Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 14 de abril de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5624, del 30 de abril de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 303-307), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se añade la fecha al título para distinguirlo del artículo de Engels del mismo nombre. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 14 de abril de 1859

El Gobierno británico ha creído oportuno por fin poner al público al corriente de la historia oficial del congreso europeo, ese deus ex machina que los manipuladores rusos y franceses hicieron aparecer en escena cuando se dieron cuenta de lo atrasados que estaban respecto a Austria en sus preparativos de guerra. A este propósito quiero observar en primer lugar que la nota del conde Buol al señor Balabin,1 embajador ruso, fechada en Viena el 23 de marzo de 1859, y la otra nota del ministro austriaco a lord A. Loftus,2 embajador británico ante la corte de Viena, fechada en Viena el 31 de marzo, fueron comunicadas confiadamente por el Gobierno austriaco a los periódicos vieneses el 8 de abril, mientras que John Bull no tuvo noticia de ellas hasta el 13 de abril. Pero eso no es todo. El texto de la nota del conde Buol al señor Balabin, tal como el ministerio inglés lo transmitió al Times de Londres, solo reproduce una parte de la nota austriaca y omite algunos pasajes importantísimos, que insertaré en esta carta para que John Bull pueda enterarse, vía Nueva York, de las novedades diplomáticas que no se confían a su perspicaz espíritu porque el ministerio inglés lo considera arriesgado.

A primera vista se ve por la nota de Buol al señor Balabin que la propuesta de un congreso partió de Rusia o, dicho de otro modo, que es una jugada concertada por los ajedrecistas aliados de San Petersburgo y París, cosa que no es precisamente como para llenarnos de admiración por la sagacidad o la sinceridad de los señores de Downing Street,3 que ni siquiera en el Parlamento se abstuvieron de reclamar la patente de este invento. De la nota se desprende además que Austria (y este hecho lo calló cuidadosamente el Moniteur francés cuando informó de que Austria se había adherido a la propuesta de un congreso general) solo estaba dispuesta a reunirse con las demás grandes potencias en un congreso bajo condiciones.

«Si», dice el conde Buol, «además de esta cuestión» (es decir, la de poner freno al «sistema político de Cerdeña»), «las potencias consideraran necesario someter a discusión otras cuestiones, estas deberían precisarse lo más posible de antemano, y si con ese motivo se tratara de la situación interior de otros Estados soberanos, el abajo firmante no podría menos de insistir ante todo en que el procedimiento en tal caso se ajuste a los principios establecidos en el protocolo de Aquisgrán del 15 de noviembre de 1818.»4

Con ello Austria aceptaba la propuesta rusa de un congreso general con las cuatro condiciones siguientes: primera, la tarea principal del congreso había de ser poner freno a Cerdeña y actuar en interés de Austria; segunda, el protocolo de Aquisgrán había de servir de base a las conferencias; tercera, «toda conferencia debería ir precedida del desarme de Cerdeña»; y por último, las cuestiones que hubieran de tratarse habían de «precisarse exactamente de antemano». Sobre el primer punto sobra todo comentario. Para que no quepa duda alguna de su significado, el conde Buol añade expresamente que considera este punto «el único realmente esencial para la pacificación moral de Italia».

El segundo punto, el reconocimiento del protocolo de Aquisgrán, supondría por parte de Francia el reconocimiento directo de los tratados de 1815 y de los tratados especiales de Austria con los Estados italianos. Pero lo que Bonaparte quiere es justamente la anulación de los tratados de 1815, en los que se basa el dominio de Austria sobre el reino lombardo-véneto, y de los tratados especiales que aseguran a Austria una influencia decisiva sobre Nápoles, Toscana, Parma, Módena y Roma. La tercera condición, el desarme previo de Cerdeña, anticipa un éxito que Austria solo podría conseguir de otro modo con una campaña victoriosa; y la última condición, fijar de antemano las cuestiones que hubieran de tratarse, privaría a Bonaparte del principal éxito que, además del tiempo que necesita para sus preparativos de guerra, espera del congreso: coger a Austria por sorpresa y luego, una vez enredada en las redes de las conferencias diplomáticas, ponerla en evidencia ante la opinión pública de Europa obligándola a dar la señal de ruptura de las negociaciones de paz al rechazar de plano las exigencias que Francia y Rusia le plantearan de improviso.

