriaco. ↩
Konstantin d'Aspre (1789-1850), general austriaco. ↩
Ludwig von Welden (1782-1853), general austriaco. ↩
La batalla de Rivoli (14-15 de enero de 1797), en la que Bonaparte derrotó al ejército austriaco de Alvinczy, que venía a socorrer Mantua. ↩
Así en la primera edición. La MEW añade «1796 y», pues Castiglione, Bassano y Arcole son batallas de 1796. Lo mismo hace la MEW, más adelante, con «la primera mitad de su campaña de 1797». ↩
El levantamiento tirolés de 1809, dirigido por Andreas Hofer, contra la ocupación bávara y francesa. ↩
Adam Heinrich Dietrich von Bülow (1757-1807), escritor militar prusiano, autor de Der Feldzug von 1800 (1801), sobre las campañas de Hohenlinden y Marengo; murió preso en Riga por sus críticas a la dirección de la guerra. ↩
En francés en el original: «De l'ordre, toujours de l'ordre — les tirailleurs doivent toujours être soutenus par des lignes». Las glosas de Napoleón se hallan en la edición francesa del libro de Bülow publicada en Londres en 1831. ↩
En francés en el original: «Bien — c'est bien», «Mauvais — cela est mauvais — mauvais principe», «Cela n'est pas vrai — absurde — mauvais plan bien dangereux — restez unis si vous voulez vaincre — il ne faut jamais séparer son armée par un fleuve — tout cet échafaudage est absurde». ↩
En francés en el original: «Bavardage inintelligible, quel absurde bavardage, quelle absurdité, quel misérable bavardage, quelle ignorance de la guerre». ↩
Paul Kray (1735-1804), general austriaco, derrotado por Moreau en 1800 en el sur de Alemania. ↩
En francés en el original: «On n'attaque pas les montagnes, pas plus le Tirol que la Suisse, on les observe et on les tourne par les plaines». ↩
Jean-Victor Moreau (1763-1813), general francés, vencedor de Hohenlinden (3 de diciembre de 1800). ↩
En francés en el original: «Absurde, quand même le Tirol eût été ouvert, il ne fallait pas y entrer». ↩
En francés en el original: «Si vous voulez apprendre la manière de faire battre une armée supérieure par une armée inférieure, étudiez les maximes de cet écrivain; vous aurez des idées sur la science de la guerre, il vous prescrit le contre-pied de ce qu'il faut enseigner». ↩
En francés en el original: «Il ne faut jamais attaquer les pays des montagnes». ↩
Confederación de Estados alemanes fundada en 1806 bajo la protección de Napoleón; Baviera, que formaba parte de ella, recibió entonces el Tirol. ↩
Por la paz de Presburgo (26 de diciembre de 1805), tras Austerlitz, Austria cedió el Tirol a Baviera y el Véneto al reino napoleónico de Italia. ↩
La primera edición dice «1798»; la MEW corrige la fecha. ↩
Tras su victoria de Jena (14 de octubre de 1806), Napoleón persiguió al ejército prusiano hasta el Óder; Stettin capituló sin lucha el 29 de octubre. ↩
En el desfiladero de Caudio (321 a. C.) los samnitas obligaron al ejército romano vencido a pasar desarmado bajo un yugo de lanzas en señal de humillación. ↩
La guerra de Crimea (1853-1856). ↩
En el congreso de Erfurt (septiembre-octubre de 1808) Napoleón se reunió con el zar Alejandro I y con los príncipes alemanes de la Confederación del Rin, que acudieron como vasallos. ↩
En las conferencias de Varsovia (octubre de 1850), Austria y Prusia sometieron su conflicto sobre la reorganización de Alemania y sobre Hesse-Kassel al arbitraje del zar Nicolás I. ↩
Escaramuza de noviembre de 1850 entre tropas prusianas y bávaro-austriacas en Bronzell, en Hesse-Kassel; poco después Prusia cedió ante Austria en el tratado de Olmütz. ↩
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo. ↩
En 1814 y en 1815, cuando la entrada de los aliados en París decidió la caída de Napoleón. ↩
Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal de Francia e ingeniero militar, constructor del cinturón de plazas fuertes de la frontera norte. ↩
Tras Jena y Auerstedt (14 de octubre de 1806), casi todas las plazas fuertes prusianas capitularon ante los franceses sin apenas resistencia. ↩
En francés en el original: trahison. ↩
Zopf, «coleta»: en alemán, imagen corriente de la rutina anticuada, por la coleta de los soldados del siglo XVIII. ↩
Consigna del Partido Nacional Liberal danés (los «eiderdaneses»), que quería incorporar Schleswig a Dinamarca hasta el río Eider, frontera con Holstein. ↩
Diminutos principados alemanes de la casa de Reuss, en Turingia. ↩
En el Congreso de Viena (1814-1815) la disputa entre Prusia y Austria sobre Sajonia estuvo a punto de llevar a una guerra a comienzos de 1815. ↩
Las plazas fronterizas belgas se reconstruyeron después de 1815 en parte con la indemnización de guerra impuesta a Francia. ↩
Kleiner Krieg: la guerra de tropas ligeras, escaramuzas y destacamentos. ↩
Gustav Kolb (1798-1865), redactor jefe de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo. La MEW imprime por errata «Kollo». ↩
Federico II de Prusia, en una de sus instrucciones militares. ↩
Victorias de Federico II: Hohenfriedberg (1745), Rossbach (1757) y Zorndorf (1758), en las que fue decisiva la carga de la caballería prusiana. ↩
En italiano en el original: «los alemanes». ↩
Louis-Étienne-Arthur Dubreuil-Hélion, vizconde de La Guéronnière (1816-1875), publicista bonapartista, autor del folleto oficioso L'Empereur Napoléon III et l'Italie (febrero de 1859). ↩
En francés en el original: «Charité bien ordonnée commence chez soi-même». ↩
En enero de 1859 el príncipe Napoleón (Jérôme), primo de Luis Napoleón, se había casado con Clotilde, hija del rey Víctor Manuel II de Cerdeña. ↩
La sublevación de 1857-1859 contra la dominación británica; las islas Jónicas, protectorado británico desde 1815, reclamaban su unión con Grecia. ↩