Escrito en inglés por Karl Marx a mediados de noviembre de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5808, del 3 de diciembre de 1859. Traducido del original inglés según la transcripción de Harold Newson del texto de Marx on China, 1853-1860 (Londres, 1951) en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 540-544), por la Escuela de marxismo, 2026. El cuadro, que falta en la transcripción, se da con las cifras de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
En una época en que corrían ideas muy desatinadas sobre el impulso que sin duda recibirían el comercio norteamericano y el británico con la apertura, como se la llamaba, del Celeste Imperio, nos propusimos demostrar, con un examen bastante detenido del comercio exterior chino desde comienzos de este siglo, que aquellas encumbradas esperanzas no tenían ninguna base sólida.1 Aparte por completo del comercio del opio, que, según probamos, crece en razón inversa de la venta de manufacturas occidentales, encontrábamos el obstáculo principal para cualquier expansión repentina del comercio de importación en China en la estructura económica de la sociedad china, que descansa en la combinación de la pequeña agricultura con la industria doméstica. Ahora podemos remitir, en confirmación de lo que dijimos entonces, al libro azul titulado Correspondence Relative to Lord Elgin's Special Missions to China and Japan.2
Allí donde la demanda real de mercancías importadas en los países asiáticos no responde a la demanda supuesta, que en la mayoría de los casos se calcula con datos tan superficiales como la extensión del nuevo mercado, la magnitud de su población y la salida que solían encontrar las mercancías extranjeras en algunos puertos destacados, los comerciantes, en su afán por asegurarse un área de intercambio mayor, tienden demasiado a explicar su decepción por la circunstancia de que se interponen en su camino arreglos artificiales inventados por gobiernos bárbaros y que, por tanto, pueden apartarse a la fuerza. Precisamente esta ilusión ha convertido en nuestra época al comerciante británico, por ejemplo, en defensor temerario de todo ministro que promete arrancar al bárbaro un tratado de comercio con agresiones de pirata. Así, los obstáculos artificiales que, según se suponía, ponían al comercio exterior las autoridades chinas fueron de hecho el gran pretexto que, a los ojos del mundo mercantil, justificaba todos los atropellos cometidos contra el Celeste Imperio. La valiosa información que contiene el libro azul de lord Elgin contribuirá mucho a disipar, en todo espíritu sin prejuicios, tan peligrosas ilusiones.
El libro azul contiene un informe de 1852 del señor Mitchell, agente británico en Cantón, a sir George Bonham,3 del que citamos el pasaje siguiente:
«Nuestro tratado de comercio con este país (China) lleva ya (1852) casi diez años en pleno funcionamiento; se ha eliminado todo supuesto impedimento, se nos han abierto mil millas de costa nueva y se han establecido cuatro nuevos mercados a las mismas puertas de los distritos productores y en los mejores puntos posibles del litoral. ¿Y cuál es el resultado, por lo que toca al prometido aumento del consumo de nuestras manufacturas? Pues sencillamente este: que al cabo de diez años las tablas de la Junta de Comercio nos muestran que sir Henry Pottinger encontró un comercio mayor cuando firmó el tratado suplementario en 18434 que el que su propio tratado nos muestra a fines de 1850; es decir, en lo que toca a nuestras manufacturas nacionales, que es la única cuestión que estamos considerando.»
El señor Mitchell admite que el comercio entre la India y China, que consiste casi exclusivamente en un intercambio de plata por opio, se ha desarrollado mucho desde el tratado de 1842, pero, incluso respecto a este comercio, añade:
«Se desarrolló con la misma rapidez de 1834 a 1844 que desde esta última fecha hasta hoy, periodo que puede considerarse el de su funcionamiento bajo la supuesta protección del tratado; mientras que, por otra parte, tenemos ante los ojos el gran hecho, en las tablas de la Junta de Comercio, de que la exportación de nuestros tejidos a China era a fines de 1850 casi tres cuartos de millón de libras esterlinas menor que a fines de 1844.»
