Escrito en inglés por Karl Marx a finales de mayo de 1859 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5665, del 17 de junio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 365-371), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Marx dio el manifiesto de Mazzini en su propia traducción inglesa del italiano; aquí se traduce, como el resto, de la versión alemana de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
En las circunstancias actuales, cualquier declaración de Mazzini es un acontecimiento que merece más atención que las declaraciones diplomáticas de los gabinetes enfrentados o incluso que los boletines color de rosa que llegan del teatro de la guerra. Por distintas que sean las opiniones sobre el carácter del triunviro romano,1 nadie negará que durante casi treinta años la revolución italiana ha ido unida a su nombre y que, en ese mismo tiempo, Europa lo ha reconocido como el portavoz más capaz de las aspiraciones nacionales de sus compatriotas. Acaba de realizar un acto admirable de valor moral y de entrega patriótica al alzar, aun a riesgo de perjudicar su popularidad, su voz solitaria contra una Babel de ofuscación, fanatismo ciego y falsedad interesada. Su denuncia de los planes reales que han concertado Bonaparte, Alejandro2 y Cavour, agente de los dos autócratas, merece tanta más atención cuanto que, de todos los particulares de Europa, Mazzini es precisamente el que tiene fama de disponer de los medios más amplios para penetrar en los funestos secretos de las potencias gobernantes. Su consejo a los voluntarios nacionales, de trazar una línea clara entre su propia causa y la de los impostores coronados y de no deshonrar nunca sus proclamas con el nombre infame de Luis Napoleón, lo ha seguido Garibaldi al pie de la letra. Según informa el corresponsal en París del Times de Londres, Luis Napoleón tiene por una ofensa mortal que la proclama de Garibaldi no mencione el nombre de Francia; y el temor que inspiró saber de la relación secreta de Garibaldi con el triunviro romano fue tan grande que su cuerpo se redujo de los 10.000 chasseurs des Alpes3 prometidos al principio a 4.000, se le retiró un cuerpo de caballería que se le había asegurado, se detuvo una batería que ya se le había enviado a petición suya y se introdujeron en su séquito, como supuestos voluntarios, algunos policías experimentados con orden de informar de cada palabra y cada movimiento suyo.
A continuación damos una traducción literal del manifiesto de Mazzini, publicado en Londres en el último número de Pensiero ed Azione (Pensamiento y Acción) con el título «La Guerra» (La guerra):
«La guerra ha comenzado. No tenemos, pues, ante nosotros una probabilidad que discutir, sino un hecho consumado. Ha estallado la guerra entre Austria y el Piamonte. Los soldados de Luis Bonaparte están en Italia. La alianza ruso-francesa, que anunciamos hace un año, se revela a Europa. El Parlamento sardo ha dado a Víctor Manuel poderes dictatoriales. El gobierno del gran duque de Toscana ha sido derribado por una insurrección militar y se ha aceptado la dictadura del rey (que este ha cedido a un Bonaparte).4 La agitación general de Italia producirá probablemente acontecimientos semejantes en otros lugares. Los destinos de nuestra patria se decidirán ahora ineludiblemente en el campo de batalla.
»La mayoría de nuestros compatriotas, embriagados por el ansia de actuar, fascinados por la idea de contar con la poderosa ayuda de ejércitos regulares, arrebatados por la alegría de hacer la guerra a la dominación austriaca, con razón aborrecida, olvidan en estas circunstancias las lecciones del pasado y sus principios; sacrifican no solo sus convicciones más queridas, sino también el propósito de volver a ellas; renuncian a toda prudencia, a toda libertad de juicio; no tienen más que palabras de aplauso para quien se encargue de conducir la guerra; aprueban sin examen cuanto venga de Francia o del Piamonte, y emprenden la lucha por la libertad haciéndose ellos mismos esclavos. Otros, en cambio, al ver cómo se apaga toda chispa de moralidad política en los agitadores políticos y en la plebe que los sigue; cómo un pueblo, desde hace medio siglo apóstol de la libertad, se alía de pronto con el despotismo; cómo hombres que hasta ayer creían en la anarquía de Proudhon se entregan al rey, y cómo los compatriotas de Goffredo Mameli5 prorrumpen en el grito de “¡Viva l’Imperatore!” en honor de quien lo asesinó a él junto con otros miles, desesperan del porvenir y declaran que nuestro pueblo no está maduro para la libertad.
