Escrito en inglés por Karl Marx en Berlín el 11 de enero de 1859 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5548, del 1 de febrero de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 683-687), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Die Lage in Preußen»), con la fecha de publicación añadida para distinguirlo de otros artículos del mismo título. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Berlín, 11 de enero de 1859

Ustedes conocen el proverbio alemán: «Donde no hay nada, el emperador ha perdido su derecho»,1 y esta ley de la nulidad, que manda incluso sobre un personaje tan poderoso como un emperador, su corresponsal no puede, naturalmente, echarla en saco roto. Donde no ocurre nada, tampoco hay nada que contar. Esa es la causa profunda que me ha llevado a poner por unas semanas un embargo a mis envíos desde la «capital de la inteligencia»,2 la residencia central, si no del poder temporal, al menos del «espíritu del mundo».3 La primera fase del movimiento prusiano terminó con las elecciones generales, y la segunda empieza mañana con la apertura de la Dieta. Según veo por un fajo de periódicos germano-americanos que me han enviado, muchos hijos americanos de Teut4 han hecho suyas, sin indicar la fuente de la que bebían su sabiduría, las opiniones sobre la situación de este país que desarrollé en artículos anteriores; estas opiniones mías se han visto desde entonces plenamente confirmadas por la marcha desidiosa y lenta de las cosas; o, más bien, no puedo decir marcha, sino su reptar de gusano, sin piernas y con el vientre pegado al suelo, como probablemente lo habría llamado el doctor Johnson,5 de pedante memoria. Las millas alemanas son más largas que las de cualquier otra nación,6 pero los pasos con que los alemanes miden el suelo son tanto más cortos, y mucho. Precisamente por eso sueñan siempre en sus cuentos con botas de siete leguas, que dan a su afortunado poseedor la facultad de recorrer más de una legua a cada paso.

Los últimos diez años de la historia de este país se han juzgado de un modo tan unilateral (por usar una palabra favorita de los alemanes, que, como el escolástico animal de Buridán,7 son tan polifacéticos que a cada momento se encuentran en un aprieto) que algunas consideraciones generales no parecen fuera de lugar. Cuando el rey de la cabeza sin seso subió al trono,8 estaba lleno de quimeras de la escuela romántica. Quería ser rey por la gracia de Dios y al mismo tiempo un rey popular; quería estar rodeado de una aristocracia independiente en medio de una administración burocrática omnipotente; quería ser, como señor supremo de los cuarteles, a la vez un hombre de paz; quería fomentar los derechos del pueblo en el sentido medieval y oponerse al mismo tiempo a todas las aspiraciones del liberalismo moderno; quería despertar de nuevo la fe eclesiástica y a la vez presumir de la superioridad intelectual de sus súbditos; en una palabra: quería hacer de rey medieval y actuar como rey de Prusia, ¡ese aborto del siglo XVIII! Pero de 1840 a 1848 todo salió al revés. Los junkers rurales,9 después de poner sus esperanzas en el colaborador coronado del Politisches Wochenblatt,10 que día tras día había predicado que al prosaico dominio prusiano del maestro de escuela, del sargento, del policía, del recaudador de contribuciones y del mandarín docto había que injertarle el poético dominio de la aristocracia, se vieron obligados a recibir, en lugar de concesiones reales, las simpatías secretas del rey. La burguesía, todavía demasiado débil para lanzarse a pasos activos, se sintió obligada a ir al trote detrás del ejército teórico que los discípulos de Hegel conducían contra la religión, las ideas y la política del viejo mundo. En ningún período anterior fue la crítica filosófica tan audaz, tan poderosa y tan popular como en los primeros ocho años del reinado de Federico Guillermo IV, que deseaba sustituir por el misticismo medieval el racionalismo «superficial» introducido en Prusia por Federico II. La filosofía debió su poder durante este período exclusivamente a la debilidad práctica de la burguesía; como los burgueses no eran capaces de asaltar en la realidad las instituciones caducas, tuvieron que ceder la primacía a los audaces idealistas que las asaltaban en el terreno del pensamiento. Al fin y al cabo, el rey romántico mismo no era, como todos sus predecesores, más que la mano visible de un vulgar gobierno burocrático, que en vano intentaba embellecer con los delicados sentimientos de una época pasada.

