Escrito en inglés por Friedrich Engels el 28 de abril de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5634, del 12 de mayo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 312-315), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

No hemos creído necesario responder a diversas críticas superficiales que han ido apareciendo en los dos últimos meses cada vez que emprendíamos el examen de los recursos y de las condiciones estratégicas con que estallaba la grande y sangrienta guerra en la que Europa se ve envuelta ahora. Pero en los muchos detalles que hoy llenan las páginas de nuestro periódico, y que ofrecen un cuadro impresionante de las primeras escenas de este terrible y conmovedor drama, encontramos una confirmación tan completa y tan detallada de nuestros puntos de vista que, como sin duda interesará al público, podemos con razón llamar la atención sobre ella.

Hace dos meses largos señalamos la ofensiva como el método adecuado para que Austria se defendiera. Sosteníamos que los austriacos, que habían concentrado su ejército de Italia, plenamente dispuesto para la acción, cerca de la posición defensiva de los piamonteses, cometerían un gran error si no aprovechaban esa superioridad momentánea sobre unos adversarios todavía separados en el espacio para invadir de inmediato el territorio sardo, batir primero al ejército sardo y marchar después contra los franceses, que tienen que cruzar los Alpes en varias columnas y corren así el peligro de ser batidos por separado. Esta conclusión nuestra provocó bastantes opiniones contrarias de algunos críticos más o menos importantes y más o menos versados en estrategia; por otro lado, vimos confirmada nuestra valoración por todos los especialistas militares que han escrito sobre la cuestión; y, por último, resulta que los generales austriacos juzgan exactamente igual. Baste esto sobre ese punto.

Ahora que la guerra ya ha empezado, ¿cómo hay que valorar las fuerzas respectivas de los bandos y sus perspectivas de éxito? Los austriacos tienen en Italia cinco cuerpos de ejército, el 2.º, el 3.º, el 5.º, el 7.º y el 8.º, compuestos por al menos 26 regimientos de infantería de cinco batallones cada uno (uno de ellos de granaderos) y 26 batallones ligeros: en total, pues, 156 batallones o 192.000 hombres. Sus efectivos, con la caballería, la artillería, los ingenieros y las tropas de guarnición, suman según el cálculo más bajo posible 216.000 hombres. No sabemos hasta qué punto se ha rebasado esta cifra con el envío a Italia de nuevos regimientos de la Frontera Militar1 y de reservistas. Que se ha rebasado apenas puede dudarse; pero tomaremos como base el cálculo más bajo, de 216.000 hombres. De ellos bastan de sobra 56.000 para guarnecer todas las fortalezas, fuertes y campamentos atrincherados que los austriacos quieren conservar en Lombardía; pero tomaremos la cifra más alta posible y diremos 66.000. Quedan, pues, todavía 150.000 hombres para la invasión del Piamonte. Los telegramas dan para el ejército austriaco de invasión una fuerza de 120.000 hombres, pero naturalmente no puede uno fiarse del todo de esas noticias. Con todo, para ir sobre seguro, supondremos que los austriacos no disponen de más de 120.000 hombres para el ejército de campaña. ¿Cómo se desplegarán las fuerzas francesas y piamontesas para poder hacer frente a este ejército compacto?

El ejército piamontés está concentrado entre Alessandria y Casale, en una posición que describimos hace algunas semanas. Se compone de cinco divisiones de infantería y una de caballería, es decir, 45.000 hombres de infantería de línea, reservas incluidas, 6.000 tiradores y unos 9.000 hombres de caballería y artillería: en total 60.000 hombres, lo más que el Piamonte puede poner en campaña. Los 15.000 restantes hacen falta para las guarniciones. Los voluntarios italianos todavía no son capaces de hacer frente a un enemigo en campo abierto. Como ya dijimos, la posición de los piamonteses no puede rodearse bien por el sur, por razones estratégicas, pero sí por el norte; aquí, sin embargo, la cubre el Sesia, que desemboca en el Po unas cuatro millas al este de Casale y que los sardos, si hemos de creer los despachos telegráficos, se proponen defender.

Sería completamente ridículo aceptar en esta posición una batalla decisiva con 60.000 hombres si el adversario ataca con el doble de fuerzas. Con toda probabilidad, en ese río solo se opondrá la resistencia necesaria para obligar a los austriacos a mostrar toda su fuerza, y luego los sardos se retirarán detrás de Casale y del Po, dejando abierto el camino directo a Turín. Esto pudo ocurrir el 29 o el 30 de abril, si la diplomacia inglesa no ha provocado un nuevo retraso de las operaciones militares. Al día siguiente, los austriacos intentarían cruzar el Po y, si lo lograban, empujar a los sardos por la llanura hasta Alessandria. Allí los austriacos podrían dejarlos de momento; si fuera necesario, la columna austriaca estaría en condiciones de desembocar al sur del Po desde Piacenza, destruir la línea férrea entre Génova y Alessandria y atacar a cualquier cuerpo francés que marchara de la primera a la segunda ciudad.