»Nosotros no compartimos ni las esperanzas necias y serviles de un partido ni la desesperación sin esperanza del otro. La guerra empieza bajo los peores auspicios, pero los italianos, si quieren, pueden encauzarla por mejor camino; y confiamos en los nobles instintos de nuestro pueblo. Esos instintos se abren paso con fuerza a través de los errores a los que los agitadores han inducido al pueblo. Quizá habría sido mejor que los voluntarios, en lugar de agruparse en torno a las banderas absolutistas de las potencias que defraudarán sus esperanzas, hubieran organizado en silencio la insurrección en sus propias provincias y la hubieran proclamado y dirigido en nombre del pueblo italiano; pero el espíritu que los movió es santo y sublime, la prueba de entrega a la patria común que dan no puede negarse, y en ese núcleo del futuro ejército nacional, que se ha formado espontáneamente, se concentran las mayores esperanzas de Italia. Aceptar una dictadura real es un error que traerá inevitablemente el desengaño y que hiere la dignidad de un pueblo que se levanta para liberarse a sí mismo. En un país con un Parlamento adicto a la monarquía, ante los precedentes de Roma y Venecia, donde la unión de las asambleas populares con los jefes de la defensa fue la fuente de la fuerza, y ante el recuerdo de la larga y terrible guerra contra el Primer Imperio, que Inglaterra sostuvo sin menoscabar lo más mínimo las libertades civiles, esa dictadura no es a todas luces otra cosa que una concesión a las exigencias de los déspotas aliados y el primer síntoma de un plan que pretende poner la cuestión del territorio en lugar de la cuestión de la libertad. Pero el pueblo, que acepta con entusiasmo la dictadura, cree cometer un acto de suprema abnegación por el bien de la patria común; y, engañado por la idea de que el buen fin de la guerra depende de semejante concentración del poder, quiere manifestar con su aplauso su firme resolución de luchar y vencer a cualquier precio. La sumisión incondicional de las provincias sublevadas al dominio absoluto del dictador real llevará casi con seguridad a consecuencias funestas: la lógica de la insurrección habría exigido que cada provincia sublevada se pusiera bajo una administración revolucionaria local y contribuyera, nombrando un representante, a formar un gobierno revolucionario nacional. Pero incluso este enorme error nace del deseo de unidad nacional y desmiente de modo indiscutible la necia palabrería de la prensa europea sobre nuestras discordias. En Italia aparece con la fuerza de una ley. El patriotismo es hoy en Italia tan poderoso que vencerá todos los errores. Los buenos ciudadanos, en lugar de desesperar, deben tratar de encauzarlo por el buen camino. Y para ello han de partir, sin miedo a las interpretaciones malévolas, de la situación real. El momento es demasiado grave para preocuparse de favores o calumnias pasajeros.
»La situación real es esta:
»Como en 1848, y aún con más fuerza, el movimiento italiano aspira a la libertad y a la unidad nacional. Pero la monarquía sarda y Luis Bonaparte hacen la guerra con propósitos completamente distintos. Como en 1848, y aún con más fuerza, el antagonismo entre las aspiraciones de la nación y las de los jefes aceptados, que entonces condenó la lucha al fracaso, amenaza a Italia con terribles desgracias.
»Lo que Italia quiere es la unidad nacional. Luis Napoleón no puede quererla. Además de Niza y Saboya, que el Piamonte ya le ha concedido como precio de su ayuda para formar un reino del norte, quiere aprovechar la ocasión para levantar en el sur un trono para un Murat6 y en el centro de Italia un trono para su primo. Roma y una parte de los Estados Pontificios han de quedar bajo el gobierno temporal del papa.