La revolución, o más bien la contrarrevolución que salió de ella, dio a las cosas una cara completamente nueva. Los junkers convirtieron los caprichos privados del rey en ventajas prácticas y consiguieron hacer retroceder al gobierno a una época anterior: no a antes de 1848, ni a antes de 1815, sino incluso a antes de 1807.11 Se acabaron las tímidas aspiraciones románticas; en su lugar apareció una Cámara alta prusiana;12 se restableció la mainmorte,13 la jurisdicción patrimonial del junker prosperó más lozana que nunca, la exención de impuestos volvió a ser un distintivo de la nobleza; la policía y los funcionarios tuvieron que hacer reverencias ante los hidalgos, todos los puestos influyentes se reservaron a los vástagos de la aristocracia terrateniente y de la pequeña nobleza; los funcionarios ilustrados de la vieja escuela fueron expulsados para ser sustituidos por parásitos serviles, administradores y terratenientes; y todas las libertades conquistadas por la revolución, la libertad de prensa, la de reunión, la de palabra, la representación constitucional, todas estas libertades no se suprimieron, sino que se mantuvieron como privilegios de la clase aristocrática. Si en el período anterior la burguesía había fomentado el movimiento filosófico, la aristocracia lo arrancó ahora de raíz y puso en su lugar el pietismo. Todo profesor ilustrado fue expulsado de la universidad, y los viri obscuri,14 los Hengstenberg, los Stahl15 y tutti quanti, se apoderaron de todas las instituciones de enseñanza de Prusia, de la escuela de aldea al seminario universitario de Berlín. La máquina policial y administrativa no se destrozó, sino que se convirtió en un mero instrumento de la clase dominante. Hasta la libertad de industria tuvo que pagar el pato, y del mismo modo que el sistema de concesiones se convirtió en un poderoso instrumento de favoritismo, de intimidación y de corrupción, se obligó también a los artesanos de las grandes ciudades a volver a los gremios, a las corporaciones y a todas las demás formas extinguidas de una época pasada.16 Así, los sueños más audaces del rey, que durante los ocho años de su régimen absoluto se habían quedado en sueños, se cumplieron todos gracias a la revolución y brillaron como realidades tangibles a plena luz del día durante los ocho años de 1850 a 1857.

Pero la medalla tiene también su reverso. La revolución había disipado las ilusiones ideológicas de la burguesía, y la contrarrevolución había acabado con sus pretensiones políticas. Así se vio devuelta a sus verdaderas ramas de lucro, el comercio y la industria, y no creo que ningún otro pueblo haya tomado en el último decenio, en esta dirección, un impulso relativamente tan formidable como los alemanes, y en especial los prusianos. Quien haya visto Berlín hace diez años no lo reconocería hoy. De una rígida plaza de armas se ha convertido en el activo centro de la construcción de maquinaria alemana. Si se viaja por la Prusia renana y el ducado de Westfalia, uno se acuerda de Lancashire y Yorkshire. Aunque Prusia no puede jactarse de un Isaac Péreire,17 posee cientos de Mevissens18 al frente de más Crédits mobiliers que príncipes cuenta la Dieta Federal alemana.19

