Escrito en alemán por Friedrich Engels y publicado en Das Volk (Londres), núm. 10, del 9 de julio de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 410-413), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se añade la fecha al título para distinguirlo del artículo del mismo nombre del 2 de julio. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. La nota marcada «(Nota de Engels.)» es del autor; las demás son nuestras. Texto original en alemán.

La relación entre la sangrienta derrota de Solferino y la entrometida estupidez de Francisco José ya se expuso en el número anterior del Volk. Que aun así habíamos sobrestimado la perspicacia del «joven héroe» lo prueban los partes publicados después sobre los detalles de la batalla. El año 1859 llama a los vencedores de 1849 a un examen de Estado en el que van suspendiendo uno tras otro.

El 23 de junio el ejército austriaco tenía disponibles nada menos que nueve cuerpos de ejército, de los cuales el 1.º, el 2.º, el 3.º, el 5.º, el 7.º y el 8.º habían combatido ya antes total o parcialmente, pero el 9.º, el 10.º y el 11.º estaban todavía intactos, aún no habían estado frente al enemigo. Los seis primeros podían sumar 130.000 hombres, los tres últimos 75.000. Se podía, pues, atacar al enemigo con al menos 200.000 hombres. ¿Y qué hizo Francisco José? Mandó el décimo y el undécimo cuerpo de Mantua a Asola, sobre el Chiese, para caer sobre la retaguardia de los franceses, y para cubrir ese movimiento frente a un posible ataque del quinto cuerpo francés (el príncipe Napoleón), que se suponía cerca, dejó el segundo cuerpo en Mantua. Con eso solo le quedaron seis cuerpos, es decir, 24 brigadas, con las que quería atacar el frente de los franco-piamonteses. Pero el movimiento se hizo con tal lentitud que la tarde del 23 de junio el ejército vivaqueaba a solo unas seis millas inglesas del Mincio, y el avance del 24 no debía empezar hasta las nueve de la mañana. Las avanzadas de los aliados, rechazadas el 23 en toda la línea, y sus exploradores habían dado naturalmente la alarma en el campo francés, y así ocurrió que los austriacos, en lugar de atacar a las nueve, fueron atacados ellos mismos a las cinco. Contra las 24 brigadas austriacas, que podían sumar unos 136.000 hombres, los aliados desplegaron sucesivamente nada menos que 33 brigadas (9 piamontesas, igual a 45.000 hombres, y 24 francesas,1 igual a 150.000), o sea, al menos 195.000 hombres, y mantuvieron además en reserva una brigada piamontesa (la Guardia) y dos francesas (división Bourbaki). Tenían, pues, al menos 210.000 hombres en el campo de batalla. Con tal superioridad, la victoria de los aliados estaba asegurada. Aun así, el general Benedek rechazó victoriosamente con el octavo cuerpo austriaco los ataques de todo el ejército piamontés y había obtenido en el ala derecha una victoria completa, aunque su propio cuerpo solo tenía cuatro brigadas y quizá había recibido de la guarnición de Peschiera, a lo sumo, el refuerzo de una quinta brigada. El centro, ocupado por 12 brigadas austriacas débiles, fue atacado y desalojado por 14 brigadas francesas fuertes, y el ala izquierda, de 8 brigadas, fue también rechazada tras un largo combate por 10 brigadas francesas más fuertes, a las que además se había agregado la numerosa caballería y artillería francesa. En esta ala, como en el centro, habría estado en su lugar un despliegue masivo de artillería austriaca, pero Francisco José prefirió dejar tranquilamente en Valeggio, sin disparar un tiro, las 13 baterías de la artillería de reserva (104 cañones). La superioridad del fuego de la artillería francesa se explica, pues, muy sencillamente, no por la excelencia de los cañones rayados, sino por la confusión desamparada y desorientada que reinaba en la cabeza del emperador austriaco, que ni siquiera llevó al fuego sus reservas de artillería.

Pero ¿dónde estaban el décimo y el undécimo cuerpo? Mientras se combatía desde el lago de Garda hasta Guidizzolo, ellos andaban errantes muy lejos, al sur, en la llanura; del undécimo cuerpo se dice que vio de lejos algunas tropas enemigas; el décimo ni siquiera llegó tan lejos; y cuando la batalla estaba decidida, ninguno de los dos había podido disparar un tiro; más aún, estaban todavía tan lejos que Canrobert, que debía hacer frente a ese envolvimiento, conocido por los franceses, pudo emplear todas sus tropas menos una división contra el ejército principal austriaco y decidir el combate en el ala izquierda austriaca.