»Sincero o no, el ministerio que hoy manda sin trabas en el Piamonte ha dado en todo caso su consentimiento a este plan.
»Italia quedaría así dividida en cuatro Estados; dos caerían bajo dominio extranjero directo, y Francia dominaría indirectamente a toda Italia. El papa es desde 1849 un vasallo de Francia; el rey de Cerdeña se convertiría en vasallo del Imperio por su deuda de gratitud y por la escasez de sus tropas.
»El plan podría llevarse a cabo entero si Austria resiste hasta el final. Pero si Austria fuera derrotada al comienzo mismo de la guerra y repitiera las propuestas que hizo en 1848 durante algún tiempo al gobierno británico, es decir, renunciar a Lombardía a condición de conservar Venecia, se aceptaría la paz, apoyada naturalmente por la diplomacia de toda Europa. Solo se cumplirían las condiciones del engrandecimiento de la monarquía sarda y de la cesión de Niza y Saboya a Francia; Italia quedaría abandonada a la venganza de sus amos y la ejecución completa del plan predilecto se aplazaría para un momento más propicio.
»Los gobiernos de Europa conocen este plan. De ahí su rearme general; de ahí la efervescencia guerrera en toda la Confederación Germánica; de ahí los elementos, ya preparados, de una coalición entre Inglaterra, Alemania y Prusia, una coalición inevitable pese a las declaraciones en contrario de los gobiernos. Si Italia no es capaz de proteger su vida nacional sin aliarse con Bonaparte, la defensa de Austria y los tratados de 1815 serán inevitablemente el eje de la coalición.
»Luis Napoleón teme esa coalición. De ahí su alianza con Rusia, una aliada insegura y desleal, pero siempre dispuesta a intervenir si, a cambio de su consentimiento para convertir el Mediterráneo en un lago francés, se le hacen concesiones tan destructoras de la libertad como la entrega completa de Polonia y el protectorado general del zar sobre la Turquía europea. Si la guerra, como es de suponer, se prolongara y, por la intervención de Alemania, tomara dimensiones europeas, el levantamiento preparado desde hace tiempo en las provincias turcas y en Hungría daría a esa alianza ocasión de tomar formas claras.
»Si las cosas llegaran a ese punto, se pretende borrar, en la nueva ordenación territorial, todo rastro de derecho de gentes y de libertad. Príncipes rusos gobernarían los Estados levantados sobre las ruinas del Imperio turco y de Austria; príncipes de la dinastía Bonaparte, los nuevos Estados de Italia y, si las circunstancias fueran favorables, quizá otros más. Así, ya se ha propuesto a Constantino de Rusia7 a los descontentos con el gobierno de Hungría, y a Napoleón Bonaparte8 a los agitadores monárquicos de las Legaciones9 y de Toscana. Como Carlos V y Clemente VII, aun siendo enemigos mortales, se unieron para repartirse las ciudades libres de Italia, así se unen los dos zares, que se odian de corazón, para ahogar toda aspiración a la libertad e imperializar Europa. De ahí el decreto que amordaza por tiempo indefinido la libertad del Piamonte, traicionado por Cavour. Cuando la prensa ha de callar, cuando se impide todo comentario sobre las operaciones y se tiene al pueblo a oscuras sobre todo, el campo queda libre para las maniobras de los que mandan. Y el alma del pueblo, fascinada por el fantasma de una independencia que al cabo resultaría no ser más que un cambio de dependencia, se desacostumbra de la libertad, verdadera fuente de toda independencia.
