Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 20 de octubre de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5786, del 8 de noviembre de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 531-534), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 20 de octubre de 1859

El tratado de paz concluido en Zúrich por los plenipotenciarios de Francia y de Austria1 es, en sus puntos principales, una simple repetición de los principios acordados en Villafranca. Las negociaciones sobre la paz definitiva llevaron el doble de tiempo que las operaciones militares, que terminaron ante los muros de Mantua. Hubo muchísima gente confiada que quiso ver en el pesado proceder de los pacificadores un profundo plan de Luis Bonaparte. Afirmaban que quería dejar a los italianos libertad de acción para que tomaran sus asuntos en sus propias manos y dieran así ocasión al libertador francés, una vez consolidada la unidad de Italia, de desdecirse con decoro de las desagradables concesiones hechas a Francisco José y de los compromisos contraídos, invocando para ello la fuerza mayor de un fait accompli.2 Los tratados políticos no están a salvo de los accidentes que pueden afectar a los contratos privados, y estos, según el Código Napoleón, quedan anulados cuando sobreviene una force majeure. Quienes así argumentan han vuelto a mostrar su triste ignorancia, no solo del carácter de su héroe favorito, sino también de la diplomacia tradicional de Francia, desde el cardenal rojo hasta el hombre de diciembre y desde los malvados del Directorio hasta los azules de 1848.3 El primer principio de esta diplomacia tradicional dice así: el deber primordial de Francia es impedir que se formen Estados poderosos en sus fronteras y, por consiguiente, mantener a toda costa las constituciones de Italia y de Alemania contrarias a la unidad. Es la misma política que dictó la paz de Münster y la paz de Campoformio.4 El fin que realmente se busca con las lentas transacciones de Zúrich está más claro que el agua. Si Luis Bonaparte hubiera intentado ejecutar las condiciones de Villafranca a primeros de julio, cuando su propio ejército estaba ebrio de victoria, cuando la pasión agitaba con fuerza al pueblo italiano y cuando Francia calmaba su orgullo herido con la necia idea de que soportaba su propia esclavitud para llevar la libertad al extranjero, al usurpador holandés5 le habrían salido adversarios furiosos, más difíciles de dominar aún que el obstinado cuadrilátero de fortalezas entre el Mincio y el Adigio. No habría podido confiar en su propio ejército, habría desafiado a Italia a la lucha y quizá habría dado la señal de una insurrección en París. Para pasar de la sublimidad melodramática exhibida en aquella ocasión a la vileza real de un engaño convenido de antemano no necesitaba más que tiempo. Todavía hay un ejército francés en suelo italiano, pero se ha convertido de ejército de liberación en ejército de ocupación, cuyo trato diario con los naturales es todo menos amable, pues, como de costumbre, la familiaridad ha engendrado el desprecio. Francia, por su parte, ha despertado de su breve sueño, se estremece ante el peligro de una coalición europea, cavila sobre el viejo ejército perdido y sobre la nueva deuda pública contraída, y desconfía más que nunca de las idées napoléoniennes.6 En cuanto a Italia, hemos de juzgar por los hechos, no por las proclamas. Ahí está Garibaldi, que no recibe el dinero necesario para armar a su ejército de voluntarios, aunque la fuerza de ese ejército resulta francamente ridícula comparada con las masas que acudieron a las banderas en Prusia durante la guerra de liberación,7 y eso que Prusia era entonces todavía más pequeña que Lombardía.

