Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 26 de enero de 1859; la MEW la da como escrita el 28) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5563, del 18 de febrero de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 177-181), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 26 de enero de 1859

Seguramente ya estarán ustedes al tanto de la relación secreta entre la reciente política italiana de Luis Bonaparte y su arraigado miedo a los magnicidas italianos. Hace unos días habrían podido leer en France Centrale, un periódico de provincias que por desgracia nunca cruza el Atlántico, la siguiente historia:

«Hablábamos del baile del lunes pasado en las Tullerías. Cartas de París cuentan ahora un incidente que causó no poca confusión en esa fiesta. La aglomeración era grande; suponemos que una dama se desmayó o que algún otro suceso parecido provocó un barullo, de modo que los tres o cuatro mil invitados presentes creyeron que había ocurrido un accidente. Se produjo un tumulto, varias personas corrieron hacia el trono; para calmar los ánimos, el emperador recorrió los salones.»

Pero en aquella ocasión había en la Salle du Trône [sala del trono] doscientas o trescientas personas que presenciaron una escena bastante distinta de la que se permitió describir France Centrale. En efecto, a raíz de algún incidente, los invitados que estaban en los distintos salones habían acudido de pronto en tropel, alarmados, y la multitud se abalanzó hacia la Salle du Trône, con lo que Luis Bonaparte y Eugenia abandonaron a toda prisa el trono y se abrieron paso a la desbandada por el centro del salón; la emperatriz se recogía las faldas con las manos como podía y estaba tan pálida que sus mejores amigos dijeron: «Parecía una muerta».

Estos crueles tormentos que padecen el usurpador y sus amigos desde el atentado de Orsini recuerdan francamente el célebre pasaje de la República de Platón:

«El tirano ni siquiera alcanza su meta de ser un gobernante. Parezca lo que parezca, el tirano es un esclavo. Su corazón estará siempre lleno de miedo, siempre atormentado por la angustia y las penas. Cada día se mostrará más como lo que fue desde el principio: envidiado y despreciado, desconfiado, sin amigos, injusto, enemigo de todo lo divino y protector y fomentador de todo lo infame. Así es él mismo el más desdichado de los hombres.»1

La actitud hostil de Bonaparte hacia Austria persigue sin duda también el propósito de ofrecer al ejército, que refunfuña, la perspectiva de un empleo activo en lugar del servicio de policía; pero se dirige sobre todo a desarmar el puñal italiano y a dar a los patriotas italianos una prenda de que el emperador se mantiene fiel a su viejo juramento de carbonario. La boda del príncipe Napoleón, o del general Plon-Plon, como lo llaman los parisinos, con la princesa Clotilde de Cerdeña2 debía fundir irrevocablemente a Francia y a Italia a los ojos del mundo y pagar así, como quieren presentarlo los señores de las Tullerías, el primer plazo de la deuda que los Bonaparte tendrían con los italianos. Pero ya conocen ustedes al héroe de Satory.3 Aunque es tenaz en la persecución de un objetivo una vez fijado, sus caminos son tortuosos: solo avanza con retrocesos constantes, y unas complicaciones inextricables parecen paralizarlo siempre que ha llegado, a fuerza de trabajo, hasta el punto crítico. Como en Boulogne, en Estrasburgo y en la noche del 2 de diciembre de 1851,4 en esos momentos tiene siempre detrás a algunos desesperados audaces, fogosos e impetuosos, de modo que ya no puede aplazar más la ejecución de sus planes largamente acariciados y lo empujan a la fuerza al Rubicón. Una vez que lo ha cruzado sin percance, vuelve a emprender su camino tortuoso a su manera propia, intrigante, maquinadora de malos planes, conspiradora, indecisa y sin fuerza. Su falsedad completa lo lleva a jugar un doble juego con sus propios planes. La boda sarda, por ejemplo, ya la exigió hace ocho meses con el pretexto de que Francia se proponía emprender una cruzada en favor de Italia. Después de tantos intentos fracasados de introducirse en las familias reales, ¿no sería un golpe logrado atraer a la red bonapartista, con falsas apariencias, a la hija de la dinastía más antigua de Europa?

Pero Luis Bonaparte tenía razones imperiosas para recurrir a una reculade [retirada] y adoptar un tono apaciguador después de haber tocado el cuerno de guerra. Nunca en todo su reinado había manifestado la burguesía tan inequívocamente su descontento, y su inquietud se había hecho notar, ante el mero rumor de una guerra, en violentas oscilaciones en la Bolsa, en los mercados de mercancías y en los centros industriales. Los magnates de las finanzas pusieron objeciones. El conde de Germiny, gobernador del Banco de Francia, informó personalmente al emperador de los extensos reveses comerciales que se producirían con toda seguridad si se persistía en la peligrosa línea política que ahora se seguía. Los prefectos de Marsella, Burdeos y otras grandes ciudades comerciales hicieron en sus informes sobre el pánico sin precedentes que se había apoderado de las clases mercantiles insinuaciones insólitas sobre el malestar que fermentaba en esa parte de los «amigos de la propiedad y el orden». El señor Thiers creyó llegado el momento de romper su largo silencio y de atacar abiertamente, en los salones plagados de espías del gobierno, la «política insensata» de las Tullerías. En un examen político y estratégico detenido de las perspectivas de éxito de una guerra, mostró que a Francia le sería imposible evitar la derrota si no podía empezar la lucha con 400.000 soldados, además de las tropas que tiene que dejar en Argelia y de las que debe retener en la metrópoli. Ni siquiera el gubernamental Constitutionnel pudo dejar de reconocer, aunque en un tono de indignación fingida, que el espíritu de Francia había desaparecido y que, ante la mera idea de una guerra seria, el país se quedaba aterrado como un cobarde.