Las condiciones que Austria puso en su nota al embajador ruso para participar en un congreso general pueden resumirse, pues, así: Austria participará en una conferencia europea para resolver la cuestión italiana si las potencias europeas acuerdan, antes de reunirse esa conferencia, ponerse del lado de Austria contra Cerdeña y obligar a Cerdeña a desarmarse y a reconocer el tratado de Viena y los tratados adicionales que se basan en él; y, por último, si se quita a Bonaparte todo pretexto para romper la paz. Dicho de otro modo, Austria se prestará a un congreso si ese congreso se compromete, ya antes de reunirse, a conceder a Austria todo lo que ahora está dispuesta a imponer con la espada en la mano. Si se tiene en cuenta que Austria sabía perfectamente que ese congreso no era más que una emboscada que le tendían unos enemigos decididos a la guerra, no se le puede reprochar que tratara con tanta ironía la propuesta rusofrancesa.

Los pasajes del documento austriaco que he comentado hasta ahora son los que el ministerio británico consideró adecuados para su publicación. Las frases siguientes del despacho de Buol se callaron en la versión que Malmesbury dio de la nota austriaca:

«Austria se desarmará en cuanto se haya desarmado el Piamonte. Austria tiene mucho empeño en conservar la paz, porque quiere la paz y sabe apreciarla, pero quiere una paz sincera y duradera, que, como está honradamente convencida, puede asegurar sin pérdida de su propio poder y de su honor. Ya ha hecho muchos sacrificios para mantener la tranquilidad y el orden en Italia. Pero mientras los preliminares exigidos no estén establecidos y decididos firmemente, Austria podrá llevar adelante sus armamentos con más mesura, pero no suspenderlos. Sus tropas seguirán marchando hacia Italia.»

Desbaratada así la finta rusofrancesa, intervino Inglaterra, azuzada por su ilustre aliado del otro lado del Canal, para obligar a Austria a aceptar la propuesta de un congreso de las grandes potencias que discutiera las complicaciones italianas. Inglaterra expresó su deseo de que el Gobierno imperial aceptara los proyectos urdidos en Downing Street. En los anales de la historia de la diplomacia apenas habrá un escrito de una ironía tan descarada como la respuesta del conde Buol al embajador inglés en Viena. Primero, Buol repite su exigencia de que Cerdeña deponga las armas ya antes de un congreso y se rinda así a Austria sin condiciones.

«Austria», dice, «no podría comparecer en el congreso hasta que Cerdeña se haya desarmado por completo y haya disuelto los corps francs.5 Solo cuando estas condiciones se hayan cumplido y se respeten, el Gobierno imperial se declara dispuesto a dar en forma oficial la seguridad de que Austria no atacará a Cerdeña mientras dure el congreso, siempre que esta respete el territorio imperial y el de su aliado.»

