Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Londres el 25 de noviembre de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5813, del 9 de diciembre de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 545-547), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 25 de noviembre de 1859

Los pánicos parecen haberse convertido últimamente en acontecimientos tan regulares en la vida política de Inglaterra como lo son desde hace mucho en el sistema industrial inglés. Los pánicos hábilmente puestos en escena son un medio importante para los gobiernos de los llamados países libres. Cuando se infunde miedo y terror a la gente, es más fácil apartarla de caprichos peligrosos. Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la reforma en Inglaterra. Al mismo tiempo que Inglaterra se encontraba ante la cuestión de si debía renunciar para siempre al control de Norteamérica, lord Grey proponía una ley de reforma radical que preveía acabar con toda la influencia tradicional de los lores sobre la Cámara de los Comunes. En 1780, el duque de Richmond1 presentó una ley de reforma que llegaba nada menos que a reclamar parlamentos renovados cada año y el sufragio universal. Incluso Pitt,2 cuyo centenario ha pasado sin que sus compatriotas reparasen en él, ocupados como estaban en celebrar el centenario de la muerte de Händel, ese mismo Pitt había escrito originalmente en su bandera las palabras «reforma parlamentaria». ¿Cómo fue, pues, que el movimiento reformista del siglo XVIII, que había ganado a los representantes más perspicaces de las clases dominantes, se apagó sin dejar rastro? Lo barrió el pánico a la Revolución francesa, al que siguieron la guerra antijacobina, la enorme deuda pública y las infames Gagging Acts.3 Hace unos años, el pánico ruso mató dos leyes de reforma,4 y hoy el pánico a una invasión francesa probablemente está llamado a prestar el mismo servicio. Podemos apreciar, por tanto, en su justo valor el oscuro temor de los radicales ingleses dirigidos por el señor Bright, que declaran tener a los oligarcas y a sus instrumentos en la prensa por alarmistas interesados que pretenden frustrar la reforma y perpetuar el mal gobierno con el fantasma de una invasión francesa. El asunto tiene, en efecto, algunos aspectos feos y sospechosos. La prensa de Palmerston es la principal portadora del pánico a la invasión, mientras que Palmerston es a todas luces el amigo más íntimo de Luis Bonaparte. ¿Puede ser el más indicado para desbaratar los planes bonapartistas el mismo hombre que tuvo que salir de un gabinete por haber reconocido el coup d'état sin el consentimiento de sus colegas y que fue expulsado de otro por haber presentado la ley francesa sobre las conspiraciones?5 Al mismo tiempo que la prensa de Palmerston advierte al pueblo inglés contra la perfidia de Bonaparte, llama a los ingleses a embarcarse con ese mismo hombre en una nueva expedición a China.

No puede negarse, sin embargo, que el actual pánico a la guerra en Inglaterra, que por cierto puede redundar en favor de la política del partido aristocrático, no carece en absoluto de fundamento. Cada vez que Bonaparte concluye una nueva paz, Inglaterra se pregunta instintivamente si le toca ahora a ella ser atacada. Así, una guerra entre Francia e Inglaterra parece solo cuestión de tiempo. Por miedo a la revolución, la Europa oficial aceptó el régimen de Luis Bonaparte, pero desencadenar guerras periódicamente es una de las necesidades vitales de ese régimen. Libra a los gabinetes del coco de la revolución solo con la condición expresa de que consientan en ser conquistados uno tras otro. Apenas llevaba Luis Bonaparte dos años sentado en su trono usurpado cuando la guerra rusa se hizo necesaria para que pudiera mantenerse en el poder. No habían pasado dos años desde la conclusión de la paz con Rusia cuando solo la aventura italiana lo salvó de una catástrofe ignominiosa. Sus dificultades no han disminuido, ciertamente, con una serie de guerras cuyos resultados no han sido más que oropel por un lado y, por otro, deuda pública y la creciente insolencia de la guardia pretoriana, por no hablar de la oposición del clero, que se ha sumado a los demás elementos de inseguridad interior que ya existían. Después de la guerra rusa pasó algún tiempo antes de que la aversión orleanista se atreviera a expresar su sarcasmo y la desesperación revolucionaria a arrojar bombas.6 El evidente desencanto que ha provocado la última guerra se muestra con la mayor claridad en el estancamiento de los negocios franceses, en el fracaso completo de la amnistía imperial, en el renovado rigor con la prensa y en las reavivadas esperanzas de los orleanistas. Mientras la masa del pueblo francés murmura contra una guerra estéril que le ha costado los ahorros de la paz, la masa del ejército despotrica contra una paz que, a su juicio, le ha escamoteado los frutos de la guerra. Unos meses más, y las dificultades que acosan a Luis Bonaparte, de las que solo una nueva guerra ofrece salida, se habrán desarrollado en toda su magnitud. Pero las sucesivas guerras que su situación le obliga a tramar se van volviendo cada vez más peligrosas para él y para Europa, de la que Inglaterra puede considerarse la representante más poderosa. La guerra de Crimea apenas se libró en suelo europeo. La guerra de Italia solo pudo localizarse gracias a su brusco final. Una guerra en el Rin, y más aún una invasión de Inglaterra, tomarían desde el principio el carácter de una guerra general europea. Pero Luis Bonaparte solo puede elegir entre Prusia e Inglaterra como objetivos posibles de su próximo ataque. En ambos casos, Inglaterra tomará partido: en uno como actor principal, en el otro como auxiliar. La segunda eventualidad es la más probable, pero es imposible prever qué choques directos entre Francia e Inglaterra pueden surgir de una guerra entre Francia y Prusia. Nos proponemos examinar en otra ocasión los preparativos militares que hace Inglaterra con vistas al enfrentamiento que se avecina.

  1. Charles Lennox, duque de Richmond (1735-1806), político whig, que en 1780 presentó en la Cámara de los Lores un proyecto de reforma con parlamentos anuales y sufragio universal masculino. ↩

  2. William Pitt el Joven (1759-1806), primer ministro de 1783 a 1801 y de 1804 a 1806; había defendido la reforma parlamentaria en la década de 1780. Händel murió en Londres en abril de 1759. ↩

  3. «Leyes mordaza»: leyes de 1795 y 1819 contra las reuniones públicas y la prensa. ↩

  4. Alusión a los proyectos de reforma electoral de lord John Russell de 1852 y 1854; el segundo se retiró en abril de 1854 a causa de la guerra con Rusia. ↩

  5. Palmerston tuvo que dejar el Ministerio de Asuntos Exteriores en diciembre de 1851 por haber aprobado ante el embajador francés el golpe de Estado de Luis Bonaparte sin consultar al gabinete. En febrero de 1858 cayó su gobierno al rechazar los Comunes su proyecto de ley sobre las conspiraciones para asesinar, presentado tras el atentado de Orsini a petición del gobierno francés. ↩

  6. El atentado de Felice Orsini contra Napoleón III del 14 de enero de 1858. ↩