Escrito en alemán por Friedrich Engels y publicado en Das Volk (Londres), núm. 8, del 25 de junio de 1859. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 394-397), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los frutos de una victoria se recogen en la persecución del enemigo. Cuanto más activa la persecución, más decisiva la victoria. Los prisioneros, la artillería, los bagajes, las banderas no se conquistan tanto en la batalla misma como en la persecución que la sigue. Por otra parte, la intensidad de una victoria se mide por la energía de la persecución. Desde este punto de vista, ¿qué decir de la grande victoire de Magenta? Al día siguiente encontramos a los libertadores franceses «descansando y reorganizándose». Ni el más leve intento de persecución. Con la marcha sobre Magenta, el ejército aliado había concentrado de hecho todas sus fuerzas. Los austriacos, en cambio, tenían una parte de sus tropas en Abbiategrasso, otra en la carretera de Milán, otra en Binasco y, por último, otra en Belgioioso: un montón de columnas tan dispersas, que se arrastraban de manera tan inconexa, que parecían una invitación al enemigo a echarse encima de ellas, dispersarlas en todas direcciones con un solo esfuerzo y hacer luego prisioneras con toda calma brigadas y regimientos enteros, a los que habría cortado la línea de retirada. Napoleón, el Napoleón auténtico, habría sabido en un caso así qué hacer con las 15 o 16 brigadas que, según el parte oficial francés, no habían tomado parte en la batalla la víspera. ¿Qué hizo el Napoleón de pacotilla,1 el Napoleón del señor Vogt, del Cirque Olympique, de St. James Street y del anfiteatro de Astley?2 Comió en el campo de batalla.

El camino directo a Milán le quedaba abierto. El efecto escénico estaba asegurado. Eso le bastaba, naturalmente. El 5, el 6 y el 7 de junio, tres días enteros, se regalan a los austriacos para que salgan de sus peligrosas posiciones. Bajaron hacia el Po y se retiraron por la orilla norte de este río en dirección a Cremona, avanzando por tres carreteras paralelas. En la más septentrional de ellas, el general Benedek cubría la retirada con tres divisiones, pues era el que se movía más cerca de la línea de marcha del enemigo. Desde Abbiategrasso, donde estaba el día 6, marchó por Binasco a Melegnano. En esta última ciudad dejó dos brigadas para mantener la posición hasta que los bagajes y el tren de la columna central hubieran ganado suficiente ventaja. El 8 de junio el mariscal Baraguay d’Hilliers recibió la orden de desalojar a esas dos brigadas, y, para ir sobre seguro, se pone además a sus órdenes el cuerpo de Mac-Mahon. ¡Diez brigadas contra dos! Cerca del Lambro se destacó el cuerpo de Mac-Mahon para cortar la retirada a los austriacos, mientras las tres divisiones de Baraguay atacaban Melegnano; dos brigadas atacaron la ciudad de frente, dos la envolvieron por la derecha y dos por la izquierda. En Melegnano solo había una brigada austriaca, la de Roden, y la brigada del general Boér estaba al otro lado, en la orilla oriental del río Lambro. Los franceses atacaron con gran violencia, y su número, seis veces superior, obligó al general Roden, tras una resistencia tenaz, a evacuar la ciudad y retirarse al amparo de la brigada de Boér, que con ese fin había tomado posición a retaguardia. Cumplido su objetivo, se retiró también en perfecto orden. Boér cayó en esta ocasión. Las pérdidas de la única brigada austriaca que combatió de verdad fueron sin duda considerables, pero las cifras que dan los crapauds3 decembristas (unos 2.400) son pura fantasía, pues antes de la acción la brigada no pasaba de 5.000 hombres en total. La victoria francesa fue de nuevo estéril. ¡Ningún trofeo, ni un solo cañón!

Entretanto, los austriacos habían evacuado Pavía el día 6; luego, por razones desconocidas, la volvieron a ocupar el 8 para evacuarla de nuevo el 9, mientras que Piacenza no se abandonó hasta el 10, seis días después de la batalla de Magenta. Los austriacos se retiraron en cómodas jornadas siguiendo el Po hasta llegar al Chiese. Allí torcieron hacia el norte y marcharon sobre Lonato, Castiglione y Castelgoffredo, donde tomaron una posición defensiva en la que parecen esperar un nuevo ataque de los «libertadores».

Mientras los austriacos marchaban primero hacia el sur, de Magenta a Belgioioso, luego hacia el este, en dirección a Piadena, y luego otra vez hacia el norte, hacia Castiglione, describiendo un semicírculo completo, los libertadores marchaban en línea recta por el diámetro de ese semicírculo y, por tanto, solo tenían que recorrer un tercio de la distancia. Aun así, nunca alcanzaron a los austriacos, salvo en Melegnano y una vez cerca de Castenedolo, donde Garibaldi libró una escaramuza insignificante. Semejante indolencia en la persecución no tiene precedentes en la historia militar. Es característica del Quasimodo que parodia a su tío (su tío según el principio del Código de Napoleón: La recherche de la paternité est interdite),4 que lo parodia incluso en sus éxitos.