Que el tratado de 1842 no influyó en absoluto en el fomento del comercio británico de exportación a China se verá por el cuadro siguiente:
| Valor declarado en libras esterlinas | Tejidos de algodón | Tejidos de lana | Otros artículos | Total |
|---|---|---|---|---|
| 1849 | 1.001.283 | 370.878 | 164.948 | 1.537.109 |
| 1850 | 1.020.915 | 404.797 | 148.433 | 1.574.145 |
| 1851 | 1.598.829 | 373.399 | 189.040 | 2.161.268 |
| 1852 | 1.905.321 | 434.616 | 163.662 | 2.503.599 |
| 1853 | 1.408.433 | 203.875 | 137.289 | 1.749.597 |
| 1854 | 640.820 | 156.959 | 202.937 | 1.000.716 |
| 1855 | 883.985 | 134.070 | 259.889 | 1.277.944 |
| 1856 | 1.544.235 | 268.642 | 403.246 | 2.216.123 |
| 1857 | 1.731.909 | 286.852 | 431.221 | 2.449.982 |
Si comparamos ahora estas cifras con la demanda china de manufacturas británicas en 1843, que según el señor Mitchell ascendió a 1.750.000 libras, se verá que en cinco de los últimos nueve años las exportaciones británicas quedaron muy por debajo del nivel de 1843 y que en 1854 no fueron más que 10/17 de lo que habían sido en 1843. El señor Mitchell explica en primer lugar este hecho sorprendente por algunas razones que parecen demasiado generales para probar nada en particular. Dice:
«Los hábitos de los chinos son tan ahorrativos y tan hereditarios que visten exactamente lo que vestían sus padres antes que ellos; es decir, lo justo de cada cosa y nada más, por barato que se lo ofrezcan. Ningún chino trabajador puede permitirse ponerse una chaqueta nueva que no le dure por lo menos tres años y aguante durante ese tiempo el desgaste de las faenas más duras. Ahora bien, una prenda de esa clase tiene que contener por lo menos tres veces el peso de algodón en rama que ponemos en los géneros más pesados que exportamos a China; es decir, tiene que ser tres veces más pesada que los driles y los domésticos5 más pesados que podemos permitirnos enviar aquí.»
La ausencia de necesidades y la predilección por los modelos de vestir heredados son obstáculos con que el comercio civilizado tropieza en todos los mercados nuevos. En cuanto al grosor y la resistencia de los driles, ¿no podrían los fabricantes británicos y norteamericanos adaptar sus géneros a las exigencias particulares de los chinos? Pero aquí llegamos al verdadero punto en cuestión. En 1844, el señor Mitchell envió a Inglaterra algunas muestras de la tela del país de todas las calidades, con indicación de los precios. Sus corresponsales le aseguraron que no podían producirla en Manchester, y mucho menos embarcarla para China, a los precios indicados. ¿De dónde viene esta incapacidad del sistema fabril más avanzado del mundo para vender más barato que la tela tejida a mano en los telares más primitivos? La combinación que ya hemos señalado, de la pequeña agricultura con la industria doméstica, resuelve el enigma. Citamos de nuevo al señor Mitchell:
«Recogida la cosecha, todos los brazos de la casa de labranza, jóvenes y viejos juntos, se ponen a cardar, hilar y tejer este algodón; y con este género hilado en casa, un tejido pesado y duradero, adecuado al rudo trato que ha de soportar durante dos o tres años, se visten, y el sobrante lo llevan a la ciudad más cercana, donde el tendero lo compra para uso de la población de las ciudades y de la gente de las barcas de los ríos. Con este género hilado en casa se visten nueve de cada diez seres humanos en este país; la manufactura varía en calidad desde el dungaree más basto hasta el nanquín más fino,6 todo producido en las casas de labranza y sin que al productor le cueste literalmente nada más que el valor de la materia prima, o más bien del azúcar, producto de su propia labranza, que dio a cambio de ella. A nuestros fabricantes les basta contemplar un momento la admirable economía de este sistema y, por así decirlo, su exquisito ensamblaje con las demás ocupaciones del campesino para convencerse de una ojeada de que no tienen la menor posibilidad en la competencia, por lo que toca a los tejidos más bastos. Quizá sea característico de China sola, entre todos los países del mundo, que el telar se encuentre en todo hogar campesino acomodado. La gente de todos los demás países se contenta con cardar e hilar y se detiene ahí, enviando el hilo al tejedor de oficio para que lo convierta en tela. Estaba reservado al ahorrativo chino llevar la cosa a la perfección. No solo carda e hila su algodón, sino que lo teje él mismo, con ayuda de sus mujeres e hijas y de sus mozos de labranza, y casi nunca se limita a producir para las meras necesidades de su familia, sino que hace parte esencial de sus faenas de la temporada producir cierta cantidad de tela para abastecer a las ciudades y los ríos de los alrededores.
