Escrito en alemán por Friedrich Engels y publicado en Das Volk (Londres), núm. 9, del 2 de julio de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 402-404), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se añade la fecha al título para distinguirlo del artículo del mismo nombre del 9 de julio. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El caballeresco Francisco José, a quien los laureles del falso Napoleón no dejaban dormir, nos ha mostrado lo que significa que «un señor de la guerra por derecho de herencia» tome las riendas del mando. Ya vimos la semana pasada cómo el ejército tuvo que ocupar primero la posición de las alturas de Castiglione y, en el momento en que todo el mundo tenía derecho a esperar una batalla, abandonó la posición sin desenvainar la espada y sin motivo para ir a ponerse detrás del Mincio. Pero a Francisco José eso no le pareció todavía bastante para demostrar su lamentable debilidad e inconsecuencia. Apenas estuvo el ejército detrás del Mincio, el «joven héroe» se lo pensó mejor: no era digno de un Habsburgo abandonar así el campo sin resistencia; el ejército tenía que dar media vuelta, volver a cruzar el Mincio y atacar al enemigo.
Después de haber reforzado suficientemente con estas marchas y contramarchas pueriles la confianza de sus tropas en su altísimo señor de la guerra, Francisco José las llevó contra el enemigo. Eran a lo sumo 150.000 hombres; ni el propio Bonaparte, tan amante de la verdad, las estima en más. Los austriacos atacaron en una línea de al menos 2 millas inglesas1 de largo. Correspondían, pues, a lo sumo 12.500 hombres a cada milla (2.100 pasos) de frente, una proporción de fuerzas que en una línea más corta podría bastar según las circunstancias, pero que en un frente tan largo era decididamente demasiado débil, y aún menos adecuada para una ofensiva, puesto que así los golpes principales no podían darse en ningún caso con el empuje suficiente. A eso se añadía que el enemigo era decididamente superior, de modo que la ofensiva austriaca era errónea de antemano: un enemigo superior tenía casi asegurado romper una línea tan delgada en algún punto. El jueves 23 de junio empezó el avance general de los austriacos; rechazaron con facilidad en todas partes las avanzadas enemigas, ocuparon Pozzolengo, Volta y Guidizzolo y por la tarde llegaron hasta Solferino y Castelgoffredo. A la mañana siguiente empujaron todavía más atrás a la vanguardia enemiga, y el ala izquierda llegó cerca del Chiese; pero entonces chocaron con el grueso enemigo y la batalla se hizo general. Las dos alas de los austriacos conservaron la ventaja, sobre todo la derecha, que tenía enfrente a los piamonteses y los maltrató duramente, de modo que allí los austriacos salieron a todas luces victoriosos. Pero en el centro se hizo patente lo erróneo del despliegue. Solferino, la llave del centro, quedó al final, tras un combate tenaz, en manos de los franceses, que al mismo tiempo desplegaron una fuerte superioridad contra el ala izquierda austriaca. Estas dos circunstancias movieron a Francisco José, que probablemente había empeñado hasta el último hombre, a dar la orden de retirada. Los austriacos se retiraron, al parecer en el mejor orden y sin ser perseguidos, y cruzaron el Mincio sin que nadie los molestara.
