Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 9 de marzo de 1859 y enviada hacia el 11) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5598, del 31 de marzo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 274-279), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Die Kriegsaussichten in Frankreich»). Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 9 de marzo de 1859

Cuando el miedo a la guerra se había apoderado de todas las Bolsas de Europa, escribí que Bonaparte estaba lejos de querer hacer realmente la guerra, pero que, fueran cuales fueran sus verdaderas intenciones, el control de la situación probablemente se le escaparía de las manos. En este momento, en que la mayor parte de la prensa europea parece inclinada a creer en la paz, estoy convencido de que habrá guerra, a menos que una circunstancia favorable lleve a la caída repentina del usurpador y de su dinastía. Hasta el observador más superficial tendrá que admitir que las perspectivas de paz descansan solo en palabras, y las de guerra, en cambio, en hechos. En Francia y en Austria los preparativos de guerra se llevan a cabo en una escala nunca vista; y si se considera el estado desolador de los dos tesoros imperiales, no hace falta una larga demostración para concluir que habrá un enfrentamiento, y muy pronto. Quisiera señalar que a Austria la persigue un destino despiadado, cuyos hilos quizá nos lleven hasta San Petersburgo, y que, en cuanto sus finanzas parecen haberse recuperado, vuelve a precipitar a ese país a un abismo de penuria financiera con la misma seguridad con que la pérfida roca que Sísifo había empujado con gran esfuerzo monte arriba era devuelta abajo por manos invisibles en cuanto el condenado se acercaba a la cumbre. Así, tras años de esfuerzos ininterrumpidos, Austria había logrado acercarse en 1845 al punto en que ingresos y gastos se cubrían, cuando estalló la revolución de Cracovia1 y le exigió un gasto extraordinario, lo que llevó a la catástrofe de 1848. En 1858 Austria anunció de nuevo al mundo la reanudación de los pagos en metálico por el Banco de Viena,2 cuando de repente la felicitación de Año Nuevo de París3 desbarató brutalmente todos los planes de ahorro y la obligó a dilapidar los fondos del Estado y a agotar los fondos de reserva, con lo que, incluso a ojos del estadista austriaco más sobrio, la guerra aparece como la última posibilidad de salvación.

De todos los periódicos que pueden preciarse de tener una influencia más que local, la Tribune es quizá el único que nunca se ha prestado a unirse al tono corriente; no me refiero a alabar el carácter de Luis Napoleón, que habría sido demasiado, sino a presentarlo como un genio y como un hombre de una fuerza de voluntad excepcional. La Tribune analizó sus hazañas políticas, militares y financieras y, en mi opinión, ha demostrado inequívocamente que su éxito, tan asombroso a ojos de la multitud, se debe a un encadenamiento de circunstancias de las que él no era responsable y en cuyo aprovechamiento nunca pasó de la habilidad de un jugador profesional mediocre, dotado de buen ojo para los subterfugios, las sorpresas y los golpes de mano,4 pero siempre humilde servidor del azar, y muy atento a ocultar bajo una máscara de hierro un alma de gutapercha. A la misma opinión sobre el grand saltimbanque,5 como lo llamaban los diplomáticos rusos, habían llegado también desde el principio, tácitamente y cada una por su lado, todas las grandes potencias de Europa. Cuando vieron que se volvía peligroso porque se había metido en una situación peligrosa, acordaron dejarle hacer de sucesor de Napoleón con la condición expresa, aunque no formulada, de que se conformara siempre con la mera apariencia de influencia y no traspasara nunca los límites que separan al actor del héroe al que representa. Este juego marchó bien durante un tiempo, pero los diplomáticos, como de costumbre, pasaron por alto en sus sabios cálculos un factor importante: el pueblo. Cuando estallaron las bombas de Orsini,6 el héroe de Satory7 hizo como si quisiera dictar a Inglaterra lo que tenía que hacer, y el Gobierno británico estaba del todo dispuesto a permitírselo; pero la protesta del pueblo ejerció una presión tan violenta sobre el Parlamento que no solo cayó Palmerston, sino que una política antibonapartista se convirtió en condición esencial para seguir en Downing Street. Bonaparte cedió, y desde ese momento su política exterior ha resultado una cadena ininterrumpida de pifias, humillaciones y fracasos. Basta recordar su plan de inmigración libre de negros y sus aventuras portuguesas.8 Entretanto, el atentado de Orsini había llevado a un recrudecimiento del despotismo en el interior de Francia, mientras la crisis económica, convertida por una chapucera curandería de fiebre aguda en enfermedad crónica, privaba al trono del advenedizo de su única base firme: la prosperidad material. En las filas del ejército se notaban señales de descontento; en el campo de la burguesía se oían señales de motín; amenazas de venganza personal por parte de los compatriotas de Orsini envenenaban el sueño del usurpador. En esas circunstancias intentó de repente crear una situación nueva repitiendo, mutatis mutandis,9 el grosero discurso que Napoleón dirigió después de la paz de Lunéville al embajador inglés,10 y arrojó a Austria el guante en nombre de Italia. No fue por propia voluntad, sino por la fuerza de las circunstancias, por lo que él, la reserva personificada, el maestro de los subterfugios, el héroe de las sorpresas nocturnas, dio un paso tan desesperadamente temerario.

