Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5725, del 29 de agosto de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 482-486), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Cada día arroja nueva luz sobre las palabras y los actos de Napoleón III en Italia y nos ayuda a comprender qué significa para él la libertad «de los Alpes al Adriático». Para él, la guerra no fue más que otra expedición francesa a Roma,1 a mayor escala en todos los sentidos, desde luego, pero semejante en sus causas y en sus resultados a aquella empresa «republicana». Después de haber «salvado» a Francia de una guerra europea con la firma del tratado de Villafranca, el libertador se dispone ahora a «salvar» a la sociedad italiana restaurando por la fuerza a los príncipes a los que una palabra de las Tullerías había despojado del poder y reprimiendo militarmente el movimiento popular en Italia central y en las Legaciones.2 Mientras la prensa británica rebosaba de vagas conjeturas y on dits3 sobre los posibles cambios que la conferencia de Zúrich introduciría en lo acordado en Villafranca, y lord John Russell, gracias a la incorregible indiscreción que había movido a lord Palmerston a confiarle los sellos del Foreign Office,4 se sentía autorizado a declarar solemnemente en la Cámara de los Comunes que Bonaparte se abstendría de prestar sus bayonetas a los príncipes destronados, la Wiener Zeitung del 8 de agosto apareció con la siguiente declaración oficial en primera página:

«La conferencia de Zúrich está a punto de abrirse para concluir definitivamente la obra de paz acordada en sus rasgos fundamentales en Villafranca. Frente a este significado patente de la reunión de Zúrich, es difícil comprender cómo órganos de la prensa, no solo del extranjero, sino incluso de Austria, han podido sentirse movidos a expresar dudas sobre la ejecución o aun sobre la viabilidad de lo estipulado en Villafranca. Selladas con la firma de dos emperadores, estas preliminares de paz llevan la garantía de su cumplimiento en la palabra dada y en el poder de ambos monarcas».

Esto es hablar claro. A un lado están las declamaciones estériles de los italianos engañados; al otro, el sic volo, sic jubeo5 de Francisco José y de Luis Bonaparte, que se apoya en bayonetas, cañones rayados y otras armes de précision.6 Si los patriotas italianos se niegan a ceder a las untuosas artes de la persuasión, tendrán que ceder a la fuerza bruta. No hay otra alternativa, pese a la declaración de lord Russell, que este hizo probablemente de muy buena fe, aunque se la pusieron en la boca solo para quitarse de en medio al Parlamento británico durante el tiempo en que Italia ha de ser aplastada bajo el talón de hierro de los déspotas aliados. En cuanto al poder temporal del papa en las Legaciones, Luis Napoleón ni siquiera esperó al final de la guerra para dictar su mantenimiento. Las preliminares de Villafranca establecen la restauración de los príncipes austriacos en Toscana y en Módena. El regreso de la duquesa de Parma no estaba previsto en las condiciones, porque Francisco José quería vengarse de esta princesa, que se había negado abiertamente a unir su suerte a la de Austria. Pero Luis Napoleón, con su innata magnanimidad, se dignó escuchar las humildes súplicas de la donna errante.7 Por mediación de Walewski ha dado su palabra de honor al señor Mon, embajador de España en París y al mismo tiempo apoderado de la duquesa,8 de que esta recuperará un trono y reinará sobre un territorio del mismo tamaño que antes, con la posible excepción de la fortaleza de Piacenza, que se entregará a Víctor Manuel si se porta bien en la conferencia de Zúrich. El advenedizo no solo se siente enormemente halagado ante la idea de hacer de protector de la hermana de los Borbones, sino que cree haber dado por fin con el medio seguro de ganarse el favor del Faubourg Saint-Germain,9 que hasta ahora había rechazado con desdén sus intentos de acercamiento y le había mostrado una altiva reserva.