Mazzini confiesa en su llamamiento a Víctor Manuel que la corriente del entusiasmo nacional se pierde rápidamente en los charcos provinciales y que maduran deprisa las condiciones para volver al antiguo estado de cosas. Es cierto que el aburrido intermedio entre el tratado de Villafranca y la paz de Zúrich se llenó en los ducados y en la Romaña con algunas grandes acciones de Estado bajo la dirección de escenógrafos piamonteses; pero, pese al ruidoso aplauso de todas las galerías de Europa, aquellos titiriteros políticos no hicieron más que hacerles el juego a sus enemigos encubiertos. A toscanos, modeneses, parmesanos y romañoles se les permitió de buen grado formar gobiernos provisionales, destituir de sus minúsculos tronos a sus príncipes ausentes y proclamar a Víctor Manuel re eletto;8 pero al mismo tiempo estaban expresamente obligados a contentarse con estas formalidades, a guardar la calma y a dejar todo lo demás a la providencia francesa, que estaba precisamente fijando su destino en Zúrich y que siente especial aversión por todo arrebato de entusiasmo, por los estallidos de las pasiones populares y por las allures révolutionnaires.9 Debían poner todas sus esperanzas, no en acciones eficaces, sino en un comportamiento comedido; no esperar nada de su propia fuerza y todo de la gracia de un déspota extranjero. Ninguna finca podría pasar más tranquilamente de un dueño a otro que la Italia central del yugo extranjero a un gobierno nacional propio. En la administración interior no se cambió nada, se acalló toda agitación popular, se ahogó la libertad de prensa y, quizá por primera vez en la historia de Europa, parecían cosecharse los frutos de la revolución sin las pruebas que una revolución trae consigo. Todo ello había enfriado la atmósfera política de Italia lo bastante para permitir a Luis Bonaparte sacar a relucir sus decisiones preconcebidas y abandonar a los italianos a su rabiosa impotencia. Ante un ejército francés en Roma, otro ejército francés en Lombardía, un ejército austriaco que amenaza desde el Tirol y otro ejército austriaco que ocupa el cuadrilátero de fortalezas y, sobre todo, gracias a los afortunados esfuerzos de los dirigentes piamonteses por poner sordina al entusiasmo popular, poca esperanza le queda hoy a Italia. En cuanto a la paz de Zúrich, señalamos especialmente dos artículos que no figuran en la primera versión del tratado. Por uno de ellos se impone a Cerdeña una deuda de 250 millones de francos, que en parte ha de pagarse a Francisco José y en parte procede de la responsabilidad que se ha impuesto a Cerdeña por tres quintas partes de las obligaciones del Banco Lombardo-Véneto. Con estas nuevas deudas de 250 millones de francos, que se suman a las contraídas durante la guerra de Crimea y la última campaña de Italia, más una pequeña cuenta que Luis Bonaparte le había presentado unos días antes por su protección armada, Cerdeña se encontrará pronto en el mismo grado de prosperidad financiera que su odiado adversario. El otro artículo establece

«que los límites territoriales de los Estados independientes de Italia que no tomaron parte en la última guerra solo podrán modificarse con el consentimiento de las demás potencias de Europa que contribuyeron a la formación de esos Estados y garantizaron su existencia». Al mismo tiempo, «los derechos de los príncipes de Toscana, Módena y Parma quedan expresamente reservados por las altas partes contratantes».

Así, los gobiernos provisionales italianos, después de haber representado el papel que se les asignó, son ignorados del modo más despectivo; y la población, a la que supieron mantener en su habitual estado de pasividad, puede ir a mendigar, si quiere, a las puertas de los padres del tratado de Viena.10

  1. Las negociaciones de paz, abiertas en Zúrich en agosto de 1859, desembocaron en los tratados firmados el 10 de noviembre entre Francia, Austria y Cerdeña, que confirmaban los preliminares de Villafranca del 11 de julio, con los que terminó la guerra de Italia: Austria cedía Lombardía, salvo Mantua y Peschiera, a Francia, que la entregaba a Cerdeña; Venecia seguía siendo austriaca. ↩

  2. En francés en el original: «hecho consumado»; luego force majeure, «fuerza mayor». ↩

  3. El «cardenal rojo» es Richelieu; el «hombre de diciembre», Luis Bonaparte, autor del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. Los «azules» son los republicanos burgueses del periódico Le National, que gobernaron Francia en 1848. ↩

  4. La paz de Münster (1648), parte de la paz de Westfalia, consagró la división de Alemania; por la paz de Campoformio (1797), Bonaparte entregó Venecia a Austria. ↩

  5. Luis Bonaparte era hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda, aunque se murmuraba que su verdadero padre era un almirante holandés. ↩

  6. Des idées napoléoniennes (1839), libro de Luis Bonaparte. ↩

  7. La guerra contra Napoleón de 1813-1815. ↩

  8. En italiano en el original: «rey electo». ↩

  9. En francés en el original: «modales revolucionarios». ↩

  10. El tratado del Congreso de Viena de 1815, que restauró a los príncipes italianos y la dominación austriaca en Italia. ↩