La manía de enriquecerse, de prosperar, de abrir nuevas minas, de levantar nuevas fábricas, de construir nuevos ferrocarriles y, sobre todo, de invertir dinero en sociedades por acciones y especular con acciones se convirtió en la pasión del día y se apoderó de todas las clases, del campesino al príncipe con corona nobiliaria que antaño había sido príncipe inmediato del Imperio.20 Así pues, los días en que la burguesía lloraba en el cautiverio de Babilonia y dejaba colgar sus humilladas cabezas fueron los mismos días en que se convirtió en el poder real del país, mientras hasta el altivo aristócrata se transformaba en lo íntimo de su alma en un especulador de bolsa ávido de ganancias y acaparador de dinero. Si buscan un ejemplo de cómo la filosofía especulativa se ha convertido en especulación comercial, echen una ojeada al Hamburgo del año 1857.21 ¿No se mostraron allí los especulativos alemanes maestros en el terreno de la estafa? Claro que este ascenso de la burguesía prusiana, reforzado por la subida general de los precios de las mercancías y la consiguiente caída general de los ingresos fijos de sus dominadores burocráticos, fue acompañado, naturalmente, por la ruina de la pequeña burguesía y la concentración de la clase obrera. La ruina de la pequeña burguesía durante los últimos ocho años es un fenómeno general que puede observarse en toda Europa, pero en ninguna parte tan acusado como en Alemania. ¿Necesita este fenómeno alguna explicación? Respondo con una palabra: mirad a los millonarios de hoy, que ayer todavía eran pobres diablos. Para que un desposeído se convierta de la noche a la mañana en millonario, mil poseedores de 1.000 dólares tienen que haberse convertido durante el día en mendigos. La magia de la bolsa logra algo así en un abrir y cerrar de ojos, por no hablar de los métodos más lentos con que la industria moderna centraliza la riqueza. Por eso en Prusia, en los últimos diez años, junto con la burguesía se han desarrollado una pequeña burguesía descontenta y una clase obrera concentrada.

Es hora de enviar la carta, aunque todavía no he terminado mi Rundschau,22 como llama la Neue Preußische Zeitung a esta clase de repaso retrospectivo.

  1. El proverbio venía en el Tribune, según la MEW, en inglés y en alemán. ↩

  2. Sobrenombre de Berlín, sede de la universidad y de la filosofía hegeliana. ↩

  3. En alemán en el Tribune (Weltgeist), término de la filosofía de la historia de Hegel. ↩

  4. Personificación burlesca de los alemanes, por el supuesto dios ancestral de los germanos (Teut, Tuisto). ↩

  5. Samuel Johnson (1709-1784), lexicógrafo y crítico inglés, célebre por su estilo latinizante. ↩

  6. La milla alemana equivalía a unos 7,5 kilómetros. ↩

  7. El asno de Buridán, que, puesto entre dos montones de heno iguales, muere de hambre sin decidirse por ninguno. ↩

  8. Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840, incapacitado desde 1857 por enfermedad mental. ↩

  9. Landjunker: en alemán en el Tribune. ↩

  10. El Berliner Politisches Wochenblatt (1831-1841), semanario de los románticos conservadores y de la camarilla feudal. ↩

  11. Año del edicto de octubre que abolió la servidumbre personal en Prusia, al comienzo de las reformas de Stein y Hardenberg. ↩

  12. La Cámara de los Señores (Herrenhaus), creada en 1854 sobre bases hereditarias y estamentales. ↩

  13. «Mano muerta»: la inalienabilidad de los bienes vinculados. ↩

  14. «Hombres oscuros», por las Epistolae obscurorum virorum (1515-1517), sátira humanista contra los teólogos escolásticos. ↩

  15. Ernst Wilhelm Hengstenberg (1802-1869), teólogo protestante ortodoxo; Friedrich Julius Stahl (1802-1861), jurista y teórico del partido conservador prusiano. ↩

  16. La ordenanza industrial de febrero de 1849 restringió la libertad de industria y reforzó los gremios. ↩

  17. Isaac Péreire (1806-1880), banquero francés, fundador con su hermano Émile del Crédit mobilier. ↩

  18. Gustav Mevissen (1815-1899), industrial y banquero renano, fundador del Darmstädter Bank (1853). ↩

  19. Órgano de la Confederación Germánica, con sede en Fráncfort. ↩

  20. Los príncipes «mediatizados», que hasta 1806 dependían directamente del emperador y luego quedaron sometidos a otros Estados alemanes conservando sus títulos y privilegios. ↩

  21. Hamburgo fue uno de los centros de la crisis comercial de 1857, con una ola de quiebras. ↩

  22. En alemán en el Tribune. Así se titulaban las revistas de la situación que Ludwig von Gerlach publicaba en la Neue Preußische Zeitung. ↩