»Esos son los propósitos de los déspotas aliados. Puede que se nieguen: unos, precisamente porque trabajan en su ejecución, igual que Luis Napoleón negaba su intención de dar el coup d’état;10 otros, por credulidad ante cada palabra que dejan caer los grandes o porque un deseo insensato les nubla el entendimiento; pero existen, los conozco yo y los conocen los distintos gobiernos, y se revelan en parte por las palabras, pero más aún por los hechos de Luis Napoleón y del conde de Cavour. Digo el conde de Cavour porque me inclino a creer a Víctor Manuel ajeno al trato de Plombières y de Stuttgart.11
»Si el conde de Cavour hubiera sido un verdadero amigo de Italia, se habría apoyado en el enorme prestigio que dan la posesión de una fuerza material considerable y las tendencias generales que predominan en Italia para preparar movimientos italianos que el Piamonte habría apoyado directamente. Una lucha emprendida por Italia con sus propias fuerzas habría tenido asegurados el aplauso y el favor de Europa. Y Europa, que hoy amenaza a Napoleón porque invade Italia a su llamada y con apariencia de libertador, nunca habría tolerado que acudiera en su propio nombre, sin que nadie se lo pidiera, en ayuda de Austria. Habría sido una empresa santa y sublime, y Cavour habría podido llevarla a cabo. Pero para ello habría tenido que hermanarse con la revolución italiana en nombre de la libertad y del derecho. Ese camino no convenía al ministro de la monarquía sarda. Su aversión al pueblo y a la libertad lo empujó a buscar la alianza con la tiranía, una tiranía aborrecida por todas las naciones por sus viejas tradiciones de conquista. Ese afán ha cambiado la naturaleza de la causa italiana. Si triunfa y se acepta como amo al aliado, la unidad nacional estará perdida e Italia será objeto de un nuevo reparto bajo protectorado francés. Si sucumbe junto con el hombre de diciembre, Italia tendrá que pagar indemnizaciones y sufrir reveses sin fin; y Europa, en lugar de compadecernos, dirá: “¡Os está bien empleado!” (Voi non avete, se non quello che meritate). Todos los cálculos, todas las acciones humanas se rigen por leyes morales, y ningún pueblo puede atreverse a violarlas impunemente. Toda culpa trae inevitablemente su expiación. Francia, y así se lo dijimos en su día, expía la expedición a Roma.12 ¡Quiera Dios librar a Italia de la dura expiación que se ha ganado la monarquía sarda por haber unido a la bandera del egoísmo y de la tiranía una causa santificada por los sacrificios, el martirio y las nobles aspiraciones de medio siglo!
»Con todo, la guerra es un hecho, un hecho poderoso que impone nuevos deberes y cambia sustancialmente nuestra propia conducta. Entre las aspiraciones de Cavour y el peligro de una coalición entre Luis Napoleón y Austria, entre estas dos posibilidades igualmente funestas, está Italia. Cuanto más grave y peligrosa es la situación, tanto más deben concentrarse los esfuerzos de todos en salvar a la patria común de los peligros que la amenazan. Si la guerra se librara entre los gobiernos, podríamos quedarnos de espectadores y esperar el momento en que los adversarios se hubieran debilitado mutuamente y el elemento nacional pudiera pasar al primer plano. Pero ese elemento ya se ha desencadenado. Ofuscado o no, el país tiembla en un estado febril de actividad y cree que puede alcanzar su objetivo sirviéndose de la guerra del emperador y del rey. El movimiento toscano, movimiento espontáneo de soldados y ciudadanos italianos, la agitación general y la afluencia a los cuerpos de voluntarios rompen el círculo de las intrigas oficiales: son el latido del corazón de la nación. Es necesario hacerlo valer también en el teatro de la guerra; es necesario ampliar la guerra, italianizarla (italianizzare). Los republicanos sabrán cumplir ese deber.
»Italia, si quiere, puede salvarse de los peligros que hemos expuesto. Puede conquistar su unidad nacional a partir de la crisis actual.