Pero ¿cómo iba a convertirse el «libertador de las nacionalidades» en misionero de «la ley y el orden», en salvador de «la sociedad existente»? ¿Cómo asumir ahora con éxito este papel menos poético? Era un gran paso hacia abajo. Provocar y prolongar la incertidumbre del público sobre el verdadero sentido de las preliminares de Villafranca y alimentarlo con rumores descabellados y sabias conjeturas era, evidentemente, un método para ir preparando a Europa para lo peor. Lord Palmerston, que odia a Austria y finge amar a Italia, es a todas luces el confidente de Napoleón III y ha ayudado al hombre de Diciembre a pasar por este terreno resbaladizo. Tras derribar al ministerio Derby por sus simpatías austriacas,10 Palmerston parecía haber salido fiador, ante toda Europa y en particular ante Italia, de las sinceras intenciones de Napoleón III, su augusto aliado. Así ha quitado de en medio sin ruido al Parlamento, si es que no lo ha mandado a casa con una falsedad consciente. Su declaración categórica de que Inglaterra aún no ha decidido si participará o no en el congreso europeo (un congreso que probablemente aprobará las resoluciones de la conferencia de Zúrich y aliviará así la carga del oprobio, que de otro modo pesaría solo sobre los hombros de Napoleón, repartiéndola entre todas las potencias europeas) la desmienten los periódicos prusianos en una nota oficiosa según la cual Inglaterra y Rusia se dirigieron conjuntamente a la corte de Berlín para pedirle que participara en ese congreso europeo.

Solo cuando la excitación febril de la opinión pública se hubo calmado un poco dio Napoleón su segundo paso, y lo dio en Cerdeña. Se esforzó por conseguir que Víctor Manuel le hiciera el trabajo, cosa nada fácil de lograr. Todo lo que habían perdido Austria y sus vasallos parecía haberlo ganado Víctor Manuel. De hecho, aunque todavía no de nombre, se había convertido en el regente de Italia central y de las Legaciones. En general, los habitantes de esos territorios reconocen su dinastía, si no por amor al Piamonte, por odio a Austria. La primera exigencia del cruzado francés de la libertad a su nuevo vasallo fue que renunciara a la dirección oficial del movimiento popular. Víctor Manuel no podía negarse. Retiró a los comisarios sardos de los ducados y de las Legaciones: Boncompagni fue llamado de Florencia, Massimo d'Azeglio de la Romaña y Farini (al menos en su calidad oficial) de Módena.11

Pero el libertador imperial aún no estaba satisfecho. De sus experiencias anteriores en Francia había sacado la conclusión de que los plebiscitos, bien dirigidos, son el mejor mecanismo del mundo para asentar un despotismo sobre una base firme y decente. Así pues, se pidió al rey de Cerdeña que, mediante plebiscitos en las provincias sublevadas, hiciera aparecer la restauración de los príncipes como la voluntad del pueblo. Víctor Manuel, naturalmente, no quiso ni oír hablar de semejante exigencia, cuyo cumplimiento habría frustrado sin remedio y para siempre las esperanzas de libertad de Italia y habría convertido los evvivas12 en un grito general de maldición en toda la península. Se dice que respondió al conde de Reiset, el tentador francés,13 con estas palabras:

«Señor, ante todo soy un príncipe italiano; no olvide usted este hecho. Los intereses de Italia me parecen más importantes que los de Europa, a los que usted se complace en aludir. No puedo prestar el prestigio de mi nombre a la restauración de los príncipes destronados, y no quiero hacerlo. Ya fui demasiado complaciente cuando permití que las cosas siguieran su curso».

Y el caballeroso rey habría añadido incluso:

«Si se decide una intervención armada, tendrá usted noticias mías. En cuanto a la confederación, es contraria por igual a mi interés y a mi honor, y por eso la combatiré hasta la muerte».

