Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 18 de marzo de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5598, del 31 de marzo de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 284-286), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Eine historische Parallele»). Se corrigen tres erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Cuando Luis Napoleón, emulando al menos afortunado Marino Faliero de Venecia,1 se apoderó del trono mediante el perjurio y la traición, mediante una conjura de medianoche y el arresto en sus camas de los miembros insobornables de la Asamblea Nacional, apoyado por un despliegue abrumador de tropas en las calles de París, los príncipes reinantes y la nobleza de Europa, los grandes terratenientes, fabricantes, rentistas y especuladores de Bolsa se alegraron casi sin excepción de su éxito como si fuera el suyo propio. «Las violencias corren de su cuenta», se reían todos para sus adentros, «pero los frutos son para nosotros. Luis Napoleón reina en las Tullerías, mientras nosotros reinamos con más seguridad y más despotismo aún en nuestras fincas, en nuestras fábricas, en la Bolsa y en nuestros escritorios. ¡Abajo todo socialismo! Vive l'Empereur!»2
Además de la violencia militar, el afortunado usurpador puso en juego todas sus artes para reunir bajo su bandera a los ricos y poderosos, a los hombres de negocios y a los especuladores. «El Imperio es la paz»,3 proclamó, y los millonarios casi lo elevaron a los altares. «Nuestro muy querido hijo en Jesucristo», lo llamaba afectuosamente el papa, y el clero católico romano le rendía homenaje (pro tempore)4 con todas las muestras de confianza y devoción. Las acciones subían, los bancos del tipo Crédit mobilier5 brotaban como setas y prosperaban; de un plumazo se ganaban millones con nuevos ferrocarriles, con una nueva trata de esclavos6 y con nuevas especulaciones de toda clase. La aristocracia británica volvió la espalda al pasado, se quitó el sombrero y saludó al nuevo Bonaparte. Este hizo una visita familiar a la reina Victoria y fue agasajado por la City de Londres.7 La Bolsa inglesa brindaba por la francesa, los apóstoles de la especulación bursátil se felicitaban y se estrechaban las manos, y todos estaban convencidos de que el becerro de oro había sido por fin elevado a dios todopoderoso y de que su Aarón era el nuevo autócrata francés.
Han pasado siete años y todo ha cambiado. Napoleón III ha pronunciado la palabra que ya no puede desdecirse ni hacerse olvidar. Tanto si se precipita a ciegas hacia su perdición como lo hizo su predecesor en España y en Rusia, como si el murmullo general e irritado de las majestades y de las burguesías de Europa le obliga a plegarse temporalmente a su voluntad, el hechizo se ha roto para siempre. Sabían desde hacía tiempo que era un bribón, pero lo tenían por un bribón útil, dócil, obediente y agradecido; ahora ven su error y se arrepienten. Todo este tiempo él se ha servido de ellos mientras ellos creían servirse de él. Los quiere exactamente como quiere su comida o su vino. Hasta ahora ya le han servido de cierta manera, y ahora tienen que servirle también de otra o desafiar su venganza. Si en adelante «el Imperio es la paz», será una paz en el Mincio o en el Danubio, una paz en la que sus águilas se pavoneen triunfantes en el Po y en el Adigio, si no en el Rin y también en el Elba; será una paz con la corona de hierro8 sobre la cabeza imperial, con Italia como satrapía francesa y con Gran Bretaña, Prusia y Austria como meros satélites que giran en torno al astro central, Francia, el Imperio de Carlomagno, y reciben de él su luz.
Naturalmente, en los palacios reales rechinan los dientes, pero no menos en las casas de los banqueros y de los príncipes del comercio. Porque el año 1859 empezó con buenos augurios, que hacían esperar una restauración de los días dorados de 1836 y 1856. El largo estancamiento de la industria había agotado las existencias de metales, mercancías y manufacturas. Las numerosas quiebras habían purificado notablemente la atmósfera del comercio. Los barcos volvían a tener valor de mercado; había que volver a construir y llenar almacenes. Las acciones subían y los millonarios estaban de excelente humor; en una palabra, nunca había habido perspectivas comerciales más brillantes, nunca un cielo tan sereno y tan prometedor.
