Escrito en inglés por Karl Marx el 15 de julio de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5698, del 28 de julio de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 420-422), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Texto original en alemán.
Según las noticias que nos ha traído el Europa, parece que la confederación italiana, anunciada por Napoleón III como una de las bases de su paz con Francisco José, es una cosa de lo más vaga y dudosa. Hasta ahora no es más que un proyecto al que Austria ha dado su conformidad, pero que todavía hay que someter a los gobiernos italianos. Da la impresión de que ni siquiera Cerdeña, a cuyo rey, dicho sea de paso, no se consultó al parecer al concluir la paz, quiere adherirse, aunque su rey, naturalmente, tiene que hacer lo que se le mande. Entretanto circula el rumor de que el papa, al que se propone como presidente de honor de la federación, ha escrito a Luis Napoleón diciéndole que quiere pedir protección a las potencias católicas, refugio bastante dudoso en un momento en que es precisamente de Francia de quien tendría que protegerse. En cuanto a los monarcas recién expulsados de Toscana, Módena y Parma, parece que se les va a reponer en sus respectivos tronos; en esas circunstancias estarán sin duda dispuestos a adherirse a cualquier confederación que se les ordene. Pero del rey de Nápoles, ahora el único soberano independiente de Italia, no oímos absolutamente nada; y no está excluido que se niegue en redondo. Así pues, todavía es dudoso que llegue a haber una federación, y más dudoso aún de qué clase será si finalmente se forma.
Un hecho importante se ha convertido ya en certeza: Austria conserva las cuatro grandes fortalezas, y el Mincio pasa a ser la frontera occidental de su territorio. Con ello sigue teniendo en sus manos la llave de la Italia septentrional y puede aprovechar cualquier ocasión favorable para recuperar lo que ahora ha tenido que ceder. Solo este hecho muestra lo infundada que es la afirmación de Napoleón de que ha alcanzado en principio su objetivo de expulsar a Austria de Italia. No es en verdad exagerado decir que, si Napoleón batió a Austria en la guerra, Austria lo ha batido a él de manera decisiva al concluir la paz. Austria no ha renunciado más que a lo que se le había quitado. Francia, por un gasto de unos cien millones de dólares y la vida de unos cincuenta mil de sus hijos, ha obtenido el control de Cerdeña, mucho honor para sus soldados y, para su emperador, la fama de un general bastante afortunado y de cierto éxito. Para el emperador eso es mucho, pero para Francia, que ha corrido con todos los gastos y sufrido todas las pérdidas, es poco; y no sorprende que, según se dice, reine el descontento en París. Como razón de este fin repentino de la guerra, Napoleón alegó que había tomado dimensiones incompatibles con los intereses de Francia. Dicho de otro modo, tendía a convertirse en una guerra revolucionaria, que incluía la posibilidad de una insurrección en Roma y de un levantamiento en Hungría. Es un hecho curioso que el mismo Napoleón, poco antes de la batalla de Solferino, invitara a Kossuth a su cuartel general y lo instara de hecho a emprender una diversión revolucionaria en favor de los aliados. Antes de esa batalla, pues, no temía los peligros que inmediatamente después le llenaron de espanto. Que las circunstancias cambian los casos no es una observación nueva, pero se aplica a la situación actual. Huelga aducir más pruebas de que este hombre es tan egoísta como falto de escrúpulos y de que, después de haber derramado la sangre de cincuenta mil hombres para satisfacer sus ambiciones personales, está dispuesto a abjurar y renegar de cada uno de los principios fingidos en cuyo nombre los llevó al matadero.
Uno de los primeros resultados del arreglo actual es la dimisión forzada del ministerio Cavour en Cerdeña. Aunque el conde de Cavour, uno de los hombres más inteligentes de Italia, no tuvo absolutamente nada que ver con la conclusión de la paz, no pudo sostenerse ante la indignación y la decepción del público. Probablemente pasará mucho tiempo antes de que vuelva al poder. Y pasará mucho tiempo antes de que Luis Napoleón consiga que siquiera los sentimentales y los entusiastas vuelvan a ver en él a un defensor de la libertad. Los italianos lo odiarán ahora más que a todos los demás representantes de la tiranía y la traición; y no debe sorprendernos que los puñales de los conspiradores italianos intenten de nuevo quitar la vida al hombre que dejó a Austria sentada sobre la nuca de Italia casi tan firmemente como antes, mientras prometía y fingía conquistar la independencia de Italia.