Al mismo tiempo que el grueso de los austriacos entraba en sus posiciones detrás del Chiese, entre el 18 y el 20 de junio, la vanguardia de los aliados llegaba al frente del Chiese. Necesitan uno o varios días para traer su grueso. Si los austriacos aceptan de verdad la batalla, cabe esperar, pues, un segundo combate general el 24 o el 26 de junio. Los libertadores no pueden titubear mucho tiempo frente a los austriacos si quieren mantener vivo entre sus tropas el impulso de la victoria y no dar al enemigo ocasión de batirlos en encuentros menores. La posición de los austriacos es muy favorable. Del extremo sur del lago de Garda, junto a Lonato, corre hacia el Mincio una meseta cuyo contorno, del lado de la llanura lombarda, lo forma la línea Lonato-Castiglione-San Cassiano-Cavriana-Volta, una posición excelente para esperar a un enemigo. La meseta se eleva poco a poco hacia el lago y ofrece varias buenas posiciones escalonadas, cada una de las cuales supera a la anterior en fuerza y concentración, de modo que la conquista del borde de la meseta no da la victoria, sino que solo cierra el primer acto de una batalla. El ala derecha está cubierta por el lago; la izquierda está muy replegada hacia atrás, de modo que deja sin protección casi diez millas de la línea del Mincio. Lejos de ser una desventaja, ese es el lado más favorable de la posición, porque en el Mincio empieza el terreno encerrado entre las cuatro fortalezas de Verona, Peschiera, Mantua y Legnago, en el que un enemigo sin una superioridad numérica extraordinaria no puede aventurarse. Como la línea del Mincio está dominada en su extremo sur por Mantua y el terreno al otro lado del Mincio cae dentro del radio de acción de Mantua y de Verona, todo intento de dejar de lado a los austriacos de la meseta y marchar por delante de ellos sobre el Mincio se vería pronto obligado a detenerse. El ejército que avanzara vería destruidas sus líneas de comunicación sin poder amenazar las de los austriacos. Además, al otro lado del Mincio (pues en tales circunstancias no podría hablarse de un asedio) no encontraría nada que atacar y, a falta de objeto de ataque, tendría que dar media vuelta. Pero el verdadero peligro de un movimiento así es que tendría que hacerse a la vista de los austriacos de la meseta. A estos les bastaría con poner en movimiento toda su línea y caer sobre la columna enemiga: de Volta sobre Goito, de Cavriana sobre Guidizzolo y Ceresara, de Castiglione sobre Castelgoffredo y Montichiari. Los libertadores librarían esa batalla en condiciones terriblemente desfavorables, y podría acabar en un segundo Austerlitz, solo que con los papeles invertidos.

Gyulay, el de Magenta, ha sido destituido. Le sustituye Schlick5 al frente del segundo ejército, mientras Wimpffen sigue a la cabeza del primero. Los dos ejércitos, concentrados en Lonato y Castiglione, forman juntos el ejército austro-italiano, bajo el mando nominal de Francisco José y con Hess como jefe del estado mayor. Schlick, a juzgar por sus antecedentes en la guerra de Hungría, parece un general medio competente; Hess es sin discusión el mayor estratega vivo. El peligro está en la intervención personal del tristemente célebre Francisco José. Como Alejandro I cuando Napoleón invadió Rusia, se ha rodeado de una banda heterogénea de viejos bigotudos filisteos y sabelotodos, algunos de los cuales quizá estén pagados directamente por Rusia. Si el ejército francés dejara en paz a los austriacos y marchara directamente sobre el Mincio, desde lo alto de la meseta se le vería desfilar, regimiento tras regimiento, con imponente claridad. La impresión sensible de ver al enemigo dirigirse por un camino más corto hacia la propia línea de retirada podría desconcertar fácilmente una cabeza como la de Francisco José. Las intromisiones de sabelotodos gruñones con charreteras podrían disfrazar su debilidad de nervios y decidirlo a abandonar la posición, magníficamente elegida, y a retirarse entre las fortalezas. Con mozalbetes tontos a la cabeza de un imperio, todo depende de su termómetro nervioso. Los planes mejor meditados quedan a merced de impresiones subjetivas, azares y caprichos. Con un Francisco José en el cuartel general austriaco, apenas hay otra garantía de victoria que el Quasimodo del campo enemigo. Pero ese al menos ha templado sus nervios con los jugadores profesionales de St. James Street, y si no es un hombre de hierro, como quieren sus admiradores, sí lo es de gutapercha.

  1. En el original, «Brummagem-Napoleon»: «Brummagem», forma popular de Birmingham, designaba en inglés la bisutería y las falsificaciones baratas. ↩

  2. El Cirque Olympique de París y el anfiteatro de Astley de Londres eran circos ecuestres; en St. James Street, en Londres, estaban los clubes de juego que Luis Bonaparte frecuentó durante su exilio. ↩

  3. «Sapos», mote despectivo de los franceses; «decembristas», por el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  4. «Queda prohibida la investigación de la paternidad» (artículo 340 del Código Civil francés de 1804). Se decía que Luis Napoleón no era hijo de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón I. ↩

  5. Franz Schlick (1789-1862), general austriaco que había combatido en Hungría en 1848-1849; Franz Wimpffen (1797-1870), general austriaco. ↩