»Es necesario que Austria sucumba. Podemos lamentar la intervención imperial, pero no podemos negar que Austria es la enemiga eterna de todo desarrollo nacional de Italia. Todo italiano debe contribuir a la caída de Austria. Así lo exigen el honor y la seguridad de todos. Europa debe comprender que entre nosotros y Austria hay una guerra eterna. Es necesario que el pueblo de Italia mantenga intacta su dignidad y convenza a Europa de que, aunque toleremos la ayuda de la tiranía porque la pidió un gobierno italiano, no la hemos pedido nosotros ni hemos renunciado por ella a nuestra fe en la libertad y en la alianza de los pueblos. El grito de “¡Viva la Francia!” puede salir con la conciencia limpia de labios italianos; el de “¡Viva l’Imperatore!”, no… Es necesario que Italia se levante de un extremo a otro… en el norte, para conquistar la libertad, no para recibirla; en el sur, para organizar la reserva del ejército nacional. La insurrección puede aceptar con la debida reserva el mando militar del rey allí donde el austriaco haya plantado su campamento o esté cerca; la insurrección del sur debe actuar con más autonomía y permanecer independiente… Nápoles y Sicilia pueden salvaguardar la causa de Italia y asentar su poder con representantes del campo nacional… El grito de la insurrección, dondequiera que resuene, debe ser: “¡Unidad, libertad, independencia nacional!”. El nombre de Roma debe pronunciarse siempre junto con el de Italia. El deber de Roma no es mandar ni un solo hombre al ejército sardo, sino demostrar a la Francia imperial que para cualquier potencia es un mal negocio luchar en nombre de la independencia italiana y sostener al mismo tiempo el absolutismo papal… De Roma, de Nápoles y de la conducta de los voluntarios depende hoy el destino de Italia. Roma representa la unidad de la patria; Nápoles y los voluntarios pueden formar su ejército. Las tareas son enormes; si Roma, Nápoles y los voluntarios no son capaces de cumplirlas, no merecen la libertad ni la alcanzarán. Si la guerra se deja en manos de los gobiernos, tiene que acabar en un nuevo tratado de Campoformio.13
»La disciplina que hoy predican como secreto de la victoria los mismos hombres que traicionaron las insurrecciones de 1848 no es más que sumisión y pasividad del pueblo. La disciplina, tal como nosotros la entendemos, puede exigir una firme unidad en todo lo que toca a la continuación de la guerra regular y silencio en todas las cuestiones de forma; pero nunca puede consistir en que Italia se someta sin condiciones a la voluntad de un dictador sin programa y de un déspota extranjero, nunca en que Italia renuncie a su resolución de ser libre y una».
Giuseppe Mazzini (1805-1872) formó en 1849, con Carlo Armellini y Aurelio Saffi, el triunvirato que gobernó la República Romana. ↩
El zar Alejandro II de Rusia (1818-1881). ↩
Los Cacciatori delle Alpi, cuerpo de voluntarios mandado por Garibaldi en la guerra de 1859. ↩
El 27 de abril de 1859 el gran duque Leopoldo II abandonó Florencia; Víctor Manuel asumió la protección de Toscana y el príncipe Napoleón (Jérôme Napoleón, «Plon-Plon», primo del emperador) desembarcó allí en mayo con el V cuerpo francés. ↩
Goffredo Mameli (1827-1849), poeta, autor del himno «Fratelli d'Italia», murió de las heridas recibidas en la defensa de la República Romana contra las tropas francesas. ↩
Lucien Murat (1803-1878), hijo de Joachim Murat, rey de Nápoles de 1808 a 1815, y pretendiente al trono napolitano. ↩
El gran duque Constantino Nikoláievich (1827-1892), hermano de Alejandro II. ↩
Jérôme Napoleón Bonaparte (1822-1891), llamado «Plon-Plon», primo de Napoleón III. ↩
Las Legaciones: las provincias septentrionales de los Estados Pontificios (Bolonia, Ferrara, Forlì, Rávena), gobernadas por legados del papa. ↩
El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
En Plombières, en julio de 1858, Napoleón III y Cavour acordaron en secreto la guerra contra Austria; en Stuttgart, en septiembre de 1857, Napoleón III se había entrevistado con Alejandro II. ↩
La expedición francesa de 1849 que derribó la República Romana y restauró el poder del papa. ↩
Por el tratado de Campoformio (1797), Bonaparte entregó Venecia a Austria. ↩