Y todo eso lo cambia una palabra, y esa palabra la pronuncia el héroe del coup d'état,9 el elegido de diciembre, el salvador de la sociedad. La dice con desenfado, con desfachatez, con plena premeditación, ante el señor Hübner, el embajador austriaco,10 y apunta inequívocamente al propósito decidido de buscar pendencia con Francisco José o de humillarlo mediante la intimidación más funestamente de lo que podrían hacerlo tres batallas perdidas. Aunque destinada evidentemente a producir un efecto inmediato en la Bolsa en interés de operaciones especulativas, delataba la firme intención de rehacer el mapa de Europa. Austria tendría que retirarse de todos aquellos Estados italianos nominalmente independientes que ahora tiene prácticamente ocupados en virtud de los tratados con sus dóciles soberanos, o Francia y Cerdeña ocuparían Milán y amenazarían Mantua con un ejército como el general Bonaparte jamás había mandado en Italia. El papa tendría que suprimir los abusos del gobierno clerical en sus Estados —abusos defendidos hasta ahora por las armas francesas—11 o hacer como los pequeños déspotas de Toscana, Parma, Módena, etc., en su atropellada carrera por encontrar protección en Viena. Los Rothschild gimen por la pérdida de sus once millones de dólares, sufrida por la depreciación de las acciones que siguió a la amenaza contra Hübner, y están absolutamente desconsolados. Los fabricantes y los comerciantes ven con tristeza que la esperada cosecha de 1859 dejará probablemente su lugar a una «cosecha de muerte». Por todas partes, los temores, el descontento y la indignación oprimen el corazón de aquellos sobre quienes hace pocos meses descansaba tan seguro el trono del hombre de diciembre.
Y el ídolo derribado y roto nunca podrá volver a ponerse en su pedestal. Luis Napoleón puede, desde luego, retroceder ante la tormenta que ha desatado y recibir de nuevo la bendición del papa y los halagos de la reina británica, pero lo uno y lo otro serán puros cumplidos de boquilla. Ahora también ellos ven lo que los pueblos saben hace tiempo: que es un jugador sin escrúpulos, un aventurero temerario, capaz de jugarse a los dados huesos reales lo mismo que cualquier otra cosa en la partida que le prometa ganancia. Saben que, después de vadear, como Macbeth, hasta la corona a través de sangre humana, le resulta más fácil seguir adelante por ese camino que volver a la paz y a la honradez.12 Desde la hora en que desafió a Austria, los potentados se han apartado de Luis Napoleón. El joven emperador de Rusia13 puede tener sus razones para seguir apareciendo como su amigo, pero esa apariencia engaña. El Napoleón I de 1813 fue el prototipo del Napoleón III de 1859. Y este se precipitará probablemente en su perdición tan hondo como aquel.
Marino Faliero, dux de Venecia, intentó en 1355 un golpe de Estado para hacerse señor absoluto de la república; fue descubierto y decapitado. ↩
En francés en el original: «¡Viva el emperador!». ↩
Frase del discurso de Luis Bonaparte en Burdeos el 9 de octubre de 1852, poco antes de proclamarse emperador: «L'Empire, c'est la paix». ↩
En latín en el original: «por el momento». ↩
La Société générale du Crédit mobilier, banco de especulación fundado en 1852 por los hermanos Péreire con la protección de Napoleón III, que tuvo imitadores en toda Europa. ↩
Alusión a la llamada «inmigración libre» de trabajadores africanos a las colonias francesas. ↩
Napoleón III visitó Inglaterra en abril de 1855. ↩
La corona de hierro de los reyes lombardos, con la que se coronó Napoleón I rey de Italia en 1805. ↩
En francés en el original: «golpe de Estado». ↩
Joseph Alexander von Hübner (1811-1892), embajador de Austria en París, a quien Napoleón III dirigió el 1 de enero de 1859 unas palabras de tono amenazador. ↩
Tropas francesas guarnecían Roma desde que en 1849 acabaron con la República romana. ↩
Shakespeare, Macbeth, acto III, escena 4: «I am in blood / Stepp'd in so far that, should I wade no more, / Returning were as tedious as go o'er». ↩
Alejandro II, zar desde 1855. ↩