El segundo cuerpo, entretanto, hacía frente en Mantua al ataque imaginario del príncipe Plon-Plon,2 que ese mismo día se dejaba agasajar con su ejército en Parma, ¡a ocho jornadas de marcha del campo de batalla!

Aquí tenemos una prueba contundente de lo que significa que un «señor de la guerra» alemán por derecho de herencia tenga el mando. Dos cuerpos (50.000 hombres) paseados inútilmente lejos del campo de batalla, un tercero (20.000 hombres) haciendo frente en Mantua a lo que no había y 104 cañones aparcados inútilmente en Valeggio; es decir, un tercio entero de todas las fuerzas y toda la reserva y la artillería alejados adrede del campo de batalla, para que los otros dos tercios fueran aplastados sin objeto por fuerzas muy superiores: ¡semejante disparate, claro como el sol, solo puede cometerlo un padre de la patria alemán!

Las tropas austriacas combatieron con una valentía tan extraordinaria que los aliados, que las superaban en la mitad, solo lograron con los mayores esfuerzos hacerlas retroceder en dos puntos de tres, y que ni siquiera esa superioridad fue capaz de desordenarlas ni de hacer posible un intento de persecución. ¿Cómo habría ido el desenlace de la batalla si los 70.000 hombres y los 104 cañones que Francisco José malgastó hubieran tomado una posición de reserva entre Volta y Pozzolengo? Los franceses habrían sido derrotados sin duda alguna, y con ello la campaña se habría trasladado de nuevo del Mincio y el Chiese al Tesino. Las tropas austriacas no fueron vencidas por los aliados, sino por la estupidez y la arrogancia de su propio emperador. Cuando un soldado austriaco comete el menor descuido en un puesto avanzado, recibe 50 palos. Lo menos que puede hacer Francisco José para expiar en alguna medida sus groseros desatinos y su falta de cabeza es presentarse ante el general Hess para recibir sus bien merecidos cincuenta.

La guerra se ha trasladado ahora al cuadrilátero de fortalezas, y empieza a mostrarse el primer efecto de las fortalezas sobre las maniobras de los aliados: tienen que dividirse. Un destacamento se ha quedado en Brescia para vigilar los pasos del Tirol. El quinto cuerpo francés (Plon-Plon) está situado en Goito frente a Mantua y se ha reforzado con una división. En el asedio de Peschiera se emplea una gran parte del ejército piamontés. Peschiera, antes una pequeña fortaleza, se habría convertido desde 1848, según dicen, en un campo atrincherado gracias a un semicírculo de fuertes destacados (véase la Revue des Deux Mondes del 1 de abril de 1859); si es así, los piamonteses tendrán trabajo de sobra, y para las «operaciones» contra Verona que Luis Bonaparte anuncia con gran pompa no queda más que el ejército francés, debilitado en una división y por las pérdidas de Solferino (73 brigadas,3 difícilmente mucho más de 130.000 hombres). Si Hess ha tomado ahora de verdad el mando, y con plenos poderes, encontrará sin duda pronto ocasión de ganar combates parciales y preparar así una victoria mayor. A los franceses les llegan como refuerzos las tres divisiones del ejército de Lyon y, según se dice, una división más del ejército de París, en total de 50.000 a 60.000 hombres. A los austriacos, el sexto cuerpo, del Tirol del Sur, el cuarto, desde Trieste, y además los cuartos batallones de campaña de los regimientos que están en Italia, es decir, al menos 54 batallones de soldados veteranos, de modo que los refuerzos austriacos sumarán en total casi 100.000 hombres. Pero lo principal para los austriacos es, al fin y al cabo, que el equilibrio en el campo de batalla no se restablezca tanto con aportes frescos como con un mando único y sensato, y eso solo puede lograrse apartando al intruso Francisco José y dando a Hess el mando completo.

  1. (Nota de Engels.) Piamonteses: división Mollard, división Fanti, división Durando, de dos brigadas cada una, y las brigadas Saboya, todas en combate. Franceses: Guardia, 4 brigadas; 1.er cuerpo, Baraguay, 6 brigadas; 2.º cuerpo, Mac-Mahon, 4 brigadas; 3.er cuerpo, Canrobert, 4 brigadas en combate, 2 en reserva; 4.º cuerpo, Niel, 6 brigadas en combate. En total, 33 brigadas en combate y 3 en reserva. Todos estos datos proceden del parte oficial de Napoleón el Pequeño. Por lo demás, solo contamos la infantería. ↩

  2. Jérôme Napoleón Bonaparte (1822-1891), primo del emperador, al mando del V cuerpo francés, que venía de Toscana. ↩

  3. Así en la MEW; la cifra no cuadra con los 130.000 hombres ni con las 26 brigadas francesas de infantería que el artículo cuenta en Solferino, y parece errata. ↩