»El campesino de Fujian no es, pues, un mero labrador, sino agricultor y fabricante a la vez. Produce esta tela literalmente por nada, aparte del coste de la materia prima; la produce, como se ha visto, bajo su propio techo, por mano de sus mujeres y sus mozos de labranza; no le cuesta ni trabajo ni tiempo adicional. Tiene a su gente hilando y tejiendo mientras crecen sus cosechas y, después de recogidas, cuando llueve y no puede trabajarse al aire libre. En suma, en todos los ratos disponibles a lo largo del año, este modelo de industria doméstica se dedica a su oficio y se ocupa en algo útil.»
Como complemento de lo que expone el señor Mitchell puede considerarse la siguiente descripción que da lord Elgin de la población rural que encontró durante su viaje remontando el Yangtsé-kiang:
«Lo que he visto me lleva a pensar que la población rural de China está, en general, bien y contenta. Me esforcé mucho, aunque con escaso éxito, por obtener de ellos información exacta sobre la extensión de sus tierras, la naturaleza de su tenencia, los impuestos que han de pagar y otros asuntos semejantes. Llegué a la conclusión de que, en su mayor parte, tienen sus tierras, que son de extensión muy limitada, en plena propiedad de la Corona, sujetas a ciertas cargas anuales de cuantía no muy exorbitante, y que estas ventajas, aprovechadas con una laboriosidad asidua, satisfacen con abundancia sus sencillas necesidades, tanto de alimento como de vestido.»
Es esta misma combinación de la agricultura con la industria manufacturera la que durante mucho tiempo resistió, y aún frena, la exportación de mercancías británicas a las Indias Orientales; pero allí esa combinación se basaba en una constitución peculiar de la propiedad de la tierra que los británicos, en su condición de terratenientes supremos del país, tuvieron en su mano socavar, convirtiendo así por la fuerza una parte de las comunidades hindúes autosuficientes en meras granjas que producen opio, algodón, añil, cáñamo y otras materias primas a cambio de géneros británicos. En China, los ingleses no han podido ejercer todavía ese poder, ni es probable que lo consigan nunca.
Marx alude a sus editoriales del Tribune de 1858 sobre el tratado anglo-chino y la historia del comercio del opio. ↩
«Correspondencia relativa a las misiones especiales de lord Elgin a China y Japón», libro azul presentado al Parlamento en 1859. ↩
Mitchell era un funcionario británico destinado en Hong Kong y Cantón; George Bonham (1803-1863), gobernador de Hong Kong y superintendente del comercio británico en China de 1848 a 1854. ↩
Henry Pottinger (1789-1856), plenipotenciario británico que negoció el Tratado de Nankín (1842), que puso fin a la primera guerra del opio, y el tratado suplementario de Humen (1843). ↩
Tejidos de algodón ordinarios, crudos o blanqueados, que se fabricaban para el mercado de masas. ↩
El dungaree, tejido basto de algodón de la India; el nanquín, tela de algodón amarillenta de la región de Nankín. ↩