¿Pero qué harán, a nuestro juicio, los franceses durante ese tiempo? Pues se dirigen a toda prisa hacia el futuro teatro de la guerra, el valle del alto Po. Cuando la noticia del ultimátum austriaco llegó a París, las fuerzas destinadas al ejército de los Alpes apenas pasaban de cuatro divisiones de infantería en Lyon y otras tres que se encontraban en el sur de Francia y en Córcega o estaban concentrándose. Otra división venía de camino desde África. Estas ocho divisiones debían formar cuatro cuerpos. Como primera reserva se disponía de la división de tropas de línea de París y como segunda reserva de la Guardia. Esto daría en total doce divisiones de línea y dos de la Guardia, lo que equivale a siete cuerpos de ejército. Antes de la llegada de sus soldados con permiso, las doce divisiones de línea contarían cada una con unos 10.000 hombres, es decir, 120.000 en total, o 135.000 con la caballería y la artillería, y la Guardia con 30.000, lo que da un total de 165.000 hombres. Con los soldados con permiso llamados de nuevo a filas, este ejército tendría en total 200.000 hombres. Hasta aquí, bien. Es un ejército excelente, lo bastante fuerte para conquistar un país dos veces más grande que Italia. ¿Pero dónde podía estar el 1 de mayo o hacia esa fecha, cuando se le necesitaba en las llanuras del Piamonte? Pues bien: el cuerpo de Mac-Mahon2 se envió a Génova hacia el 23 o el 24 de abril; como no estaba concentrado de antemano, no podrá salir de Génova antes del 30 de abril. El cuerpo de Baraguay d'Hilliers3 está en Provenza y, según unas informaciones, debía avanzar por Niza y el col de Tende; según otras, debía embarcarse y desembarcar en la costa mediterránea. El cuerpo de Canrobert4 debía entrar en el Piamonte por el Mont Cenis y el Mont Genèvre, y todas las demás tropas debían seguir por los mismos caminos a medida que fueran llegando.

Ahora bien, es seguro que ninguna tropa francesa pisó territorio sardo antes del 26 de abril, que tres divisiones del ejército de París estaban todavía en París el 24, de las que solo una partió ese día por ferrocarril hacia Lyon, y que la Guardia no estuvo dispuesta para marchar antes del 27. Así pues, suponiendo que todas las demás tropas enumeradas antes estén concentradas en la frontera y dispuestas para marchar, se dispone de ocho divisiones de infantería u 80.000 hombres. De ellos, 20.000 van a Génova; 20.000 al mando de Baraguay van, si es que van al Piamonte, por el col de Tende; los 40.000 restantes, al mando de Canrobert y de Niel,5 van por el Mont Cenis y el Mont Genèvre. Esto será todo lo que Luis Napoleón pueda emplear hasta el momento en que su ayuda se necesite con más urgencia, es decir, el momento en que los austriacos puedan estar ante Turín. Todo ello, dicho sea de paso, concuerda por completo con las indicaciones que dimos sobre esta cuestión hace semanas. Ni con la ayuda de todos los ferrocarriles del mundo puede Luis Napoleón traer las cuatro divisiones restantes del ejército de París a tiempo para que tomen parte en los primeros combates, a no ser que permita a los austriacos hacer con los piamonteses lo que les plazca durante dos semanas enteras. Y aun si trajera ocho divisiones por los dos pasos de montaña y el enemigo solo tuviera la misma fuerza en su punto de reunión, le quedarían bien pocas probabilidades de éxito. Pero un hombre en su posición no puede consentir, por razones políticas, que el enemigo arrolle al Piamonte durante catorce días, y por eso tendrá que aceptar una batalla en cuanto los austriacos la ofrezcan; y en esa batalla tendrá que combatir en circunstancias desfavorables. Cuanto antes crucen los franceses los Alpes, tanto mejor para los austriacos.

  1. Los regimientos de la Frontera Militar (Grenzregimenter), reclutados entre los colonos militares, sobre todo croatas y serbios, de la franja fronteriza de Austria con el Imperio otomano. ↩

  2. Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), general francés, mandó el 2.º cuerpo en 1859; tras Magenta fue nombrado mariscal y duque de Magenta. ↩

  3. Achille Baraguey d'Hilliers (1795-1878), mariscal de Francia, mandó el 1.er cuerpo en 1859. ↩

  4. François Certain de Canrobert (1809-1895), mariscal de Francia, mandó el 3.er cuerpo en 1859. ↩

  5. Adolphe Niel (1802-1869), general francés, mandó el 4.º cuerpo en 1859; mariscal tras Solferino. ↩