Sin duda lo empujaron falsos amigos. Palmerston, que en Compiègne lo había halagado con las simpatías de los liberales ingleses,11 se volvió ostensiblemente contra él al abrirse el Parlamento. Rusia, que lo había instigado con notas secretas y con artículos públicos en la prensa, entablaba a todas luces conversaciones diplomáticas12 con su vecina austriaca. Pero la suerte estaba echada, las fanfarrias de guerra habían sonado, y Europa se vio por así decir obligada a ocuparse una vez más del pasado, el presente y el futuro del afortunado bribón, que ahora había llegado a la campaña de Italia con la que su tío había empezado su carrera. En los días de diciembre13 había restaurado el napoleonismo en Francia; ahora parecía decidido a restaurarlo en toda Europa con una campaña italiana. Pero lo que se proponía no era una guerra italiana, sino una humillación de Austria sin guerra. Los éxitos que su tocayo había conquistado a cañonazos esperaba lograrlos él con ayuda del miedo a la revolución. Está claro que no quería la guerra, sino solo un succès d'estime.14 De lo contrario habría empezado por las negociaciones diplomáticas y terminado con la guerra, en lugar de seguir el camino inverso. Se habría preparado para la guerra antes de empezar a hacer declaraciones belicosas. En una palabra, no habría puesto el carro delante de los bueyes.

Pero se había equivocado gravemente sobre la potencia con la que buscaba pendencia. Inglaterra, Rusia y los Estados Unidos pueden hacer bastantes concesiones aparentes sin perder lo más mínimo de su influencia real; pero Austria, sobre todo en lo que toca a Italia, no puede desviarse de su camino sin poner en peligro todo su imperio. Por eso las únicas respuestas que Bonaparte recibió de Austria fueron preparativos de guerra que le obligaron a seguir el mismo camino. Con total independencia de su voluntad y muy en contra de lo que esperaba, la disputa fingida fue tomando poco a poco las dimensiones de un conflicto mortal. Además, todo lo demás le salió también mal. En Francia chocó con una resistencia pasiva pero tenaz, y los afanosos esfuerzos de sus amigos más interesados por impedirle hacer daño no dejaron lugar a dudas de que desconfiaban de sus capacidades napoleónicas. En Inglaterra el partido liberal le volvió la espalda y se burló de su pretensión de tratar la libertad como artículo de exportación francés. En Alemania, un griterío unánime de burla le demostró que, vieran lo que vieran en él los cándidos campesinos franceses en 1848, al otro lado del Rin reinaba la firme convicción de que no era más que un Napoleón falso y de que la deferencia que le habían mostrado allí los soberanos había sido pura formalidad; en una palabra, que era tan Napoleón by courtesy como los hijos menores de los duques ingleses son lords by courtesy.15