Los detalles de la batalla no nos han llegado a tiempo para comentarlos en este número. Pero lo que es seguro es que las tropas austriacas han vuelto a combatir con una valentía extraordinaria. Lo prueban su firme resistencia durante 16 horas contra un enemigo superior y, sobre todo, su retirada ordenada y sin hostigamiento. No parecen tener ningún respeto especial por los señores franceses; Montebello, Magenta y Solferino no parecen haberles dejado otra impresión que la certeza de que, a igualdad numérica, no solo pueden con los franceses, sino también con la estupidez de sus propios generales. Que hayan perdido 30 cañones y supuestamente 6.000 prisioneros es un resultado muy pobre para el vencedor de una gran batalla como esta; los muchos combates en los pueblos no podían darle menos. Pero si las tropas se comportan de manera tan brillante frente a la superioridad enemiga, el mando, en cambio, es otra vez lamentable. Indecisión, veleidad, órdenes contradictorias, como si se quisiera desmoralizar adrede a las tropas: así es como Francisco José se ha arruinado sin remedio en tres días a los ojos de su ejército. No cabe imaginar nada más lastimoso que este mozalbete arrogante que tiene la osadía de querer mandar un ejército y que, como una caña al viento, cede a las influencias más contradictorias; hoy sigue al viejo Hess y mañana vuelve a escuchar el consejo contrario del señor Grünne,2 hoy se retira y mañana ataca de repente, y en general nunca sabe él mismo lo que quiere. Ahora, de todos modos, ya tiene bastante y se vuelve, avergonzado y con el rabo entre las piernas, a Viena, donde le espera un buen recibimiento.
Pero la guerra no hace más que empezar. Las fortalezas austriacas entran ahora en acción por primera vez; los franceses tendrán que dividirse en cuanto crucen el Mincio, y con ello empieza una serie de luchas por puestos y posiciones aislados, de combates parciales de orden secundario, en los que los austriacos, que por fin tienen ahora al general Hess a la cabeza, tienen más posibilidades de vencer aun con fuerzas en conjunto menores. Restablecido así, y con refuerzos, el equilibrio entre los contendientes, los austriacos podrán caer con superioridad concentrada sobre el enemigo dividido y repetir a una escala diez veces mayor los combates de Sommacampagna y Custoza.3 Esa es la tarea de las próximas seis semanas. Por lo demás, solo ahora llaman a las reservas, que darán al ejército de Italia un refuerzo de al menos 120.000 hombres, mientras que Luis Napoleón, desde la movilización prusiana, no sabe de dónde sacar refuerzos.
Las perspectivas de la guerra, pues, han cambiado poco con el asunto de Solferino. Pero se ha logrado un gran resultado: uno de nuestros principales padres de la patria ha hecho el ridículo de la manera más completa, y todo su sistema de la vieja Austria se tambalea. En toda Austria estalla el descontento con el régimen del Concordato,4 la centralización y el dominio de la burocracia, y el pueblo exige que se derribe un sistema que se distingue dentro por la opresión y fuera por las derrotas. El ánimo en Viena es tal que Francisco José se dirige allí a toda prisa para hacer concesiones. Al mismo tiempo, nuestros demás padres de la patria hacen también el ridículo de la manera más grata: después de que el príncipe regente, el caballeresco, haya mostrado como político el mismo tambaleo y la misma falta de carácter que Francisco José como general, los pequeños Estados bandidos vuelven a andar a la greña con Prusia por el paso de tropas, y la comisión militar federal declara que no podrá informar sobre la propuesta de Prusia acerca de cuerpos federales libres en el alto Rin hasta después de catorce días enteros de reflexión. Las cosas se enredan a las mil maravillas. Esta vez, sin embargo, los señores príncipes pueden hacer el ridículo sin que nuestra nacionalidad corra peligro; al contrario, el pueblo alemán, un pueblo completamente distinto desde la conmoción de 1848, se ha hecho lo bastante fuerte para poder no solo con los franceses y los rusos, sino al mismo tiempo con los 33 padres de la patria.
Así en la MEW; con 150.000 hombres y 12.500 por milla, la línea tendría unas 12 millas, cifra que parece la correcta. ↩
Karl Ludwig Grünne (1808-1884), general ayudante de Francisco José y jefe de su cancillería militar. ↩
En julio de 1848 Radetzky batió en Sommacampagna y Custoza al ejército sardo de Carlos Alberto. ↩
El Concordato de 1855 entre Austria y la Santa Sede, que daba a la Iglesia amplios poderes sobre la enseñanza y el matrimonio. ↩