Por otra parte, los espías de rango inferior informaban unánimemente de lo general que era ya entre la población la burla ante la sola idea de que el déspota de Francia pudiera hacer de libertador de Italia, y de las coplas irrespetuosas que se cantaban con motivo de la boda sarda. Una de esas coplas empieza con las palabras: «Así que esta vez es Plon-Plon quien va a ser el marido de María Luisa».5

Pese a las instrucciones tranquilizadoras enviadas a todos los prefectos y a las declaraciones estrictamente oficiales según las cuales ningún peligro amenaza el statu quo, el pánico general está muy lejos de haberse calmado. Sobre todo, aquí se sabe que al semidiós de las Tullerías lo han empujado más lejos de lo que pensaba ir. Corre el rumor de que la princesa Clotilde, que pese a su juventud tiene una inteligencia muy aguda, acogió la petición de mano de Plon-Plon con estas palabras: «Me caso con usted para asegurar a papá el apoyo de Francia. Si no estuviera completamente segura de que eso queda garantizado, no me casaría con usted». Se negó a consentir el compromiso antes de que se dieran a su padre «garantías inequívocas» del apoyo activo de Francia. Así, Luis Bonaparte tuvo que concluir una alianza defensiva y ofensiva con Víctor Manuel, y los agentes de Plon-Plon se cuidaron mucho de comunicar enseguida ese hecho a toda Europa a través de las columnas de la Indépendance Belge. En efecto, ese Plon-Plon y su séquito pretenden desempeñar en este momento el mismo papel que tuvieron que representar Persigny durante la expedición de Boulogne y Morny, Fleury y Saint-Arnaud en la noche del 2 de diciembre: empujar a Luis Bonaparte al Rubicón. Como es sabido, Plon-Plon no destaca precisamente por su arrojo militar. En la guerra de Crimea hizo una figura muy triste, y como le falta incluso el valor que necesita un jinete corriente, ni siquiera sabe guardar bien el equilibrio a lomos de un caballo. Sin embargo, en este momento es el Marte en persona de la dinastía Bonaparte. Convertirse en virrey de Lombardía lo considera el paso siguiente en el camino hacia el trono de Francia. Sus amigos se han vuelto tan imprudentes que su cabecilla, el señor Émile de Girardin, delante de unas veinte personas que hablaban de las intenciones del emperador, se atrevió a exclamar: «¿De qué emperador hablan ustedes? El único emperador verdadero es el del Palais Royal».6 Mientras los periódicos del gobierno predican la paz en apariencia, el Moniteur de Plon-Plon, La Presse, informa día tras día, del modo más desvergonzado, sobre los preparativos de guerra. Mientras Luis Bonaparte exhorta al parecer a Víctor Manuel a frenar a los partidarios de Mazzini, Plon-Plon empuja al rey a «azuzarlos». Mientras Bonaparte había formado el séquito que debía acompañar a su primo a Turín con las personas más conservadoras, como el general Niel, Plon-Plon declaró que solo partiría a condición de que lo acompañara el señor Bixio,7 exministro de la República francesa de 1848, para dar a su entourage [círculo] un olor revolucionario. Ante lo cual la gente dice: «Si Luis Napoleón no está dispuesto a jugarse el todo por el todo, nada puede ser más peligroso que la actitud arrogante que adopta Plon-Plon y que los artículos que publican sus amigos». Por eso persisten los temores. Por otra parte, todo el mundo tiene claro que Luis Napoleón se suicidaría si ahora, intimidado por el griterío de la burguesía francesa y el ceño fruncido de las dinastías europeas, emprendiera la retirada después de haber comprometido a Víctor Manuel y de haber llevado al máximo las expectativas del ejército francés. Para dar a este un quid pro quo, se propone, según los rumores, enviarlo a una expedición de ultramar contra Marruecos, Madagascar o cualquier otro lugar remoto que el tratado de Viena no conozca. Con todo, algún incidente imprevisto puede provocar una guerra contra Austria en contra de la voluntad del prestidigitador imperial.

  1. Paráfrasis de Platón, República, libro IX, 579d-580a. ↩

  2. Napoleón José Carlos Pablo Bonaparte (1822-1891), llamado el príncipe Napoleón y apodado Plon-Plon, primo de Napoleón III; se casó el 30 de enero de 1859 con Clotilde de Saboya (1843-1911), hija de Víctor Manuel II. El enlace sellaba el acuerdo secreto de Plombières (julio de 1858) entre Napoleón III y Cavour. ↩

  3. En la llanura de Satory, cerca de Versalles, Luis Bonaparte pasó revista a las tropas en octubre de 1850 entre gritos de «¡Viva el emperador!», en preparación del golpe de Estado. ↩

  4. Luis Bonaparte intentó sublevar la guarnición de Estrasburgo en octubre de 1836 y desembarcó en Boulogne en agosto de 1840; las dos intentonas fracasaron. El 2 de diciembre de 1851 dio el golpe de Estado. ↩

  5. Alusión al matrimonio de Napoleón I con María Luisa de Austria (1810), con el que el primer Bonaparte entró en una dinastía antigua. ↩

  6. Residencia del príncipe Napoleón en París. Émile de Girardin (1806-1881), periodista, director de La Presse. ↩

  7. Jacques-Alexandre Bixio (1808-1865), ministro de Agricultura y Comercio en 1848, de origen italiano. Adolphe Niel (1802-1869), general, más tarde mariscal y ministro de la Guerra. ↩