Poco después de transmitirse esta respuesta a París apareció el famoso artículo de Granier de Cassagnac14 sobre la ingratitud italiana, con la siniestra insinuación de que, si se retirara la protección de una mano poderosa, pronto se posaría el águila austriaca sobre el palacio real de Turín. A Víctor Manuel se le hizo saber enseguida que de su buena conducta dependía que recibiera Piacenza, y que el grado de influencia de los príncipes italianos en la confederación propuesta aún estaba por negociar. Y se le asestó el último golpe planteando la cuestión de la nacionalidad de Saboya, con la insinuación de que, puesto que Bonaparte había ayudado a Víctor Manuel a liberar Italia del yugo de Austria, difícilmente podría Víctor Manuel negarse a liberar Saboya del yugo de Cerdeña. Estas amenazas tomaron pronto forma tangible en la agitación que, a una señal de París, desató en Saboya el partido feudal y católico.

«Los saboyanos están hartos», exclamaba un periódico de París, «de dar su dinero y derramar la sangre de sus hijos por la causa de Italia».

Este fue un fuerte argumentum ad hominem15 para Víctor Manuel, y, aunque no haya aceptado directamente la tarea que se le encomendó, es de temer que al menos haya tenido que prometer que allanaría el camino a una intervención armada francesa. Si puede darse crédito a la noticia contenida en el telegrama de Parma del 9 de agosto, según la cual

«los piamonteses han sido expulsados de la ciudad y se ha proclamado la república roja, mientras huyen los propietarios y los amigos del orden»,

es un mal presagio para el futuro. Verdadera o falsa, puede muy bien ser para el «salvador del orden y de la propiedad» la señal para empezar la intervención, poner en marcha a sus zuavos contra los «anarquistas incorregibles» y despejar el camino a los príncipes que regresan. A uno de ellos, el hijo del gran duque de Toscana, en cuyo favor abdicó este,16 se le ha dispensado en las Tullerías una «cordial acogida». Las tropas francesas que volvían a casa han recibido orden de permanecer en Italia, de modo que los obstáculos que se oponen al éxito de las negociaciones de Zúrich pronto desaparecerán.

  1. La expedición francesa de 1849, enviada por el gobierno del presidente Luis Bonaparte, que acabó con la República Romana y restauró el poder temporal del papa Pío IX. ↩

  2. Las Legaciones: la parte septentrional de los Estados Pontificios (Bolonia, Ferrara, Rávena y Forlí), gobernada por legados del papa; se sublevaron en junio de 1859, al retirarse las tropas austriacas. ↩

  3. «Habladurías», rumores. ↩

  4. Russell era ministro de Asuntos Exteriores en el segundo gabinete de Palmerston, formado en junio de 1859. ↩

  5. «Así lo quiero, así lo mando» (Juvenal, Sátiras, VI, 223). ↩

  6. «Armas de precisión». ↩

  7. «Dama errante». Luisa María de Borbón (1819-1864), hermana del conde de Chambord, pretendiente legitimista al trono de Francia, regente de Parma por su hijo Roberto I; abandonó el ducado en junio de 1859. ↩

  8. Alejandro Mon (1801-1882), político moderado español, varias veces ministro de Hacienda, embajador en París. ↩

  9. El barrio aristocrático de París, símbolo de la nobleza legitimista, fiel a los Borbones. ↩

  10. El gobierno tory de lord Derby cayó en junio de 1859 por un voto de censura promovido por Palmerston y los liberales. ↩

  11. Carlo Bon Compagni (o Boncompagni, 1804-1880), comisario sardo en Toscana; Massimo d'Azeglio (1798-1866), comisario en la Romaña; Luigi Carlo Farini (1812-1866), comisario en Módena, que siguió allí como dictador elegido por la población. ↩

  12. «Vivas». ↩

  13. Gustave de Reiset (1821-1905), diplomático francés enviado en misión a Turín y a Italia central tras Villafranca. ↩

  14. Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista bonapartista. ↩

  15. Argumento dirigido a la persona, que apela a sus intereses. ↩

  16. Leopoldo II de Toscana abdicó el 21 de julio de 1859 en favor de su hijo Fernando IV. ↩