Así pues, si Cerdeña se desarma, Austria solo se comprometerá a no atacar a la Cerdeña desarmada mientras dure el congreso. La respuesta de Buol a las propuestas de Inglaterra está redactada con un espíritu verdaderamente juvenalesco.6 A la recomendación británica de «no tocar la situación territorial ni los tratados de 1815», Buol exclama: «¡Totalmente de acuerdo!», y añade además que tampoco «deberán tocarse las disposiciones de ejecución de los tratados». El empeño inglés en encontrar vías para mantener la paz entre Austria y Cerdeña lo interpreta Buol en el sentido de que «el congreso deberá buscar los medios de mover a Cerdeña a cumplir de nuevo sus deberes internacionales». Buol quiere permitir a Europa «discutir» y «debatir» la prevista «evacuación de los Estados Pontificios y las reformas que puedan ser necesarias en los Estados italianos», pero con la reserva de que «la aceptación definitiva de esta propuesta» queda sometida «a la decisión de los Estados directamente interesados». Frente a la «propuesta de compromiso» británica, «que ha de sustituir a los tratados especiales entre Austria y los Estados italianos», Buol insiste en «la validez jurídica de los tratados», pero está dispuesto a aceptar una revisión si Cerdeña y Francia consienten en poner sobre la mesa su respectiva posesión de «Génova» y de «Córcega». Lo cierto es que Austria dio a las propuestas inglesas la misma respuesta que antes había dado al despacho ruso. Ante este segundo desengaño, Rusia y Francia movieron al pobre lord Malmesbury a proponer a Austria, como paso previo, un desarme general. En las Tullerías se suponía, naturalmente, que Austria rechazaría de plano semejante propuesta, puesto que llevaba ventaja en armamentos a todos sus rivales; pero una vez más Bonaparte había hecho la cuenta sin la huéspeda. Austria sabe que Bonaparte no puede desarmarse sin desprenderse a la vez de la pesada carga de la corona imperial. Así que Austria aceptó una propuesta que solo se había hecho para que la rechazara. Esto causó gran consternación en las Tullerías, que tras veinticuatro horas de reflexión enriquecieron al mundo con el descubrimiento de que «un desarme simultáneo de las grandes potencias no significa otra cosa que el desarme de Austria». Basta leer la siguiente insolente lucubración de La Patrie, un periódico que recibe directamente su inspiración de Napoleón III:

«En todo caso, la propuesta de desarme solo vale para dos potencias, Austria y el Piamonte: Austria, que ha concentrado sus fuerzas en Italia en una proporción nunca vista, y el Piamonte, que ante el ejército austriaco de Lombardía se ve obligado a responder a las amenazas de guerra con preparativos defensivos. La cuestión del desarme, que ha planteado Austria, es una cuestión que ha de resolverse en primer lugar; en cuanto Austria retire su ejército de Italia, el Piamonte no podrá pasar por alto el ejemplo que así se le da.

En cuanto a Francia, no necesita desarmarse (elle n'a pas à désarmer), sencillamente porque no se ha armado más allá de la medida habitual, porque no ha concentrado tropas en sus fronteras y porque ni siquiera quiere ejercer su derecho a responder a las amenazas de Austria, amenazas dirigidas contra el Piamonte y contra la paz de Europa. Para Francia no puede ni plantearse licenciar del ejército a un solo soldado útil ni guardar en el arsenal un solo cañón más. El desarme, para Francia, solo puede significar comprometerse a no armarse.

No podemos creer que Austria pretenda más; eso quitaría todo valor a la prenda que Austria, sin duda en una disposición más amistosa (mieux inspirée), quiso dar a la paz de Europa al proponer un desarme en el que, como sabe muy bien, tendría que empezar ella misma.»

  1. Víktor Petróvich Balabin, diplomático ruso, embajador en Viena. ↩

  2. Lord Augustus Loftus (1817-1904), diplomático británico, embajador en Viena de 1858 a 1860. ↩

  3. La calle de Londres donde están la residencia del primer ministro y el Foreign Office; por extensión, el Gobierno británico. ↩

  4. El congreso de Aquisgrán (1818) de las potencias de la Santa Alianza, cuyo protocolo reafirmó los tratados de 1815 y el derecho de las potencias a intervenir en los asuntos de otros Estados. ↩

  5. Cuerpos francos: unidades de voluntarios, como los Cazadores de los Alpes de Garibaldi, que se formaban entonces en el Piamonte con emigrados de otros Estados italianos. ↩

  6. Por Juvenal (hacia 60-hacia 130), el poeta satírico romano. ↩