¿Cree usted en serio que las circunstancias apremiantes que en enero de 1859 llevaron a Luis Bonaparte a agravar las relaciones con Austria van a desaparecer con una reculade16 ridícula e ignominiosa, o que el propio héroe de Satory cree haber mejorado su desesperada situación con la derrota más grande e inequívoca que ha sufrido nunca? Sabe que los oficiales franceses ni siquiera intentan ocultar su rabia desesperada por las ridículas mentiras que el Moniteur ha publicado sobre los actuales preparativos de guerra; sabe que el tendero parisiense empieza ya a trazar paralelos entre la retirada de Luis Felipe ante una coalición europea en 184017 y la grande retirade18 de Luis Bonaparte en 1859. Sabe que a la burguesía la domina una cólera evidente, aunque contenida, por estar sometida a un aventurero que resulta ser un cobarde. Sabe que en Alemania reina hacia él un desprecio indisimulado y que unos cuantos pasos más en la misma dirección le convertirían en el hazmerreír del mundo entero. «No es monstruo quien quiere»,19 dijo Victor Hugo; pero el aventurero holandés20 necesita la gloria de ser un Quasimodo terrible y no un simple Quasimodo. Los datos con que cuenta si la guerra empieza de verdad —y sabe que tiene que empezarla— son estos: Austria no hará la menor concesión durante las negociaciones diplomáticas todavía pendientes y le dará así un buen pretexto para tomar las armas. Prusia ha sido muy reservada en su respuesta a la nota austriaca del 22 de febrero, y es probable que el antagonismo entre estas dos potencias alemanas se acentúe aún más. La política exterior de Inglaterra caerá, tras el hundimiento del gabinete Derby, en manos de lord Palmerston. Rusia se vengará de Austria sin arriesgar ella misma un hombre ni un rublo y, sobre todo, creará complicaciones europeas que le permitirán sacar provecho de los lazos que ha tendido a la Sublime Puerta en los Principados del Danubio, en Serbia y en Montenegro. Italia, por último, se inflamará mientras el humo diplomático envuelva las conferencias de París, y los pueblos de Europa concederán a la Italia que se levanta lo que negaron a quien se arrogó el papel de su protector. Estos son los datos con los que Luis Bonaparte espera que la nave de su destino vuelva a navegar por aguas favorables. Del estado de angustia que padece ahora puede usted juzgar por un solo hecho: hace poco, en una reunión del Consejo de Ministros, sufrió un fuerte ataque de vómitos. El miedo a la venganza italiana no es el menos importante de los motivos que le empujan a la guerra a toda costa. Hace tres semanas comprobó de nuevo que los jueces de la Santa Vehma21 italiana lo vigilan. En el jardín de las Tullerías se detuvo y registró a un hombre al que se le encontraron un revólver y dos o tres granadas de mano con espoletas como las que llevaba Orsini. Naturalmente, lo arrestaron y lo metieron en la cárcel. Dio un nombre italiano y hablaba con acento italiano. Dijo que podía dar a la policía mucha información, porque estaba en contacto con una sociedad secreta. Pero durante dos o tres días se mantuvo muy reservado; al fin pidió un compañero de celda y dijo que no podía ni quería hacer declaración alguna mientras lo tuvieran incomunicado. Le dieron un compañero de celda, un empleado de la prisión, una especie de archivero o bibliotecario. El italiano reveló entonces muchas cosas, o pareció revelarlas. Pero al cabo de uno o dos días volvieron los jueces de instrucción y le comunicaron que una comprobación había demostrado que ninguna de sus declaraciones respondía a los hechos y que tenía que decidirse a ser sincero. Dijo que lo haría al día siguiente. Lo dejaron solo durante la noche. Hacia las cuatro de la mañana se levantó, pidió prestada la navaja de afeitar a su compañero de celda y se cortó el cuello. El médico al que se llamó comprobó que el corte se había dado con tanta fuerza que la muerte había sido instantánea.

  1. El levantamiento nacional polaco de Cracovia de febrero de 1846, tras el cual Austria se anexionó la ciudad libre. ↩

  2. El Banco Nacional de Austria anunció a finales de 1858 la reanudación de la convertibilidad de sus billetes en plata; tuvo que suspenderla de nuevo en abril de 1859. ↩

  3. Las palabras que Napoleón III dirigió el 1 de enero de 1859 al embajador austriaco, Hübner. ↩

  4. En francés en el original: coups de main. ↩

  5. En francés en el original: «gran saltimbanqui». ↩

  6. Felice Orsini (1819-1858), revolucionario italiano, atentó contra Napoleón III el 14 de enero de 1858 con bombas fabricadas en Inglaterra. La exigencia francesa de que Inglaterra endureciera su legislación contra los refugiados llevó en febrero de 1858 a la caída del gabinete Palmerston. ↩

  7. En las revistas militares del campo de Satory, en octubre de 1850, Luis Bonaparte se ganó a las tropas con agasajos y les hizo vitorear al emperador. ↩

  8. Francia reclutaba en África, con el nombre de «inmigración libre», trabajadores negros para sus colonias. En 1858 Portugal apresó en Mozambique el barco francés Charles et Georges, dedicado a ese tráfico, y Napoleón III obligó a Lisboa, con una demostración naval, a devolverlo e indemnizar, lo que le valió duras críticas en Europa. ↩

  9. En latín en el original: «cambiando lo que haya que cambiar». ↩

  10. El 13 de marzo de 1803, en una recepción en las Tullerías, Napoleón increpó con violencia al embajador inglés, lord Whitworth; dos meses después se rompió la paz de Amiens. ↩

  11. Palmerston visitó a Napoleón III en Compiègne en noviembre de 1858. ↩

  12. En francés en el original: pourparlers. ↩

  13. El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  14. En francés en el original: «éxito de estima». ↩

  15. By courtesy, «por cortesía»: los hijos menores de los duques ingleses llevan el título de lord por uso de cortesía, sin ser pares del reino. ↩

  16. En francés en el original: «recular», «retroceso». ↩

  17. En la crisis de Oriente de 1840, Francia, que apoyaba a Mehmet Alí de Egipto, tuvo que retroceder ante la coalición de Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia. ↩

  18. En francés en el original: «gran retirada». ↩

  19. En francés en el original: «N'est pas monstre qui veut». ↩

  20. Alusión al rumor de que el verdadero padre de Luis Napoleón era el almirante holandés Verhuell. ↩

  21. Los tribunales secretos (Feme) de la Westfalia medieval. ↩