Escrito en alemán por Karl Marx y publicado en Das Volk (Londres), núm. 10, del 9 de julio de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 414-416), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título alude a la Unión de Erfurt, el intento prusiano de 1849-1850 de unir a los Estados alemanes bajo su hegemonía con un parlamento reunido en Erfurt; el sufijo alemán «-erei» tiene sentido despectivo. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La reacción ejecuta el programa de la revolución. En esta contradicción aparente descansan la fuerza del napoleonismo, que todavía hoy se tiene por mandatario de la revolución de 1789, el éxito de la política de Schwarzenberg1 en Austria, que resumió el confuso delirio unitario de 1848 en una concentración clara y positiva, y el fantasma de la reforma parlamentaria de la Confederación, que ahora, con la iniciativa prusiana, ronda por la Pequeña Alemania y ejecuta sobre las tumbas de la revolución del 48, con los ciudadanos Jacobus Venedey y Zais,2 una burlesca danza de espectros. Cierto que en manos de la reacción este programa de la revolución se convierte en una sátira de las aspiraciones revolucionarias correspondientes y, por tanto, en el arma más mortífera en manos de un enemigo irreconciliable. La reacción cumple las exigencias de la revolución exactamente igual que Luis Bonaparte cumple las del partido nacional italiano. Lo tragicómico de este proceso es que los pobres pecadores a los que se va a ahorcar con sus propias frases y tonterías gritan «¡Bravo!» a pleno pulmón mientras el verdugo les pone la soga al cuello y aplauden frenéticamente su propia ejecución.
Así como en 1848 las conocidas reivindicaciones de marzo,3 formuladas por el partido que entonces se llamaba «revolucionario» y difundidas mediante una organización muy hábil, corrían de dieta en dieta y de motín en motín, así celebra ahora su marcha triunfal por la Alemania central y meridional una «Declaración» que parece ser la consigna de la regencia para el «movimiento popular» que se desea con vistas a la mediación armada. Este programa de la regencia, que lleva el nombre muy característico de «Declaración de Nassau», porque lo adoptaron primero los padres de la patria de Nassau, con nuestro viejo amigo el señor Zais a la cabeza, proclama:
«Austria no puede quedar sola en la guerra actual, puesto que esta podría amenazar intereses alemanes. En cambio, es deber de Alemania» (misión, diría el señor von Schleinitz)4 «exigir de Austria reformas, en particular también la concesión de un estado de cosas en Italia que responda a las justas exigencias de la época. La dirección militar y política de la lucha inminente debe confiarse a Prusia. Pero con esta dirección no queda satisfecha todavía (!) la necesidad permanente de un gobierno federal vigoroso; no puede negarse al pueblo alemán, por un lado, una nueva configuración del poder central alemán y, por otro, el establecimiento de una constitución que encuentre su coronamiento» (su cúspide, solía decir el señor von Gagern)5 «en una representación popular alemana».
Esta Declaración de Nassau, llamada también «Manifestación», la han aceptado ya los notables constitucionales y demócratas de Darmstadt, de Fráncfort y de Wurtemberg (donde la han firmado, en armoniosa confusión, Reyscher, Schott, Vischer, Duvernoy, Ziegler, etc.), y la prensa «liberal» del suroeste de Alemania, de Franconia y de Turingia la predica como el evangelio milagroso que ha de salvar a Alemania, extirpar de raíz el Imperio galo, devolver al señor Venedey sus dietas y dar fundamento a la importancia política del ciudadano Zais.
Así que ese es el meollo del asunto:6 ¡con una triquiñuela tan mezquina, que especula con la completa simpleza de unos filisteos del Imperio que han vuelto a la infancia, la misión prusiana piensa escamotear a la Dieta federal los laureles de Bronzell,7 tan caballerosamente conquistados y tan caro pagados! Hemos de confesar que sentimos muy poco respeto por una misión que, en lugar de abofetear abiertamente a los señores de la Eschenheimer Gasse,8 como bien quisiera y no se atreve a hacer, los insulta arrojándoles a la cabeza, desde una distancia segura, a los señores Schott, Zais y Reyscher. Si la sabiduría de Estado berlinesa no conoce otro medio de «salvar a Alemania» que comprar de segunda mano la herencia del difunto señor von Radowitz9 y de sus desdichados de Gotha,10 más le vale hacer la paz en cualquier condición y someterse sin resistencia a la dictadura franco-rusa, porque no tiene idea de la seriedad de la lucha que ha abierto la campaña italiana por la libertad.
Pero que todavía haya notabilidades patrióticas que encuentran en una «Declaración de Nassau» expresión suficiente de su miseria y viven en la cómoda convicción de que, con una pálida copia del parlamentarismo imperial del 48, pueden suscitar un movimiento popular lo bastante fuerte para emprender la lucha con el despotismo unido de Rusia y Francia, solo prueba cuánta razón tiene H. Heine cuando dice que «la verdadera locura es tan rara como la verdadera sabiduría». Porque la locura de los declarantes de Nassau es de cabo a rabo falsa, mentirosa y cobarde, una máscara de arlequín que estos señores se ponen para darse apariencia de locos irresponsables, porque se avergüenzan ellos mismos de su lamentable falta de consejo y de acción y creen eludir la responsabilidad apelando como pordioseros a la compasión pública.
«Poder central de nueva configuración» con representación popular: ¡un arma magnífica contra el bonapartismo enloquecido y contra el zarismo llevado a la desesperación, que tiene que luchar en suelo alemán por su existencia, amenazada en su propio interior! Yo diría que en 1848 y 1849 tuvimos bastante de ambas cosas para llegar a comprender que todo movimiento popular que pierde su fuerza revolucionaria en una representación popular constituyente está muerto.
Felix zu Schwarzenberg (1800-1852), presidente del gobierno austriaco de 1848 a 1852. ↩
Jacob Venedey (1805-1871), publicista liberal y diputado de la Asamblea Nacional de Fráncfort; Wilhelm Zais, diputado de Fráncfort y luego de la cámara de Nassau. ↩
Las reivindicaciones liberales (libertad de prensa, juicio por jurados, milicia popular, parlamento alemán) que se presentaron por todas partes en marzo de 1848. ↩
Alexander von Schleinitz (1807-1885), ministro de Asuntos Exteriores de Prusia desde 1858. ↩
Heinrich von Gagern (1799-1880), presidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort en 1848. ↩
«Das also war des Pudels Kern», verso del Fausto de Goethe (primera parte, «Gabinete de estudio»). ↩
Escaramuza de noviembre de 1850 en Hesse entre tropas prusianas y federales (austriacas y bávaras), en la que el único muerto fue, según la tradición, un caballo; Prusia cedió poco después en Olmütz. ↩
En la Eschenheimer Gasse de Fráncfort tenía su sede la Dieta federal. ↩
Joseph Maria von Radowitz (1797-1853), general y político prusiano, artífice de la política de la Unión de Erfurt. ↩
Los liberales del partido de Gotha, antiguos diputados de Fráncfort que en junio de 1849 se reunieron en Gotha y apoyaron la política unitaria prusiana. ↩